Un hombre ocioso – Yusuf Atilgan

Paseaba sosegadamente por Berlín con Franz Hessel y su flâneur tranquilo (¿no va implícito este adjetivo en la realidad de un flâneur?), disfrutando esa ciudad que tanto adoro, cuando me pregunté qué otros escritores habrían llevado a sus personajes a pasear por sus ciudades haciendo de ello una ocupación. Curiosamente encontré la “desocupación”, la plenitud del ocio, la ociosidad de “un hombre ocioso”. Y, a su vez, me topé con Yusuf Atilgan llenando de vacíos erráticos el tiempo de su protagonista y haciendo de ello un arte (literaria y narrativamente hablando).

Este “hombre ocioso” que pasea por las calles de Estambul sin un rumbo definido es un hombre cualquiera. Es un hombre reducido a la nada más absoluta por culpa de la masa. Es un hombre peculiar, diferente, único. Es la tercera acepción de raro del diccionario de la RAE. Odioso por momentos, pero con tal determinación en sus creencias adogmáticas que en más de una situación uno querría ser él.

Este hombre que supura nihilismo por todos sus poros tiene a su vez un fin tan definido que podría creerse que este fin es el propio sentido de su aparente insustancial existencia: la belleza. ¿Qué es el arte, la alegría, el gozo e, incluso, el amor si no la consecuencia de la belleza encontrada en lo ajeno? No ya una belleza física, como la que podría desprenderse de un cuadro, una sonrisa o la caricia de un ser amado, sino la reacción que de ellos se genera en el alma de uno.

Esta obra de Atilgan es un conglomerado de reflexiones, anhelos, descripciones, diálogos difusos y diatribas filosóficas tan caótico como bello. Es una verdadera obra de arte literaria. Es el arte de la palabra justa en el momento justo, del sentimiento exacto expresado de la manera precisa. Atilgan ha sido comparado frecuentemente con Camus. Justamente éste podría ser ese texto que hubiera querido escribir Joseph Grand, el personaje secundario – o eso dicen – de La Peste, si se hubiera apartado de la ampulosidad de su amazona en la jaca alazana entre las floridas avenidas. Atilgan encuentra lo que Grand buscaba, la palabra más adecuada para cada momento pues, como el personaje de Camus explicaba, no resulta la misma imagen de recorrer una avenida florida que recorrer entre flores una avenida.

Al contrario que el flâneur de Hessel, C., el flâneur de Atilgan, no pasea pausadamente respirando la ciudad, escaneándola y viviéndola. C. la engulle, la devora, la repudia para terminar escupiendo sobre ella y aún así yéndose a acostar cada noche porque “dormir es la forma más rápida de que llegara el día siguiente” para poder seguir pateándola erráticamente. Y todo ello conjugado con la búsqueda de encontrarla. A ella. A la única. Mientras la busca, halla sucios roces en un autobús, una mujer “que no paraba de sorberse la nariz como un niño, lo cual la hacía aún más femenina (y) le gustaba” pero que “la dejó porque no paraba de sorberse la nariz”, una bizca con ojos con “el brillo de la humedad que sigue a los grandes aluviones” (he de reconocer que esta frase me tiene completamente subyugado) y, entre otras más, a Ayse, a la que cree amar tanto que acaba por no amarla. Y mientras la busca y no la encuentra C. nos despliega toda su filosofía crítica con los cánones sociales buenistas, con las convenciones establecidas, con la rutina autoimpuesta como acto de protección (habría que juntar a C. con el Michele de “Las partículas elementales” de Houellebecq ), con la necedad de la masa (es maravilloso el concepto que crea del hombre que sale del cine y la gente de la calle le destruye), con la creación de necesidades absurdas, en definitiva, con una sociedad moderna decadente.

Es algo realmente extraordinario la forma que tiene Yusuf Atilgan de mezclar en este relato filosofía, narrativa y paisajes. Una de las obras más completas que he podido leer en los últimos tiempos.

Quiero añadir una consideración final en forma de agradecimiento a la editorial Gallo Nero que ha sido quien ha publicado este texto en español con una edición muy cuidada (tal y como nos tienen acostumbrados) y con una traducción a cargo de Pablo Moreno que consigue que la extraordinaria dificultad de este texto nos llegue aparentemente intacta a nuestro idioma (la manera en la que se nos presenta la explicación de “Tratúmar y Corámar” deja esto bien patente).

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Las partículas elementales – Michel Houllebecq

Cuando una novela viene acompañada del adjetivo calificativo “controvertida”, puede significar dos cosas: o que se ha querido forzar la polémica como reclamo publicitario, como en el caso de los textos de las sombras de Grey (me estoy odiando mucho por hablar en este blog de esta saga infame), o que a ciertos grupos (los “ñiñiñis”) les molesta algo de esa novela. Y ya sabemos que esas molestias suelen venir derivadas de tratar ciertos ámbitos de la vida que se salen de los estándares de normalidad y moralidad. Lo cómodo no molesta. Estos rasgos que suelen incomodar en un texto tienden a circunscribirse básicamente en dos: lo asocial y el sexo. Y esos dos elementos están perfectamente impersonados en los dos protagonistas de este “polémico” y magnífico relato de Houellebecq. “Las partículas elementales” presenta la vida de dos hermanos que, nacidos en condiciones distintas, desarrollan dos personalidades, a priori, diferentes pero que convergen en la anormalidad social que generan. Michel es un científico (y, cabría añadir, filósofo – ¿no van siempre unidos?-) que vive ajeno a los estándares sociales y a cualquier forma de contacto interpersonal al uso. Su vida gira en torno a las rutinas y a la ausencia de sobresaltos. Bruno, sin embargo, es un ser impulsivo, cuya meta en la vida es su desarrollo sexual, y está obsesionado no ya con lograr un encuentro íntimo, sino con buscarlo. Para Michel la felicidad reside en la ausencia de búsqueda, para Bruno la búsqueda permanente es la felicidad. Esas realidades vitales se muestran no solo en la forma en que se desarrollan sus existencias sino en la manera que tiene Houellebecq de tratar las palabras cuando esta hablando de cada uno de ellos. Cuando Houellebecq trata en la novela sobre Michel, las palabras son suaves, el lenguaje es casi puro. Cuando se refiere a Bruno, las palabras se vuelven más burdas y el lenguaje es más impulsivo.

Normalmente, insisto, los colectivos quisquillosos, y más concretamente, el puritanismo imperante y rancio ha llevado a calificar novelas de este estilo no solo de controvertidas sino incluso de pornográficas, consiguiendo que el grueso de la opinión social las estigmatice (no entenderé jamás porqué) y las englobe en literatura de pervertidos. Estos estigmas han marcado a libros como “Trópico de Cancer” de Henry Miller, “El amante de Lady Chatterley” de D.H.Lawrence o incluso “Lolita” de Vladimir Nabokov. Y el hecho de ser denostados de esa manera hace que la base filosófica que acompaña a la temática sexual se vea olvidada. Lamentablemente la descripción de la actitud de Bruno, con su obsesión sexual desbordante, y de la reclusión autárquica de Michel son molestas y no solo por lo representan sino por lo que comportan. Lo que trasciende es un análisis pseudoexistencialista de las relaciones personales y su interacción en la sociedad, de cómo la propia sociedad excluye al diferente, y de cómo pueden llegar a desarrollarse vidas abocadas a la angustia constante ora basadas en la inmovilidad y la certeza, ora abocadas a la búsqueda constante y la insatisfacción en el encuentro de lo buscado. Así lo resume Houllebecq: “Al considerar los acontecimientos presentes de nuestra vida , oscilamos constantemente entre la fe en el azar y la evidencia del determinismo”.

Además, este texto es una crítica feroz a lo que Ortega definió como masa. Al borreguismo exacerbado que crea realidades ajenas a la cultura y la inteligencia, que estigmatiza al diferente y alaba la rutina y la rectitud. Ambos personajes son molestos también por ese mismo hecho: uno por lo culto y el otro por lo impetuoso. Como indica Houllebecq en otro momento del libro: “El hombre poco instruido siente terror ante la idea del espacio; lo imagina inmenso, nocturno y vacío”.

En definitiva, las partículas elementales es una novela incómoda, dura, recia, burda y sexy por momentos, ácida, crítica, con unos diálogos magníficos, un poso filosófico nada desdeñable y por todo ello enormemente estimulante.

At the existencialist café – Sarah Bakewell

Mi vida literaria, y por lo tanto mi realidad vital, está estrechamente unida al existencialismo, incluso sin saberlo. Se podría decir que fueron Camus y Sartre quienes convirtieron a un adolescente al que le gustaba más bien poco la lectura (no así la literatura, esto lo explicaré en otra ocasión) en un lector casi compulsivo. Camus me presentó en La Peste, con toda la meticulosidad posible, la angustia ante el absurdo. Las crudas descripciones de las reacciones de los ciudadanos de Orán, asediados por la cruenta enfermedad, me parecía que tenían, sin saber exactamente a lo me enfrentaba, un halo de filosofía y, quizás, misticismo. Especialmente sobrecogedora fue la inoperancia asfixiante con la que Joseph Grand se enfrentaba a su necesidad de perfección en cada palabra mientras intentaba comenzar a escribir su libro (ese en el que la amazona nunca se acababa de internar plenamente en el Bois de Boulogne). De La Náusea de Sartre, que fue el siguiente libro que cayó en mis manos – ambos de la colección de Seix Barral de literatura contemporánea – recuerdo especialmente que me impactó una oración que decía: “En mis manos hay algo nuevo, cierta manera de tomar la pipa o el tenedor. O es el tenedor el que ahora tiene cierta manera de hacerse tomar”. Puede parecer banal, pero esa forma de expresar cierta “confusión” en la interacción con las cosas me abrió los ojos a una forma diferente de pensar. Ambos, digamos, fueron mis dos primeros libros de “adulto”. No pudo ser casualidad que fueran de dos de los máximos exponentes del existencialismo. 

Por eso cuando se cruzó por mi camino At the existencialist café (En el café de los existencialistas) de Sarah Bakewell no tuve más remedio que hacerme con él. Afortunadamente para mí.

Cuando uno piensa en un ensayo sobre el existencialismo mezclado con perfiles biográficos de los propios existencialistas tiende a plantearse la densidad que puede acarrear lo que ahí se cuente. Sin embargo, Sarah Bakewell consigue crear una especie de trama novelesca que hace que este ensayo se convierta en algo vivo ante el lector. 

Sin incurrir en alardes intelectualoides, que serían del todo discordantes en una obra de divulgación como esta, a lo largo del texto vamos descubriendo la filosofía existencialista de autores como Beauvoir, Sartre, Camus, Heidegger, Jaspers o Marcel, y somos guiados para lograr hilar la evolución de esta corriente filosófica que, aunque pueda parecer que huele a rancias ideas de café parisino de primera mitad del s.XX, influye aún hoy en el arte, la cultura y la realidad social (el capítulo 14 podría haberse llamado, increpando al lector de hoy en día, “tú eres un existencialista aunque no lo sepas”). 

Una cosa que considero novedosa y atractiva de este libro es que Bakewell intenta obviar sus predilecciones filosóficas y afectivas por algunos de los autores y, aunque las loas sean expresadas y ciertos aspectos positivos de la biografía de algunos de estos autores sean recalcados, no omite, ni pasa sobre ellos de forma ligera, las sombras de su vida y los momentos en que estos tuvieron que poner en duda e, incluso, dar un giro drástico a su doctrina pues sus vivencias – en muchos casos las relativas a la II Guerra Mundial que la mayoría de estos autores tuvieron que afrontar – les hacían entender lo erradas que estaban sus ideas o lo contradictorias que eran confrontadas con sus actos y sus creencias. 

Un libro de divulgación como este es más que necesario en estos tiempos en que el existencialismo es ninguneado en los sistemas educativos hasta el punto de ser obviado en muchas ocasiones, lo cual es algo incomprensible pues es una filosofía alejada de formalidades de salón dieciochesco y generada en la vivencias sociales de café y trincheras. Como indica Bakewell “a philosophy (made) out of vertigo, voyeurism, shame, sadism, revolution, music and sex”. Las revoluciones sociales de la segunda mitad del s.XX surgieron, en gran parte, de las ideas de estos pensadores que creían en una filosofía activa y socialmente útil.

Este libro, además, se presenta como una apología de la filosofía, doctrina que en la actualidad está siendo denostada y vilipendiada sistemáticamente por ciertos sectores de la población que saben que es un elemento poderoso que ayuda a vivir confrontando las ideas en vez de asimilando las imposiciones del sistema. “Philosophy is neither a pure intellectual pursuit nor a collection of cheap self-help tricks, but a discipline for flourishing and living fully human, responsible life” indica Bakewell en cierto momento de la narración. No nos olvidemos de ello pues el pensamiento es la base de nuestra identidad mucho más de lo que pueda ser nuestra imagen o nuestros actos. Sin la ayuda de los pensadores que nos preceden, sin conocer como bregaron con los mismos problemas que sufrimos hoy en día y como intentaron entenderlos, no seremos capaces de avanzar de forma plena a una sociedad estable, igualitaria, empática y evolucionada. 

Sirva esto también como una defensa personal de la filosofía. ¡Pensad, malditos!

Comentario final sobre la edición española (Ariel, 2016)

No suelo hacer comentarios explícitos sobre ediciones concretas salvo que haya algo que me haya sorprendido. Normalmente esa sorpresa suele ser negativa. Esta vez no es una excepción. Me refiero a la edición española de At the existencialist café. La edición original británica de Chatto & Windus, como las siguientes de Vintage o las traducciones a otros idiomas como el neerlandés, italiano o alemán, llevaban como subtítulo “Freedom, Being, and Apricot Cocktails” (es decir, “Libertad, Ser, y cocktails de albaricoque”). La mayoría mantienen, además, una apariencia semejante: fondo blanco con tres o cuatro representantes del existencialismo sentados en una mesa de un café. Sin embargo, toda esta apariencia, muy acorde con el contenido del libro, se va al garete en la edición española de Ariel donde el blanco se convierte en rojo y amarillo (curiosa elección), la tipografía y apariencia parecen más propias de una novela de Marcial Lafuente Estefanía y, lo que es más sangrante, desaparecen los cocktails de albaricoque, la Libertad y el Ser, y se convierten en “Sexo, café y cigarrillos o cuando filosofar era provocador”. No se sabe si se está ante un libro sobre el existencialismo (muy representado por los tres conceptos del subtítulo original) o ante un texto sobre el rock de los 80.  Se está recurriendo al reclamo fácil de sexo y tabaco (como si fuera una novela de Bukowski), y relegando de la portada a dos de los términos más importantes de la filosofía existencialista: Libertad y Ser. El café, el sexo y el tabaco estaban presentes en la vida de los existencialistas (y de otras muchas personas) pero remarcar eso es como si en un libro que hablara del peripatetismo se pusiera de subtítulo “Caminar en túnica”. 

Supongo que todos estos cambios (elección cromática, tipográfica y semántica) llevan detrás una intención comercial pero convierten a la portada de este magnífico ensayo literario y filosófico en un volumen muy poco atractivo y de intenciones erradas. Jamás, y lo hubiera lamentado profundamente, me hubiera atraído la edición española, muy alejada de la realidad del libro. Leedlo de todas formas (a ser posible en original). No os defraudará (espero que la traducción no lo haga, pero ahí no me meto

Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán – Rüdiger Safranski

Creo que fue con Werther y sus “penas” cuando tuve consciencia plena de lo que suponía el romanticismo en toda su dimensión. Parafraseando al personaje de la novela de Goethe “volví sobre mí mismo y encontré un mundo”. Un mundo místico, un mundo más allá de este mundo, un mundo que da “alto sentido a lo ordinario, a lo conocido dignidad de desconocido y apariencia infinita a lo finito” en palabras de Novalis. Un mundo de sentimientos profundamente elevados. De significaciones extremas. Un mundo que vive de la belleza y para la belleza. Y que sin la belleza no podría existir, aunque por lo efímero de la belleza esté destinado a brillar en la infinitud mortal. Y precisamente, rodeado de la más palpable muerte, alejado del mundanal ruido, sufrí el sentimiento romántico de la forma más pura. Fue en Berlín, paseando entre las tumbas de los románticos Fichte y Hegel en el Dorotheenstädtischer Friedhof, cuando pude terminar de asimilar todo aquello que había leído.

Pocos días después, en la Alte Nationalgalerie, mientras contemplaba los cuadros de los autores románticos, me quedé extasiado en la oscura profundidad del “Abtei in Eichwald” de Caspar David Friedrich . Cuando llevaba varios minutos perdido en el cuadro, se me acercó sigiloso un profesor alemán que nos acompañaba y empezó a explicarme todo el significado que subyace en ese y otros cuadros de Friedrich. Es decir, me introdujo someramente en la filosofía romántica. Y eso es precisamente lo que se puede obtener, de forma ampliada y detallada, del libro de Rüdiger Safranski. 

El romanticismo es más que un estilo literario o pictórico. Es una filosofía vital. Una filosofía que empezó en la segunda mitad del s.XVIII y que durante casi 250 años lleva influyendo en todos los aspectos de la cultura y sociedad, principalmente, europea. Desde la política, pasando por la literatura, la filosofía o la pintura, entre otros, el romanticismo ha ido buscando una veta por la que penetrar en mayor o menor medida. 

Si seguimos la crónica descrita por Safranski desde el viaje marítimo de Herder hasta los últimos años del s.XX, veremos como esta filosofía ha influido en la vida de los alemanes, y de todos los que han interactuado con ellos durante este tiempo. 

Con una prosa templadamente sencilla, directa, sin circunloquios innecesarios, Safranski va desgranando tanto histórica, como biográfica y, sobre todo, filosóficamente el romanticismo, haciendo hincapié en ciertos autores clave, exponiéndolos en su contexto y encajándolos en su momento histórico.

En los albores del espíritu romántico decía Herder que “ningún pueblo de Europa puede cerrarse frente a los otros y decir neciamente : en mí y sólo en mí mora toda la sabiduría.” Por ello, y por todo lo que va exponiendo a lo largo de sus páginas, Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán es una obra imprescindible para todos los que amamos la historia y la filosofía europea y, más concretamente, alemana.