Madres Tóxicas – “Tú no eres como otras madres” (Angelika Schrobsdorff) y “Apegos feroces” (Vivian Gornick)

Recientemente se han cruzado en mi camino dos libros que, si bien son diferentes en temática y localización – no así en espacio temporal -, tienen una base común que proyecta una sombra oscura durante todo el relato y que, incluso de forma intencionada, lo monopoliza: las madres tóxicas. Me permito la licencia de juzgar con ese apelativo a las madres que ahí se desarrollan porque la forma en que desnudan su relación las hijas que cuentan estos relatos deja al aire todos los miedos, incertidumbres, pesares y daños que les han producido en su alma durante su vida. Las relaciones cuyo goce no es mayor que su sufrimiento, por mucho que estén basadas en el amor, no dejan de ser destructivas. Esto se desprende, o al menos es el poso que me han dejado estos dos textos, de la lectura de “Tú no eres como otras madres” de Angelika Schrobsdorff y “Apegos feroces” de Vivian Gornick.

Simplificando, y mucho, el relato autobiográfico de Schorbsdorff cuenta la historia de su familia de judíos alemanes, de cómo se desarrollaban sus vidas en el caóticamente fastuoso Berlín de los años 30 en el que, precisamente, vivir y disfrutar de esa vida era lo que se necesitaba; de cómo esas vidas se truncaron con la llegada del horror nazi y de cómo, para poder seguir viviendo – malviviendo esta vez – tuvieron que huir de Alemania y vivir casi en la mendicidad. Esta historia que en su comienzo recuerda a libros como el maravilloso Fabian de Erich Kästner, con las lúdicas descripciones de las fiestas y actos sociales del Berlín de entreguerras, con sus noches de cabarets, libertinaje y goce vital, podría resultar completamente sobrecogedora si no fuera por la interrupción constante que hace en el relato la figura de la madre de la autora o, más bien, la relación que mantenía esta madre con el resto de su familia. Lo que en un principio se presenta como el aliciente de esta novela, la particularidad de esta madre que no es como las madres de los demás, termina, en mi opinión, convirtiéndose en ese elemento disonante que te abstrae de la lectura. Resulta como esa llamada de teléfono en mitad de una obra de teatro que te tiene absorto. Por dos motivos. Primero, porque esta relación, insisto, tóxica tan bien contada, y tan mal sufrida, altera la paciencia del lector y le hace exasperarse ante la desgana, desidia, despego, ineficiencia y egoísmo (quizás todo lo anterior sea fruto de esto último) que muestra esta madre en la relación con sus familiares y amigos; y segundo, porque este estado de ánimo provocado por la relación maternal se vive y se describe con una intensidad que por momentos resulta forzada y, hasta cierto punto, absurda. La relación queda deshumanizada y parece fruto de delirios literarios y poéticos de escritor.

Esto queda aún más patente en Apegos Feroces – su nombre ya lo indica todo -. Gornick detalla en este relato su vida desde que era una niña emigrante judía que vivía en el Bronx hasta que es una escritora y periodista consolidada que se aferra a los paseos con su madre como una suerte de psicoanálisis nocivo. Estos paseos son el vehículo que lleva a la autora a describirnos la infancia en el Bronx donde el barrio refulgía de vida en comunidad, donde los vecinos eran verdaderos vecinos y no cohabitantes de edificio, donde las miserias personales se compartían y se aliviaban conjuntamente. Nos descubre también su relación sentimental e intelectual con diversos miembros de la comunidad periodística y cultural de la época y, esto quizás sea lo más significativo del texto, nos muestra desde una perspectiva feminista la deshumanización que ha sufrido la mujer durante el siglo XX, incluso en ámbitos donde parecía que esto no era así. Si bien en el texto de Gornick la madre es el vehículo conductor de la trama, las acciones de ésta y la forma en la que son contadas son tan intensas y tan poco naturales que como lector me sentía excluido de la historia en esas líneas.

Se puede desprender que lo que me “molesta” de estos dos buenos relatos es la intensidad desmedida con la que se proyectan muchos de los sentimientos, sin embargo creo que es más bien la forma en que son introducidos o la falta de espontaneidad de los mismos los que hace que se autoexcluyan. Libros con tramas intensísimas como el texto de Torborg Nedreaas “Nada crece a la luz de la luna” presentan relaciones mucho más creíbles y mucho más empáticas incluso siendo más desquiciadas. Obras autobiográficas como La lengua salvada de Elias Canetti, no exentas de fuerza y momentos elevados, son un ejemplo de como las vivencias personales pueden ser descritas de tal forma que llevado de la mano del autor, el lector viva y sienta aquello que éste vivía y sentía ( e incluso sufría). Reacciones “absurdas”, ilógicas y malvadas como las de la imposible Edith, la mujer de William Stoner, son mucho más desenfrenadas y dañinas que las de cualquiera de estas dos madres, y sin embargo, mucho más creíbles y dramáticas para el lector.

Lamentablemente la exponenciación de estos dramas maternales por parte de las dos autoras es el elemento disonante que crea, en estos dos buenos relatos, un rechazo en el lector en el elemento preciso que se quiere potenciar en la trama.

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Stoner – John Williams

Cuando me enfrento a un libro como Stoner, con la fama que le precede, tiendo a cargarme de prejuicios y lo comienzo con cierto miedo a que me defraude (el pavor al Best-Seller que llamo, aunque aplicar este calificativo a este relato sería, quizás, despectivo). Y así hice, casi inconscientemente, con esta novela de John Williams (aunque las varias recomendaciones venían de personas de gustos poco dudosas y muchos aciertos previos).
Sin embargo, Stoner tiene un comienzo tan poco alentador que no deja de ser altamente intrigante. Según avanza la lectura, la sensación no desaparece: ¿por qué me estará atrayendo tanto este libro? Y de repente la verdad se te revela en toda su intensidad. No necesitas tener delante de ti un thriller que te haga estar en tensión y desear que avancen las páginas para saber qué ocurre con la trama, o una novela crudamente dramática que te sobrecoja con las desgracias ajenas, o un libro de cariz humorístico que te distraiga y entretenga. John Williams no necesita nada de eso; consigue con su prosa sencilla que, según se vaya desarrollando la novela, notes como cada personaje, cada frase que pronuncian, cada descripción de sus sentimientos, cada ambientación, te atrapan de tal forma que te abstraen de todo lo que existe alrededor, y tienes la sensación de haber empatizado hasta tal punto con William Stoner que crees estar viendo desarrollarse algo de tu propia existencia. 

Pero no es solo la forma, que tiene algo especial, de cómo Williams presenta a Stoner, y al resto de personajes – aunque Stoner fagocite, y con razón, casi todo el espacio -, sino que la temática ambiental elegida, para aquellos que sentimos atracción – y casi devoción – por la cultura humanística, es idónea. 

John Williams ha creado la novela idónea para un amante de la lectura y la cultura. Pone delante del lector a un profesor de origen humilde, obsesionado con la literatura, que ama la enseñanza y cree que ella en un fin en sí mismo (“as if those studies were life itself and not specific means to specific ends”), y le dota de unos valores humanos notables (paciencia, justicia, honestidad, …)

William Stoner es el antihéroe que debería abundar en nuestra sociedad y John Williams el maestro que nos lo presenta en todo su esplendor creando la que podría considerarse la novela perfecta. Sin tapujos: de las de llorar porque se acaba.