Críticas literarias

El infinito en un junco – Irene Vallejo

Estás sentado en el suelo frente a un gran butacón, que desde tu posición parece incluso más grande, desde el que te llega una historia que te atrapa, que te abstrae del espacio-tiempo, que te transporta a lugares maravillosos, fascinantes, inasibles. Esas palabras te hablan de “Magnos”, de bibliotecas infinitas, de juncos maleables y de museos peripateables. Y quieres seguir ahí, indefinidamente. Todas tus necesidades quedan reducidas a ese relato. Ni la luz ni las letrinas que contemplaba Borges. Sólo lectura.*

Esas palabras te acompañan por un viaje onírico a través la orilla del Nilo, y te hablan de papiros, de cómo se conjuraban textos sobre ellos, de cómo la palabra pasó a escritura, por qué motivos y con qué fines. Y descubres que los libros que ahora adoras acariciar, oler y, sobre todo, leer antes fueron sólo sonidos en el viento y, más tarde, rollos declamables, letras habladas, al sol, con gente, mientras tú ahora lees solo, en silencio, en cierta penumbra. Antes esas letras eran sociales, ahora son personales, y a la vez nunca han sido más universales.

Oyes decir que hubo quién intentó juntar todas las palabras escritas en un mismo recinto y que se configuraba, a su vez, como espacio de creación, como centro de invocación de musas.

Escuchas historias de griegos y de romanos conquistadores y entre medias de esos personajes antiguos, que hasta cierto punto te parecen tan ajenos pero son tan propios, se cuelan historias de Clint Eastwood o de Wim Wenders, o aparece la abadía llena de libros maléficos que visitó Guillermo de Baskerville que te ayudan a acercar a tu realidad actual aquellas historias togadas.

La teorías conspiranoicas sobre la desaparición del libro impreso te son rebatidas con la sencillez argumental de Eco – eterno Eco – equiparándolo a esos inventos de los que una vez descubiertos no se puede hacer nada mejor, como son “la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras”**. Y el acecho del ebook, la piratería, la crisis y otros monstruos matalibros se esfuma y puedes volver a acariciar el libro que sostienes en el colo con un suspiro, sabiéndote aliviado porque mañana seguirá ahí.

De repente, esas palabras que sigues escuchando extasiado te transportan a tu niñez y deseas que los libros te hubieran atrapado mucho antes para poder leer debajo de la cama con ellos alumbrado por una linterna, pero no fue así, eras demasiado impaciente para las sosegadas oraciones, para el calmado pasar de páginas e hilar de tramas. Tú tuviste que esperar a otra época en la que otras realidades te acercaron a ellos y jamás te permitiste separarlos de nuevo de tu mundo.

Y te hablan de Borges, de ese Borges cuyo “El Aleph” cerraste en tu adolescencia porque no entendías el mundo que te mostraba y llevas toda la vida alejando, pero, joder, lo que te están contando y cómo lo están haciendo te está tentando tanto que tendrás que dejar tentarte.

Aparecen luego todos esos nombres que en múltiples ocasiones han pasado por tu vida, Heródoto, Hesiodo, Sófocles, Eurípides, Esquilo (“Eurípides no te Sofocles que te Esquilo”), Homero y Jasón, y te acuerdas del momento que sacaste de la biblioteca, recien cumplida la mayoría de edad, a Los Argonautas y el tomo de la Odisea y después de que las palabras que llegan de la butaca te expliquen ciertos aspectos de la época en que se escribieron, de su realidad social y cultural y te lo pongan en contexto, entiendes aquellas cosas que entonces se te desvanecieron entre las líneas. Y quieres volver a escuchar el canto de las sirenas. Y dejarte atrapar. Con todas sus consecuencias.

Esas palabras, tiernas, sinceras, a veces susurradas en el silencio, te hacen un elogio a la cultura, al humanismo que estamos perdiendo, a la lectura, a la escritura, al saber por el saber con el único fin de mejorarte como persona, y piensas que todavía hay esperanza. Que no todo a tu alrededor es tan zafio y burdo como parece. Que los museos, librerías y bibliotecas son lugares sagrados. Que la sabiduría tiene su espacio y que acabará imponiéndose.

Y esto hay que agradecérselo a Irene Vallejo que con su prosa elegante sin pedanterías (algo bastante complicado) y sus pingües conocimientos de la época clásica crea un ensayo divulgativo perfecto. Redondo. Crees que te lo está leyendo desde su butaca. Quizás lo esté haciendo. “El infinito en un junco” es imprescindible para cualquier bibliófilo.

NOTAS:

* “A eso se reducen todas las necesidades: luz, lectura, letrinas.”

** Umberto Eco sobre el libro: pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor.

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