Iván – Javier de Dios 

He de reconocer que uno de mis placeres casi inconfesables es el de rebuscar en bibliotecas ajenas, principalmente si te fías de los gustos de ese ajeno. De esta forma, hace unos días, me topé con un autor al que leía por primera vez (aunque sí hubiera oído hablar de él con anterioridad) y, a la vez, me reconcilié con un género literario que, y siento cierto pudor al decirlo, tenía completamente abandonado. El autor es Javier de Dios y el género el dramático.

Iván, título de la obra y personaje principal, es un chaval al que, desde un primer momento, sabemos que conocemos. Le vemos habitualmente sentado en algún banco de algún parque del barrio, con cierto aire de displicencia e indolencia, y del que más de una vez hemos dicho, sin ponernos a sopesar su realidad, que era un pieza. Incluso, algunos, lo hemos tenido como compañero de colegio o instituto y, de alguna forma u otra, le hemos profesado simultáneamente admiración y temor. Llegábamos a reírle los desplantes y ataques al prójimo, siempre que ese prójimo no fuera uno mismo. Ahí entraba el temor. Los profesores muchas veces le tenían cierto respeto que desembocaba en que ambos se ignoraran mútuamente lo que simplificaba la relación pero empobrecía la educación. Ese es Iván. Todos le conocemos. Y muy pocos hemos intentado, sin embargo, entenderle. 

Este texto ahonda en lo que realmente es Iván, no en lo que nos parece. En la relación con su chica, cargada de incipiente sexualidad vacía y de anhelos de un futuro todavía muy lejano; con su padre viudo, que no le logra comprender y que tampoco acierta a servirle de ejemplo; y con sus profesores, que se convierten en el foco de su malestar vital.

La condición de docente del autor de este texto deja una huella muy profunda en el relato mostrando la pelea diaria de unos profesores que han de bregar con situaciones que muchas veces no aciertan o no pueden comprender y que, en el caso de que lograran entenderlas, no pueden llegar a afrontarlas de forma plena.

Iván, el libro, es un texto maravilloso, de una cotidianidad, dureza y sinceridad poco frecuentes en la literatura actual, que despierta en el lector (o en el espectador, recordemos que es una pieza dramática) esa sensación de “joder, pobre chaval, a lo mejor no es tan cabrón como parece” que más de una vez hubiera ayudado a tantos “Ivanes” que no han tenido la oportunidad de ser entendidos. 

Quizás este texto, y otros como este, sirva para que nos concienciemos de que los centros educativos, y en especial la secundaria, no son simples depósitos de chavales que están obligados a aprender unas lecciones, sino que son una oportunidad para muchos de escapar de su realidad social impuesta y que, con la ayuda de docentes y orientadores, consigan tener las mismas oportunidades que cualquier otro. Esa debería ser la educación que recibiéramos, sobre todo en la denostada enseñanza pública que es la única capaz de igualar realmente las oportunidades de estos adolescentes. 

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Stoner – John Williams

Cuando me enfrento a un libro como Stoner, con la fama que le precede, tiendo a cargarme de prejuicios y lo comienzo con cierto miedo a que me defraude (el pavor al Best-Seller que llamo, aunque aplicar este calificativo a este relato sería, quizás, despectivo). Y así hice, casi inconscientemente, con esta novela de John Williams (aunque las varias recomendaciones venían de personas de gustos poco dudosas y muchos aciertos previos).
Sin embargo, Stoner tiene un comienzo tan poco alentador que no deja de ser altamente intrigante. Según avanza la lectura, la sensación no desaparece: ¿por qué me estará atrayendo tanto este libro? Y de repente la verdad se te revela en toda su intensidad. No necesitas tener delante de ti un thriller que te haga estar en tensión y desear que avancen las páginas para saber qué ocurre con la trama, o una novela crudamente dramática que te sobrecoja con las desgracias ajenas, o un libro de cariz humorístico que te distraiga y entretenga. John Williams no necesita nada de eso; consigue con su prosa sencilla que, según se vaya desarrollando la novela, notes como cada personaje, cada frase que pronuncian, cada descripción de sus sentimientos, cada ambientación, te atrapan de tal forma que te abstraen de todo lo que existe alrededor, y tienes la sensación de haber empatizado hasta tal punto con William Stoner que crees estar viendo desarrollarse algo de tu propia existencia. 

Pero no es solo la forma, que tiene algo especial, de cómo Williams presenta a Stoner, y al resto de personajes – aunque Stoner fagocite, y con razón, casi todo el espacio -, sino que la temática ambiental elegida, para aquellos que sentimos atracción – y casi devoción – por la cultura humanística, es idónea. 

John Williams ha creado la novela idónea para un amante de la lectura y la cultura. Pone delante del lector a un profesor de origen humilde, obsesionado con la literatura, que ama la enseñanza y cree que ella en un fin en sí mismo (“as if those studies were life itself and not specific means to specific ends”), y le dota de unos valores humanos notables (paciencia, justicia, honestidad, …)

William Stoner es el antihéroe que debería abundar en nuestra sociedad y John Williams el maestro que nos lo presenta en todo su esplendor creando la que podría considerarse la novela perfecta. Sin tapujos: de las de llorar porque se acaba.