El mundo de Sofía – Jostein Gaarder

Tenía dieciséis años y mi profesora de filosofía, Auxiliadora – nunca un nombre fue tan adecuado para una profesión -, entre debates, en los que hacía que los estudiantes investigásemos sobre temas polémicos y discutiésemos (en el buen sentido de la palabra) a dos bandas intentando defender una posición que podría no coincidir con la personal, y clases teóricas sobre el método filosófico, nos propuso leer un libro de filosofía. Dio a elegir entre “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset o “El mundo de Sofía” de Gaarder. La mayoría optaron por la historia de la niña Sofía, que además de tener un formato, en principio, más atractivo para un adolescente que las masas orteguianas (novela frente a ensayo), venía avalada por cierta fama generalista fuera del mundo académico. Dicho en lenguaje estudiantil, la decisión era entre un tocho de filosofía a pelo o una novelilla juvenil. Estaba clara la elección, ¿no? Pues yo elegí el tocho, ni tanto, de Ortega y agradezco infinitamente esa decisión a mi yo quinceañero porque desde entonces el concepto de “masa” y de repulsión hacia las mismas hizo que mi carácter se desarrollara de una forma seguramente distinta a lo que podría haber sido. Sin embargo, me quedó la espinita clavada de qué tendrá el mundo de Sofía para haber convertido al libro donde se relata en un best seller imperecedero. Esa espinita me la arranqué este invierno cuando mi pareja encontró el volumen que había leído ella en su momento en el instituto. Entonces agradecí de nuevo a mi yo adolescente haber elegido a Ortega. ¿Qué diantres tiene esta novela juvenil tan magnífico para haberla convertido en una novela que incluso profesores, como mi Auxiliadora, hayan optado por incluirla en el currículum literario de sus alumnos?
Este libro, publicado en España por Siruela – editorial que ha creado toda una biblioteca Gaarder a partir del bombazo de esta novela-, se vende como una “novela sobre la historia de la filosofía” (primer error, ya que asume que toda la filosofía es “occidental” pues es de ella de la que habla), pero no es sino un curso de filosofía bastante flojo, inexacto y pesado encastrado en una trama absurda “justificando” ciertos desmanes en que finalmente, ¡oh sorpresa!, todo es una historia que le cuenta un padre a una hija a través de un escrito, y claro, eso ya es excusa suficiente para permitirse tener todas las inexactitudes y licencias habidas y por haber, tanto en desarrollo en sí como en base teórica.
De primeras, lo que más me chocó es el hecho de que la trama principal fuera la de un anciano filósofo que acosa a una menor por medio de cartas anónimas, citándola en el bosque en horario lectivo y haciéndola mentir a su madre por sus encuentros secretos, llamándola a acudir a una iglesia de madrugada y reteniéndola ahí durante ocho horas o dándole a beber brebajes que la hacen alucinar. Este es el mismo señor que inserta en mitad del curso de filosofía que le manda una sentencia en la que, nombrándola, le señala, para explicarle el orden de las cosas, que “Sofía Admunsen ordena su habitación […] La ropa se dobla ordenadamente y mete en el armario, las braguitas en un estante, los jerseys en otro, …”. ¿En serio el primer ejemplo que se le ocurre son las braguitas de una adolescente? Quizás esto resulte chocante leyéndolo sin ser un adolescente o haciéndolo en 2018 en vez de en 1991 cuando se publicó la novela, pero personalmente me produce cierta desazón toda esta historia.
Dejando a un lado este aspecto sórdido del que, lamentablemente, hay más ejemplos, el libro, quizás cayendo en esa desubstanciación que se crea en ciertos libros juveniles por el hecho, precisamente, de ser juveniles, está plagado de inexactitudes históricas y filosóficas y de una simplicidad lingüística un poco sonrojante. Empezaré por esto último. Recuerdo que una profesora del mi colegio, cuando nos hacía ponernos en pie y explicar algo al resto de la clase nos regañaba cuando empezábamos la exposición con un “es (como) cuando”. Nos recriminaba recurrir a la simplificación del lenguaje que es suficientemente rico y variado para crear oraciones complejas sin utilizar siempre a los mismos grupos de palabras. Esto se lo podría haber explicado también al autor del texto que usa y abusa de esta forma de explicar ciertos términos. Además utiliza los diálogos entre Sofía y su profesor/acosador filósofo de una forma burda haciendo que la niña dé la réplica a su interlocutor en función de lo que él necesita para proseguir con la explicación, pasando de dar una respuesta propia de una niña de 8 años a, en la siguiente frase, ser tan erudita como un académico de la lengua. Sofía pasa de no saber qué es la fuerza de inercia a hacer una glosa sobre las indulgencias y Lutero. O en una frase interpela al profesor filósofo con un “Qué postulado más odioso” para, tan solo unas páginas más adelante preguntar qué es un postulado. Ejemplos como estos abundan en el texto, así como frases exclamativas del tipo “¡Explícate!”,”¡Entiendo!”, “¡Ejemplos!” que chilla Sofía al profesor mientras este sigue con la chapa sin hacerle demasiado caso. ¿Le está enseñando a pensar sin enseñarle a dialogar?
En cuanto a lo que indicaba en relación a las inexactitudes históricas y filosóficas es fácil dar algunos ejemplos. Mientras que en el libro se pasa de puntillas por Séneca se dedican páginas y páginas a la religión cristiana en su aspecto más teológico y menos filosófico haciéndola parecer una filosofía pura en sí (de hecho, leo en prensa que el propio Gaarder considera a Jesucristo uno de los tres filósofos más importantes de la historia). Se indica de forma sorpresiva que el nazismo, si no hubiera sido por Hitler, podría haber sido una demagogia. Se menciona, y poco más, el epicureísmo sin tener la decencia de hablar, aunque fuera de soslayo, de Herculano. Dice que todas las lenguas europeas excepto el lapón, finés, estoniano (sic), húngaro y vascuence son de origen indoeuropeo, es decir, obvia el turco (lengua altáica), o las lenguas caucásicas. Indica que el misticismo oriental está compuesto por el hinduismo, budismo y religión china (sic) sin explicar que es eso que él define como “religión china” (¿religión tradicional china, confucianismo, taoísmo?,quién sabe). Explica el término “sincretismo” asimilando a una mezcla de religiones sin desarrollar que no solo es un mix de religiones sino también de ideas y fruto de asimilaciones. Indica que “hoy en día las palabras “cínico” y “cinismo” se utilizan en el sentido de falta de sensibilidad ante el sufrimiento de los demás” creando un nuevo sentido para este ya vituperado término. Exhibe un pseudofeminismo durante el texto haciendo que Sofía se queje de que el profesor, solo le habla de hombres filósofos, pero cuando de repente llega a la gran Simone de Beauvoir, ésta aparece como la pareja “filósofa existencialista” de Sartre que “intentó emplear el existencialismo también en los papeles sexuales” y, puff, vuelve a desaparecer la Beauvoir. O llama a la mística alemana Hildegard de Bingen como de Eibingen. No sé si este último, u otros errores, son problema del traductor, del editor o del propio autor pero no creo que son coadyuvantes de confundir a los adolescentes a los que va dirigido este texto. Como estos, muchos otros ejemplos, aunque realmente da un poco igual porque de repente se nos cruza absurdamente Caperucita Roja por el camino mirando al monstruo del Lago Ness y, claro, perdemos el hilo de la cuestión filosófica.
No creo que los adolescentes deban ser tratados con condescendencia, suavizándoles ciertas materias e ideas para hacerles más fácil su aprendizaje, ni que deban ser infravaloradas sus aptitudes. No creo en obras adaptadas para escolares (como esa que sacó la RAE creada por Pérez-Reverte en la que, como ellos mismos dicen, podan el Quijote para convertirlo en “una eficaz herramienta docente, y también en un texto de fácil acceso para toda clase de lectores”). En lo que sí creo es en obras comentadas que ayuden a una interpretación de ciertos aspectos complicados de los textos de los que no se tenga cierta experiencia previa (como hace por ejemplo la editorial Austral en las ediciones de algunas obras clásicas).
Podría estar de acuerdo en que este tipo de obras de divulgación “light” camufladas de novelas pueden ayudar en cierta medida a servir como una somera introducción a la filosofía pero, ¿no lo serían mejor las propias obras de los filósofos más importantes que en ella se citan? ¿Dónde está el problema de leer, apoyando con los medios didácticos que sean oportunos o necesarios, , “La República o el Estado” de Platón, “Así habló Zarathustra” de Nietzsche o “La náusea” de Sartre?
Por cierto, esta última obra mencionada de Sartre, junto con “La peste” de Camus, otro gran existencialista, fue la obra que me sirvió de comienzo para convertirme en el ávido lector y amante de la filosofía que soy ahora. Fue gracias a dos de esos considerados tochos y no a obras cribadas, edulcoradas o tamizadas. La mente es moldeable. Démosla buenos alimentos y ella sabrá procesarlos.

Anuncios

Libros en movimiento / Books in motion (01/03/2018 – 15/03/2018)

  • La importancia de las cosas – Marta Rivera de la Cruz
  • Amor en verso – Colleen Hoover
  • El juego de Ripper – Isabel Allende
  • Los chicos no sirven para este oficio – Ryszard Kapucinsky
  • La conquista del Polo Norte – Fergus Fleming
  • Anatomia de un escándalo – Sarah Vaughan
  • El pez en el agua – Mario Vargas Llosa
  • Cascara de nuez – Ian McEwan
  • El dia que se perdió la cordura – Javier Castillo
  • Patria – Fernando Aramburu
  • Los renglones torcidos de Dios – Torcuato Luca de Tena
  • Circa Ignis – Antonio López Piña
  • Llámame por tu nombre – André Aciman
  • Lo que me queda por vivir – Elvira Lindo
  • Celle qui fuit et celle qui reste – Elena Ferrante
  • Yo después de ti – Jojo Moyes
  • Scaramouche – Rafael Sabatini
  • Dime quién soy – Julia Navarro
  • Nossos filhos são espíritos – Herminio. C. Miranda
  • Focus – Daniel Goleman
  • La ciudad de los prodigios – Eduardo Mendoza
  • Los hombres que susurran a las máquinas – Antonio Salas
  • Ready player one – Ernest Cline
  • Frankenstein – Mary Shelley
  • Harry Potter y el cáliz de fuego – J.K.Rowling
  • La biblia de barro – Julia Navarro
  • Choque de reyes – George R.R. Martin
  • Aniquilación – Jeff VanderMeer

“Libros en movimiento” no tiene más pretensión que dejar constancia de aquellos libros que veo en mi deambular diario. Es, simplemente, lo que logro ver que la gente lee. No hay ninguna intención comercial o publicitaria. En vuestras manos está decidir si alguno de ellos merece ser parte de vuestra vida.

“Books in Motion” has no pretension but listing those books I see in my daily wander. It is just what I am able to see from people’s readings. There is no comercial or advertising intention. It is up to you to decide if any of those books should be part of your lives.

La liebre con ojos de ámbar – Edmund de Waal

Paseando hace ya más de quince años por los alrededores de la Kapitelplatz de Salzburgo, acompañado por el sonido de un conjunto de balalaicas y otros instrumentos de cuerda que sonaban desde debajo de un soportal, me topé con Vargas-Llosa cuando éste se disponía a entrar en un anticuario. Le paré y hablé un momento con él, más para, figúrate, impresionar al grupo de centroeuropeos con los que iba que por respeto a su persona como escritor y político (que en ambos aspectos le tengo bastante atravesado). Salvando todas las distancias existentes, este momento me vino a la mente cuando empecé a leer “La liebre de los ojos de ámbar” y me vi transportado a un mundo de óperas, escritores famosos, pintores impresionistas, judíos procedentes de Rusia que se convierten en marchantes de arte y ciudades imperiales.

Usando como excusa el intentar descubrir el origen de unas figuras, los netsuke, que hereda de un tío suyo que vive en Japón, el ceramista Edmund de Waal nos relata la historia de sus antepasados, los Ephrussi, y aprovecha este periplo para dibujarnos parte de la historia centroeuropea de finales del s.XIX y principios del s.XX.

Gracias a su búsqueda de los origines de los netsuke como parte de la herencia familiar, De Waal viajará al Paris de De Goncourt, de Zola, de Proust, de Laforgue, de Degas, de Manet o de Renoir donde se encontrará con su antepasado, el crítico y coleccionista de arte Charles Ephrussi, primer poseedor de los netsuke. Con Charles viviremos el París de finales del s.XIX rebosante de opulencia, de reuniones de artistas y de fiestas en los hôtel de banqueros y marchantes de arte. Pero también hallaremos una ciudad donde se empieza a gestar un antisemitismo dañino que afectará a la vida de los banqueros Ephrussi como miembros visibles de la comunidad judía parisina. Este París es la versión luminosa de aquel París oscuro que describió Umberto Eco en El cementerio de Praga y con el que comparte tiempo y forma. De hecho, ciertos momentos del texto de De Waal nos pueden hacer pensar que Charles se va a cruzar con el Simonini de Eco.

De la capital francesa, los netsuke viajarán a Viena, donde los Ephrussi tienen su central bancaria y donde gozan de una vida de opulenta austeridad, y Proust o Zola serán sustituidos por Rilke con el que Elisabet, la abuela de De Waal, mantenía cierta correspondencia de carácter literario y personal. En Viena a los Ephrussi y a los netsuke les alcanzarán las dos guerras mundiales y el lector sufrirá junto a ellos el auge del antisemitismo bélico y del nazismo, y tendremos que huir, siguiendo sus pasos, primero a Eslovaquia y después a Inglaterra. Finalmente, cambiaremos la vieja Europa por el Japón de la postguerra, a donde el tío de De Waal viaja con sus netsuke, cerrándose así el ciclo de estas figurillas.

Pudiera aparentar que una novela, aunque más bien se trata de un ensayo sobre un hecho quizás irrelevante para el lector como el de contemporizar una herencia – y en general para cualquiera que no sea miembro de la familia Ephrussi-De Waal -, fuera algo absurdo y cargante, pero la forma que tiene el autor de presentar la historia, de describir los ambientes, las calles, de actuar como un flâneur, con la diferencia de que éste pasea sin un fin determinado y De Waal lo hace con el propósito de comprender un hecho concreto, hace que la historia sea excitante y completamente adictiva.

Cualquier lector con un mínimo de debilidad por el arte, de querencia por la historia y de gusto por la buena literatura tendrá en este libro el mayor de sus goces pues la sensibilidad que se le supone a un ceramista se traduce en una prosa ligera pero compacta y contundente de donde brotan maravillas como esta: “Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. Porque a mí me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial. Porque tú lo vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida. Porque le dará envidia a otro. En los legados no hay historias fáciles”. Y así el legado de De Waal se convierte también en el nuestro al recorrer la historia de un siglo tristemente apasionante.

Solenoide – Mircea Cărtărescu

¿Cărtărescu? Cărtărescu. ¡Cărtărescu! ¡CĂRTĂREscu! ¿Eh, Cărtărescu…? Esta ha sido mi experiencia con este autor desde antes de conocerle gracias a las ediciones de la editorial Impedimenta hasta después de haber leído su, supuestamente magnífico, “Solenoide”. De hecho, mi aventura (más bien desventura) con “Solenoide” comienza justo a la mitad de la E mayúscula del ¡CĂRTĂREscu! A partir de ahí, cuando me enfrenté a su mundo extraño, a su prosa salvaje, recia y ampulosa, a sus ideas desordenadas y a su apabullante y tediosamente repetitivo mundo onírico y, siendo justos, a ciertos momentos magistrales (aunque muchos menos de los que me esperaba) todo se empezó a desmoronar.

“Solenoide” se presenta avalado por la inmensa fama de su autor, un “Nobelable”, y de esta obra se dice que es “la piedra de toque en torno a la que gravitan el resto de ficciones de Cărtărescu ”. A éste se le compara con Rilke, Borges y Kafka. Y si bien puedo entender de dónde provienen estas referencias, no puedo compartirlas. No después de haber leído “Solenoide”.

Leyéndolo creí identificar, por un breve momento, casi forzado por mi necesidad de encontrar algo de coherencia en el texto, cierta similitud en la trama a la maravillosa novela “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco (sí, soy de esos a los que “el péndulo” les pareció una gran novela) y me sentí esperanzado cuando creía encontrar una aparente intención de que fuera por ese camino la trama de “Solenoide” y se llegara a algo con cierto grado de congruencia. Pero cuando uno empieza a escarbar entre la prosa engolada y artificiosa de Cărtărescu y lo que encuentra son eternas y repetitivas situaciones absurdas que quieren intentar significar algo pero no son más que delirios oníricos hartamente desagradables, uno desiste de seguir escarbando.

La trama superficial del libro es, a priori, muy prometedora: un profesor desmotivado de un colegio situado en los arrabales de un Bucarest devastado encuentra una motivación para seguir con su insustancial y rutinaria vida en la particularidad de una casa extraña que compra en mitad de un barrio pobre. Todo lo que tiene que ver con esta trama primaria es suficientemente digno y podría llegar a sustentar por si solo la fama de la prosa de este autor. Sus descripciones de la vida diaria de los colegiales y de los profesores son magistrales. Su léxico es visual, metafórico y luminoso. Cuando uno se topa con frases como “el único ser de colores en un cementerio de ceniza” cree entender y justificar el resto del texto. Pero todo se desvanece cuando esa escena costumbrista que te ha atraído por primera vez, como podría ser la fila que hacen los niños para recibir una vacuna en un terrón de azúcar, te es presentada por enésima vez de la misma forma y en el mismo contexto. Cuando la primera vez que entra el protagonista en su colegio o en su casa y recorre infinitos pasillos y estancias hasta llegar a su clase o su dormitorio, uno entiende la angustia rutinaria o el desconcierto que está sintiendo el personaje. Cuando este desconcierto se te relata cada vez que va a su habitación o a su aula, el lector desespera ante la sobredimensión de la metáfora. La descripción de su paseo por el circo o el molino por primera vez casi al estilo de flâneur es visualmente deliciosa. Cuando te insisten indefinidamente en esta delicia termina uno hartándose. Y ese hartazgo por repetición se convierte en una evasión del texto en toda regla cuando los sueños entran en juego en la trama. En mi caso esto elimina la posibilidad de autenticidad en un texto. Los sueños, en mi opinión, en cualquier tipo de ficción, no dejan de ser un recurso burdo para presentar ciertos aspectos que el autor no sabe presentar de otra forma y que quiere colar en el texto por algún motivo (crear pausas, explicar ciertas características del personaje, generar absurdas tensiones o, incluso, rellenar páginas con morralla visual). Un personaje que se despierta de una pesadilla brevemente explicada o un momento onírico surrealista pueden aportar cierta gracia a un relato e, incluso, ser favorables al desarrollo y comprensión de la trama. Sin embargo, el uso que hace Cărtărescu del sueño en este libro es inagotablemente repugnante. Enunciados desde el punto de vista de una redacción en un diario personal en el que el protagonista toma notas de otros diarios anteriores, los sueños inconexos, eternos, repetitivos y muy desagradables se desarrollan impunemente a lo largo de cientos (sí, cientos) de páginas en los que el autor del diario se atreve a sugerir que no está contando todo lo que debería (afortunadamente para el lector, añadiría yo) y que ya, si eso, lo deja para más adelante, cuando llegue el momento. Todo esto mientras glosa lo ya contado, lo vuelve a adjetivar, imbuido en un delirio onanista (figuradamente hablando).

Y si con los sueños creíamos haber tenido bastante surrealismo mal entendido, a medio camino entre la trama superficial rutinaria del profesor de colegio y sus delirios oníricos aparece una subtrama en la que, avalada por la anormalidad de las situaciones de una secta, se nos cuenta como unos campos magnéticos conectan la ciudad y reactivan gigantes para acabar elevando Bucarest a los cielos. En serio, todo muy loco y muy absurdo. Ni siquiera la realidad subyacente en toda esta insalubridad mental como parece adivinarse que es la exposición de la represión bajo el régimen comunista en la Rumanía de la segunda mitad del s.XX justifica estas digresiones paranoides.

Tendré que hacer valer la lectura de este texto con la lección biográfica de ciertos personajes de la historia de Rumanía y del resto del mundo que se exponen a lo largo del texto, como pueden ser las vidas de Voynich, Boole, Hinton, Minovici o Vashide que se intentan encajar en la trama. Estos, al menos, son personajes reales presentados dentro de su veracidad, ya que la mayoría de personajes que aparecen en “Solenoide” son del todo increíbles y de una sustanciación completamente irracional. ¿En qué cabeza cabe, por mucho razonamiento pseudofilosófico que se le quiera imprimir al contexto, que una niña de octavo curso se exprese diciendo “ …fui tranquilizándome poco a poco, como si las amapolas hubieran absorbido, con sus bocas, las toxinas de pánico de mi cuerpo.”

Quedémosnos, como digo, con la lección biográfica y con esta magnífica sentencia que quizás justifique un poco toda esta sinrazón: “No siento respeto por el arte que procura comodidad y alivio, por las novelas y la música y la pintura que te hacen más soportable la estancia en la celda. […] Mi escritura es un reflejo de mi dignidad, es mi necesidad de búsqueda del mundo prometido por la propia mente, como el perfume es la promesa de la rosa cerrada”. Al menos así el regusto será menos amargo.

As crónicas do sochantre – Álvaro Cunqueiro

En una pequeña aldea de Galicia, donde de pequeño pasé mucho tiempo, hay un sendero por el que se dice que pasa la Santa Compaña, esa temible y adorada procesión de almas penitentes que, vela invisible en mano, recorre los senderos gallegos anunciando la próxima defunción de algún parroquiano. Por ese sendero se llega, tras lidiar con los “toxos” que dificultan el paso y las resbaladizas piedras napadas de musgo, hasta unas cruces de piedra que señalan el lugar donde murieron a puñal, fruto de los celos, unos jóvenes en una fiesta veraniega campestre. El ambiente del bosque donde están encastradas estas cruces, unido al peculiar misticismo que rodea a la cultura gallega, hace que uno experimente una sensación un tanto extraña: la serenidad y placer que aporta la vibrante quietud del bosque, el olor del verdín, las zarzas en flor y el agua de los regatos que riegan las huertas cercanas desde donde llega el crepitar de los maizales, se ve inquietada por la sensación incómoda de estar rodeado de “bruxas”, trasgos, “diaños” y todo tipo de seres etéreos que parecen observarte desde detrás de los árboles.

Esa sensación es la misma que debe sentir el sochantre de Pontivy cuando se encuentra viajando con una troupe de parlanchines muertos vivientes, no precisamente zombies yankies de piel desgarrada, andares dubitativos y obsesiones caníbales, sino de muertos vivientes a la antigua usanza, esqueletos carnales que vagan por la tierra penando.

Cunqueiro desarrolla esta historia de crímenes, cuentos de terror y aventuras en la Bretaña de la Revolución Francesa: un paisaje de posadas, caminos, aldeas y guerrillas que bien podrían haber sido los bosques gallegos, esos donde se encuentran las cruces que antes mencionaba.

La particularidad con la que describe a cada uno de los personajes es magistral. Sus gestos, sus ropajes, sus osamentas son detalladas con tal precisión y tan poco alarde que uno llega a sentirse en presencia de estos seres. Subirse a la carreta con el Sochantre gracias a la ambientación creada por Álvaro Cunqueiro es viajar acompañando al propio protagonista y gozar de la misma experiencia que cuando afirma que “tomáralle sabor a aquel libre vagar, e o gastar os días sin apuros” (“cogí gusto a aquel libre vagar y a pasar los días sin prisas”, en mi libre traducción).

“As crónicas do Sochantre” es, en definitiva, un libro refrescante, divertido e inteligente. Una historia de aventuras de las de antes.

Como nota final quiero destacar la edición de la Editorial Galaxia de este texto, con el magnífico y entretenidísimo apéndice donde Cunqueiro nos detalla telegráficamente de una forma genialmente divertida la biografía de cada uno de los personajes que aparecen en el libro. Cuando leo textos como este u otros de los que rescatan y descubren editoriales en gallego como Galaxia me acuerdo de lo que decía Camba sobre el idioma gallego y cuán errado estaba. El gallego no es sólo un idioma para hablar de los huertos, los curas de pueblo y las leyendas. Es un idioma vivo y contemporáneo. Cunqueiro y su destreza al escribir lo demuestran.

Mi lucha (I – “La muerte del padre” y II – “Un hombre enamorado”) – Karl Ove Knausgård

Reconozco que tengo cierta debilidad por los libros que sirven al autor para despedazar su vida. No me gusta denominarlas autobiografías porque los textos a los que me refiero no son realmente crónicas vitales como tal. Estos vagan entre la realidad y la ficción situándose más allá de la verdad del autor para crear algo superior. Obras como “Die gerettete Zunge” (“La lengua salvada”) de Elias Canetti o “Down and out in Paris and London” de George Orwell son utilizados por los escritores para crear un mundo atemporal a partir de su propia vida pasada. Una vida que, en muchas ocasiones, es vagamente miserable (y sin embargo extrañamente apetecible – tiene cierto nivel de atractivo y encanto la habitación ruinosa que describe Orwell donde mora en París -). No sé si esta querencia mía por este tipo de relatos es parte de ese voyeurismo que reside en el interior de todos nosotros. No ya el del mirón al uso como el primariamente vergonzante que se desprende de la lectura de textos como “El infierno” de Henry Barbusse (una maravilla de relato por otra parte) sino más bien la sensación de cierta purga moral y espiritual al sentirse identificado con las desventuras del escritor que no deja de ser de carne y hueso y al dejarse llevar por la moral difusamente mostrada en el sentido último del texto.En el caso de Karl Ove Knausgård uno se llega a preguntar si esa empatía que cree estar sintiendo es loable cuando éste espeta sentimientos como que “se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando miro a mis hijos” o cuando describe pasajes íntimos de su vida privada, que quizás deberían quedarse en el ámbito de lo personal y por los que ha recibido críticas de sus allegados. Pero si uno profundiza más en su texto y se aleja de la literalidad de lo que cree estar leyendo, vaciando la mente de prejuicios, verá que las miserias que cuenta, los sentimientos que relata, las vivencias que describe, son comunes a todos nosotros y, simplemente, a veces no somos capaces de verbalizarlas de forma sincera. 

Mi lucha I – La muerte del padre y Mi lucha II – Un hombre enamorado son dos libros muy dispares en cuanto a redacción y contenido. Si bien la historia en el segundo tomo vuelve a pasajes de la primera, el impacto literario y la destreza de la prosa es infinitamente más interesante en el segundo volumen así como la valía del trasfondo filosófico (y artístico, y dialéctico, y moral, y literario, y…). La grandeza de Knausgård no reside tanto en lo que describe de su vida, pues no dejan de ser las vaguedades de un escritor excéntrico, sino en las enseñanzas que saca de ello y las digresiones con las que glosa sus pasajes vitales. Apoyándose en las conversaciones con su amigo Geir, Knausgård nos enseña a apreciar el arte, si bien un arte diferente y, desde otro punto de vista, a pensar críticamente, a enervarnos en la propia soledad y gozar en su inquieto silencio. Y todo ello mientras desprecia nuestra compañía como lectores. No necesita ser leído, no necesita nuestras loas, no necesita nuestro cariño. Necesita escribir, purgar su conciencia con la escritura, sentirse más febril a cada pulsación en el teclado del portátil y escapar con ello de la vida mundana que le rodea y que tan solo llega a tolerar sin disfrutarla. 

Knausgård puede convertirse por momentos un ser odioso, desquiciante e intolerante. Una persona asocial, egoísta y desconsiderada. Y lo sería mucho más de no escribir de esa forma magistral, directa y, plausiblemente, sincera que nos hace empatizar con él en muchos de los actos vitales que describe, incluso en los menos agradables. Tiene, cuando describe ciertos hechos, un talante parecido a C., el hombre ocioso de Atilgan, en su forma de odiar las atenciones en espacios públicos que usa como vía de escape (por ejemplo, los cafés a los que C. va para observar mientras que Knausgård los utiliza para leer) o en cómo detestan la prensa escrita que consideran ambos basura para el cerebro. Para los dos vivir en la ciudad es, en palabras de Knausgård, “poder estar completamente solo en ella, a la vez de estar rodeado de gente por todas partes.”

Aunque, insisto, los relatos de la serie Mi lucha sean autobiográficos, no pueden leerse desde la doctrina de la biografía porque no es posible tal nivel de detalle de hechos ocurridos más de treinta años atrás, ya que todo recuerdo ha de ser sopesado como vivencias de antaño que llegan al presente cargadas con la mochila del tiempo transcurrido y desvirtuadas por la moral actual de que las recuerda . En cómo se interpreta eso reside la pericia de Knausgård, pues aunque es capaz de afirmar que no retiene la memoria hechos pasados, describe con toda precisión la hamburguesa que preparaba el día que murió su padre. Debemos, por tanto, disfrutar y odiar lo que se desprende de la lectura más que lo que se describe en sí. Entonces estaremos gozando de un texto adictivo. 

Mis libros en movimiento de 2017

Llega el final de cada año y muchos blogs, páginas culturales de periódicos o revistas se lanzan a publicar sus rankings con los mejores libros del año que acaba (algunos incluso osan a lanzarse a hacer listas con los peores libros del año). Y la mayoría de estos rankings no se hacen desde la modestia de la subjetividad, sino que se publican como verdades absolutas. En muchas ocasiones esas listas encierran tanto egocentrismo o, lo que es peor, tanto marketing que no puedo tomarlas en serio. Me repelen del mismo modo que lo hacen las estanterías e islas de “más vendidos” de las librerías (y no digamos ya la de los centros comerciales).

Creo, sin embargo, en las elecciones personales aleatorias y, la mayoría de las veces, ese azar guía mis lecturas: una portada que destaca entre el resto a pesar de no ser especialmente llamativa, cierta persona leyendo cierto libro en cierto lugar, una recomendación personal de alguien muy especial, un libro descolocado en una estantería o la animadversión de alguien hacia un determinado texto (o llevado a su máxima expresión mediante la censura pura y dura).

La sección “Libros en movimiento” de este blog comenzó con el sincero propósito de conocer libros y darlos a conocer a otros (a todos los que se quieran pasar por Librocinio). Veo a alguien leyendo un libro y lo apunto. Sin más. Y de entre todas esas notas, por diferentes motivos, hay ciertos títulos, que sin conocer nada de ellos, destacan y se convierten en mi próxima lectura.

Creo que somos lo que leemos, o más bien, lo que leemos nos convierte en lo que somos. Y si se quiere llegar a hilar un poco más fino, lo que leemos nos hace ser conscientes de lo que somos.

Durante este año muchos de esos “Libros en movimiento” se han transformado en lecturas propias (y orgullosamente digo que sé que se han convertido también en lecturas ajenas) y han pasado a ser parte de lo que soy. Como no podría ser de otra forma, no todos ellos han dejado un regusto agradable, pero me reconforta el hecho de que he encontrado algunos textos que han han ido directos a rellenar mi estantería de libros favoritos como Las partículas elementales de Michel Houllebecq, Un hombre ocioso de Yusuf Atilgan o el que me está acompañando en este final de año, Un hombre enamorado de Karl Ove Knausgard (me parece algo mágico lo que hace con la escritura este autor noruego).

Os dejo a continuación el listado completo de los libros que he leído este año con un enlace de aquellos que he comentado en el blog. Considerad esto como un extra de “Libros en Movimiento”.

Felices lecturas.