As crónicas do sochantre – Álvaro Cunqueiro

En una pequeña aldea de Galicia, donde de pequeño pasé mucho tiempo, hay un sendero por el que se dice que pasa la Santa Compaña, esa temible y adorada procesión de almas penitentes que, vela invisible en mano, recorre los senderos gallegos anunciando la próxima defunción de algún parroquiano. Por ese sendero se llega, tras lidiar con los “toxos” que dificultan el paso y las resbaladizas piedras napadas de musgo, hasta unas cruces de piedra que señalan el lugar donde murieron a puñal, fruto de los celos, unos jóvenes en una fiesta veraniega campestre. El ambiente del bosque donde están encastradas estas cruces, unido al peculiar misticismo que rodea a la cultura gallega, hace que uno experimente una sensación un tanto extraña: la serenidad y placer que aporta la vibrante quietud del bosque, el olor del verdín, las zarzas en flor y el agua de los regatos que riegan las huertas cercanas desde donde llega el crepitar de los maizales, se ve inquietada por la sensación incómoda de estar rodeado de “bruxas”, trasgos, “diaños” y todo tipo de seres etéreos que parecen observarte desde detrás de los árboles.

Esa sensación es la misma que debe sentir el sochantre de Pontivy cuando se encuentra viajando con una troupe de parlanchines muertos vivientes, no precisamente zombies yankies de piel desgarrada, andares dubitativos y obsesiones caníbales, sino de muertos vivientes a la antigua usanza, esqueletos carnales que vagan por la tierra penando.

Cunqueiro desarrolla esta historia de crímenes, cuentos de terror y aventuras en la Bretaña de la Revolución Francesa: un paisaje de posadas, caminos, aldeas y guerrillas que bien podrían haber sido los bosques gallegos, esos donde se encuentran las cruces que antes mencionaba.

La particularidad con la que describe a cada uno de los personajes es magistral. Sus gestos, sus ropajes, sus osamentas son detalladas con tal precisión y tan poco alarde que uno llega a sentirse en presencia de estos seres. Subirse a la carreta con el Sochantre gracias a la ambientación creada por Álvaro Cunqueiro es viajar acompañando al propio protagonista y gozar de la misma experiencia que cuando afirma que “tomáralle sabor a aquel libre vagar, e o gastar os días sin apuros” (“cogí gusto a aquel libre vagar y a pasar los días sin prisas”, en mi libre traducción).

“As crónicas do Sochantre” es, en definitiva, un libro refrescante, divertido e inteligente. Una historia de aventuras de las de antes.

Como nota final quiero destacar la edición de la Editorial Galaxia de este texto, con el magnífico y entretenidísimo apéndice donde Cunqueiro nos detalla telegráficamente de una forma genialmente divertida la biografía de cada uno de los personajes que aparecen en el libro. Cuando leo textos como este u otros de los que rescatan y descubren editoriales en gallego como Galaxia me acuerdo de lo que decía Camba sobre el idioma gallego y cuán errado estaba. El gallego no es sólo un idioma para hablar de los huertos, los curas de pueblo y las leyendas. Es un idioma vivo y contemporáneo. Cunqueiro y su destreza al escribir lo demuestran.

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Más Ferdinando, por favor.

(En respuesta al lamentable y malintencionado artículo en El País – el otrora periódico progresista hoy uno más en el vertedero mediático – de Antonio Lorca del 6 de enero de 2018 titulado “La conmovedora, tierna, sensiblera y mentirosa historia del toro Ferdinando”).

Llegan hasta mí estos recuerdos cargados con las interferencias del tiempo transcurrido, pero más nítidos de lo que hubiera esperado. No tendría más de seis años – y ya muchos me parecen – cuando estaba sentado en el sofá verdoso de mis abuelos con las piernas completamente apoyadas en los enormes cojines – mi escasa altura no daba ni para que sobresalieran de ellos – y cubiertas por un libro de gran formato que aglutinaba varias historietas gráficas clásicas de Hanna Barbera y Disney (y no sé si alguna otra corporación). Me acuerdo de pasar las hojas divirtiéndome con las historias de Los Picapiedra, Huckleberry Hound, Los supersónicos, Pixie y Dixie (sí, la mayoría de las que me gustaban eran de Hanna Barbera) y recuerdo especialmente cuando llegaba a la historia del toro Ferdinando, un toro manso y cariñoso que le encantaba oler flores y pastar a placer. Tengo grabada en mi memoria la viñeta en la que un Ferdinando adulto se humillaba no para “recibir al torero” como le hubiera gustado a Antonio Lorca sino para olisquear una flor.

A mis abuelos les encantaba el toreo y me intentaron inculcar el placer por disfrutar de ese mal llamado arte durante alguna de las tardes que pasaba con ellos y en la televisión echaban una corrida de toros (lo cual antes ocurría con más frecuencia que ahora, afortunadamente). Posiblemente alguna de esas tardes, mientras en la televisión Espartaco (el torero sevillano no el gladiador) mareaba a un pobre toro en la plaza de las Ventas para terminar matándolo, yo tuviera sobre mis piernas el volumen de historietas que tanto me gustaba hojear con la historia del toro manso Ferdinando. Entonces mi mente todavía poco crítica identificaba como algo completamente dispar lo que era un dibujo y lo que era la vida real. De otra forma hubiera sido realmente cruel ver cómo mataban a un “familiar” de Ferdinando.

Aunque por lo que he dicho creo que no es necesario explicitarlo, sí, soy antitaurino. Y lo soy, creo, o al menos ese día me reafirme en ello, desde el día que me llevaron, no mis abuelos, a las Ventas a ver una corrida – la primera y la última. Ese día brotaron todas las imágenes sádicas que había ido almacenando en mi cabeza mientras múltiples toros había sido torturados en la tele durante tantas tardes y se convirtieron en reales. La toma de conciencia social adquirida con la cercana madurez mental que proyectaba la adolescencia ayudó a ello.

Por eso, cuando hace unas semanas vi anunciada la película de Ferdinando me alegré de que en un país como España, que todavía defiende el sadismo animal institucionalizado, se proyecte esa película. Y me alegro aún más cuando esta cinta molesta a gente como Antonio Lorca. Y no os dejéis engañar, molesta no sólo por su carácter antitaurino sino por todo lo que propugnaba el texto original de Munro Leaf: el antibelicismo, la nobleza frente a la competición, el goce del disfrute. Y ya sabemos que en esta sociedad moderna donde se ennoblece al más fuerte, al más viril, al más competitivo, y se denosta al noble, al tolerante, al débil, un texto como el de Munro Leaf y una película basada en él pueden molestar y mucho. Y si molestan hacen bien.

Ojalá esto lleve a que se ponga de moda el libro de Ferdinando. Habrá ganado la cultura y la sociedad.

Más Ferdinando, por favor. Y más libros. Eso siempre.

Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán – Rüdiger Safranski

Creo que fue con Werther y sus “penas” cuando tuve consciencia plena de lo que suponía el romanticismo en toda su dimensión. Parafraseando al personaje de la novela de Goethe “volví sobre mí mismo y encontré un mundo”. Un mundo místico, un mundo más allá de este mundo, un mundo que da “alto sentido a lo ordinario, a lo conocido dignidad de desconocido y apariencia infinita a lo finito” en palabras de Novalis. Un mundo de sentimientos profundamente elevados. De significaciones extremas. Un mundo que vive de la belleza y para la belleza. Y que sin la belleza no podría existir, aunque por lo efímero de la belleza esté destinado a brillar en la infinitud mortal. Y precisamente, rodeado de la más palpable muerte, alejado del mundanal ruido, sufrí el sentimiento romántico de la forma más pura. Fue en Berlín, paseando entre las tumbas de los románticos Fichte y Hegel en el Dorotheenstädtischer Friedhof, cuando pude terminar de asimilar todo aquello que había leído.

Pocos días después, en la Alte Nationalgalerie, mientras contemplaba los cuadros de los autores románticos, me quedé extasiado en la oscura profundidad del “Abtei in Eichwald” de Caspar David Friedrich . Cuando llevaba varios minutos perdido en el cuadro, se me acercó sigiloso un profesor alemán que nos acompañaba y empezó a explicarme todo el significado que subyace en ese y otros cuadros de Friedrich. Es decir, me introdujo someramente en la filosofía romántica. Y eso es precisamente lo que se puede obtener, de forma ampliada y detallada, del libro de Rüdiger Safranski. 

El romanticismo es más que un estilo literario o pictórico. Es una filosofía vital. Una filosofía que empezó en la segunda mitad del s.XVIII y que durante casi 250 años lleva influyendo en todos los aspectos de la cultura y sociedad, principalmente, europea. Desde la política, pasando por la literatura, la filosofía o la pintura, entre otros, el romanticismo ha ido buscando una veta por la que penetrar en mayor o menor medida. 

Si seguimos la crónica descrita por Safranski desde el viaje marítimo de Herder hasta los últimos años del s.XX, veremos como esta filosofía ha influido en la vida de los alemanes, y de todos los que han interactuado con ellos durante este tiempo. 

Con una prosa templadamente sencilla, directa, sin circunloquios innecesarios, Safranski va desgranando tanto histórica, como biográfica y, sobre todo, filosóficamente el romanticismo, haciendo hincapié en ciertos autores clave, exponiéndolos en su contexto y encajándolos en su momento histórico.

En los albores del espíritu romántico decía Herder que “ningún pueblo de Europa puede cerrarse frente a los otros y decir neciamente : en mí y sólo en mí mora toda la sabiduría.” Por ello, y por todo lo que va exponiendo a lo largo de sus páginas, Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán es una obra imprescindible para todos los que amamos la historia y la filosofía europea y, más concretamente, alemana.