Nada se opone a la noche – Delphine de Vigan

Es un goce comenzar una novela sin saber muy bien a qué se está enfrentando uno. Habiendo leído someramente la descripción del editor, uno puede pensar que tiene entre las manos una novela negra (madre muerta, hija investiga sobre su muerte, se enfrenta a miedos del pasado, bla-bla-bla…). Y con esas, y con mi rechazo a las novelas negras, empecé este que se ha convertido en uno de mis libros preferidos. ¿Nos hayamos ante una investigación de una muerte? Versión corta: en cierto modo. Versión larga: ni de coña. Lo que realmente ocurre en este relato es que Delphine de Vigan abre su alma en canal y nos la expone de forma cruda y, hasta cierto punto, despiadada sobre un tapete junto a la biografía de su inusual, o quizás no tanto, familia. Es una expiación. Un grito de socorro emitido a la puerta de la casa de un amigo que sabes que te va a entender y que te va a escuchar y que después te va a ofrecer una cerveza y vas a salir luego de su casa con las mismas dudas, pero más tranquilo. ¿Por qué su madre ha aparecido muerta?¿Qué (no) la ha llevado a suicidarse? Delphine rápidamente entiende que no hay una respuesta sencilla, que no va a obtenerla de la nota de suicidio y que todo pesar que desemboque en desdicha tal que le lleve a uno a suicidarse está motivado por una biografía en la que los sufrimientos han pesado más que los instantes de dicha (o que la dicha puntual es inmejorable y no hay perspectiva halagüeña a la vista), y se decide a entrevistar a todos los miembros vivos de su abultada familia para descubrirlos. Y ya sabemos que cuando se escarba lo más normal es que aparezca entre la tierra mucha más basura de la que uno querría encontrar. Lo que obtendrá al final de su camino será quizás solo su verdad pero al menos ofrecerá esa respuesta que uno necesita en ciertos momentos de sufrimiento extremo.

Este tipo de autobiografías, que van más allá de ser sólo una crónica vital, ya componen un género propio en la historia de la literatura (hablo brevemente sobre ello en el comienzo del comentario que hice aquí), y quizás haya tenido en los últimos años un referente en la inmensa pentalogía de Karl Ove Knausgård “Mi lucha” de la que me acordado varias veces leyendo el relato de De Vigan. Sin embargo, Delphine se aleja de la ironía, del solipsismo y del tono sarcástico de Knausgård y desarrolla su relato con la sutileza, delicadeza y elegancia que caracteriza a la literatura francesa, incluso a la más bizarra (ejemplos de esto podemos encontrarlos en los textos de Michel Houllebecq o Boris Vian). Podríamos decir que Knausgård bebe a morro de una botella sucia y rota mientras que De Vigan ha limpiado con un pañuelo de tela antes la boquilla y ha vertido el líquido en un vaso casi limpio ¿Se me entiende? Uno lee a De Vigan y en medio de su paranoia encuentra esa frase bella que te golpea el estomago a la vez que te hace esbozar una sonrisa tierna: “anuncié a Lucile (su madre bipolar) que estaba embarazada […] se volvió hacia mí y me preguntó: ¿me dejarás cuidarla?”.

Junto con los retazos biográficos, o más bien, amparados por ellos, Delphine nos irá deshilando una realidad que diariamente se opone a lo diferente, a lo ajeno a pesar de ser muy propio y que hace que aquellas personas que no se adaptan como mandan los cánones sean excluidos de la normalidad social. Los delirios de su madre fruto de su bipolaridad, el Down de su tío cuando todavía era relativamente desconocido o su propia anorexia juvenil son algunos de los ejemplos que usa De Vigan para demostrarlo.

“Nada se opone a la noche” no es una novela fácil. Tenemos asegurado no quedarnos indiferentes ante el relato. Ojalá os ocurra como a mí y este texto os subyugue hasta el paroxismo. Suena demasiado pedante, lo sé, pero es lo más acertado que encuentro para describir la sensación que tuve al acabar de leerlo.

Fuente EBiblio

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Madres Tóxicas – “Tú no eres como otras madres” (Angelika Schrobsdorff) y “Apegos feroces” (Vivian Gornick)

Recientemente se han cruzado en mi camino dos libros que, si bien son diferentes en temática y localización – no así en espacio temporal -, tienen una base común que proyecta una sombra oscura durante todo el relato y que, incluso de forma intencionada, lo monopoliza: las madres tóxicas. Me permito la licencia de juzgar con ese apelativo a las madres que ahí se desarrollan porque la forma en que desnudan su relación las hijas que cuentan estos relatos deja al aire todos los miedos, incertidumbres, pesares y daños que les han producido en su alma durante su vida. Las relaciones cuyo goce no es mayor que su sufrimiento, por mucho que estén basadas en el amor, no dejan de ser destructivas. Esto se desprende, o al menos es el poso que me han dejado estos dos textos, de la lectura de “Tú no eres como otras madres” de Angelika Schrobsdorff y “Apegos feroces” de Vivian Gornick.

Simplificando, y mucho, el relato autobiográfico de Schorbsdorff cuenta la historia de su familia de judíos alemanes, de cómo se desarrollaban sus vidas en el caóticamente fastuoso Berlín de los años 30 en el que, precisamente, vivir y disfrutar de esa vida era lo que se necesitaba; de cómo esas vidas se truncaron con la llegada del horror nazi y de cómo, para poder seguir viviendo – malviviendo esta vez – tuvieron que huir de Alemania y vivir casi en la mendicidad. Esta historia que en su comienzo recuerda a libros como el maravilloso Fabian de Erich Kästner, con las lúdicas descripciones de las fiestas y actos sociales del Berlín de entreguerras, con sus noches de cabarets, libertinaje y goce vital, podría resultar completamente sobrecogedora si no fuera por la interrupción constante que hace en el relato la figura de la madre de la autora o, más bien, la relación que mantenía esta madre con el resto de su familia. Lo que en un principio se presenta como el aliciente de esta novela, la particularidad de esta madre que no es como las madres de los demás, termina, en mi opinión, convirtiéndose en ese elemento disonante que te abstrae de la lectura. Resulta como esa llamada de teléfono en mitad de una obra de teatro que te tiene absorto. Por dos motivos. Primero, porque esta relación, insisto, tóxica tan bien contada, y tan mal sufrida, altera la paciencia del lector y le hace exasperarse ante la desgana, desidia, despego, ineficiencia y egoísmo (quizás todo lo anterior sea fruto de esto último) que muestra esta madre en la relación con sus familiares y amigos; y segundo, porque este estado de ánimo provocado por la relación maternal se vive y se describe con una intensidad que por momentos resulta forzada y, hasta cierto punto, absurda. La relación queda deshumanizada y parece fruto de delirios literarios y poéticos de escritor.

Esto queda aún más patente en Apegos Feroces – su nombre ya lo indica todo -. Gornick detalla en este relato su vida desde que era una niña emigrante judía que vivía en el Bronx hasta que es una escritora y periodista consolidada que se aferra a los paseos con su madre como una suerte de psicoanálisis nocivo. Estos paseos son el vehículo que lleva a la autora a describirnos la infancia en el Bronx donde el barrio refulgía de vida en comunidad, donde los vecinos eran verdaderos vecinos y no cohabitantes de edificio, donde las miserias personales se compartían y se aliviaban conjuntamente. Nos descubre también su relación sentimental e intelectual con diversos miembros de la comunidad periodística y cultural de la época y, esto quizás sea lo más significativo del texto, nos muestra desde una perspectiva feminista la deshumanización que ha sufrido la mujer durante el siglo XX, incluso en ámbitos donde parecía que esto no era así. Si bien en el texto de Gornick la madre es el vehículo conductor de la trama, las acciones de ésta y la forma en la que son contadas son tan intensas y tan poco naturales que como lector me sentía excluido de la historia en esas líneas.

Se puede desprender que lo que me “molesta” de estos dos buenos relatos es la intensidad desmedida con la que se proyectan muchos de los sentimientos, sin embargo creo que es más bien la forma en que son introducidos o la falta de espontaneidad de los mismos los que hace que se autoexcluyan. Libros con tramas intensísimas como el texto de Torborg Nedreaas “Nada crece a la luz de la luna” presentan relaciones mucho más creíbles y mucho más empáticas incluso siendo más desquiciadas. Obras autobiográficas como La lengua salvada de Elias Canetti, no exentas de fuerza y momentos elevados, son un ejemplo de como las vivencias personales pueden ser descritas de tal forma que llevado de la mano del autor, el lector viva y sienta aquello que éste vivía y sentía ( e incluso sufría). Reacciones “absurdas”, ilógicas y malvadas como las de la imposible Edith, la mujer de William Stoner, son mucho más desenfrenadas y dañinas que las de cualquiera de estas dos madres, y sin embargo, mucho más creíbles y dramáticas para el lector.

Lamentablemente la exponenciación de estos dramas maternales por parte de las dos autoras es el elemento disonante que crea, en estos dos buenos relatos, un rechazo en el lector en el elemento preciso que se quiere potenciar en la trama.