El mundo de Sofía – Jostein Gaarder

Tenía dieciséis años y mi profesora de filosofía, Auxiliadora – nunca un nombre fue tan adecuado para una profesión -, entre debates, en los que hacía que los estudiantes investigásemos sobre temas polémicos y discutiésemos (en el buen sentido de la palabra) a dos bandas intentando defender una posición que podría no coincidir con la personal, y clases teóricas sobre el método filosófico, nos propuso leer un libro de filosofía. Dio a elegir entre “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset o “El mundo de Sofía” de Gaarder. La mayoría optaron por la historia de la niña Sofía, que además de tener un formato, en principio, más atractivo para un adolescente que las masas orteguianas (novela frente a ensayo), venía avalada por cierta fama generalista fuera del mundo académico. Dicho en lenguaje estudiantil, la decisión era entre un tocho de filosofía a pelo o una novelilla juvenil. Estaba clara la elección, ¿no? Pues yo elegí el tocho, ni tanto, de Ortega y agradezco infinitamente esa decisión a mi yo quinceañero porque desde entonces el concepto de “masa” y de repulsión hacia las mismas hizo que mi carácter se desarrollara de una forma seguramente distinta a lo que podría haber sido. Sin embargo, me quedó la espinita clavada de qué tendrá el mundo de Sofía para haber convertido al libro donde se relata en un best seller imperecedero. Esa espinita me la arranqué este invierno cuando mi pareja encontró el volumen que había leído ella en su momento en el instituto. Entonces agradecí de nuevo a mi yo adolescente haber elegido a Ortega. ¿Qué diantres tiene esta novela juvenil tan magnífico para haberla convertido en una novela que incluso profesores, como mi Auxiliadora, hayan optado por incluirla en el currículum literario de sus alumnos?
Este libro, publicado en España por Siruela – editorial que ha creado toda una biblioteca Gaarder a partir del bombazo de esta novela-, se vende como una “novela sobre la historia de la filosofía” (primer error, ya que asume que toda la filosofía es “occidental” pues es de ella de la que habla), pero no es sino un curso de filosofía bastante flojo, inexacto y pesado encastrado en una trama absurda “justificando” ciertos desmanes en que finalmente, ¡oh sorpresa!, todo es una historia que le cuenta un padre a una hija a través de un escrito, y claro, eso ya es excusa suficiente para permitirse tener todas las inexactitudes y licencias habidas y por haber, tanto en desarrollo en sí como en base teórica.
De primeras, lo que más me chocó es el hecho de que la trama principal fuera la de un anciano filósofo que acosa a una menor por medio de cartas anónimas, citándola en el bosque en horario lectivo y haciéndola mentir a su madre por sus encuentros secretos, llamándola a acudir a una iglesia de madrugada y reteniéndola ahí durante ocho horas o dándole a beber brebajes que la hacen alucinar. Este es el mismo señor que inserta en mitad del curso de filosofía que le manda una sentencia en la que, nombrándola, le señala, para explicarle el orden de las cosas, que “Sofía Admunsen ordena su habitación […] La ropa se dobla ordenadamente y mete en el armario, las braguitas en un estante, los jerseys en otro, …”. ¿En serio el primer ejemplo que se le ocurre son las braguitas de una adolescente? Quizás esto resulte chocante leyéndolo sin ser un adolescente o haciéndolo en 2018 en vez de en 1991 cuando se publicó la novela, pero personalmente me produce cierta desazón toda esta historia.
Dejando a un lado este aspecto sórdido del que, lamentablemente, hay más ejemplos, el libro, quizás cayendo en esa desubstanciación que se crea en ciertos libros juveniles por el hecho, precisamente, de ser juveniles, está plagado de inexactitudes históricas y filosóficas y de una simplicidad lingüística un poco sonrojante. Empezaré por esto último. Recuerdo que una profesora del mi colegio, cuando nos hacía ponernos en pie y explicar algo al resto de la clase nos regañaba cuando empezábamos la exposición con un “es (como) cuando”. Nos recriminaba recurrir a la simplificación del lenguaje que es suficientemente rico y variado para crear oraciones complejas sin utilizar siempre a los mismos grupos de palabras. Esto se lo podría haber explicado también al autor del texto que usa y abusa de esta forma de explicar ciertos términos. Además utiliza los diálogos entre Sofía y su profesor/acosador filósofo de una forma burda haciendo que la niña dé la réplica a su interlocutor en función de lo que él necesita para proseguir con la explicación, pasando de dar una respuesta propia de una niña de 8 años a, en la siguiente frase, ser tan erudita como un académico de la lengua. Sofía pasa de no saber qué es la fuerza de inercia a hacer una glosa sobre las indulgencias y Lutero. O en una frase interpela al profesor filósofo con un “Qué postulado más odioso” para, tan solo unas páginas más adelante preguntar qué es un postulado. Ejemplos como estos abundan en el texto, así como frases exclamativas del tipo “¡Explícate!”,”¡Entiendo!”, “¡Ejemplos!” que chilla Sofía al profesor mientras este sigue con la chapa sin hacerle demasiado caso. ¿Le está enseñando a pensar sin enseñarle a dialogar?
En cuanto a lo que indicaba en relación a las inexactitudes históricas y filosóficas es fácil dar algunos ejemplos. Mientras que en el libro se pasa de puntillas por Séneca se dedican páginas y páginas a la religión cristiana en su aspecto más teológico y menos filosófico haciéndola parecer una filosofía pura en sí (de hecho, leo en prensa que el propio Gaarder considera a Jesucristo uno de los tres filósofos más importantes de la historia). Se indica de forma sorpresiva que el nazismo, si no hubiera sido por Hitler, podría haber sido una demagogia. Se menciona, y poco más, el epicureísmo sin tener la decencia de hablar, aunque fuera de soslayo, de Herculano. Dice que todas las lenguas europeas excepto el lapón, finés, estoniano (sic), húngaro y vascuence son de origen indoeuropeo, es decir, obvia el turco (lengua altáica), o las lenguas caucásicas. Indica que el misticismo oriental está compuesto por el hinduismo, budismo y religión china (sic) sin explicar que es eso que él define como “religión china” (¿religión tradicional china, confucianismo, taoísmo?,quién sabe). Explica el término “sincretismo” asimilando a una mezcla de religiones sin desarrollar que no solo es un mix de religiones sino también de ideas y fruto de asimilaciones. Indica que “hoy en día las palabras “cínico” y “cinismo” se utilizan en el sentido de falta de sensibilidad ante el sufrimiento de los demás” creando un nuevo sentido para este ya vituperado término. Exhibe un pseudofeminismo durante el texto haciendo que Sofía se queje de que el profesor, solo le habla de hombres filósofos, pero cuando de repente llega a la gran Simone de Beauvoir, ésta aparece como la pareja “filósofa existencialista” de Sartre que “intentó emplear el existencialismo también en los papeles sexuales” y, puff, vuelve a desaparecer la Beauvoir. O llama a la mística alemana Hildegard de Bingen como de Eibingen. No sé si este último, u otros errores, son problema del traductor, del editor o del propio autor pero no creo que son coadyuvantes de confundir a los adolescentes a los que va dirigido este texto. Como estos, muchos otros ejemplos, aunque realmente da un poco igual porque de repente se nos cruza absurdamente Caperucita Roja por el camino mirando al monstruo del Lago Ness y, claro, perdemos el hilo de la cuestión filosófica.
No creo que los adolescentes deban ser tratados con condescendencia, suavizándoles ciertas materias e ideas para hacerles más fácil su aprendizaje, ni que deban ser infravaloradas sus aptitudes. No creo en obras adaptadas para escolares (como esa que sacó la RAE creada por Pérez-Reverte en la que, como ellos mismos dicen, podan el Quijote para convertirlo en “una eficaz herramienta docente, y también en un texto de fácil acceso para toda clase de lectores”). En lo que sí creo es en obras comentadas que ayuden a una interpretación de ciertos aspectos complicados de los textos de los que no se tenga cierta experiencia previa (como hace por ejemplo la editorial Austral en las ediciones de algunas obras clásicas).
Podría estar de acuerdo en que este tipo de obras de divulgación “light” camufladas de novelas pueden ayudar en cierta medida a servir como una somera introducción a la filosofía pero, ¿no lo serían mejor las propias obras de los filósofos más importantes que en ella se citan? ¿Dónde está el problema de leer, apoyando con los medios didácticos que sean oportunos o necesarios, , “La República o el Estado” de Platón, “Así habló Zarathustra” de Nietzsche o “La náusea” de Sartre?
Por cierto, esta última obra mencionada de Sartre, junto con “La peste” de Camus, otro gran existencialista, fue la obra que me sirvió de comienzo para convertirme en el ávido lector y amante de la filosofía que soy ahora. Fue gracias a dos de esos considerados tochos y no a obras cribadas, edulcoradas o tamizadas. La mente es moldeable. Démosla buenos alimentos y ella sabrá procesarlos.

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Solenoide – Mircea Cărtărescu

¿Cărtărescu? Cărtărescu. ¡Cărtărescu! ¡CĂRTĂREscu! ¿Eh, Cărtărescu…? Esta ha sido mi experiencia con este autor desde antes de conocerle gracias a las ediciones de la editorial Impedimenta hasta después de haber leído su, supuestamente magnífico, “Solenoide”. De hecho, mi aventura (más bien desventura) con “Solenoide” comienza justo a la mitad de la E mayúscula del ¡CĂRTĂREscu! A partir de ahí, cuando me enfrenté a su mundo extraño, a su prosa salvaje, recia y ampulosa, a sus ideas desordenadas y a su apabullante y tediosamente repetitivo mundo onírico y, siendo justos, a ciertos momentos magistrales (aunque muchos menos de los que me esperaba) todo se empezó a desmoronar.

“Solenoide” se presenta avalado por la inmensa fama de su autor, un “Nobelable”, y de esta obra se dice que es “la piedra de toque en torno a la que gravitan el resto de ficciones de Cărtărescu ”. A éste se le compara con Rilke, Borges y Kafka. Y si bien puedo entender de dónde provienen estas referencias, no puedo compartirlas. No después de haber leído “Solenoide”.

Leyéndolo creí identificar, por un breve momento, casi forzado por mi necesidad de encontrar algo de coherencia en el texto, cierta similitud en la trama a la maravillosa novela “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco (sí, soy de esos a los que “el péndulo” les pareció una gran novela) y me sentí esperanzado cuando creía encontrar una aparente intención de que fuera por ese camino la trama de “Solenoide” y se llegara a algo con cierto grado de congruencia. Pero cuando uno empieza a escarbar entre la prosa engolada y artificiosa de Cărtărescu y lo que encuentra son eternas y repetitivas situaciones absurdas que quieren intentar significar algo pero no son más que delirios oníricos hartamente desagradables, uno desiste de seguir escarbando.

La trama superficial del libro es, a priori, muy prometedora: un profesor desmotivado de un colegio situado en los arrabales de un Bucarest devastado encuentra una motivación para seguir con su insustancial y rutinaria vida en la particularidad de una casa extraña que compra en mitad de un barrio pobre. Todo lo que tiene que ver con esta trama primaria es suficientemente digno y podría llegar a sustentar por si solo la fama de la prosa de este autor. Sus descripciones de la vida diaria de los colegiales y de los profesores son magistrales. Su léxico es visual, metafórico y luminoso. Cuando uno se topa con frases como “el único ser de colores en un cementerio de ceniza” cree entender y justificar el resto del texto. Pero todo se desvanece cuando esa escena costumbrista que te ha atraído por primera vez, como podría ser la fila que hacen los niños para recibir una vacuna en un terrón de azúcar, te es presentada por enésima vez de la misma forma y en el mismo contexto. Cuando la primera vez que entra el protagonista en su colegio o en su casa y recorre infinitos pasillos y estancias hasta llegar a su clase o su dormitorio, uno entiende la angustia rutinaria o el desconcierto que está sintiendo el personaje. Cuando este desconcierto se te relata cada vez que va a su habitación o a su aula, el lector desespera ante la sobredimensión de la metáfora. La descripción de su paseo por el circo o el molino por primera vez casi al estilo de flâneur es visualmente deliciosa. Cuando te insisten indefinidamente en esta delicia termina uno hartándose. Y ese hartazgo por repetición se convierte en una evasión del texto en toda regla cuando los sueños entran en juego en la trama. En mi caso esto elimina la posibilidad de autenticidad en un texto. Los sueños, en mi opinión, en cualquier tipo de ficción, no dejan de ser un recurso burdo para presentar ciertos aspectos que el autor no sabe presentar de otra forma y que quiere colar en el texto por algún motivo (crear pausas, explicar ciertas características del personaje, generar absurdas tensiones o, incluso, rellenar páginas con morralla visual). Un personaje que se despierta de una pesadilla brevemente explicada o un momento onírico surrealista pueden aportar cierta gracia a un relato e, incluso, ser favorables al desarrollo y comprensión de la trama. Sin embargo, el uso que hace Cărtărescu del sueño en este libro es inagotablemente repugnante. Enunciados desde el punto de vista de una redacción en un diario personal en el que el protagonista toma notas de otros diarios anteriores, los sueños inconexos, eternos, repetitivos y muy desagradables se desarrollan impunemente a lo largo de cientos (sí, cientos) de páginas en los que el autor del diario se atreve a sugerir que no está contando todo lo que debería (afortunadamente para el lector, añadiría yo) y que ya, si eso, lo deja para más adelante, cuando llegue el momento. Todo esto mientras glosa lo ya contado, lo vuelve a adjetivar, imbuido en un delirio onanista (figuradamente hablando).

Y si con los sueños creíamos haber tenido bastante surrealismo mal entendido, a medio camino entre la trama superficial rutinaria del profesor de colegio y sus delirios oníricos aparece una subtrama en la que, avalada por la anormalidad de las situaciones de una secta, se nos cuenta como unos campos magnéticos conectan la ciudad y reactivan gigantes para acabar elevando Bucarest a los cielos. En serio, todo muy loco y muy absurdo. Ni siquiera la realidad subyacente en toda esta insalubridad mental como parece adivinarse que es la exposición de la represión bajo el régimen comunista en la Rumanía de la segunda mitad del s.XX justifica estas digresiones paranoides.

Tendré que hacer valer la lectura de este texto con la lección biográfica de ciertos personajes de la historia de Rumanía y del resto del mundo que se exponen a lo largo del texto, como pueden ser las vidas de Voynich, Boole, Hinton, Minovici o Vashide que se intentan encajar en la trama. Estos, al menos, son personajes reales presentados dentro de su veracidad, ya que la mayoría de personajes que aparecen en “Solenoide” son del todo increíbles y de una sustanciación completamente irracional. ¿En qué cabeza cabe, por mucho razonamiento pseudofilosófico que se le quiera imprimir al contexto, que una niña de octavo curso se exprese diciendo “ …fui tranquilizándome poco a poco, como si las amapolas hubieran absorbido, con sus bocas, las toxinas de pánico de mi cuerpo.”

Quedémosnos, como digo, con la lección biográfica y con esta magnífica sentencia que quizás justifique un poco toda esta sinrazón: “No siento respeto por el arte que procura comodidad y alivio, por las novelas y la música y la pintura que te hacen más soportable la estancia en la celda. […] Mi escritura es un reflejo de mi dignidad, es mi necesidad de búsqueda del mundo prometido por la propia mente, como el perfume es la promesa de la rosa cerrada”. Al menos así el regusto será menos amargo.

Tierra de Campos – David Trueba

Estás aburrido mirando Facebook y te topas con una publicación del grupo “Yo fui a EGB” en la que aparece uno de esos “juguetes” que regalaban con los yogures cuando eras pequeño allá al comienzo de los años 80 y sientes una mezcla de nostalgia – por el tiempo transcurrido -, alegría – por el tiempo al que te transporta -, y orgullo – porque la memoria todavía te funciona para acordarte de esa aparente nimiedad -. Esta sensación te dura un momento. Como mucho quizás la compartas con algún colega de la infancia o se lo enseñes a tu pareja mientras ambos dormitáis en el sofá: “mira, ¿te acuerdas de esto? Yo tenía el servilletero amarillo con forma de plátano”. Una vez que se ha compartido, el recuerdo se esfuma con la misma rapidez con la que llegó. Esa misma sensación es la que se tiene leyendo las primeras páginas de Tierra de Campos de David Trueba. Nos transporta a un Madrid de barrio (en su caso Tetuán, pero equiparable al de otros muchos barrios madrileños del mismo estrato) con situaciones tópicas y típicas olvidadas desde la infancia. El personaje, Dani, deambula por el Tetuán de comienzos de los ochenta con todo lo que eso implicaba. Para los que somos madrileños ochenteros, esa cercanía de los nombres urbanos, como el del scalextric de Cuatro Caminos, y de referencias a esa época, como Tino Casal o el “Like a virgin”, nos despierta la morriña que tan amiga es de la atención. Una vez se ha pasado esa ilusión y sorpresa es complicado mantener ese mismo nivel de atención y actitud ante el texto. No obstante, por momentos, Tierra de Campos lo consigue.

Partiendo de una situación costumbrista como es el traslado del féretro con los restos mortales del padre del protagonista hasta un pueblo de la Valladolid más rural, David Trueba hace que su personaje principal, Dani Mosca, rememore su vida como cantante de éxito desde que era un chaval que se apuntó a unas clases gratuitas de guitarra en un piso de Tetuán hasta que, ya convertido en olvidado cantante de éxito de otra época, tiene que lidiar con las vicisitudes propias de una vida como padre divorciado.

El libro está escrito con una prosa fácil que incurre en el uso frases redondas, irónicas y lapidarias (“Uno triunfa no por su genialidad, sino por su menosmalidad”) dichas por y para personajes un tanto tópicos (padre autoritario, colega(s) pasado(s) o japoneses retraídos). Quizás ahí resida la segunda clave del éxito de este libro: su componente humorístico y sarcástico: “Dicen que la mejor prueba de tu ansiedad es cuando tiras de la cadena antes de terminar de mear”. El tercer elemento del éxito del texto podría ser la inmersión en el llamativo mundo de la música con sus fiestas desmesuradas, sus oscuros backstages, esa mezcla de lujo y podredumbre, de pomposa vacuidad, de giras, garitos y litronas, de drogas y sexo apresurado en encharcados baños de tugurio provinciano. Esa parafernalia que rodea a la música como espectáculo y arte es la base de la trama de esta novela. Si os pasa como a mí, y consideráis toda esa parafernalia absurda más allá de, como diría el loco cósmico Homer Simpson, su derecho a escandalizar, buena parte del libro os resultará ajeno y poco estimulante. Insisto, la prosa de David Trueba ayudará a salvar esa situación.

En la segunda parte del libro volvemos a sentir la sensación “egebera” descrita al comienzo, cuando Dani Mosca llega al pueblo de su padre y de su infancia. Allí es recibido por un elenco completo de personajes rurales como si fuera una película de Berlanga: el alcalde, otrora bruto del pueblo, con su mujer con alardes de primera dama, el pomposamente absurdo concejal de festejos, las tropocientasmil tías (primeras, segundas y lejanas) con sus correspondientes tropocientosmil primos (esa familia que todos los que hemos vuelto al pueblo de veraneo jamás hemos terminado de conocer), o el cura moderno, sustituto de aquel de la vieja escuela, que escandaliza un poco a los mayores del lugar. Si a esto le añadimos el alboroto de tener entre sus convecinos a un famoso de la farándula, tenemos el componente definitivo para momentos delirantes y, hasta cierto punto, cercanos para el lector.

En resumen, Trueba logra, con su genial prosa ligera y su ambientación costrumbrista (rural y urbana) y nostálgica, despertar en el lector un sentimiento de cercanía que solo se difumina, como es mi caso, en el momento en que el mundo de la música hace su aparición con su futilidad.

Fantasma – Laura Lee Bahr 

La literatura de terror siempre me ha llamado la atención porque la considero uno de los géneros más complicados de recrear por medio de las palabras. Visualmente puede llegar a ser bastante sencillo provocar miedo recurriendo a ciertos lugares comunes bien puestos en escena, pero lograr que el lector se sitúe en uno de ellos con una prosa absorbente es harto complicado. Me declaro un admirador absoluto de Edgar Allan Poe porque nadie como él ha sido capaz de crear esos ambientes literarios que acongojen al lector. Siempre recordaré la angustia con la que leía Berenice. Desde entonces busco algún libro que me consiga aterrar. “Fantasma” de Laura Lee Bahr no lo ha conseguido. Sin embargo es una novela que tiene mucho que ofrecer si la encasillamos en otros géneros. En la reseña que se hace en la página del editor en español (Orciny Press) se mencionan, además, los géneros “noir” y “bizarro”. Esta novela habría que etiquetarla simplemente con esos dos términos. También mencionan “humor”. Este también omitámoslo. 

“Fantasma” tiene como punto fuerte una prosa directa y dura, expresada con crudeza y sin remilgos (siempre se agradecen los textos que se alejan de lo melifluo y lo pomposo), y una inquietante trama anárquica con saltos temporales y dimensionales en los que en muy pocos momentos sería uno capaz de completar una línea de tiempo adecuadamente. Si bien estas bifurcaciones se presentan al estilo de “elige tu propia aventura” esto no termina de ser tan claro en el fluir de los capítulos consiguiendo que el lector dedique una atención extra no solo a comprender la trama sino, además, a configurarla. 

Laura Lee Bahr nos presenta una thriller original que parte de elementos habituales (muerte, bañera, oficina, secretaria, cantante, Los Ángeles, periodista – ¿cuántas novelas de género negro habremos visto configuradas sobre estos cimientos?) y con ayuda de lo que yo interpreto como un McGuffin de manual (no diré cual para no condicionar al ignoto futuro lector) nos entrelaza una historia de sexo, drogas, alcohol, pasiones desenfrenadas y suciedad, mucha suciedad, aderezada con un fantasma que crea un ambiente especial.

Si bien es cierto que las expectativas tras los primeros capítulos son altas, muy altas incluso, sin llegar a desinflarse del todo (como ocurre con otras novelas con tramas originales como en mi caso sucedió con Sorry de Zoran Drvenkar), la historia va perdiendo fuelle por momentos una vez pasada la sorpresa inicial. 

No obstante, y a pesar de los vaivenes, esta novela es un golpe (en todos los sentidos) de originalidad que se disfruta y se sufre a partes iguales.