Javier Castillo y la literatura “aburrida”

Hay una corriente que en los últimos tiempos está denigrando la gran literatura, la literatura de palabras y conceptos en pos de la literatura de entretenimiento, del best-seller facilón, del simple pasatiempo comparable a un sudoku o a una serie de streaming. La entrevista que le hace eldiario.es a Javier Castillo con ocasión de la publicación del su ya tercer libro es un claro ejemplo de ello.

Fui un chaval que tardé en amar la lectura. Tardé mucho. Mis padres lo intentaron con los libros del Barco de Vapor, los de “elige tu propia aventura” o libros ilustrados. En muy pocas ocasiones estos volúmenes consiguieron captar mi atención. Apenas un puñado de libros de lectura obligatoria en el colegio causaron un efecto positivo en mí, entre ellos, “Historia de una escalera” de Vallejo Nájera o “El camino” de Delibes. Fue ya de adolescente cuando un amigo me señaló el camino con “La Peste” de Albert Camus, que me entusiasmó más de lo que puedo expresar por medio de las palabras, y lo continué con varios volúmenes de las Obras Maestras de la Literatura Contemporánea de Seix Barral como “La Nausea” de Jean Paul Sartre. Hoy todavía gozo al recordar las diatribas literarias de Joseph Grand o cómo Sartre describía minuciosamente el hecho de la existencia de la mano propia del personaje. Seguramente, dentro de la corriente de literatura fácil que existe hoy en día, esos dos libros serían catalogados como literatura aburrida. “El Péndulo de Foucault” de Umberto Eco, “La lengua salvada”de Elias Canetti, “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan, “Las penas del joven Werther” de Goethe, “Un hombre ocioso” de Yusuf Atilgan, “Sin blanca en París y Londres” de George Orwell…los acompañarían en el mismo saco.

Disfruté en su momento trasnochando para “merendarme” de una sentada “Los pilares de la tierra” de Ken Follett pero cuando logré acabar la segunda parte, “Un mundo sin fin” (el bucle sin fin), me prometí no leer nada más de ese autor que no sabe hacer más que ponerle zancadillas absurdas a sus personajes con tal de alargar una trama hasta la extenuación. Precisamente eso es de lo que se apunta, pero positivamente, la periodista en la entrevista a Javier Castillo: “son thrillers muy adictivos. Montañas rusas en las que continuamente pasa de todo, y con giros que hacen que el lector siempre quiera más.” No, no quiero más, quiero mejor, quiero literatura, quiero detalle, quiero ideas. Posteriormente añade Javier Castillo que “Más que saber qué contar hay que saber qué no contar. Y hay muchos libros que se pierden… Yo disfruto mucho más los libros en los que van pasando cosas. Intento que la descripción sea la necesaria. Si te digo que hay una copa de vino sobre la mesa no hace falta que te diga que es de cristal, la mesa de madera…”. Denosta por esencia generalista la literatura descriptiva, de palabras e ideas, como decía al principio, en favor de una literatura de hechos. Somete la palabra, la esencia de la literatura, a la imagen que representa. Y, precisamente, la literatura no es una serie de TV o una película donde la trama es, por lo general, lo principal (aunque afortunadamente hay reductos cinematográficos y seriófilos donde la fotografía, los diálogos o la música son auténticas obras de arte). La literatura requiere transmitir la idea precisa con la palabra perfecta (gracias Silvio). Que el ritmo sea más trepidante o más tranquilo o que se putee a los personajes más o menos es secundario si los personajes están bien construidos.

Hay que leer hozando en las páginas, deteniéndonos en esa idea que nos ha dejado el escritor escondida entre las líneas para que la gocemos al toparnos con ella. No quiero caer en el error que precisamente critico de cargar contra la literatura de best-seller de pasatiempo, pero intento, por lo general, ocupar mi tiempo en una lectura que me proporcione el goce intelectual necesario como contrapartida. Intento siempre leer para aprender, incluso en aquellas ocasiones en que la mente necesita el simple esparcimiento y un libro fácil y rápido (lo que no quiere decir que sea malo o simplón) sea la mejor opción . No entiendo que se trate como aburrida la gran literatura, y menos si lo hace un escritor. Al igual que no entendería que tratase la literatura de pura diversión como basura.

Eso sí, disfruto cuando veo que, ¡oh milagro!, un libro magnífico, perfectamente escrito, con un disfrute de la palabra y de la de idea y que tiene una trama tan outsider como “Los asquerosos” de Santiago Lorenzo (mencionado también en el artículo) se sitúa en la categoría de best-seller porque compruebo que a la gente no se la puede engañar tan fácilmente y todavía, de vez en cuando, las masas eligen bien.

Leed. Leed lo que queráis. Disfrutad leyendo. Leed lo que os guste y os complete. Pero deteneros un momento a pensar en lo que podéis ganar leyendo y elegid en consecuencia.

Mi lucha (I – “La muerte del padre” y II – “Un hombre enamorado”) – Karl Ove Knausgård

Reconozco que tengo cierta debilidad por los libros que sirven al autor para despedazar su vida. No me gusta denominarlas autobiografías porque los textos a los que me refiero no son realmente crónicas vitales como tal. Estos vagan entre la realidad y la ficción situándose más allá de la verdad del autor para crear algo superior. Obras como “Die gerettete Zunge” (“La lengua salvada”) de Elias Canetti o “Down and out in Paris and London” de George Orwell son utilizados por los escritores para crear un mundo atemporal a partir de su propia vida pasada. Una vida que, en muchas ocasiones, es vagamente miserable (y sin embargo extrañamente apetecible – tiene cierto nivel de atractivo y encanto la habitación ruinosa que describe Orwell donde mora en París -). No sé si esta querencia mía por este tipo de relatos es parte de ese voyeurismo que reside en el interior de todos nosotros. No ya el del mirón al uso como el primariamente vergonzante que se desprende de la lectura de textos como “El infierno” de Henry Barbusse (una maravilla de relato por otra parte) sino más bien la sensación de cierta purga moral y espiritual al sentirse identificado con las desventuras del escritor que no deja de ser de carne y hueso y al dejarse llevar por la moral difusamente mostrada en el sentido último del texto.En el caso de Karl Ove Knausgård uno se llega a preguntar si esa empatía que cree estar sintiendo es loable cuando éste espeta sentimientos como que “se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando miro a mis hijos” o cuando describe pasajes íntimos de su vida privada, que quizás deberían quedarse en el ámbito de lo personal y por los que ha recibido críticas de sus allegados. Pero si uno profundiza más en su texto y se aleja de la literalidad de lo que cree estar leyendo, vaciando la mente de prejuicios, verá que las miserias que cuenta, los sentimientos que relata, las vivencias que describe, son comunes a todos nosotros y, simplemente, a veces no somos capaces de verbalizarlas de forma sincera. 

Mi lucha I – La muerte del padre y Mi lucha II – Un hombre enamorado son dos libros muy dispares en cuanto a redacción y contenido. Si bien la historia en el segundo tomo vuelve a pasajes de la primera, el impacto literario y la destreza de la prosa es infinitamente más interesante en el segundo volumen así como la valía del trasfondo filosófico (y artístico, y dialéctico, y moral, y literario, y…). La grandeza de Knausgård no reside tanto en lo que describe de su vida, pues no dejan de ser las vaguedades de un escritor excéntrico, sino en las enseñanzas que saca de ello y las digresiones con las que glosa sus pasajes vitales. Apoyándose en las conversaciones con su amigo Geir, Knausgård nos enseña a apreciar el arte, si bien un arte diferente y, desde otro punto de vista, a pensar críticamente, a enervarnos en la propia soledad y gozar en su inquieto silencio. Y todo ello mientras desprecia nuestra compañía como lectores. No necesita ser leído, no necesita nuestras loas, no necesita nuestro cariño. Necesita escribir, purgar su conciencia con la escritura, sentirse más febril a cada pulsación en el teclado del portátil y escapar con ello de la vida mundana que le rodea y que tan solo llega a tolerar sin disfrutarla. 

Knausgård puede convertirse por momentos un ser odioso, desquiciante e intolerante. Una persona asocial, egoísta y desconsiderada. Y lo sería mucho más de no escribir de esa forma magistral, directa y, plausiblemente, sincera que nos hace empatizar con él en muchos de los actos vitales que describe, incluso en los menos agradables. Tiene, cuando describe ciertos hechos, un talante parecido a C., el hombre ocioso de Atilgan, en su forma de odiar las atenciones en espacios públicos que usa como vía de escape (por ejemplo, los cafés a los que C. va para observar mientras que Knausgård los utiliza para leer) o en cómo detestan la prensa escrita que consideran ambos basura para el cerebro. Para los dos vivir en la ciudad es, en palabras de Knausgård, “poder estar completamente solo en ella, a la vez de estar rodeado de gente por todas partes.”

Aunque, insisto, los relatos de la serie Mi lucha sean autobiográficos, no pueden leerse desde la doctrina de la biografía porque no es posible tal nivel de detalle de hechos ocurridos más de treinta años atrás, ya que todo recuerdo ha de ser sopesado como vivencias de antaño que llegan al presente cargadas con la mochila del tiempo transcurrido y desvirtuadas por la moral actual de que las recuerda . En cómo se interpreta eso reside la pericia de Knausgård, pues aunque es capaz de afirmar que no retiene la memoria hechos pasados, describe con toda precisión la hamburguesa que preparaba el día que murió su padre. Debemos, por tanto, disfrutar y odiar lo que se desprende de la lectura más que lo que se describe en sí. Entonces estaremos gozando de un texto adictivo.