Olla podrida

Una naturaleza nada errática

El mantra más repetido, más cacareado, y más agobiante también, de estos días que pasamos recluidos en nuestras casas es que de todo esto tiene que salir algo bueno o que al menos algo tiene que cambiar. Se lanzan muchas ideas pseudorevolucionarias, un brainstorming pandemónico, pero no parece que nada cuaje, y por nuestros deseos de evolucionar en un ser mejor se filtra la desesperanza de que todo permanecerá inerte ante el paroxismo.
Son necesarias acciones concretas, tangibles, que, por pequeñas que puedan parecer, supongan un cambio real, un frenazo en mitad de una carretera, abandonar el coche (a ser posible despeñarlo), y sentarnos en la cuneta a reflexionar sobre por qué no hemos atropellado al ciervo que teníamos delante. Y eso ha hecho la gente de Errana Naturae. Nos han iluminado al cervatillo en mitad de la carretera y nos han planteado un dilema moral y vital. ¿Qué queremos hacer? ¿En qué queremos convertirnos?
El texto que publicaron ayer puede parecer que no es más que una nota de prensa sobre una decisión editorial o un modelo de negocio, pero va mucho más allá. Es una llamada a la reflexión, partiendo del propio ejemplo, y eso es algo tan raro hoy en día que merece todas las loas posibles estés o no de acuerdo con su decisión.
Soy lector de Errata desde hace muchos años y he de reconocer que tengo debilidad por su colección “El pasaje de los panoramas”. Su apuesta editorial, al menos desde mi punto de vista de lector, ha sido la de ofrecer textos editados con mucho esmero de autores que merecían un puesto preeminente en la escena cultural y que lamentablemente no lo tenían. Textos nada fáciles, no por su artificiosidad literaria sino por su apuesta disruptiva que invita a la reflexión y que constantemente apela a analizarse al propio lector. No creo que jamás hubiera llegado a leer a Torborg Nedreaas o a Lidia Chukóvskaia si no las hubiera encontrando buscando entre sus títulos, y me hubiera perdido dos maravillas literarias como son “Nada crece a la luz de la luna” e “Inmersión” ambas historias de reflexión, frías y extremadamente bellas.
Precisamente esa belleza y ese frío tenga mucho que ver con el elogio al invierno que hacen en su presentación editorial donde abogan por “un invierno perpetuo e inexcusablemente níveo donde se confundiesen finalmente las faenas y el placer, la necesidad y el deseo”. Estamos ahora en un invierno social, un momento de reflexión, de faenas caseras y, por qué no, de placer (aunque sea como escape). Es un tiempo para reencontrarnos a nosotros mismos y quizás hacer el parón y la reflexión que proponen. Qué queremos hacer, ¿seguímos con nuestro espídico desenfreno capitalista donde el fin es la continua superación sin un horizonte fehaciente o aprovechamos este reposo y esta inquietud mental para conocernos, sentir el entorno, reflexionar sobre lo que queremos legar a la eternidad y lo que la eternidad nos va a devolver de nuestro legado? ¿Destruimos o construimos? ¿Seguimos inmersos en el círculo vicioso donde el fin último es la subsistencia en un mundo de recursos que hemos dinamitado o entramos en un circulo virtuoso donde se construya algo bello, algo bueno, quizás no tan rentable, no tan “importante” pero mucho más satisfactorio, sostenible y disfrutable?
Como lector puedo decir que me encantaría encontrar en mi librería nuevos títulos de Errata en los próximos meses no por propio afán de consumo sino porque la cultura literaria se vería reforzada, pero como ciudadano con un mínimo de conciencia social agradezco horrores la valentía de este manifiesto con el que se han desmarcado en el mundo editorial. Ojalá la decisión vital para ellos sea la acertada, los lectores fieles haremos lo posible para que así sea. Ojalá el poso que han dejado con su alegato sea el sustrato donde enraíce un futuro mejor. Que ese sea uno de los pasos que evoquen un futuro de cambio real, de acciones concretas y que la suya no sea más que la primera.

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Críticas literarias

Nadie duerme – Barbijaputa

Las reacciones, tanto propias como ajenas, son imprevisibles. Nadie sabe cómo va a reaccionar ante un hecho. Menos cuando ese hecho afecta a tu propia vida. Menos aún cuando ataca a los cimientos de tu existencia, invalidándola, convirtiéndola en una vida de segunda clase, en una miseria existencial. Sólo en ese momento sabemos a lo que podemos llegar a ser capaces.

Quizás las siguientes preguntas fueron las que se le pasaron por la cabeza a Barbijaputa cuando se planteó la trama de este libro: ¿qué pasaría en una sociedad rancia en el que la mayor represión posible llevara a involucionar a un estado democrático progresista en un estado represor, machista y xenófobo? ¿Cómo respondería la sociedad civil ante esta situación?¿Se mostrarían las mujeres sumisas y acatarían el nuevo orden establecido o reaccionarían y se enfrentarían incluso poniendo sus vidas en riesgo? ¿Estaría justificada la acción violenta?

Estos dilemas morales los sufren las protagonistas de este texto, un grupo de mujeres que han visto coartada su libertad al acceder al gobierno la ultraderecha más dañina. Ven como sistemáticamente sus derechos son rebajados, su libertad reducida y las penas de aquellos hombres que violentamente atentan contra ellas condonadas. Y reaccionan, vaya si reaccionan.

Este relato de ficción no podría aparecer en un momento más adecuado. Durante todo el texto nos vemos obligados a establecer paralelismos con ciertos discursos que tenemos que escuchar a diario en los que se niega la violencia machista, en los que se justifican asesinatos y violaciones e incluso se crean nuevas legislaciones ultraconservadoras que denostan las conquistas sociales de la mujer en los últimos tiempos.

Este texto ligero de lectura fácil y prosa rápida, sin aspavientos y con cierta retranca de crónica nos presenta una distopía que lamentablemente no es tan distópica pues hemos llegado a un momento de repulsión política, social y moral en el que estos discursos de odio están intentando prender la mecha de algo que ninguna persona de bien quiere ver. Está en nuestras manos parar la maldad social y generar un estado de bienenestar en el que ninguna persona sea excluida, en el que todos seamos iguales y en el que nunca se llegue a una situación como la que este relato presenta.

(Reseña realizada en colaboración con Edición Anticipada de Penguin Random House Grupo Editorial)

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Olla podrida

Javier Castillo y la literatura “aburrida”

Hay una corriente que en los últimos tiempos está denigrando la gran literatura, la literatura de palabras y conceptos en pos de la literatura de entretenimiento, del best-seller facilón, del simple pasatiempo comparable a un sudoku o a una serie de streaming. La entrevista que le hace eldiario.es a Javier Castillo con ocasión de la publicación del su ya tercer libro es un claro ejemplo de ello.

Fui un chaval que tardé en amar la lectura. Tardé mucho. Mis padres lo intentaron con los libros del Barco de Vapor, los de “elige tu propia aventura” o libros ilustrados. En muy pocas ocasiones estos volúmenes consiguieron captar mi atención. Apenas un puñado de libros de lectura obligatoria en el colegio causaron un efecto positivo en mí, entre ellos, “Historia de una escalera” de Vallejo Nájera o “El camino” de Delibes. Fue ya de adolescente cuando un amigo me señaló el camino con “La Peste” de Albert Camus, que me entusiasmó más de lo que puedo expresar por medio de las palabras, y lo continué con varios volúmenes de las Obras Maestras de la Literatura Contemporánea de Seix Barral como “La Nausea” de Jean Paul Sartre. Hoy todavía gozo al recordar las diatribas literarias de Joseph Grand o cómo Sartre describía minuciosamente el hecho de la existencia de la mano propia del personaje. Seguramente, dentro de la corriente de literatura fácil que existe hoy en día, esos dos libros serían catalogados como literatura aburrida. “El Péndulo de Foucault” de Umberto Eco, “La lengua salvada”de Elias Canetti, “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan, “Las penas del joven Werther” de Goethe, “Un hombre ocioso” de Yusuf Atilgan, “Sin blanca en París y Londres” de George Orwell…los acompañarían en el mismo saco.

Disfruté en su momento trasnochando para “merendarme” de una sentada “Los pilares de la tierra” de Ken Follett pero cuando logré acabar la segunda parte, “Un mundo sin fin” (el bucle sin fin), me prometí no leer nada más de ese autor que no sabe hacer más que ponerle zancadillas absurdas a sus personajes con tal de alargar una trama hasta la extenuación. Precisamente eso es de lo que se apunta, pero positivamente, la periodista en la entrevista a Javier Castillo: “son thrillers muy adictivos. Montañas rusas en las que continuamente pasa de todo, y con giros que hacen que el lector siempre quiera más.” No, no quiero más, quiero mejor, quiero literatura, quiero detalle, quiero ideas. Posteriormente añade Javier Castillo que “Más que saber qué contar hay que saber qué no contar. Y hay muchos libros que se pierden… Yo disfruto mucho más los libros en los que van pasando cosas. Intento que la descripción sea la necesaria. Si te digo que hay una copa de vino sobre la mesa no hace falta que te diga que es de cristal, la mesa de madera…”. Denosta por esencia generalista la literatura descriptiva, de palabras e ideas, como decía al principio, en favor de una literatura de hechos. Somete la palabra, la esencia de la literatura, a la imagen que representa. Y, precisamente, la literatura no es una serie de TV o una película donde la trama es, por lo general, lo principal (aunque afortunadamente hay reductos cinematográficos y seriófilos donde la fotografía, los diálogos o la música son auténticas obras de arte). La literatura requiere transmitir la idea precisa con la palabra perfecta (gracias Silvio). Que el ritmo sea más trepidante o más tranquilo o que se putee a los personajes más o menos es secundario si los personajes están bien construidos.

Hay que leer hozando en las páginas, deteniéndonos en esa idea que nos ha dejado el escritor escondida entre las líneas para que la gocemos al toparnos con ella. No quiero caer en el error que precisamente critico de cargar contra la literatura de best-seller de pasatiempo, pero intento, por lo general, ocupar mi tiempo en una lectura que me proporcione el goce intelectual necesario como contrapartida. Intento siempre leer para aprender, incluso en aquellas ocasiones en que la mente necesita el simple esparcimiento y un libro fácil y rápido (lo que no quiere decir que sea malo o simplón) sea la mejor opción . No entiendo que se trate como aburrida la gran literatura, y menos si lo hace un escritor. Al igual que no entendería que tratase la literatura de pura diversión como basura.

Eso sí, disfruto cuando veo que, ¡oh milagro!, un libro magnífico, perfectamente escrito, con un disfrute de la palabra y de la de idea y que tiene una trama tan outsider como “Los asquerosos” de Santiago Lorenzo (mencionado también en el artículo) se sitúa en la categoría de best-seller porque compruebo que a la gente no se la puede engañar tan fácilmente y todavía, de vez en cuando, las masas eligen bien.

Leed. Leed lo que queráis. Disfrutad leyendo. Leed lo que os guste y os complete. Pero deteneros un momento a pensar en lo que podéis ganar leyendo y elegid en consecuencia.

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Críticas literarias

Juegos de la edad tardía – Luis Landero

Partiendo de un comienzo que bien podría ser considerado como un todo en sí mismo (un microrrelato con toda la enjundia posible) y que advierte al lector de que no está frente a un conjunto de letras cualquiera, Luis Landero presenta en “Juegos de la edad tardía” un thriller clásico que habita en la conjunción de la comedia de enredos, el drama social, la novela negra y el relato de humor absurdo.

La rutina lleva al aburrimiento y éste, en ocasiones, agudiza el ingenio y si además se nos impele a crear mentiras el resultado es un despropósito del que difícilmente seremos capaces de salir. El “juego” que describe Landero parte de esta mentira y aviva esos sueños juveniles desterrados por el esfuerzo laboral diario y las doctrinas sociales para despertar a una nueva realidad a su personaje. La vida gris, maquinal y tediosa de Gregorio Olías, el protagonista de esta desdicha, se ve alterada por sus añoranzas juveniles desperezadas en conversaciones telefónicas con un compañero de trabajo.Estas charlas también se vuelven mecánicas con el tiempo así como las mentiras que se van generando y que, finalmente, se convierten, por fuerza de las mismas, en la realidad para ambos. En esta realidad, repleta de añagazas, tendrá que improvisar Gregorio salidas a los problemas que se irán generando para acabar metido, aún más si cabe, en un embuste supino.

Si bien las situaciones devenidas por esta complicada trama son ya de por si atrayentes, aún lo son más las conversaciones que se generan entre Gregorio y su interlocutor, Gil, en la que los brotes de humor absurdo y de anhelos cultoides son frecuentes. Sirva de ejemplo: “¿No le he dicho que yo quería ser pensador? / ¿Y a qué espera? / Es que no se me ocurre nada.”. Estas conversaciones llegan a recordar a los mejores momentos de las charlas de los tres pedantes personajes de “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco donde se glosan unos a otros en un círculo inacabable e inabarcable de ingenio.

Si todo esto no bastara para enganchar al lector, Luis Landero aporta la que quizás sea su mejor baza: un lenguaje delicado, cuidado, perfectamente hilado y bello sin caer en vicios pedantes y exasperantes. Las palabras fluyen conjugándose con aparente y fingida sencillez en sentencias descriptivamente soberbias: “fue un invierno crudo, de cielos bajos, aire colado en los zaguanes, tirites de charcos y nortes esquineros”. La palabras, en este texto, se convierten en un artificio más con el que hacer jugar a Gregorio – y al resto de sus personajes ficticios o reales – y hacerle “pedirle sin rubor, pedirle coliflor, barcarola, coral, onda, mar y luz, corimbo, limbo y Paralimbo, marimar y marina, caracol, corocol, quiriquil, cocotero, espuma, halcón, oasis, Nilo y Mississippi” manteniéndose así en equilibrio entre la prosa más bella y la poesía más prosaica.

“Juegos de la edad tardía” es un libro para leer pausado, saboreando con deleite cada artificio sintáctico, gramatical, semántico y argumental consiguiendo de esta forma lo que solo logran los grandes textos, subyugarnos a sus deseos más oscuros y abducirnos a su mundo fantástico y emocionante.

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Críticas literarias

Estrómboli – Jon Bilbao

La primera vez que me fijé en este libro fue hace unos meses por recomendación de los libreros de Tipos Infames en Madrid. Me vieron observando la llamativa portada (como todas las que hace Impedimenta) de “Estrómboli” de Jon Bilbao y me pusieron por la nubes tanto al libro como al autor, desconocido para mí hasta entonces. Aquel día no salí con el libro de la tienda (otros tres libros habían cubierto el cupo) pero durante estos meses tanto el autor, como el libro, se me han cruzado en varias ocasiones. Afortunadamente para mí.

“Estrómboli” es una colección de ocho relatos que tienen en común, como dice la reseña del editor, “lo perturbador que se oculta tras las historias más cotidianas”. Las historias que describe Bilbao podrían ser de lo más ordinarias, incluso alguno nos habremos visto involucrado en situaciones parecidas a la que ahí se desarrollan, pero la grandeza del relato reside en cómo se describe la progresión de hechos y, ante todo, cómo éstos se entremezclan para acabar dejándonos, al desenlazarse, con una sensación de extraña desazón (seré gráfico, un “pero qué cojones acaba de pasar” en toda regla).

Los personajes son gente corriente que por determinadas circunstancias vitales acaban en sitios en los que en un principio podrían no haber querido estar y que, a raíz de esas coyuntura, se ven envueltos en situaciones medianamente normales que se desarrollan de forma tan probable como inquietante. ¿Y si nosotros mismos acabásemos algún día sometidos a la presión o disyuntiva de estos personajes?¿Reaccionaríamos así? ¿Nos llevaríamos el mismo merecido? ¿Sufriríamos como ellos lo hacen o incluso más?

Bilbao nos pone en un brete con su textos de prosa ruda, por momentos sucia, pero extremadamente elegante, impecablemente hilada y tan clara como elocuente. Y, sobre todo, sus textos tienen la peculiaridad de no cerrarse jamás del todo, de parecer ser extractos de relatos mucho más grandes pero que no necesitan más desarrollo para contarnos lo que necesitamos saber y dejarnos con una especie de moraleja exenta de moralina que nos remueve y nos hace cuestionarnos demasiadas cosas de nuestras supuestas virtudes.

Si bien los ocho relatos son extraordinarios, hay dos que querría resaltar por encima del resto. El primero, “Como en un idioma desconocido”, lo destacaría por su impecable cierre. En él, la aparente pseudo-moralidad del personaje principal queda completamente despedazada en tan solo un par de párrafos. El segundo, “Avicularia avicularia”, lo ensalzaría por la desazón continua que logra generar en el lector mientras te está describiendo la acción principal en un paraje idílico (por eso y porque hará las delicias de cualquier lector amante de la serie de televisión “Black mirror” y, en especial, del capítulo que abre la primera temporada “El himno nacional”).

Jon Bilbao ha logrado reconciliarme con el género del relato corto que sólo me había enganchado por medio de los textos de Joyce Carol Oates (con la que incluso se podrían encontrar ciertos paralelismos). Estoy seguro que no será la última vez que se cruce en mi camino (ni Oates).

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Olla podrida

Una feria a pie de parque

No dejemos que se lleven la Feria del Libro de Madrid del Retiro. El parque del Retiro aporta a la Feria del Libro de Madrid tanto como los propios libros.

Días antes de leer este artículo en el otrora progresista diario El País, exactamente en el segundo día de la feria, publicaba en Instagram esta foto con el siguiente texto: “Una de las estampas primaverales más típicas y queridas de Madrid: la Feria del Libro con sus casetas, sus exposiciones de imágenes, la gente atestando el Retiro, los autobuses de donación de la Cruz Roja y, por supuesto, ¡los LIBROS!”

Y lo hacía porque la Feria del Libro de Madrid está estrechamente vinculada a esos elementos, y a muchos otros, y todos ellos están influenciados por el hecho de que se celebre en un parque. ¿Os imagináis ir a ver casetas atestadas de libros, iluminadas por luces fluorescentes, dentro de un recinto cerrado y teniendo que pagar una entrada? Es decir, ¿os imagináis que la Feria del Libro de Madrid se convirtiera en un Fitur del libro? (Sí, ya existe eso en Liber, pero Liber es otra cosa).

La Feria del Libro de Madrid está iluminada por el sol y uno pasea por ella acompañado por el calor preveraniego y, muchas veces (este año más), con la incertidumbre de si te va a caer una tormenta primaveral mientras están entre las casetas y vas a tener que salir corriendo hacia Menéndez Pelayo para refugiarte en alguno de sus bares o, en todo caso, salir paseando hacia Alfonso XII para subir a la zona de Huertas a picar algo un sábado a mediodía. La feria es sentarte en el césped de detrás de alguna de las casetas para tomarte un refresco con ese librero que conoces o con el colega que por fin ha conseguido publicar un libro y ese año está firmando. La feria es añoranza de nuestra infancia, cuando íbamos acompañando a nuestros padres y nos compraban un helado, muchas veces el primero de la temporada porque ya hacía tiempo para ello. Es ese sitio donde los niños pueden ver los libros no como objetos comprados en una tienda sino como un elemento de algo mucho más fascinante, haciendo que ese libro que llevan ahora entre las manos sea algo aún más especial. La feria es sentarte, con tus bolsas con la publicidad de Bankia/Caja Madrid por un lado y por el otro el cartel anual de turno de la feria, en las escaleras del estanque del Retiro a releer la dedicatoria de tu autor favorito o a empezar las primeras hojas del libro recién comprado.

La Feria del Libro de Madrid no es afortunadamente sólo el libro, para eso tenemos todo el año las librerías de la ciudad, sino todo lo que rodea a la feria y todo ello enmarcado en el parque.

No voy a pecar de naíf ignorando que el fin último de un librero/editor (¿por qué tienen que estar representados con caseta los distribuidores?) es vender su mercancía y cuanto más espacio dispongan para ello y en las mejores condiciones posibles lo hagan mucho mejor para su economía, pero no por ello se debe renunciar a todo lo demás que lo rodea. Las más de 300 casetas (363 este año si no me equivoco) que componen la feria más los espacios multifuncionales deberían estar suficientemente aprovechados para que todos los que deseen mostrar su mercancía y propuestas puedan hacerlo de forma igualitaria (sin macrocasetas para las grades superficies o editoriales masivas). Para las actividades que no quepan en el propio recinto o que por su naturaleza no puedan desarrollarse ahí, Madrid ofrece cerca de esa zona suficientes espacios para que se puedan llevar a cabo (¿os imagináis celebrar algún acto tan multitudinario que se pudiera hacer en el cercano Palacio de los Deportes?)

Nuestras grises ciudades económicas y pragmáticas necesitan tener los libros en la calle y que estos sean protagonistas del paisaje cultural urbano. Es el momento de que estén lo más presentes posible en nuestra vida diaria y con actividades como la Feria de Libro en otoño del año pasado en la Plaza Mayor se consigue aún más. No quitemos el momento más popular y querido de Madrid de comunión con el libro. No lo arranquemos del espíritu que le proporciona el Retiro. No nos carguemos la Feria del Libro de Madrid.

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Más Ferdinando, por favor.

(En respuesta al lamentable y malintencionado artículo en El País – el otrora periódico progresista hoy uno más en el vertedero mediático – de Antonio Lorca del 6 de enero de 2018 titulado “La conmovedora, tierna, sensiblera y mentirosa historia del toro Ferdinando”).

Llegan hasta mí estos recuerdos cargados con las interferencias del tiempo transcurrido, pero más nítidos de lo que hubiera esperado. No tendría más de seis años – y ya muchos me parecen – cuando estaba sentado en el sofá verdoso de mis abuelos con las piernas completamente apoyadas en los enormes cojines – mi escasa altura no daba ni para que sobresalieran de ellos – y cubiertas por un libro de gran formato que aglutinaba varias historietas gráficas clásicas de Hanna Barbera y Disney (y no sé si alguna otra corporación). Me acuerdo de pasar las hojas divirtiéndome con las historias de Los Picapiedra, Huckleberry Hound, Los supersónicos, Pixie y Dixie (sí, la mayoría de las que me gustaban eran de Hanna Barbera) y recuerdo especialmente cuando llegaba a la historia del toro Ferdinando, un toro manso y cariñoso que le encantaba oler flores y pastar a placer. Tengo grabada en mi memoria la viñeta en la que un Ferdinando adulto se humillaba no para “recibir al torero” como le hubiera gustado a Antonio Lorca sino para olisquear una flor.

A mis abuelos les encantaba el toreo y me intentaron inculcar el placer por disfrutar de ese mal llamado arte durante alguna de las tardes que pasaba con ellos y en la televisión echaban una corrida de toros (lo cual antes ocurría con más frecuencia que ahora, afortunadamente). Posiblemente alguna de esas tardes, mientras en la televisión Espartaco (el torero sevillano no el gladiador) mareaba a un pobre toro en la plaza de las Ventas para terminar matándolo, yo tuviera sobre mis piernas el volumen de historietas que tanto me gustaba hojear con la historia del toro manso Ferdinando. Entonces mi mente todavía poco crítica identificaba como algo completamente dispar lo que era un dibujo y lo que era la vida real. De otra forma hubiera sido realmente cruel ver cómo mataban a un “familiar” de Ferdinando.

Aunque por lo que he dicho creo que no es necesario explicitarlo, sí, soy antitaurino. Y lo soy, creo, o al menos ese día me reafirme en ello, desde el día que me llevaron, no mis abuelos, a las Ventas a ver una corrida – la primera y la última. Ese día brotaron todas las imágenes sádicas que había ido almacenando en mi cabeza mientras múltiples toros había sido torturados en la tele durante tantas tardes y se convirtieron en reales. La toma de conciencia social adquirida con la cercana madurez mental que proyectaba la adolescencia ayudó a ello.

Por eso, cuando hace unas semanas vi anunciada la película de Ferdinando me alegré de que en un país como España, que todavía defiende el sadismo animal institucionalizado, se proyecte esa película. Y me alegro aún más cuando esta cinta molesta a gente como Antonio Lorca. Y no os dejéis engañar, molesta no sólo por su carácter antitaurino sino por todo lo que propugnaba el texto original de Munro Leaf: el antibelicismo, la nobleza frente a la competición, el goce del disfrute. Y ya sabemos que en esta sociedad moderna donde se ennoblece al más fuerte, al más viril, al más competitivo, y se denosta al noble, al tolerante, al débil, un texto como el de Munro Leaf y una película basada en él pueden molestar y mucho. Y si molestan hacen bien.

Ojalá esto lleve a que se ponga de moda el libro de Ferdinando. Habrá ganado la cultura y la sociedad.

Más Ferdinando, por favor. Y más libros. Eso siempre.

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Mis libros en movimiento de 2017

Llega el final de cada año y muchos blogs, páginas culturales de periódicos o revistas se lanzan a publicar sus rankings con los mejores libros del año que acaba (algunos incluso osan a lanzarse a hacer listas con los peores libros del año). Y la mayoría de estos rankings no se hacen desde la modestia de la subjetividad, sino que se publican como verdades absolutas. En muchas ocasiones esas listas encierran tanto egocentrismo o, lo que es peor, tanto marketing que no puedo tomarlas en serio. Me repelen del mismo modo que lo hacen las estanterías e islas de “más vendidos” de las librerías (y no digamos ya la de los centros comerciales).

Creo, sin embargo, en las elecciones personales aleatorias y, la mayoría de las veces, ese azar guía mis lecturas: una portada que destaca entre el resto a pesar de no ser especialmente llamativa, cierta persona leyendo cierto libro en cierto lugar, una recomendación personal de alguien muy especial, un libro descolocado en una estantería o la animadversión de alguien hacia un determinado texto (o llevado a su máxima expresión mediante la censura pura y dura).

La sección “Libros en movimiento” de este blog comenzó con el sincero propósito de conocer libros y darlos a conocer a otros (a todos los que se quieran pasar por Librocinio). Veo a alguien leyendo un libro y lo apunto. Sin más. Y de entre todas esas notas, por diferentes motivos, hay ciertos títulos, que sin conocer nada de ellos, destacan y se convierten en mi próxima lectura.

Creo que somos lo que leemos, o más bien, lo que leemos nos convierte en lo que somos. Y si se quiere llegar a hilar un poco más fino, lo que leemos nos hace ser conscientes de lo que somos.

Durante este año muchos de esos “Libros en movimiento” se han transformado en lecturas propias (y orgullosamente digo que sé que se han convertido también en lecturas ajenas) y han pasado a ser parte de lo que soy. Como no podría ser de otra forma, no todos ellos han dejado un regusto agradable, pero me reconforta el hecho de que he encontrado algunos textos que han han ido directos a rellenar mi estantería de libros favoritos como Las partículas elementales de Michel Houllebecq, Un hombre ocioso de Yusuf Atilgan o el que me está acompañando en este final de año, Un hombre enamorado de Karl Ove Knausgard (me parece algo mágico lo que hace con la escritura este autor noruego).

Os dejo a continuación el listado completo de los libros que he leído este año con un enlace de aquellos que he comentado en el blog. Considerad esto como un extra de “Libros en Movimiento”.

Felices lecturas.

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Críticas literarias

Madres Tóxicas – “Tú no eres como otras madres” (Angelika Schrobsdorff) y “Apegos feroces” (Vivian Gornick)

Recientemente se han cruzado en mi camino dos libros que, si bien son diferentes en temática y localización – no así en espacio temporal -, tienen una base común que proyecta una sombra oscura durante todo el relato y que, incluso de forma intencionada, lo monopoliza: las madres tóxicas. Me permito la licencia de juzgar con ese apelativo a las madres que ahí se desarrollan porque la forma en que desnudan su relación las hijas que cuentan estos relatos deja al aire todos los miedos, incertidumbres, pesares y daños que les han producido en su alma durante su vida. Las relaciones cuyo goce no es mayor que su sufrimiento, por mucho que estén basadas en el amor, no dejan de ser destructivas. Esto se desprende, o al menos es el poso que me han dejado estos dos textos, de la lectura de “Tú no eres como otras madres” de Angelika Schrobsdorff y “Apegos feroces” de Vivian Gornick.

Simplificando, y mucho, el relato autobiográfico de Schorbsdorff cuenta la historia de su familia de judíos alemanes, de cómo se desarrollaban sus vidas en el caóticamente fastuoso Berlín de los años 30 en el que, precisamente, vivir y disfrutar de esa vida era lo que se necesitaba; de cómo esas vidas se truncaron con la llegada del horror nazi y de cómo, para poder seguir viviendo – malviviendo esta vez – tuvieron que huir de Alemania y vivir casi en la mendicidad. Esta historia que en su comienzo recuerda a libros como el maravilloso Fabian de Erich Kästner, con las lúdicas descripciones de las fiestas y actos sociales del Berlín de entreguerras, con sus noches de cabarets, libertinaje y goce vital, podría resultar completamente sobrecogedora si no fuera por la interrupción constante que hace en el relato la figura de la madre de la autora o, más bien, la relación que mantenía esta madre con el resto de su familia. Lo que en un principio se presenta como el aliciente de esta novela, la particularidad de esta madre que no es como las madres de los demás, termina, en mi opinión, convirtiéndose en ese elemento disonante que te abstrae de la lectura. Resulta como esa llamada de teléfono en mitad de una obra de teatro que te tiene absorto. Por dos motivos. Primero, porque esta relación, insisto, tóxica tan bien contada, y tan mal sufrida, altera la paciencia del lector y le hace exasperarse ante la desgana, desidia, despego, ineficiencia y egoísmo (quizás todo lo anterior sea fruto de esto último) que muestra esta madre en la relación con sus familiares y amigos; y segundo, porque este estado de ánimo provocado por la relación maternal se vive y se describe con una intensidad que por momentos resulta forzada y, hasta cierto punto, absurda. La relación queda deshumanizada y parece fruto de delirios literarios y poéticos de escritor.

Esto queda aún más patente en Apegos Feroces – su nombre ya lo indica todo -. Gornick detalla en este relato su vida desde que era una niña emigrante judía que vivía en el Bronx hasta que es una escritora y periodista consolidada que se aferra a los paseos con su madre como una suerte de psicoanálisis nocivo. Estos paseos son el vehículo que lleva a la autora a describirnos la infancia en el Bronx donde el barrio refulgía de vida en comunidad, donde los vecinos eran verdaderos vecinos y no cohabitantes de edificio, donde las miserias personales se compartían y se aliviaban conjuntamente. Nos descubre también su relación sentimental e intelectual con diversos miembros de la comunidad periodística y cultural de la época y, esto quizás sea lo más significativo del texto, nos muestra desde una perspectiva feminista la deshumanización que ha sufrido la mujer durante el siglo XX, incluso en ámbitos donde parecía que esto no era así. Si bien en el texto de Gornick la madre es el vehículo conductor de la trama, las acciones de ésta y la forma en la que son contadas son tan intensas y tan poco naturales que como lector me sentía excluido de la historia en esas líneas.

Se puede desprender que lo que me “molesta” de estos dos buenos relatos es la intensidad desmedida con la que se proyectan muchos de los sentimientos, sin embargo creo que es más bien la forma en que son introducidos o la falta de espontaneidad de los mismos los que hace que se autoexcluyan. Libros con tramas intensísimas como el texto de Torborg Nedreaas “Nada crece a la luz de la luna” presentan relaciones mucho más creíbles y mucho más empáticas incluso siendo más desquiciadas. Obras autobiográficas como La lengua salvada de Elias Canetti, no exentas de fuerza y momentos elevados, son un ejemplo de como las vivencias personales pueden ser descritas de tal forma que llevado de la mano del autor, el lector viva y sienta aquello que éste vivía y sentía ( e incluso sufría). Reacciones “absurdas”, ilógicas y malvadas como las de la imposible Edith, la mujer de William Stoner, son mucho más desenfrenadas y dañinas que las de cualquiera de estas dos madres, y sin embargo, mucho más creíbles y dramáticas para el lector.

Lamentablemente la exponenciación de estos dramas maternales por parte de las dos autoras es el elemento disonante que crea, en estos dos buenos relatos, un rechazo en el lector en el elemento preciso que se quiere potenciar en la trama.

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Obabakoak – Bernardo Atxaga

Tengo un problema con los libros de relatos: no he conseguido jamás leer uno que, al terminar la última página del último de los textos propuestos, me quede con la sensación plena de felicidad, cuando no se torna en decepción (en valores más o menos absolutos). No me refiero a compendios de relatos de un autor, como es el caso de Cuentos Completos de Edgar Allan Poe o de Antón Chéjov (ambos en ediciones magníficas en español a cargo de la editorial Páginas de Espuma), sino a libros proyectados como tales a base de relatos cortos. El caso más flagrante de mi experiencia lectora fue el de El Aleph de Borges que me aburrió hasta el tedio (de esos libros que te excluyen desde el primer momento). Reconozco, no obstante, que, aunque sea por la fama que le precede, tengo que darle una segunda oportunidad. 

En el caso que nos ocupa fue Obabakoak de Bernardo Atxaga el que consiguió que un libro de relatos volviera a decepcionarme. Como tengo por costumbre empezar a leer un libro nuevo de la forma más “virgen” posible (intento no leer ni la contraportada), todo lo que sabía de este texto es que la trama se desarrollaba en los alrededores de un pueblo vasco (el ficticio Obaba – hubiera preferido que fuera real). Mi mente, entonces, comenzó a bosquejar oscuras zonas de inhóspitas arboledas, historias llenas de leyendas y tradiciones rurales, bellas descripciones de paisajes coloridos, de aromas frescos y húmedos. Y algo así me encontré en las primeras páginas del libro. Esteban Werfell se halla en una lóbrega habitación con paredes atestadas de libros e iluminada por una ventana desde la que ve un parque y un estanque con cisnes. Fuera es invierno. Esto es lo que buscaba. Esto es lo que me había estado esperando. Ahí tenía el subidón de la lectura de un bello relato unida al especial aliciente que tienen para mí los libros en los que los propios libros tienen un papel especial. 

(Advierto que, a partir de aquí, en este comentario destripo un poco el libro, lo pongo fácil: “ojo spoilers”)

Atxaga continúa las páginas con la trama de Werfell, no muy original, bastante predecible, pero muy bella. Vemos a Werfell escribir, recordar, añorar. Nos habla de su infancia, de curas de pueblo, de cartas manuscritas, de conversaciones padre e hijo y de desilusiones tardías. Y, de repente, unas pocas páginas después, ¡zas!, la historia de Werfell se interrumpe de sopetón y el texto bello, descriptivo, pausado y emotivo, se convierte sin venir a cuento en una especie de, de verdad que no sé como describirlo, análisis de una carta parcialmente ilegible de un canónigo relatando (a la antigua) una especie de leyenda. Luego, Atxaga, continúa con otra buena historia sobre maestras de pueblo que se sienten fuera de lugar, cuya vida no es lo deseado y que ponen toda su alma en intentar no desesperar. Acaba de forma igualmente repentina para, tras unos cuantos relatos más de diferente carácter, estilo e índole, que no han dejado huella alguna en mi memoria más allá de su existencia, ocupar la mitad restante del libro en una matrioska deforme, cuyas piezas no encajan correctamente, y que, siguiendo el juego con el símil, cuando abres a la primera muñeca rusa de madera, encuentras no ya otra más pequeña sino, consecutivamente, un león, un pedrusco, una bicicleta rota, un árbol quemado, un indígena con carcaj, … <rellenar con los elementos inconexos que se quiera>…, hasta llegar a la pieza más pequeña que es el emoticono de la pedorreta 😛 (eso o un corte de mangas, lo que se prefiera). Esa es la sensación que me dejó el último “megarrelato” de Obabakoak. Me explico. Partiendo del hallazgo de una fotografía a alumnos de escuela se desarrolla una trama incoherente en la que, amparándose en hacer relatar diferentes cuentos (contadores de cuentos contando cuentos que cuentan cuentos) a diferentes personajes pasamos de estar en Obaba, a transportarnos al palacio de un tal Wei Lie o ser adoctrinados en la flora y fauna (con interminables enumeraciones) de la Amazonia. Sin ningún hilo conectivo aparente, sin ninguna necesidad y, en mi opinión, ninguna atracción. Las conversaciones de los personajes de este último relato destilan tal erudición mal interpretada que hacen recordar a los intelectuales del Péndulo de Foucault pero sin la gracia y el resplandor que los envolvía, convirtiendo a los de Atxaga en simples parlanchines.

Pocas sensaciones hay tan descorazonadoras como la que te deja un libro que no te acaba de atrapar. Quedémonos con lo bueno, quedémonos con Werfell. 

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