Solenoide – Mircea Cărtărescu

¿Cărtărescu? Cărtărescu. ¡Cărtărescu! ¡CĂRTĂREscu! ¿Eh, Cărtărescu…? Esta ha sido mi experiencia con este autor desde antes de conocerle gracias a las ediciones de la editorial Impedimenta hasta después de haber leído su, supuestamente magnífico, “Solenoide”. De hecho, mi aventura (más bien desventura) con “Solenoide” comienza justo a la mitad de la E mayúscula del ¡CĂRTĂREscu! A partir de ahí, cuando me enfrenté a su mundo extraño, a su prosa salvaje, recia y ampulosa, a sus ideas desordenadas y a su apabullante y tediosamente repetitivo mundo onírico y, siendo justos, a ciertos momentos magistrales (aunque muchos menos de los que me esperaba) todo se empezó a desmoronar.

“Solenoide” se presenta avalado por la inmensa fama de su autor, un “Nobelable”, y de esta obra se dice que es “la piedra de toque en torno a la que gravitan el resto de ficciones de Cărtărescu ”. A éste se le compara con Rilke, Borges y Kafka. Y si bien puedo entender de dónde provienen estas referencias, no puedo compartirlas. No después de haber leído “Solenoide”.

Leyéndolo creí identificar, por un breve momento, casi forzado por mi necesidad de encontrar algo de coherencia en el texto, cierta similitud en la trama a la maravillosa novela “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco (sí, soy de esos a los que “el péndulo” les pareció una gran novela) y me sentí esperanzado cuando creía encontrar una aparente intención de que fuera por ese camino la trama de “Solenoide” y se llegara a algo con cierto grado de congruencia. Pero cuando uno empieza a escarbar entre la prosa engolada y artificiosa de Cărtărescu y lo que encuentra son eternas y repetitivas situaciones absurdas que quieren intentar significar algo pero no son más que delirios oníricos hartamente desagradables, uno desiste de seguir escarbando.

La trama superficial del libro es, a priori, muy prometedora: un profesor desmotivado de un colegio situado en los arrabales de un Bucarest devastado encuentra una motivación para seguir con su insustancial y rutinaria vida en la particularidad de una casa extraña que compra en mitad de un barrio pobre. Todo lo que tiene que ver con esta trama primaria es suficientemente digno y podría llegar a sustentar por si solo la fama de la prosa de este autor. Sus descripciones de la vida diaria de los colegiales y de los profesores son magistrales. Su léxico es visual, metafórico y luminoso. Cuando uno se topa con frases como “el único ser de colores en un cementerio de ceniza” cree entender y justificar el resto del texto. Pero todo se desvanece cuando esa escena costumbrista que te ha atraído por primera vez, como podría ser la fila que hacen los niños para recibir una vacuna en un terrón de azúcar, te es presentada por enésima vez de la misma forma y en el mismo contexto. Cuando la primera vez que entra el protagonista en su colegio o en su casa y recorre infinitos pasillos y estancias hasta llegar a su clase o su dormitorio, uno entiende la angustia rutinaria o el desconcierto que está sintiendo el personaje. Cuando este desconcierto se te relata cada vez que va a su habitación o a su aula, el lector desespera ante la sobredimensión de la metáfora. La descripción de su paseo por el circo o el molino por primera vez casi al estilo de flâneur es visualmente deliciosa. Cuando te insisten indefinidamente en esta delicia termina uno hartándose. Y ese hartazgo por repetición se convierte en una evasión del texto en toda regla cuando los sueños entran en juego en la trama. En mi caso esto elimina la posibilidad de autenticidad en un texto. Los sueños, en mi opinión, en cualquier tipo de ficción, no dejan de ser un recurso burdo para presentar ciertos aspectos que el autor no sabe presentar de otra forma y que quiere colar en el texto por algún motivo (crear pausas, explicar ciertas características del personaje, generar absurdas tensiones o, incluso, rellenar páginas con morralla visual). Un personaje que se despierta de una pesadilla brevemente explicada o un momento onírico surrealista pueden aportar cierta gracia a un relato e, incluso, ser favorables al desarrollo y comprensión de la trama. Sin embargo, el uso que hace Cărtărescu del sueño en este libro es inagotablemente repugnante. Enunciados desde el punto de vista de una redacción en un diario personal en el que el protagonista toma notas de otros diarios anteriores, los sueños inconexos, eternos, repetitivos y muy desagradables se desarrollan impunemente a lo largo de cientos (sí, cientos) de páginas en los que el autor del diario se atreve a sugerir que no está contando todo lo que debería (afortunadamente para el lector, añadiría yo) y que ya, si eso, lo deja para más adelante, cuando llegue el momento. Todo esto mientras glosa lo ya contado, lo vuelve a adjetivar, imbuido en un delirio onanista (figuradamente hablando).

Y si con los sueños creíamos haber tenido bastante surrealismo mal entendido, a medio camino entre la trama superficial rutinaria del profesor de colegio y sus delirios oníricos aparece una subtrama en la que, avalada por la anormalidad de las situaciones de una secta, se nos cuenta como unos campos magnéticos conectan la ciudad y reactivan gigantes para acabar elevando Bucarest a los cielos. En serio, todo muy loco y muy absurdo. Ni siquiera la realidad subyacente en toda esta insalubridad mental como parece adivinarse que es la exposición de la represión bajo el régimen comunista en la Rumanía de la segunda mitad del s.XX justifica estas digresiones paranoides.

Tendré que hacer valer la lectura de este texto con la lección biográfica de ciertos personajes de la historia de Rumanía y del resto del mundo que se exponen a lo largo del texto, como pueden ser las vidas de Voynich, Boole, Hinton, Minovici o Vashide que se intentan encajar en la trama. Estos, al menos, son personajes reales presentados dentro de su veracidad, ya que la mayoría de personajes que aparecen en “Solenoide” son del todo increíbles y de una sustanciación completamente irracional. ¿En qué cabeza cabe, por mucho razonamiento pseudofilosófico que se le quiera imprimir al contexto, que una niña de octavo curso se exprese diciendo “ …fui tranquilizándome poco a poco, como si las amapolas hubieran absorbido, con sus bocas, las toxinas de pánico de mi cuerpo.”

Quedémosnos, como digo, con la lección biográfica y con esta magnífica sentencia que quizás justifique un poco toda esta sinrazón: “No siento respeto por el arte que procura comodidad y alivio, por las novelas y la música y la pintura que te hacen más soportable la estancia en la celda. […] Mi escritura es un reflejo de mi dignidad, es mi necesidad de búsqueda del mundo prometido por la propia mente, como el perfume es la promesa de la rosa cerrada”. Al menos así el regusto será menos amargo.

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Mi lucha (I – “La muerte del padre” y II – “Un hombre enamorado”) – Karl Ove Knausgård

Reconozco que tengo cierta debilidad por los libros que sirven al autor para despedazar su vida. No me gusta denominarlas autobiografías porque los textos a los que me refiero no son realmente crónicas vitales como tal. Estos vagan entre la realidad y la ficción situándose más allá de la verdad del autor para crear algo superior. Obras como “Die gerettete Zunge” (“La lengua salvada”) de Elias Canetti o “Down and out in Paris and London” de George Orwell son utilizados por los escritores para crear un mundo atemporal a partir de su propia vida pasada. Una vida que, en muchas ocasiones, es vagamente miserable (y sin embargo extrañamente apetecible – tiene cierto nivel de atractivo y encanto la habitación ruinosa que describe Orwell donde mora en París -). No sé si esta querencia mía por este tipo de relatos es parte de ese voyeurismo que reside en el interior de todos nosotros. No ya el del mirón al uso como el primariamente vergonzante que se desprende de la lectura de textos como “El infierno” de Henry Barbusse (una maravilla de relato por otra parte) sino más bien la sensación de cierta purga moral y espiritual al sentirse identificado con las desventuras del escritor que no deja de ser de carne y hueso y al dejarse llevar por la moral difusamente mostrada en el sentido último del texto.En el caso de Karl Ove Knausgård uno se llega a preguntar si esa empatía que cree estar sintiendo es loable cuando éste espeta sentimientos como que “se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando miro a mis hijos” o cuando describe pasajes íntimos de su vida privada, que quizás deberían quedarse en el ámbito de lo personal y por los que ha recibido críticas de sus allegados. Pero si uno profundiza más en su texto y se aleja de la literalidad de lo que cree estar leyendo, vaciando la mente de prejuicios, verá que las miserias que cuenta, los sentimientos que relata, las vivencias que describe, son comunes a todos nosotros y, simplemente, a veces no somos capaces de verbalizarlas de forma sincera. 

Mi lucha I – La muerte del padre y Mi lucha II – Un hombre enamorado son dos libros muy dispares en cuanto a redacción y contenido. Si bien la historia en el segundo tomo vuelve a pasajes de la primera, el impacto literario y la destreza de la prosa es infinitamente más interesante en el segundo volumen así como la valía del trasfondo filosófico (y artístico, y dialéctico, y moral, y literario, y…). La grandeza de Knausgård no reside tanto en lo que describe de su vida, pues no dejan de ser las vaguedades de un escritor excéntrico, sino en las enseñanzas que saca de ello y las digresiones con las que glosa sus pasajes vitales. Apoyándose en las conversaciones con su amigo Geir, Knausgård nos enseña a apreciar el arte, si bien un arte diferente y, desde otro punto de vista, a pensar críticamente, a enervarnos en la propia soledad y gozar en su inquieto silencio. Y todo ello mientras desprecia nuestra compañía como lectores. No necesita ser leído, no necesita nuestras loas, no necesita nuestro cariño. Necesita escribir, purgar su conciencia con la escritura, sentirse más febril a cada pulsación en el teclado del portátil y escapar con ello de la vida mundana que le rodea y que tan solo llega a tolerar sin disfrutarla. 

Knausgård puede convertirse por momentos un ser odioso, desquiciante e intolerante. Una persona asocial, egoísta y desconsiderada. Y lo sería mucho más de no escribir de esa forma magistral, directa y, plausiblemente, sincera que nos hace empatizar con él en muchos de los actos vitales que describe, incluso en los menos agradables. Tiene, cuando describe ciertos hechos, un talante parecido a C., el hombre ocioso de Atilgan, en su forma de odiar las atenciones en espacios públicos que usa como vía de escape (por ejemplo, los cafés a los que C. va para observar mientras que Knausgård los utiliza para leer) o en cómo detestan la prensa escrita que consideran ambos basura para el cerebro. Para los dos vivir en la ciudad es, en palabras de Knausgård, “poder estar completamente solo en ella, a la vez de estar rodeado de gente por todas partes.”

Aunque, insisto, los relatos de la serie Mi lucha sean autobiográficos, no pueden leerse desde la doctrina de la biografía porque no es posible tal nivel de detalle de hechos ocurridos más de treinta años atrás, ya que todo recuerdo ha de ser sopesado como vivencias de antaño que llegan al presente cargadas con la mochila del tiempo transcurrido y desvirtuadas por la moral actual de que las recuerda . En cómo se interpreta eso reside la pericia de Knausgård, pues aunque es capaz de afirmar que no retiene la memoria hechos pasados, describe con toda precisión la hamburguesa que preparaba el día que murió su padre. Debemos, por tanto, disfrutar y odiar lo que se desprende de la lectura más que lo que se describe en sí. Entonces estaremos gozando de un texto adictivo.