Viaje en autobús – Josep Pla

“En una hermosa mañana del mes de mayo, una elegante amazona recorría, en una soberbia jaca alazana, las avenidas floridas del Bosque de Bolonia”. Sobre esta oración giraban los desvelos del funcionario oranés Joseph Grand inventado por Camus. Este mismo anhelo perseguía Josep Pla desde que comenzó a escribir, pues como él mismo defendió, la literatura es la búsqueda del adjetivo perfecto.

Pla fue un hombre viajero tanto en su cualidad de escritor como en la de periodista, si es que ambas se pueden disociar. Sirvió como corresponsal en muchos países – Italia, Alemania, Reino Unido, Francia,… – y vivió y describió momentos históricos muy singulares y convulsos en todos ellos. Sin embargo, quizás sean sus textos sobre su tierra, sobre todo el Ampurdán, los que le hayan dado su mayor fama. Su prosa pausada, certera, clara, directa y sencilla describe a la perfección a las gentes y a los paisajes de esa comarca. Y en “Viaje en autobús” queda completamente patente.

Apuntaba que la suya es, frente a la literatura de imaginación, una literatura de observación y esto es precisamente lo que ocurre en su viaje. Subiendo y bajando del autobús durante los años 40 del s.XX español de postguerra por las comarcas del Ampurdán y del Maresme, Pla nos va presentando una serie de personajes, de historias y de paisajes que nos conforman una idea global de ese momento histórico. A medio camino entre un libro de viajes (y gastronómico), un relato costumbrista y un diario de flâneur este texto indaga en las necesidades de una tierra que Pla bien conoce, a la que quiere y con la que se ha de mostrar crítico. Nos introduce en las casas de los payases y en sus tranquilas costrumbres rutinarias. Se sienta con ellos a observar el fuego, a merendar y analiza sus problemas y con ello los de la sociedad del momento. Busca los rastros de los intelectuales catalanes de la época en las diversas localidades costeras y nos relata sus hazañas y sus logros. Conversa con maestras, estudiantes, estraperlistas, viajantes, paisanos, amigos y de todos ellos nos hace un magnífico bosquejo. Come y duerme en las fondas, conversa en las tertulias de los cafés, fuma en los casinos, pasea por las ramblas y finalmente retorna a la tranquilidad de su masía. Viaja porque es una manera de “formar su inteligencia y enriquecer su sensibilidad” y porque “no hay nada como alejarse un poco para curarse de la psicosis de la proximidad, de la deformación de la proximidad, de la que todos somos atacados”.

Una amiga barcelonesa, gran lectora y conocedora de este autor, afirma con tristeza que Pla es un monstruo de las letras y a la vez un gran desconocido incluso en su tierra. Criticado sin apenas ser conocido. Indica que Pla son sus preciosas descripciones, muy poéticas, acompañadas de un humor crítico muy sutil que no se frena ante nada. Añade, finalmente, que con Pla uno nunca se siente solo. Quizás sea la forma que tiene de hacerte empatizar con sus razonamientos, la forma en la que te introduce en los paisajes que está viendo o el manejo del lenguaje que profesa cuando se dirige a las gentes con las que se cruza en su vagabundeo pero ciertamente uno cree estar acompañando a, y estar acompañado de, Pla en su pausado viaje motorizado.

Madre de leche y miel – Najat El Hachmi

El primer vínculo sentimental que tenemos con la realidad nada más nacer es con nuestras madres y, sea cual sea la circunstancia vital que dé continuidad a ese primer instante, el nexo permanecerá eternamente. Quizás por eso en la historia de la literatura las madres han ocupado siempre un puesto predominante en muchas narraciones y nunca son un personaje completamente ajeno a la historia principal de cualquier relato, ya sea por medio de relaciones tormentosas como las que cuenta Vivian Gornick en su “Apegos feroces”, a través del sufrimiento colectivo de madres menos cercanas en su vínculo afectivo como la que describe Angelika Schrobsdorff en “Tú no eres como otras madres”, mostrando el dolor de madres incrédulas y dolientes como la que aparece en “En tu vientre” de José Luis Peixoto, o como las múltiples madres que aparecen en el libro que nos ocupa, “Madre de leche y miel” de la escritora marroquí Najat El Hachmi.

Fátima ahora es madre. Y hace muchos años, y a muchos kilómetros de distancia, fue solo hija. Y junto a ella había otras hermanas que estaban, como ella, condenadas a ser madres y esposas (y esclavas). Y tanto antes como ahora, eran pocos los momentos en los que la alegría era mayor al sufrimiento. El trabajo, antes y ahora, era el medio de huir de la realidad. Ahora para mejorarla y poder conseguir que su hija tenga una vida mejor, antes para soportar la miseria de su destino como vientre. Puro vientre de simientes.

Fátima ahora está sentada en su casa materna delante de sus hermanas contando como emigró de Marruecos a Cataluña en busca de su marido. Éste la había desposado por capricho, haciéndola mudarse a su casa familiar donde su suegra y sus cuñadas la odiaban, vejaban y maltrataban, para después abandonarla sin dar mayor explicación con una hija gestándose en su vientre. En el pueblo catalán a donde llegó con una bolsa, una hija y un poco de masa madre para poder hacer el pan de siempre (el simbolismo de este hecho es sobrecogedor) le esperaba la miseria del emigrante: la soledad, la pobreza, el rechazo, el miedo a lo nuevo y ajeno, el esfuerzo sobrehumano y, afortunadamente, la solidaridad.

Fátima, mucho antes, estuvo sentada en el patio de su casa de Marruecos con sus hermanas esperando su futuro. Éste pasaba porque alguna familia se encaprichara de ella y la comprara por una dote para pasar a ser propiedad de su marido en vez de serlo de su padre y convertirse entonces en madre. Fátima trabajaba mucho. Bajaba al río a lavar la ropa contra las piedras, traía agua de la fuente, cuidaba la casa, preparaba la comida y, sobre todo, amasaba y cocinaba el pan. Su pan. El pan que la acompañó después en su viaje y que la alimentó haciéndola sentirse menos lejos de su casa.

Najat El Hachmi nos cuenta esta historia de Fátima, que es la de muchas mujeres que viven sometidas por la tradición, la incultura y la pobreza. Najat hace un alegato de la feminidad más allá de la maternidad, de la libertad por medio de la cultura, y de la familia, pero de la de verdad, de la que nos quiere incondicionalmente y no de aquella que se nos impone. Najat también nos presenta de una forma cruda y transparente el sufrimiento que se padece en la emigración. En estos tiempos en los que en “el primer mundo” (como odio esta expresión) la emigración se nos intenta mostrar constantemente como un peligro es necesaria esta visión clara y sencilla de lo que sufre el inmigrante que no busca otra cosa que encontrar una vida decente.

No es fácil toparse con libros tan bien escritos como “Madre de leche y miel”. Las diferentes voces se mezclan en una sintonía narrativa perfecta, donde sufrimos con lo que nos cuentan, con sus susurros, sus lamentos y sus escasos goces. Disfrutad y sufrid de este magnífico relato. Os removerá y necesitamos, en este mundo indigno, que así sea.