Críticas literarias

Kruso – Lutz Seiler

Leyendo “Lección de alemán” de Sigfried Lenz uno siente como la lluvia le va calando en un ambiente opresivo, bello pero desolador. Con “Ritos funerarios” de Hannah Kent el cuerpo se hiela por las corrientes húmedas y gélidas que se escapan entre las grietas de las casas donde moran sus protagonistas; las nieves lo inundan todo, incluso las almas (sí, también la del lector). En la “La ciudad blanca” de Karolina Ramqvist ese frío intenso también entra por las rendijas y la nieve deslumbra en el exterior pero la desolación interior opaca la inerme existencia de afuera. El frío, la humedad y la miseria se cuelan entre las líneas de los relatos que transcurren en la mitad más septentrional de la tierra, en el norte de Europa, con le influjo del Ártico, con el gélido Báltico. Este es el caso de “Kruso” de Luzt Seiler donde el oscuro y mortífero mar se alía con la ausencia de libertad para crear una frontera mortífera. La libertad se ve, está a tan solo unos kilómetros. Solo el Báltico los separa. No importa si es invierno o verano, esa desazón, húmeda de viento con salitre, glacial, esperanzada, nos acompaña durante las líneas. Está camuflada dentro de otra historia. La relación de Ed y Kruso, de Ed en Kruso, de Ed en Ed es la intrahistoria.

Ed se refugia en el lugar más extremo capaz de alcanzar de la República Democrática Alemana huyendo de sí mismo. Espera encontrar otro yo en Hiddensee, una isla al borde del Báltico, al norte de la actual Alemania. Y efectivamente encuentra otra realidad personal muy diferente de la que se imagina.

No suelo fiarme de las notas de elogio y autobombo que las editoriales incluyen en las contraportadas, fajas y reseñas publicitarias de los libros, pero en la edición de Kruso de Anagrama se incluye una mención a una reseña en el diario alemán Die Zeit, casualmente mi periódico alemán de referencia, que dice que el texto de Lutz Seiler es “una novela filosófica con múltiples capas que plantea una pregunta muy importante sobre nosotros y sobre el presente: ¿cómo se conquista la libertad?”. No puedo estar más de acuerdo con este análisis que hace Alexander Cammann. El texto fluye por el territorio de las ideas, fluctúa desasido de una realidad terrenal para vagar con un rumbo muy definido y claro por las mentes de los personajes y por aquello de lo que quieren huir y quieren alcanzar sin que puedan llegar a plantearlo claramente. Creen estar viviendo una estancia auténtica en una tierra especial como esa isla en el Báltico, trabajan, filosofan, discuten, se agotan, se divierten, beben hasta la extenuación, inundan sus estómagos para calmar su mente, y mientras anhelan la muerte en las corrientes del mar. Es su fin. Algunos lo conseguirán. Algunos lograrán incluso no morir. No conseguirán la libertad completa que ofrece las aguas que agita Caronte.

En ese grupo se encuentra Edgar, Ed, y termina siendo el último del Klausner, su Filipinas. No lo abandonará hasta que no sea él quien lo cierre. Entre tanto, descubrirá la realidad onírica que le ofrece Kruso, un personaje que es parte cabecilla de secta, parte filósofo, parte agitador y un todo de tormento. Ambos comparten la pérdida. Una añoranza común y compartida de aquellos que han dejado atrás y que no les pueden acompañar en su huida. Kruso ofrece alivio, perdón, infunde ánimos, un limbo, en definitiva, donde refugiarse antes de perecer bien en el mar bien en la ausencia de libertad. Consuelo da, aquel que él no tiene.

La vida del Klauser, el trabajo que allí se realiza, sus gentes, los trabajadores temporales que lo habitan, sus relaciones, cómo ocupan sus días, es el trasfondo que nos intenta velar la verdadera meta del texto. ¿Qué concepto de libertad es el que añoramos?

Cartarescu lo intentó hacer en su “Solenoide” sin conseguirlo. Lo opacó en exceso, lo emperifolló, lo intentó engalanar tanto y tan largo que cualquier concepto quedó diluido. El continente se come al contenido. No hay nada que salvar. Lutz Seiler bordea el mundo onírico sutilmente, lo circunnavega lo suficientemente cerca para no perdernos en él pero dejarnos tenerlo presente. Vela la realidad, la negativiza, nos la difumina, nos crea un mundo fraternal, distinto, cubierto de paisajes ajenos y realidades excepcionales y nos mantiene en un estado de expectación pausada que hace que el texto tenga un ritmo y todo muy especial.

No es fácil leer Kruso. Pero merece mucho la pena el esfuerzo. La introspección que hacemos durante el texto bien merece su tiempo.

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Mare di zucchero – Mario Desiati

A veces minusvaloramos la literatura infantil y juvenil por pensar que la facilidad temática y literaria que las caracteriza (según el nivel) conlleva un deterioro de la calidad de la escritura y una banalización de la narración. Sin embargo, en bastantes ocasiones, esa simpleza (en el buen sentido de la palabra) permite apreciar rasgos que con frecuencia son opacados con la complejidad sintáctica y semántica de la literatura “adulta” ad-hoc.

Por mi nivel de italiano – quizás sería más ajustado decir mi nivel de itañolo – no creí apropiado ni adecuado – ni justo – acceder a literatura adulta directamente y este verano, sentado en las escaleras de entrada de la librería Feltrinelli de Bari alrededor de una isla de libros en promoción, se me cruzó el libro Mare di Zucchero de Mario Desiati publicado por Oscar Mondadori, catalogado para jóvenes de 11 a 14 años. Las primeras páginas me las leí ahí mismo, en las frías escaleras blancas, molestando a los que entraban pero absorto desde el primer momento en la narración.

Ésta presenta una historia muy actual y a la vez muy antigua. La migración explicada como movimiento de gente, sin etiquetas legales ni raciales. Porque así es como lo ve Luca, el niño que contempla como a su costa de Puglia llegan miles de personas que sufren, entre ellas Ervin, un coetáneo albanés que asimila como igual a pesar de la diferencia de idioma y país de origen. Su único fin es ayudarle y protegerle. Sin prejuicios, sin etiquetas.

El drama migratorio que cuenta el libro, y en el que se enmarca la historia de Ervin y Luca, sucedió realmente a principios de los 90 y aun hoy se considera una de las mayores llegadas de refugiados simultáneos en barco. Más de 20.000 albaneses se calculan que desembarcaron en Bari de los que más de 3.000 se cree que lograron escapar de la deportación a territorio albanés donde todavía las políticas del ya fallecido dictador Hoxha tenían vigencia.

De aquellos barros, los lodos de hoy donde dirigentes italianos incompetentes y despreciables como Salvini siguen aplicando las mismas políticas excluyentes, creyendo que la migración debe pararse a las puertas de su país y que los movimientos migratorios sólo tienen que tener una dirección, la de salida. En su mentalidad todo son fronteras, razas, religiones…las personas quedan opacadas por los adjetivos.

Luca no lo ve igual. Luca ve a Ervin. No ve al albano Ervin, al inmigrante, al extranjero. No le importa nada de ello. Ervin es solo un niño descalzo, escasamente vestido, recién llegado que le necesita. No activa mecanismos sociopolíticos. No aplica legalidades. No enarbola banderas. Los adultos a su alrededor, uniformados y no, con cargos y de a pie sí lo hacen y le intentan imponer sus prejuicios. No juzga, actúa. Sus razones parecen tener un sustrato religioso en cierto modo – esta es la parte que creo menos acertada de la novela – y son las que le mueven. Podrían haber sido otras. Da igual. Las tiene y son su motor. Y le llevan a recorrer junto a Ervin un Bari que les busca y les juzga.

Creo que este tipo de textos juveniles que abarcan temas tan de actualidad y polémicos son necesarios para formar mentes juiciosas y responsables desde jóvenes, porque la literatura no debería ser jamás sólo puro entretenimiento sino una base de conocimiento y meditación (en términos filosóficos). Podremos estar más o menos de acuerdo con el planteamiento final, pero al menos habremos abierto un debate. Y esa es la base de toda solución.

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Ritos funerarios – Hannah Kent

“No siempre ha hecho tanto frío. Oigo pisadas”. Que estas sean de las primeras palabras de un texto denota que no va a ser un texto cómodo, que quien lo dice no está en una situación confortable y que la situación tiene pinta de empeorar, aunque ya parezca suficientemente mala.

Que esta misma persona, pocas páginas después, diga que “es una cosa buena que no me quede nadie a quien amar. Nadie a quien enterrar”, termina por desgarrar el alma del lector.

Ostentar el título de última mujer en ser ejecutada en una tierra tan ruda e inhóspita como la Islandia del siglo XIX es un hecho lo suficientemente tenebroso como para que escribir sobre ello pueda resultar un ejercicio sumamente interesante. Más aún cuando el objeto principal del argumento es la constante angustia que vive la condenada mientras aguarda el filo de un hacha en su cuello sabiéndose inocente del crimen que se le imputa y completamente indefensa ante las autoridades. Su destino está decidido. Tan cruel es la pena de muerte como la espera a esa pena. Saberse muerta en vida, vivir expectante esperando el fatal desenlace, sin más ocupación que la de trabajar para intentar ocupar la mente en alguna labor que aleje la inminente muerte aunque ni así lo logre. “Eso sería mejor que ovillar lana para pasar el rato en un día de nieve, esperando a que alguien me mate”.

La vida de Agnes no ha sido fácil. Todas las desgracias acumuladas durante una vida de sufrimiento, de dolor, de hambre y de pobreza, parecían abocadas a extinguirse cuando, guiada por un amor errado, acabó envuelta en un doble asesinato, y ahora las autoridades quieren usar su condena como escarmiento.

Esto es lo que nos cuenta Hannah Kent en la novela “Ritos funerarios”. Pero además nos configura un ambiente duro, frío, húmedo y pobre, extremadamente pobre, en una Islandia todavía dependiente de Dinamarca en la que las gentes que la pueblan luchan contra el frío y el hambre sin conseguirlo de una forma certera. Cuando el frío se cuela por las paredes de un dormitorio sin proteger en el invierno islandés y hace que el vaho que exhalan los que ahí dormitan se convierta en escarcha al tocar la manta , todo lo que importa es sobrevivir. Menos para Agnes, a ella no le queda ni siquiera esa esperanza.

Kent nos muestra una novela con un trasfondo muy humano y con un claro perfil reivindicativo de la mujer como portador de las mas altas virtudes incluso en los momentos más duros. Son las mujeres – el ama de la casa, la hija más taimada – las que ofrecen el apoyo que necesita esta sombra viva de la muerta del cadalso. Son ellas las que la intentan reconfortar y dar sustento. Las que la intentan defender y ofrecer un trato digno como cualquier persona se merece, sin sojuzgarla ni menospreciarla. Ni el posible apoyo moral de la fe tiene cabida en esta situación. Agnes va a morir, no hay fe que la salve ni, al menos, la distraiga de “la ciénaga en que estamos todos atrapados”.

Con la lectura le acompañamos a su muerte, desesperamos con ella, sufrimos de la misma manera y nos sobrecogemos con su penar. No es una novela fácil, pero sí necesaria.

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Lección de alemán – Sigfried Lenz

Por temporadas, cuando al escoger un libro ojeo la descripción de la contraportada, huyo de ciertas temáticas. Últimamente una de esas que rehuyo es aquella que se podría englobar en “las Guerras Mundiales del siglo XX”, más aún si se trata de la segunda. Esta animadversión temporal es porque parece que cualquier historia se puede lograr encajar, la mayoría de las veces con poca fortuna, en esas épocas. Sin embargo, de tanto en tanto, algunos libros cuentan historias que aunque estén enmarcadas en esos periodos bélicos son tan subyugantes, están tan maravillosamente descritas y relatan circunstancias con tanta originalidad que el entorno del relato termina siendo algo anecdótico.

Esta circunstancia se da en libros como “Der Vorleser” (“El lector”) de Bernhard Schlink, aunque solo en su primera parte, ya que la segunda se sumerge de lleno en los Juicios de Nürnberg (no puedo dejar de comentar, por su peculiaridad, que la adaptación al cine de 2008 merece mucho la pena), “Schachnovelle” (“Novela de ajedrez”) de Stefan Zweig, donde una partida de ajedrez a bordo de un barco camino de Buenos Aires sirve como metáfora del contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial circunscrito a la confrontación de ideales, o “Slaughterhouse Five” (“Matadero cinco”) de Kurt Vonnegut que si bien la trama tiene como motor principal el bombardeo de Dresden, la subrealista historia antibélica se sobrepone a su contexto histórico.

La última de estas historias con la que me he topado ha sido “Deutschstunde” (“Lección de alemán”) de Sigfried Lenz en la que “el deber” toma las riendas del relato de Siggi y nos configura un recuerdo desde su infancia hasta su prisión donde recicla su memoria por medio de la escritura. Como dice Marta Sanz en su reseña de Babelia, “Lección de alemán” más allá de un relato de la vida de un pueblo del norte de alemania durante la Segunda Guerra Mundial, “es un canto de confianza hacia el arte y la literatura como cauces de reflexión ideológica”.

Porque sí, la historia transcurre durante la guerra, pero no es más que un marco donde configurar una disertación sobre la libertad artística, su censura, el deber y la cerrazón. Un joven, hijo de un jefe de la policía local afecto al régimen y con duras convicciones sobre el deber, el honor, y bla, bla, bla (inclúyase la retahíla de virtudes presuntamente elevadas que se desee), encuentra a través de la compañía de su vecino, un pintor famoso y subversivo, la válvula de escape a su agobiante realidad y convierte el arte y la belleza en su pasión. Esta pasión que no termina sabiendo manejar, supera su voluntad y hace que las circunstancias conviertan un hecho anecdótico en un aparente un acto criminal que le lleva a cumplir condena en un reformatorio juvenil. Allí un castigo se convierte en su obsesión y redacta la historia de cómo acabó allí por la profunda obsesión del deber que tenía su padre.

Con “Lección de alemán” uno tiene la sensación de estar leyendo una novela magníficamente escrita, con una sutileza y cuidado en cada palabra y un mimo a la narración que supera a la historia propiamente dicha (y, hay que añadir, perfectamente editada en España por Impedimenta). Esta historia, tan original como oscura, nos sumerge en el mundo de los paisajes lluviosos y rudos del norte de Alemania que acompañan continuamente la lectura y hacen que la historia sea húmeda, oscura y, hasta cierto punto, dickensiana. Los personajes sobreviven a la pobreza que les rodea y a la situación social, y se configuran como seres virtuosos en sus respectivos ámbitos (desde el desertor hijo rebelde hasta los mineros de turba continuamente mojados). Y, sobre todo, nos va dando toquecitos en nuestra conciencia haciéndonos disertar sobre la moralidad mal entendida, la belleza del proceso artístico más allá del arte en sí, la educación (escolar y familiar), las relaciones familiares y los procesos sociales. Como dice en sus páginas “la sociedad siempre ha sido desafiada, amenazada, o subvertida por el aquel que es diferente, y por ese motivo dedica a estos sujetos todo su interés y su desconfianza, y hasta los persigue con odio”. Odio. Eso que nos sobra.

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Persépolis – Marjane Satrapi

¿Leer por el mero placer de leer? Por supuesto. Pero también es verdad que hace años que casi todo lo que leo tiende a tener algún tipo de trasfondo educativo ( con todo lo que ello puede abarcar). ¿Por qué simplemente entretenerse cuando además se puede aprender algo? El pensamiento socrático de “solo sé que no se nada” debería imperar en nuestra sociedad porque nos llevaría a intentar huir de nuestra ignorancia por medio del aprendizaje y conseguiríamos, con toda seguridad, una sociedad más justa, más ecuánime y más avanzada. El conocimiento es evolución. Siempre.

Quizás ese fuera también uno de los objetivos de Marjane Satrapi cuando modeló su Persépolis, el libro que le dio la merecida fama de la que goza como ilustradora y escritora. Pero Persépolis, más allá de una magnífica novela gráfica, es una lección de historia iraní. Como la propia Marjane Satrapi dice por medio de sus viñetas, en el mundo occidental se tiende a ver Irán como un país tercermundista repleto de terroristas dispuestos a sacrificarse por su fe. Pero mucho más allá de esta absurda visión hay una realidad ocultada por las noticias generalistas, y es toda esa sociedad luchadora y reprimida que pervive en un Irán mediatizado y asfixiado política y religiosamente.

En este relato, Marjane nos presenta la historia de su vida, desde su infancia feliz en un Irán aparentemente más libre hasta su partida hacia su actual destino, Francia. Nos enseña por medio de sus impactantes viñetas en blanco y negro (más bien me atrevería a decir que solo negras y oscuras, con todo lo que ello conlleva) como se fueron desarrollando los aspectos más importantes de su vida. Nos presenta el horror de las dictaduras, la soledad y la exclusión de los emigrantes, nos hace partícipes de sus dudas y nos enseña a ser críticos con la información que recibimos y, sobre todo, con aquello que nos intentan imponer. Nos enseña a ser valientes y a levantarnos ante las injusticias porque, aunque sea por puro egoísmo, en algún momento, los injustamente ajusticiados podemos ser nosotros mismos. Nos enseña el amor a la cultura, en cualquiera de sus formas, y la obligación que tenemos con nosotros mismos de educarnos en el saber más allá del simple aprendizaje.

Además nos muestra el poder de la mujer como motor de cambio y revolución cultural e ideológica, por ello las políticas represoras y las dictaduras tienden a hacer que la figura de la mujer involucione hasta convertirlas en seres inertes y simplemente fecundos.

Persépolis es una historia necesaria, magníficamente expuesta y ante todo muy educativa. Una novela gráfica ideal para que los adolescentes se adentren en los relatos gráficos de adultos y aprendan a disfrutar de un género literario afortunadamente cada vez más en alza.

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En tu vientre – José Luis Peixoto

El referente cultural de España, por lo general, es Europa, pero considerando ésta aquel territorio que hay más allá de los Pirineos. Muchos españoles se olvidan que al oeste existe un país mucho más rico en muchos aspectos y, en concreto, en el cultural, de lo que muchos obtusos se piensan. Portugal, afortunadamente, no es solo la tierra de Ronaldo (sería muy pobre un país que se tuviera que aferrar a esto) o la de aquellos que disputaron la conquista del mundo a la otrora imperial España, como arguyen con orgullo absurdo muchos “patriófagos” (aquellos que de tanto amar a su patria la terminarán engullendo). Portugal tampoco es la tierra de las tiendas donde se compran las mejores toallas que no secan ni donde vamos a comer bacalao (qué rancio está sonando todo esto – debería venir ilustrado por los “ranciofacts” del gran Pedro Vera). Queda claro que Portugal, como es obvio, es mucho más que todo eso.En el terrero literario se puede llegar a conseguir que cualquier español (y voy a intentar ser benevolente con esto porque creo que la realidad es más triste si cabe) nombre a dos o tres autores franceses (saldrían Dumas, Sartre o Victor Hugo), británicos (Shakespeare o Dickens), alemanes (Goethe, Nietzsche) o incluso rusos (Dostoievsky, Tolstoi). En serio, jugad a ello, y comprobaréis que lamentablemente la repuestas no varían mucho de lo aquí dicho y los nombres femeninos serán dejados para una mayor introspección, olvidándose se citar grandes autoras como Beauvoir, Shelley, Arendt o Nemirovsky). Pero, a lo que iba, si preguntamos por autores portugueses conseguiremos, como mucho, que se nombre a Saramago (y demos gracias que no recurran al Sara Mago aguirrelesco o a mentar a Coelho como portugués) pero se será incapaz de situar a Camões, Queirós, Garret, De Castro, Castelo Branco, Pessoa o algunos más actuales como Antunes o el autor del que voy a comentar su texto “En tu vientre”, José Luis Peixoto.

Uno de los hechos más conocidos del folclore portugués quizás sea la aparición mariana a tres niños pastores en Cova de Iria y la supuesta revelación de los llamados misterios de Fátima. Peixoto parte de la circunstancia excepcional de que la pequeña niña Lúcia llegue un día a su casa diciendo que se ha visto a la virgen María lo que genera una serie de acontecimiento que destruyen la rutina y equilibrio de la familia de Lúcia y convierten la encina donde la niña tenía esas visiones en un lugar de peregrinaje en masa en cuestión de semanas. ¿Y ya?¿Esto es todo lo que tiene “En tu vientre” de Peixoto?¿Se limita a contarnos algo que es mayoritariamente sabido? No, en absoluto. Este original texto de Peixoto simplemente se vale de este hecho para componer una alegato a favor de la madre (no tanto de la maternidad). Su texto se compone de tres relatos diferenciados con una intención clara en cada uno de ellos. La historia de Lúcia sirve de hilo conductor que se interrumpe por unos salmos en los que se nos desvelan ciertas enseñanzas más espirituales que religiosas y por el propio subconsciente del autor a través del cual la voz de su madre interrumpe su propio relato glosándolo y afeándole los desplantes y desatinos de su vida que parece querer expiar por medio de la escritura.

La historia de las visiones de Lúcia se nos presenta como una desgracia para su familia. Las miserias rutinarias largamente sobrellevadas a fuerza de la costumbre padecidas por su familia son incrementadas por el revuelo que causa en las beatas mentes rurales de la época (principios del s.XX) este advenimiento virginal. Las pobres familias de la zona se aferran a este hecho como un camino de salida a su situación, los enfermos y sus familias creen que pueden ser sanados y los ociosos y pobres de espíritu ven en este hecho un caldo donde remojar su necesidad de ocupación. Todos acuden en masa no ya solo al lugar de la aparición sino en busca de Lúcia y sus primos para intentar satisfacer sus deseos y necesidades. Con ello, interrumpen la vida de la familia de Lucía, invaden su casa, les atormentan, les atosigan, les acosan, destruyen sus campos y su cosecha sin miramientos y convierten los fértiles campos de labranza en barrizales donde esperar nuevas apariciones. Todo esto lo sufrimos, sobre todo, a través de la madre de Lúcia que intenta que esta se retracte de su relato y niegue las visiones ya que no pueden ser sino obra del demonio. La atmósfera creada en el relato de este revuelo rural supura por cada letra del texto beatitudes enfermizas, deseos destructores y pasiones ciegas, y miseria, mucha miseria y mucho dolor (muy parecido por momentos al que sentimos en “Los santos inocentes” de Delibes). Las glosas intercaladas como paréntesis en el texto plasmando la voz de la madre del autor hace aumentar estos sentimientos vitales. Los reproches que le/se hace y las memorias que relata son un ejercicio de introspección a un alma atormentada por actos involuntariamente dañinos. No podemos ser el reflejo que debemos en nuestras madres, no porque no queramos, sino porque la vida nos va alejando de ese camino que se consideraría recto y esperado para nosotros. ¿Puede lograse la expiación? Quizás los salmos ficticios sean la respuesta. Nos aportan un sentimiento ligeramente lisérgico que intenta abstraernos de la dureza del relato e iluminarnos por momentos el camino (como farolas mal colocadas que dejan puntos oscuros en nuestro trayecto nocturno). Crean esperanza pero ya sabemos que la esperanza suele venir acompañada de dolor.

Peixoto, en poco más de cien páginas, nos recrea un mundo donde el dolor es motor vital y las madres las que absorben ese dolor para hacernos más llevadera la penitencia de la vida.

“En estos términos declaro que te creé para que me creases […] Soy tu madre, soy el universo”.

Imagen obtenida de EBiblio

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La liebre con ojos de ámbar – Edmund de Waal

Paseando hace ya más de quince años por los alrededores de la Kapitelplatz de Salzburgo, acompañado por el sonido de un conjunto de balalaicas y otros instrumentos de cuerda que sonaban desde debajo de un soportal, me topé con Vargas-Llosa cuando éste se disponía a entrar en un anticuario. Le paré y hablé un momento con él, más para, figúrate, impresionar al grupo de centroeuropeos con los que iba que por respeto a su persona como escritor y político (que en ambos aspectos le tengo bastante atravesado). Salvando todas las distancias existentes, este momento me vino a la mente cuando empecé a leer “La liebre de los ojos de ámbar” y me vi transportado a un mundo de óperas, escritores famosos, pintores impresionistas, judíos procedentes de Rusia que se convierten en marchantes de arte y ciudades imperiales.

Usando como excusa el intentar descubrir el origen de unas figuras, los netsuke, que hereda de un tío suyo que vive en Japón, el ceramista Edmund de Waal nos relata la historia de sus antepasados, los Ephrussi, y aprovecha este periplo para dibujarnos parte de la historia centroeuropea de finales del s.XIX y principios del s.XX.

Gracias a su búsqueda de los origines de los netsuke como parte de la herencia familiar, De Waal viajará al Paris de De Goncourt, de Zola, de Proust, de Laforgue, de Degas, de Manet o de Renoir donde se encontrará con su antepasado, el crítico y coleccionista de arte Charles Ephrussi, primer poseedor de los netsuke. Con Charles viviremos el París de finales del s.XIX rebosante de opulencia, de reuniones de artistas y de fiestas en los hôtel de banqueros y marchantes de arte. Pero también hallaremos una ciudad donde se empieza a gestar un antisemitismo dañino que afectará a la vida de los banqueros Ephrussi como miembros visibles de la comunidad judía parisina. Este París es la versión luminosa de aquel París oscuro que describió Umberto Eco en El cementerio de Praga y con el que comparte tiempo y forma. De hecho, ciertos momentos del texto de De Waal nos pueden hacer pensar que Charles se va a cruzar con el Simonini de Eco.

De la capital francesa, los netsuke viajarán a Viena, donde los Ephrussi tienen su central bancaria y donde gozan de una vida de opulenta austeridad, y Proust o Zola serán sustituidos por Rilke con el que Elisabet, la abuela de De Waal, mantenía cierta correspondencia de carácter literario y personal. En Viena a los Ephrussi y a los netsuke les alcanzarán las dos guerras mundiales y el lector sufrirá junto a ellos el auge del antisemitismo bélico y del nazismo, y tendremos que huir, siguiendo sus pasos, primero a Eslovaquia y después a Inglaterra. Finalmente, cambiaremos la vieja Europa por el Japón de la postguerra, a donde el tío de De Waal viaja con sus netsuke, cerrándose así el ciclo de estas figurillas.

Pudiera aparentar que una novela, aunque más bien se trata de un ensayo sobre un hecho quizás irrelevante para el lector como el de contemporizar una herencia – y en general para cualquiera que no sea miembro de la familia Ephrussi-De Waal -, fuera algo absurdo y cargante, pero la forma que tiene el autor de presentar la historia, de describir los ambientes, las calles, de actuar como un flâneur, con la diferencia de que éste pasea sin un fin determinado y De Waal lo hace con el propósito de comprender un hecho concreto, hace que la historia sea excitante y completamente adictiva.

Cualquier lector con un mínimo de debilidad por el arte, de querencia por la historia y de gusto por la buena literatura tendrá en este libro el mayor de sus goces pues la sensibilidad que se le supone a un ceramista se traduce en una prosa ligera pero compacta y contundente de donde brotan maravillas como esta: “Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. Porque a mí me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial. Porque tú lo vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida. Porque le dará envidia a otro. En los legados no hay historias fáciles”. Y así el legado de De Waal se convierte también en el nuestro al recorrer la historia de un siglo tristemente apasionante.

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