Más Ferdinando, por favor.

(En respuesta al lamentable y malintencionado artículo en El País – el otrora periódico progresista hoy uno más en el vertedero mediático – de Antonio Lorca del 6 de enero de 2018 titulado “La conmovedora, tierna, sensiblera y mentirosa historia del toro Ferdinando”).

Llegan hasta mí estos recuerdos cargados con las interferencias del tiempo transcurrido, pero más nítidos de lo que hubiera esperado. No tendría más de seis años – y ya muchos me parecen – cuando estaba sentado en el sofá verdoso de mis abuelos con las piernas completamente apoyadas en los enormes cojines – mi escasa altura no daba ni para que sobresalieran de ellos – y cubiertas por un libro de gran formato que aglutinaba varias historietas gráficas clásicas de Hanna Barbera y Disney (y no sé si alguna otra corporación). Me acuerdo de pasar las hojas divirtiéndome con las historias de Los Picapiedra, Huckleberry Hound, Los supersónicos, Pixie y Dixie (sí, la mayoría de las que me gustaban eran de Hanna Barbera) y recuerdo especialmente cuando llegaba a la historia del toro Ferdinando, un toro manso y cariñoso que le encantaba oler flores y pastar a placer. Tengo grabada en mi memoria la viñeta en la que un Ferdinando adulto se humillaba no para “recibir al torero” como le hubiera gustado a Antonio Lorca sino para olisquear una flor.

A mis abuelos les encantaba el toreo y me intentaron inculcar el placer por disfrutar de ese mal llamado arte durante alguna de las tardes que pasaba con ellos y en la televisión echaban una corrida de toros (lo cual antes ocurría con más frecuencia que ahora, afortunadamente). Posiblemente alguna de esas tardes, mientras en la televisión Espartaco (el torero sevillano no el gladiador) mareaba a un pobre toro en la plaza de las Ventas para terminar matándolo, yo tuviera sobre mis piernas el volumen de historietas que tanto me gustaba hojear con la historia del toro manso Ferdinando. Entonces mi mente todavía poco crítica identificaba como algo completamente dispar lo que era un dibujo y lo que era la vida real. De otra forma hubiera sido realmente cruel ver cómo mataban a un “familiar” de Ferdinando.

Aunque por lo que he dicho creo que no es necesario explicitarlo, sí, soy antitaurino. Y lo soy, creo, o al menos ese día me reafirme en ello, desde el día que me llevaron, no mis abuelos, a las Ventas a ver una corrida – la primera y la última. Ese día brotaron todas las imágenes sádicas que había ido almacenando en mi cabeza mientras múltiples toros había sido torturados en la tele durante tantas tardes y se convirtieron en reales. La toma de conciencia social adquirida con la cercana madurez mental que proyectaba la adolescencia ayudó a ello.

Por eso, cuando hace unas semanas vi anunciada la película de Ferdinando me alegré de que en un país como España, que todavía defiende el sadismo animal institucionalizado, se proyecte esa película. Y me alegro aún más cuando esta cinta molesta a gente como Antonio Lorca. Y no os dejéis engañar, molesta no sólo por su carácter antitaurino sino por todo lo que propugnaba el texto original de Munro Leaf: el antibelicismo, la nobleza frente a la competición, el goce del disfrute. Y ya sabemos que en esta sociedad moderna donde se ennoblece al más fuerte, al más viril, al más competitivo, y se denosta al noble, al tolerante, al débil, un texto como el de Munro Leaf y una película basada en él pueden molestar y mucho. Y si molestan hacen bien.

Ojalá esto lleve a que se ponga de moda el libro de Ferdinando. Habrá ganado la cultura y la sociedad.

Más Ferdinando, por favor. Y más libros. Eso siempre.

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El absurdo veto de Javier Marías a Gloria Fuertes

En su artículo de hoy en El País, Juan Cruz se equivoca en los motivos por los que se está criticando el último de una larga serie de desatinos (“Javier Marías contra el mundo” debería llamarse su columna) de Javier Marías. Y se equivoca porque no se le critica, al menos yo no lo hago, por no gustarle Gloria Fuertes. Los gustos son muy personales. E incluso existe el mal gusto. Y aunque de un académico de la Real Academia de la Lengua (si es que eso todavía significa algo) se pueda esperar más que ese artículo, se le critica por mezclar conceptos que no tienen nada que ver entre sí, como patriarcado y valía literaria, y por intentar imponer un listado de autoras que se pueden leer frente a otras que se deberían condenar al ostracismo según su criterio como ínclito académico e “ilustre” literato. Resulta especialmente dañina y peligrosa la sentencia con la que acaba el artículo: “Lean, por caridad, a las (autoras) que he enumerado antes: con ellas, yo creo, no hay temor a la decepción.” ¿Qué autoridad moral cree tener para denostar a las escritoras que no están en su lista? ¿Por qué habría que temer una decepción leyendo a otras autoras diferentes a las que él detalla? Cada uno ha de leer lo que le dé la gana, sea bueno o malo para este señor. En eso consiste la belleza y la magia de la lectura, en que cada uno, en cada momento vital, va a interpretar, sentir, vivir y gozar un texto literario de una forma distinta.

De lo se lea se aprenderá y se descubrirán nuevos mundos. Muchos de ellos, afortunadamente, antagónicos a Marías. No hay que dejarse acorralar en un determinado tipo y calidad de lecturas. Precisamente por querer guiar a las personas a lecturas únicas y “apropiadas” se ha denostado durante años a escritoras maravillosas y originales como Gloria Fuertes. Y eso es inadmisible. 

Porque, además, reducir toda la obra de un autor, y más del calado de Gloria Fuertes, cuya trayectoria discurrió tanto por el complejo mundo de la literatura infantil y juvenil como por la poesía adulta, es un ejercicio de simplismo descarado. Uno puede llegar a odiar profundamente a un autor y de repente encontrarte con un texto suyo maravilloso. 

Si siguiésemos, que no lo haremos obviamente, los consejos de Javier Marías nos perderíamos, precisamente, esos libros maravillosos. Es lo que le ha debido de pasar al otro ilustre académico gruñón, Arturo Pérez Reverte, que se jacta de no haber leído jamás a Gloria Fuertes. Ahora se entienden muchas cosas.

Galicia – Julio Camba

Galicia es esa tierra de curas rechonchos con sotana negra hasta los pies, bufanda al cuello y boina calada. De señoras con pañuelos negros en la cabeza y delantal, que sentadas a la puerta de su casa, sobre un banco de piedra, te escrutan al pasar preguntándose de quién serás familia (e ti, ¿de quén ves sendo?). De niños jugando con bicis en arcenes de nacionales peligrosas y comiendo moras de zarzas del camino. De marineros separados de sus mujeres durante semanas. De recogedoras de navajas en amplias playas de pueblos pesqueros. De lonjas con redes a medio remendar. De cerdos sueltos buscando qué comer y huyendo de su San Martín. De gallinas ponedoras de huevos con yemas profundamente naranjas. De vacas en los caminos que hacen de cortafuegos de los múltiples incendios veraniegos. De construcciones absurdas, levantadas con dinero indiano y con permiso de concejales afines, que se cargan la estética antigua de pueblos singulares. De hermosos hórreos herrumbrosos. De pétreos cruceiros de encrucijada. De la Santa Compaña, de meigas y del Lobishome

Galicia es esa tierra singular coloreada con el verde de sus bosques, el negro de sus incendios y el azul helado de sus rías. Es esa tierra que huele a pan de bola y añoranza. Que emigra. Que reza rosarios en eternas novenas y cabos de año. Que vive entre el corral, el puerto, los bares, los fogones y la eira. Todo aquello donde no se acumulen estos típicos lugares comunes no es Galicia. No al menos mi Galicia. Ni, por supuesto, la que describe Camba.

Leer este compendio de artículos de Camba sobre Galicia es darse de bruces con esta Galicia. 

La editorial Fórcola ha reunido, con muy buen criterio, un compendio de artículos de Julio Camba desde 1905 hasta 1942 en los que perfectamente se observa el cambio de registro literario e idelógico que Camba “sufre” durante estos años, pasando por periódicos de ideologías opuestas y de varios registros diferentes (ABC, El Sol, El País, El Mundo,…). Podemos discutir en mayor o menos medida la visión de Camba, su posicionamiento respecto a ciertos hechos que describe o, incluso, y lo discuto, su negación a la evolución académica de la lengua gallega más allá del mundo puramente bucólico, rural y pragmático. Pero desde luego, lo que no se puede discutir es su Galicia.

Los que hemos vivido parte de nuestra infancia en los pueblos gallegos, vamos a vernos transportados a esa tierra que la morriña no permite abandonar nunca y que Camba describe física, psíquica y políticamente tan bien.

Los que no hayan vivido Galicia en toda su dimensión, van a poder intentar entender la idiosincracia gallega, además de poder comprender una parte de la historia política de principios del s.XX.

En cualquier caso, este libro, perfectamente editado, es un disfrute en muchos sentidos. Uno de esos libros imprescindibles para cualquier apasionado de Galicia y de la literatura (incluso la periodística, tan denostada últimamente).