Elizabeth y su jardín alemán – Elizabeth von Arnim

El magnífico podcast de Los Búfalos Nocturnos producido por Podium y Babelia dedicó en su primera temporada un episodio a “mujeres que pintan cuadros” y en uno de los espacios hablaron sobre cómo se conjugaba el binomio plantas y literatura. No lo hicieron, hubiera sido un espacio adecuado para hablar de una autora relativamente ajena para el gran público (quizás con la serie de la BBC, Downton Abbey, se dio un poco más a conocer) pero que alejada de su tiempo y su condición social supuso cierto revuelo por sus ideas adelantadas y feministas (y ecologistas, me atrevería a decir). Así fue Elizabeth von Arnim, una británica que se nos presenta, por medio de su diario, “encerrada” en su jardín alemán donde consigue alejarse de una sociedad, la alemana, que le es extraña, y de unas rectitudes sociales y aristocráticas que repugna. En ese jardín puede ser libre, puede sentirse ella misma. 

Una de la técnicas de relajación más conocidas pasa por imaginarse uno mismo caminando por un camino desolado en cuyo margen hay carteles con una cuenta atrás. Según uno va caminando esa cuenta atrás avanza y al llegar a cero uno se encuentra con una puerta. Tras esa puerta hallará cada cual su remanso de paz. Ese sitio reconfortante y seguro. Para Elizabeth hubiera sido, sin duda, la fragante soledad de su jardín. 

Elizabeth, dentro de su acomodada vida social, sin preocupaciones ni problemas mundanos, disfruta del aire libre y de la paz de su jardín, donde escapa de las rectitudes de mundo hogareño y de las obligaciones inherentes a alguien como ella en esa sociedad. En su jardín disfruta leyendo, por lo que es considerada “extremadamente excéntrica”, y dedica su tiempo a lo que ella juzga que es lo óptimo: “una vida sencilla y un pensamiento elevado”. Desde allí nos presenta toda clase de plantas, árboles y flores y nos desgrana meticulosamente el quehacer diario de sus cuidados y su desarrollo evolutivo. 

Sin embargo, constantemente se ve importunada por visitas, que se quedan más tiempo del necesario y que le rompen su rutina solitaria, y por su propio marido, el “hombre airado”, como ella lo denomina en el texto, que aparece con demasiada frecuencia para rebatirle sus pensamientos y soltar diatribas machistas y clasistas por doquier. Este hombre engloba todos los mantras patriarcales habidos y por haber y demuestra que, lamentablemente, no hemos evolucionado tanto. Como ejemplo de esas barbaridades machistas considera que “la naturaleza, al imponer un deber tan agradable a la mujer (parir), la hace más débil y la incapacita para competir seriamente con el hombre” y en una bravata hoy en día perseguirle penalmente indica que las “mujeres aceptan las palizas con una naturalidad digna de elogio y, lejos de considerarse insultadas, admiran la fuerza y la energía del hombre”. Por exponer este tipo de necedades, y otras muchas, se considera a Elizabeth una avanzada de la lucha feminista. Y no sólo la reseñaba desde los pensamientos de su marido, sino también de otras mujeres que, por ejemplo, creen que “una chica que lee un libro […]no es muy respetable. Y, además a esa clase de gente no se la puede parar los pies” como es el caso de una de esas visitas que se quedan demasiado con ella importunándola. 

Como ella intentó, no dejemos que nos paren los pies, leamos a Elizabeth von Armin felizmente enclaustrada en su jardín alemán (y si la leemos en la edición de Lumen, disfrutemos también de las maravillosas ilustraciones de Sara Morante)  

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Ritos funerarios – Hannah Kent

“No siempre ha hecho tanto frío. Oigo pisadas”. Que estas sean de las primeras palabras de un texto denota que no va a ser un texto cómodo, que quien lo dice no está en una situación confortable y que la situación tiene pinta de empeorar, aunque ya parezca suficientemente mala.

Que esta misma persona, pocas páginas después, diga que “es una cosa buena que no me quede nadie a quien amar. Nadie a quien enterrar”, termina por desgarrar el alma del lector.

Ostentar el título de última mujer en ser ejecutada en una tierra tan ruda e inhóspita como la Islandia del siglo XIX es un hecho lo suficientemente tenebroso como para que escribir sobre ello pueda resultar un ejercicio sumamente interesante. Más aún cuando el objeto principal del argumento es la constante angustia que vive la condenada mientras aguarda el filo de un hacha en su cuello sabiéndose inocente del crimen que se le imputa y completamente indefensa ante las autoridades. Su destino está decidido. Tan cruel es la pena de muerte como la espera a esa pena. Saberse muerta en vida, vivir expectante esperando el fatal desenlace, sin más ocupación que la de trabajar para intentar ocupar la mente en alguna labor que aleje la inminente muerte aunque ni así lo logre. “Eso sería mejor que ovillar lana para pasar el rato en un día de nieve, esperando a que alguien me mate”.

La vida de Agnes no ha sido fácil. Todas las desgracias acumuladas durante una vida de sufrimiento, de dolor, de hambre y de pobreza, parecían abocadas a extinguirse cuando, guiada por un amor errado, acabó envuelta en un doble asesinato, y ahora las autoridades quieren usar su condena como escarmiento.

Esto es lo que nos cuenta Hannah Kent en la novela “Ritos funerarios”. Pero además nos configura un ambiente duro, frío, húmedo y pobre, extremadamente pobre, en una Islandia todavía dependiente de Dinamarca en la que las gentes que la pueblan luchan contra el frío y el hambre sin conseguirlo de una forma certera. Cuando el frío se cuela por las paredes de un dormitorio sin proteger en el invierno islandés y hace que el vaho que exhalan los que ahí dormitan se convierta en escarcha al tocar la manta , todo lo que importa es sobrevivir. Menos para Agnes, a ella no le queda ni siquiera esa esperanza.

Kent nos muestra una novela con un trasfondo muy humano y con un claro perfil reivindicativo de la mujer como portador de las mas altas virtudes incluso en los momentos más duros. Son las mujeres – el ama de la casa, la hija más taimada – las que ofrecen el apoyo que necesita esta sombra viva de la muerta del cadalso. Son ellas las que la intentan reconfortar y dar sustento. Las que la intentan defender y ofrecer un trato digno como cualquier persona se merece, sin sojuzgarla ni menospreciarla. Ni el posible apoyo moral de la fe tiene cabida en esta situación. Agnes va a morir, no hay fe que la salve ni, al menos, la distraiga de “la ciénaga en que estamos todos atrapados”.

Con la lectura le acompañamos a su muerte, desesperamos con ella, sufrimos de la misma manera y nos sobrecogemos con su penar. No es una novela fácil, pero sí necesaria.

Madre de leche y miel – Najat El Hachmi

El primer vínculo sentimental que tenemos con la realidad nada más nacer es con nuestras madres y, sea cual sea la circunstancia vital que dé continuidad a ese primer instante, el nexo permanecerá eternamente. Quizás por eso en la historia de la literatura las madres han ocupado siempre un puesto predominante en muchas narraciones y nunca son un personaje completamente ajeno a la historia principal de cualquier relato, ya sea por medio de relaciones tormentosas como las que cuenta Vivian Gornick en su “Apegos feroces”, a través del sufrimiento colectivo de madres menos cercanas en su vínculo afectivo como la que describe Angelika Schrobsdorff en “Tú no eres como otras madres”, mostrando el dolor de madres incrédulas y dolientes como la que aparece en “En tu vientre” de José Luis Peixoto, o como las múltiples madres que aparecen en el libro que nos ocupa, “Madre de leche y miel” de la escritora marroquí Najat El Hachmi.

Fátima ahora es madre. Y hace muchos años, y a muchos kilómetros de distancia, fue solo hija. Y junto a ella había otras hermanas que estaban, como ella, condenadas a ser madres y esposas (y esclavas). Y tanto antes como ahora, eran pocos los momentos en los que la alegría era mayor al sufrimiento. El trabajo, antes y ahora, era el medio de huir de la realidad. Ahora para mejorarla y poder conseguir que su hija tenga una vida mejor, antes para soportar la miseria de su destino como vientre. Puro vientre de simientes.

Fátima ahora está sentada en su casa materna delante de sus hermanas contando como emigró de Marruecos a Cataluña en busca de su marido. Éste la había desposado por capricho, haciéndola mudarse a su casa familiar donde su suegra y sus cuñadas la odiaban, vejaban y maltrataban, para después abandonarla sin dar mayor explicación con una hija gestándose en su vientre. En el pueblo catalán a donde llegó con una bolsa, una hija y un poco de masa madre para poder hacer el pan de siempre (el simbolismo de este hecho es sobrecogedor) le esperaba la miseria del emigrante: la soledad, la pobreza, el rechazo, el miedo a lo nuevo y ajeno, el esfuerzo sobrehumano y, afortunadamente, la solidaridad.

Fátima, mucho antes, estuvo sentada en el patio de su casa de Marruecos con sus hermanas esperando su futuro. Éste pasaba porque alguna familia se encaprichara de ella y la comprara por una dote para pasar a ser propiedad de su marido en vez de serlo de su padre y convertirse entonces en madre. Fátima trabajaba mucho. Bajaba al río a lavar la ropa contra las piedras, traía agua de la fuente, cuidaba la casa, preparaba la comida y, sobre todo, amasaba y cocinaba el pan. Su pan. El pan que la acompañó después en su viaje y que la alimentó haciéndola sentirse menos lejos de su casa.

Najat El Hachmi nos cuenta esta historia de Fátima, que es la de muchas mujeres que viven sometidas por la tradición, la incultura y la pobreza. Najat hace un alegato de la feminidad más allá de la maternidad, de la libertad por medio de la cultura, y de la familia, pero de la de verdad, de la que nos quiere incondicionalmente y no de aquella que se nos impone. Najat también nos presenta de una forma cruda y transparente el sufrimiento que se padece en la emigración. En estos tiempos en los que en “el primer mundo” (como odio esta expresión) la emigración se nos intenta mostrar constantemente como un peligro es necesaria esta visión clara y sencilla de lo que sufre el inmigrante que no busca otra cosa que encontrar una vida decente.

No es fácil toparse con libros tan bien escritos como “Madre de leche y miel”. Las diferentes voces se mezclan en una sintonía narrativa perfecta, donde sufrimos con lo que nos cuentan, con sus susurros, sus lamentos y sus escasos goces. Disfrutad y sufrid de este magnífico relato. Os removerá y necesitamos, en este mundo indigno, que así sea.

Persépolis – Marjane Satrapi

¿Leer por el mero placer de leer? Por supuesto. Pero también es verdad que hace años que casi todo lo que leo tiende a tener algún tipo de trasfondo educativo ( con todo lo que ello puede abarcar). ¿Por qué simplemente entretenerse cuando además se puede aprender algo? El pensamiento socrático de “solo sé que no se nada” debería imperar en nuestra sociedad porque nos llevaría a intentar huir de nuestra ignorancia por medio del aprendizaje y conseguiríamos, con toda seguridad, una sociedad más justa, más ecuánime y más avanzada. El conocimiento es evolución. Siempre.

Quizás ese fuera también uno de los objetivos de Marjane Satrapi cuando modeló su Persépolis, el libro que le dio la merecida fama de la que goza como ilustradora y escritora. Pero Persépolis, más allá de una magnífica novela gráfica, es una lección de historia iraní. Como la propia Marjane Satrapi dice por medio de sus viñetas, en el mundo occidental se tiende a ver Irán como un país tercermundista repleto de terroristas dispuestos a sacrificarse por su fe. Pero mucho más allá de esta absurda visión hay una realidad ocultada por las noticias generalistas, y es toda esa sociedad luchadora y reprimida que pervive en un Irán mediatizado y asfixiado política y religiosamente.

En este relato, Marjane nos presenta la historia de su vida, desde su infancia feliz en un Irán aparentemente más libre hasta su partida hacia su actual destino, Francia. Nos enseña por medio de sus impactantes viñetas en blanco y negro (más bien me atrevería a decir que solo negras y oscuras, con todo lo que ello conlleva) como se fueron desarrollando los aspectos más importantes de su vida. Nos presenta el horror de las dictaduras, la soledad y la exclusión de los emigrantes, nos hace partícipes de sus dudas y nos enseña a ser críticos con la información que recibimos y, sobre todo, con aquello que nos intentan imponer. Nos enseña a ser valientes y a levantarnos ante las injusticias porque, aunque sea por puro egoísmo, en algún momento, los injustamente ajusticiados podemos ser nosotros mismos. Nos enseña el amor a la cultura, en cualquiera de sus formas, y la obligación que tenemos con nosotros mismos de educarnos en el saber más allá del simple aprendizaje.

Además nos muestra el poder de la mujer como motor de cambio y revolución cultural e ideológica, por ello las políticas represoras y las dictaduras tienden a hacer que la figura de la mujer involucione hasta convertirlas en seres inertes y simplemente fecundos.

Persépolis es una historia necesaria, magníficamente expuesta y ante todo muy educativa. Una novela gráfica ideal para que los adolescentes se adentren en los relatos gráficos de adultos y aprendan a disfrutar de un género literario afortunadamente cada vez más en alza.

En tu vientre – José Luis Peixoto

El referente cultural de España, por lo general, es Europa, pero considerando ésta aquel territorio que hay más allá de los Pirineos. Muchos españoles se olvidan que al oeste existe un país mucho más rico en muchos aspectos y, en concreto, en el cultural, de lo que muchos obtusos se piensan. Portugal, afortunadamente, no es solo la tierra de Ronaldo (sería muy pobre un país que se tuviera que aferrar a esto) o la de aquellos que disputaron la conquista del mundo a la otrora imperial España, como arguyen con orgullo absurdo muchos “patriófagos” (aquellos que de tanto amar a su patria la terminarán engullendo). Portugal tampoco es la tierra de las tiendas donde se compran las mejores toallas que no secan ni donde vamos a comer bacalao (qué rancio está sonando todo esto – debería venir ilustrado por los “ranciofacts” del gran Pedro Vera). Queda claro que Portugal, como es obvio, es mucho más que todo eso.En el terrero literario se puede llegar a conseguir que cualquier español (y voy a intentar ser benevolente con esto porque creo que la realidad es más triste si cabe) nombre a dos o tres autores franceses (saldrían Dumas, Sartre o Victor Hugo), británicos (Shakespeare o Dickens), alemanes (Goethe, Nietzsche) o incluso rusos (Dostoievsky, Tolstoi). En serio, jugad a ello, y comprobaréis que lamentablemente la repuestas no varían mucho de lo aquí dicho y los nombres femeninos serán dejados para una mayor introspección, olvidándose se citar grandes autoras como Beauvoir, Shelley, Arendt o Nemirovsky). Pero, a lo que iba, si preguntamos por autores portugueses conseguiremos, como mucho, que se nombre a Saramago (y demos gracias que no recurran al Sara Mago aguirrelesco o a mentar a Coelho como portugués) pero se será incapaz de situar a Camões, Queirós, Garret, De Castro, Castelo Branco, Pessoa o algunos más actuales como Antunes o el autor del que voy a comentar su texto “En tu vientre”, José Luis Peixoto.

Uno de los hechos más conocidos del folclore portugués quizás sea la aparición mariana a tres niños pastores en Cova de Iria y la supuesta revelación de los llamados misterios de Fátima. Peixoto parte de la circunstancia excepcional de que la pequeña niña Lúcia llegue un día a su casa diciendo que se ha visto a la virgen María lo que genera una serie de acontecimiento que destruyen la rutina y equilibrio de la familia de Lúcia y convierten la encina donde la niña tenía esas visiones en un lugar de peregrinaje en masa en cuestión de semanas. ¿Y ya?¿Esto es todo lo que tiene “En tu vientre” de Peixoto?¿Se limita a contarnos algo que es mayoritariamente sabido? No, en absoluto. Este original texto de Peixoto simplemente se vale de este hecho para componer una alegato a favor de la madre (no tanto de la maternidad). Su texto se compone de tres relatos diferenciados con una intención clara en cada uno de ellos. La historia de Lúcia sirve de hilo conductor que se interrumpe por unos salmos en los que se nos desvelan ciertas enseñanzas más espirituales que religiosas y por el propio subconsciente del autor a través del cual la voz de su madre interrumpe su propio relato glosándolo y afeándole los desplantes y desatinos de su vida que parece querer expiar por medio de la escritura.

La historia de las visiones de Lúcia se nos presenta como una desgracia para su familia. Las miserias rutinarias largamente sobrellevadas a fuerza de la costumbre padecidas por su familia son incrementadas por el revuelo que causa en las beatas mentes rurales de la época (principios del s.XX) este advenimiento virginal. Las pobres familias de la zona se aferran a este hecho como un camino de salida a su situación, los enfermos y sus familias creen que pueden ser sanados y los ociosos y pobres de espíritu ven en este hecho un caldo donde remojar su necesidad de ocupación. Todos acuden en masa no ya solo al lugar de la aparición sino en busca de Lúcia y sus primos para intentar satisfacer sus deseos y necesidades. Con ello, interrumpen la vida de la familia de Lucía, invaden su casa, les atormentan, les atosigan, les acosan, destruyen sus campos y su cosecha sin miramientos y convierten los fértiles campos de labranza en barrizales donde esperar nuevas apariciones. Todo esto lo sufrimos, sobre todo, a través de la madre de Lúcia que intenta que esta se retracte de su relato y niegue las visiones ya que no pueden ser sino obra del demonio. La atmósfera creada en el relato de este revuelo rural supura por cada letra del texto beatitudes enfermizas, deseos destructores y pasiones ciegas, y miseria, mucha miseria y mucho dolor (muy parecido por momentos al que sentimos en “Los santos inocentes” de Delibes). Las glosas intercaladas como paréntesis en el texto plasmando la voz de la madre del autor hace aumentar estos sentimientos vitales. Los reproches que le/se hace y las memorias que relata son un ejercicio de introspección a un alma atormentada por actos involuntariamente dañinos. No podemos ser el reflejo que debemos en nuestras madres, no porque no queramos, sino porque la vida nos va alejando de ese camino que se consideraría recto y esperado para nosotros. ¿Puede lograse la expiación? Quizás los salmos ficticios sean la respuesta. Nos aportan un sentimiento ligeramente lisérgico que intenta abstraernos de la dureza del relato e iluminarnos por momentos el camino (como farolas mal colocadas que dejan puntos oscuros en nuestro trayecto nocturno). Crean esperanza pero ya sabemos que la esperanza suele venir acompañada de dolor.

Peixoto, en poco más de cien páginas, nos recrea un mundo donde el dolor es motor vital y las madres las que absorben ese dolor para hacernos más llevadera la penitencia de la vida.

“En estos términos declaro que te creé para que me creases […] Soy tu madre, soy el universo”.

Imagen obtenida de EBiblio

El mundo de Sofía – Jostein Gaarder

Tenía dieciséis años y mi profesora de filosofía, Auxiliadora – nunca un nombre fue tan adecuado para una profesión -, entre debates, en los que hacía que los estudiantes investigásemos sobre temas polémicos y discutiésemos (en el buen sentido de la palabra) a dos bandas intentando defender una posición que podría no coincidir con la personal, y clases teóricas sobre el método filosófico, nos propuso leer un libro de filosofía. Dio a elegir entre “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset o “El mundo de Sofía” de Gaarder. La mayoría optaron por la historia de la niña Sofía, que además de tener un formato, en principio, más atractivo para un adolescente que las masas orteguianas (novela frente a ensayo), venía avalada por cierta fama generalista fuera del mundo académico. Dicho en lenguaje estudiantil, la decisión era entre un tocho de filosofía a pelo o una novelilla juvenil. Estaba clara la elección, ¿no? Pues yo elegí el tocho, ni tanto, de Ortega y agradezco infinitamente esa decisión a mi yo quinceañero porque desde entonces el concepto de “masa” y de repulsión hacia las mismas hizo que mi carácter se desarrollara de una forma seguramente distinta a lo que podría haber sido. Sin embargo, me quedó la espinita clavada de qué tendrá el mundo de Sofía para haber convertido al libro donde se relata en un best seller imperecedero. Esa espinita me la arranqué este invierno cuando mi pareja encontró el volumen que había leído ella en su momento en el instituto. Entonces agradecí de nuevo a mi yo adolescente haber elegido a Ortega. ¿Qué diantres tiene esta novela juvenil tan magnífico para haberla convertido en una novela que incluso profesores, como mi Auxiliadora, hayan optado por incluirla en el currículum literario de sus alumnos?
Este libro, publicado en España por Siruela – editorial que ha creado toda una biblioteca Gaarder a partir del bombazo de esta novela-, se vende como una “novela sobre la historia de la filosofía” (primer error, ya que asume que toda la filosofía es “occidental” pues es de ella de la que habla), pero no es sino un curso de filosofía bastante flojo, inexacto y pesado encastrado en una trama absurda “justificando” ciertos desmanes en que finalmente, ¡oh sorpresa!, todo es una historia que le cuenta un padre a una hija a través de un escrito, y claro, eso ya es excusa suficiente para permitirse tener todas las inexactitudes y licencias habidas y por haber, tanto en desarrollo en sí como en base teórica.
De primeras, lo que más me chocó es el hecho de que la trama principal fuera la de un anciano filósofo que acosa a una menor por medio de cartas anónimas, citándola en el bosque en horario lectivo y haciéndola mentir a su madre por sus encuentros secretos, llamándola a acudir a una iglesia de madrugada y reteniéndola ahí durante ocho horas o dándole a beber brebajes que la hacen alucinar. Este es el mismo señor que inserta en mitad del curso de filosofía que le manda una sentencia en la que, nombrándola, le señala, para explicarle el orden de las cosas, que “Sofía Admunsen ordena su habitación […] La ropa se dobla ordenadamente y mete en el armario, las braguitas en un estante, los jerseys en otro, …”. ¿En serio el primer ejemplo que se le ocurre son las braguitas de una adolescente? Quizás esto resulte chocante leyéndolo sin ser un adolescente o haciéndolo en 2018 en vez de en 1991 cuando se publicó la novela, pero personalmente me produce cierta desazón toda esta historia.
Dejando a un lado este aspecto sórdido del que, lamentablemente, hay más ejemplos, el libro, quizás cayendo en esa desubstanciación que se crea en ciertos libros juveniles por el hecho, precisamente, de ser juveniles, está plagado de inexactitudes históricas y filosóficas y de una simplicidad lingüística un poco sonrojante. Empezaré por esto último. Recuerdo que una profesora del mi colegio, cuando nos hacía ponernos en pie y explicar algo al resto de la clase nos regañaba cuando empezábamos la exposición con un “es (como) cuando”. Nos recriminaba recurrir a la simplificación del lenguaje que es suficientemente rico y variado para crear oraciones complejas sin utilizar siempre a los mismos grupos de palabras. Esto se lo podría haber explicado también al autor del texto que usa y abusa de esta forma de explicar ciertos términos. Además utiliza los diálogos entre Sofía y su profesor/acosador filósofo de una forma burda haciendo que la niña dé la réplica a su interlocutor en función de lo que él necesita para proseguir con la explicación, pasando de dar una respuesta propia de una niña de 8 años a, en la siguiente frase, ser tan erudita como un académico de la lengua. Sofía pasa de no saber qué es la fuerza de inercia a hacer una glosa sobre las indulgencias y Lutero. O en una frase interpela al profesor filósofo con un “Qué postulado más odioso” para, tan solo unas páginas más adelante preguntar qué es un postulado. Ejemplos como estos abundan en el texto, así como frases exclamativas del tipo “¡Explícate!”,”¡Entiendo!”, “¡Ejemplos!” que chilla Sofía al profesor mientras este sigue con la chapa sin hacerle demasiado caso. ¿Le está enseñando a pensar sin enseñarle a dialogar?
En cuanto a lo que indicaba en relación a las inexactitudes históricas y filosóficas es fácil dar algunos ejemplos. Mientras que en el libro se pasa de puntillas por Séneca se dedican páginas y páginas a la religión cristiana en su aspecto más teológico y menos filosófico haciéndola parecer una filosofía pura en sí (de hecho, leo en prensa que el propio Gaarder considera a Jesucristo uno de los tres filósofos más importantes de la historia). Se indica de forma sorpresiva que el nazismo, si no hubiera sido por Hitler, podría haber sido una demagogia. Se menciona, y poco más, el epicureísmo sin tener la decencia de hablar, aunque fuera de soslayo, de Herculano. Dice que todas las lenguas europeas excepto el lapón, finés, estoniano (sic), húngaro y vascuence son de origen indoeuropeo, es decir, obvia el turco (lengua altáica), o las lenguas caucásicas. Indica que el misticismo oriental está compuesto por el hinduismo, budismo y religión china (sic) sin explicar que es eso que él define como “religión china” (¿religión tradicional china, confucianismo, taoísmo?,quién sabe). Explica el término “sincretismo” asimilando a una mezcla de religiones sin desarrollar que no solo es un mix de religiones sino también de ideas y fruto de asimilaciones. Indica que “hoy en día las palabras “cínico” y “cinismo” se utilizan en el sentido de falta de sensibilidad ante el sufrimiento de los demás” creando un nuevo sentido para este ya vituperado término. Exhibe un pseudofeminismo durante el texto haciendo que Sofía se queje de que el profesor, solo le habla de hombres filósofos, pero cuando de repente llega a la gran Simone de Beauvoir, ésta aparece como la pareja “filósofa existencialista” de Sartre que “intentó emplear el existencialismo también en los papeles sexuales” y, puff, vuelve a desaparecer la Beauvoir. O llama a la mística alemana Hildegard de Bingen como de Eibingen. No sé si este último, u otros errores, son problema del traductor, del editor o del propio autor pero no creo que son coadyuvantes de confundir a los adolescentes a los que va dirigido este texto. Como estos, muchos otros ejemplos, aunque realmente da un poco igual porque de repente se nos cruza absurdamente Caperucita Roja por el camino mirando al monstruo del Lago Ness y, claro, perdemos el hilo de la cuestión filosófica.
No creo que los adolescentes deban ser tratados con condescendencia, suavizándoles ciertas materias e ideas para hacerles más fácil su aprendizaje, ni que deban ser infravaloradas sus aptitudes. No creo en obras adaptadas para escolares (como esa que sacó la RAE creada por Pérez-Reverte en la que, como ellos mismos dicen, podan el Quijote para convertirlo en “una eficaz herramienta docente, y también en un texto de fácil acceso para toda clase de lectores”). En lo que sí creo es en obras comentadas que ayuden a una interpretación de ciertos aspectos complicados de los textos de los que no se tenga cierta experiencia previa (como hace por ejemplo la editorial Austral en las ediciones de algunas obras clásicas).
Podría estar de acuerdo en que este tipo de obras de divulgación “light” camufladas de novelas pueden ayudar en cierta medida a servir como una somera introducción a la filosofía pero, ¿no lo serían mejor las propias obras de los filósofos más importantes que en ella se citan? ¿Dónde está el problema de leer, apoyando con los medios didácticos que sean oportunos o necesarios, , “La República o el Estado” de Platón, “Así habló Zarathustra” de Nietzsche o “La náusea” de Sartre?
Por cierto, esta última obra mencionada de Sartre, junto con “La peste” de Camus, otro gran existencialista, fue la obra que me sirvió de comienzo para convertirme en el ávido lector y amante de la filosofía que soy ahora. Fue gracias a dos de esos considerados tochos y no a obras cribadas, edulcoradas o tamizadas. La mente es moldeable. Démosla buenos alimentos y ella sabrá procesarlos.

¿Por qué he apoyado la iniciativa #LeoAutorasOct ?

Durante el mes de octubre desde Librocinio me he unido a la iniciativa #LeoAutorasOct porque creo firmemente que la literatura escrita por mujeres ha sido histórica y sistemáticamente infravalorada y vilipendiada y ello ha desembocado en que en la actualidad se lean menos libros escritos por mujeres que por hombres.

La simple observación basta para corroborar esta última afirmación. En Librocinio, desde febrero de 2016, llevo listando, en lo que he denominado “Libros en movimiento”, todos los libros que veo leyendo a la gente a diario. Aquí se pueden consultar los listados quincenales desde entonces hasta hoy. Esta observación se realiza sin ningún tipo de sesgo, simplemente libro que veo leer, libro que apunto. Da lo mismo si ese libro se va leyendo en el metro, en un parque, paseando por la calle o en una cafetería o si se trata de libros infantiles, novelas, ensayos, libros de divulgación científica o incluso libros de los denominados de “autoayuda” (si es que eso significa algo). Desde el 1 de febrero de 2016 hasta el 31 de diciembre de 2016 anoté unos 650 libros. De esos tan sólo un 30% habían sido escritos por mujeres. En 2017, desde enero hasta octubre, los aproximadamente 725 libros anotados muestran un resultado similar. No tengo datos de cuántos libros se publican al año escritos por mujeres y cuantos por hombres, ni datos históricos de publicaciones. Tan sólo puedo juzgar lo que he visto. Y lo que he visto es preocupante.

No creo que haya menos escritoras, ni que la calidad de lo que escriben sea menor y quiero resistirme a pensar que se les publique menos (si es que esto es así) por el simple hecho de ser mujeres. Históricamente sí creo que se les ha publicado menos y han sido tomados menos en cuenta sus textos. Me explico.

Yo empecé a leer literatura “adulta” gracias a la colección de Seix Barral de “Obras maestras de la literatura contemporánea” . La Peste y La Náusea fueron de los primeros títulos. Luego vinieron Trópico de Cancer, La familia de Pascual Duarte, La muerte en Venecia, Los santos inocentes, El espía que surgió del frío. Haciendo memoria tan sólo me vienen a la mente títulos de autores masculinos. ¿Por qué será eso? Pues quizás sea porque esa colección no incluía hasta el número 28 a una autora. En este caso se trata de Simone de Beauvoir con La mujer rota. Este libro ha sido precisamente el último que me he leído en este octubre dentro de #LeoAutorasOct . Y precisamente en esa colección. En el resto de la colección la cosa no mejora. No dispongo del listado completo pero entre los 50 primeros libros creo que Beauvoir es la única autora. Algo realmente lamentable.

Esto en cuanto a publicación. Si nos fijamos en el reconocimiento y tomamos los premios Nobel como una referencia (que cada vez creo que se puede menos), vemos que tan sólo un 12% de los galardonados con el Nobel de Literatura han sido mujeres.

Si algo no se visibiliza es como si no existiese. Quizás si no se ha querido visibilizar la literatura de autoras ha sido porque muchos de sus textos ponen patas arriba el sistema androcentrista y capitalista, propugnando ideas feministas, fuertemente cargadas de ideales sociales e igualitarios, y ya sabemos que ese tipo de ideas han molestado y molestan a los “hombres de bien”.

No dejemos que nos impongan un tipo de literatura con un tipo de ideas. La literatura escrita por mujeres es y ha sido una gran fuente de ideales necesarios. Leámosla y recomendémosla no sólo en octubre.

Por mi parte, os comparto aquí los libros que he leído este #LeoAutorasOct :

– The handmaid’s tale (Margaret Atwood)

– We have always lived in the castle (Shirley Jackson)

– Buenos días, tristeza (Fraçoise Sagan)

– La mujer rota (Simone de Beauvoir)