Olla podrida

La censura camuflada de pin parental

Una de las bases, de los fundamentos, de la educación, principalmente de la pública, es la equiparación de conocimientos, y por lo tanto oportunidades, para todos los niños. El acceso a la cultura sin un sistema público de educación quedaría limitado o incluso vetado para una parte de la población que no tuviera el suficiente poder adquisitivo. La obligatoriedad de la educación hasta la secundaria previene que ciertas actitudes, creencias, obtusidades de los padres priven del derecho inalienable de cualquier niño a tener unos conocimientos que le proporcionen una oportunidad en un futuro hostil. La vida está llena de desigualdades y precisamente esta educación intenta allanarlas y mitigarlas.

El acceso a la cultura es uno de los bienes más preciados que tiene una sociedad evolucionada. Una cultura libre, sin ningún tipo de censura. Una cultura y una educación plural y justa . Una educación para todos. Las opiniones personales, las cerrazones mentales y los credos religiosos no tienen cabida en esa eduación que se proporciona desde un estado democrático que cree en sus ciudadanos como seres iguales, y que los ha de tratar como tales. Después llegará la voluntad personal a juzgar esos conocimientos, a ponerlos en duda, a meditar sobre ellos, a dialogar, a discutir, a rebatirlos y de esta forma moldear el carácter personal, la propia voluntad. Con esa actitud crítica ante lo aprendido se construye un futuro en el que se evoluciona, en que se descubren nuevos mecanismos, nuevas ideas y se forja una cultura cultural mejor, más amplia y más desarrollada.

El “pin parental” del que tanto se está discutiendo estos días no es más que una censura con todas las letras y toda la amplitud de su significado. Es privar a algunos niños de esa igualdad que la eduación les brinda. Es una actitud sectaria, obtusa y dañina. Es una jaula mental, una en la que huele a rancio y a horror.

Que ciertos padres pretendan que sus hijos obtengan menos conocimientos que otros es una actitud depravada y negligente y no debería ser planteada por una sociedad culturalmente sana.

La irrupción de creencias religiosas, de doctrinas involutivas, de ideas malignas, perniciosas, añejas, no deben tener cabida en nuestro sistema educativo. En este ámbito también la religión debería ser expulsada de las aulas y quedar circunscrita a un ambiente catecumenal y estudiarse en el currículum educativo como una filosofía más o como una singularidad más de cada periodo histórico.

El que ciertas ideologías quieran imponer esta posibilidad de censura educativa no es algo nuevo. Toda represión política y social incluye este tipo de lavados de mente, de limitaciones culturales que priven de una razón formada a sus ciudadanos. Una razón que les quite su razón. Una cultura que exponga sus falsedades, sus mentiras y sus miedos y los deje como lo que son, unos retrógrados y unos sectarios.

¿Cómo serían nuestras mentalidades si no nos hubieran enseñado la evolución de las especies, la historia de nuestros ancestros con todos los estudios y desde todas las perspectivas contrastadas, la filosofía de Nietzsche, Wittgenstein, Descartes, Hume, Santo Tomás o Platón, la literatura de Orwell, Cortázar, Beauvoir, Swift, Rosalía de Castro, Balzac, Shelley, Bradbury, Kafka, Gloria Fuertes, Vonnegut o Woolf? ¿Seríamos como somos? Desde luego yo no.

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Críticas literarias

Iván – Javier de Dios 

He de reconocer que uno de mis placeres casi inconfesables es el de rebuscar en bibliotecas ajenas, principalmente si te fías de los gustos de ese ajeno. De esta forma, hace unos días, me topé con un autor al que leía por primera vez (aunque sí hubiera oído hablar de él con anterioridad) y, a la vez, me reconcilié con un género literario que, y siento cierto pudor al decirlo, tenía completamente abandonado. El autor es Javier de Dios y el género el dramático.

Iván, título de la obra y personaje principal, es un chaval al que, desde un primer momento, sabemos que conocemos. Le vemos habitualmente sentado en algún banco de algún parque del barrio, con cierto aire de displicencia e indolencia, y del que más de una vez hemos dicho, sin ponernos a sopesar su realidad, que era un pieza. Incluso, algunos, lo hemos tenido como compañero de colegio o instituto y, de alguna forma u otra, le hemos profesado simultáneamente admiración y temor. Llegábamos a reírle los desplantes y ataques al prójimo, siempre que ese prójimo no fuera uno mismo. Ahí entraba el temor. Los profesores muchas veces le tenían cierto respeto que desembocaba en que ambos se ignoraran mútuamente lo que simplificaba la relación pero empobrecía la educación. Ese es Iván. Todos le conocemos. Y muy pocos hemos intentado, sin embargo, entenderle. 

Este texto ahonda en lo que realmente es Iván, no en lo que nos parece. En la relación con su chica, cargada de incipiente sexualidad vacía y de anhelos de un futuro todavía muy lejano; con su padre viudo, que no le logra comprender y que tampoco acierta a servirle de ejemplo; y con sus profesores, que se convierten en el foco de su malestar vital.

La condición de docente del autor de este texto deja una huella muy profunda en el relato mostrando la pelea diaria de unos profesores que han de bregar con situaciones que muchas veces no aciertan o no pueden comprender y que, en el caso de que lograran entenderlas, no pueden llegar a afrontarlas de forma plena.

Iván, el libro, es un texto maravilloso, de una cotidianidad, dureza y sinceridad poco frecuentes en la literatura actual, que despierta en el lector (o en el espectador, recordemos que es una pieza dramática) esa sensación de “joder, pobre chaval, a lo mejor no es tan cabrón como parece” que más de una vez hubiera ayudado a tantos “Ivanes” que no han tenido la oportunidad de ser entendidos. 

Quizás este texto, y otros como este, sirva para que nos concienciemos de que los centros educativos, y en especial la secundaria, no son simples depósitos de chavales que están obligados a aprender unas lecciones, sino que son una oportunidad para muchos de escapar de su realidad social impuesta y que, con la ayuda de docentes y orientadores, consigan tener las mismas oportunidades que cualquier otro. Esa debería ser la educación que recibiéramos, sobre todo en la denostada enseñanza pública que es la única capaz de igualar realmente las oportunidades de estos adolescentes. 

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