Kruso – Lutz Seiler

Leyendo “Lección de alemán” de Sigfried Lenz uno siente como la lluvia le va calando en un ambiente opresivo, bello pero desolador. Con “Ritos funerarios” de Hannah Kent el cuerpo se hiela por las corrientes húmedas y gélidas que se escapan entre las grietas de las casas donde moran sus protagonistas; las nieves lo inundan todo, incluso las almas (sí, también la del lector). En la “La ciudad blanca” de Karolina Ramqvist ese frío intenso también entra por las rendijas y la nieve deslumbra en el exterior pero la desolación interior opaca la inerme existencia de afuera. El frío, la humedad y la miseria se cuelan entre las líneas de los relatos que transcurren en la mitad más septentrional de la tierra, en el norte de Europa, con le influjo del Ártico, con el gélido Báltico. Este es el caso de “Kruso” de Luzt Seiler donde el oscuro y mortífero mar se alía con la ausencia de libertad para crear una frontera mortífera. La libertad se ve, está a tan solo unos kilómetros. Solo el Báltico los separa. No importa si es invierno o verano, esa desazón, húmeda de viento con salitre, glacial, esperanzada, nos acompaña durante las líneas. Está camuflada dentro de otra historia. La relación de Ed y Kruso, de Ed en Kruso, de Ed en Ed es la intrahistoria.

Ed se refugia en el lugar más extremo capaz de alcanzar de la República Democrática Alemana huyendo de sí mismo. Espera encontrar otro yo en Hiddensee, una isla al borde del Báltico, al norte de la actual Alemania. Y efectivamente encuentra otra realidad personal muy diferente de la que se imagina.

No suelo fiarme de las notas de elogio y autobombo que las editoriales incluyen en las contraportadas, fajas y reseñas publicitarias de los libros, pero en la edición de Kruso de Anagrama se incluye una mención a una reseña en el diario alemán Die Zeit, casualmente mi periódico alemán de referencia, que dice que el texto de Lutz Seiler es “una novela filosófica con múltiples capas que plantea una pregunta muy importante sobre nosotros y sobre el presente: ¿cómo se conquista la libertad?”. No puedo estar más de acuerdo con este análisis que hace Alexander Cammann. El texto fluye por el territorio de las ideas, fluctúa desasido de una realidad terrenal para vagar con un rumbo muy definido y claro por las mentes de los personajes y por aquello de lo que quieren huir y quieren alcanzar sin que puedan llegar a plantearlo claramente. Creen estar viviendo una estancia auténtica en una tierra especial como esa isla en el Báltico, trabajan, filosofan, discuten, se agotan, se divierten, beben hasta la extenuación, inundan sus estómagos para calmar su mente, y mientras anhelan la muerte en las corrientes del mar. Es su fin. Algunos lo conseguirán. Algunos lograrán incluso no morir. No conseguirán la libertad completa que ofrece las aguas que agita Caronte.

En ese grupo se encuentra Edgar, Ed, y termina siendo el último del Klausner, su Filipinas. No lo abandonará hasta que no sea él quien lo cierre. Entre tanto, descubrirá la realidad onírica que le ofrece Kruso, un personaje que es parte cabecilla de secta, parte filósofo, parte agitador y un todo de tormento. Ambos comparten la pérdida. Una añoranza común y compartida de aquellos que han dejado atrás y que no les pueden acompañar en su huida. Kruso ofrece alivio, perdón, infunde ánimos, un limbo, en definitiva, donde refugiarse antes de perecer bien en el mar bien en la ausencia de libertad. Consuelo da, aquel que él no tiene.

La vida del Klauser, el trabajo que allí se realiza, sus gentes, los trabajadores temporales que lo habitan, sus relaciones, cómo ocupan sus días, es el trasfondo que nos intenta velar la verdadera meta del texto. ¿Qué concepto de libertad es el que añoramos?

Cartarescu lo intentó hacer en su “Solenoide” sin conseguirlo. Lo opacó en exceso, lo emperifolló, lo intentó engalanar tanto y tan largo que cualquier concepto quedó diluido. El continente se come al contenido. No hay nada que salvar. Lutz Seiler bordea el mundo onírico sutilmente, lo circunnavega lo suficientemente cerca para no perdernos en él pero dejarnos tenerlo presente. Vela la realidad, la negativiza, nos la difumina, nos crea un mundo fraternal, distinto, cubierto de paisajes ajenos y realidades excepcionales y nos mantiene en un estado de expectación pausada que hace que el texto tenga un ritmo y todo muy especial.

No es fácil leer Kruso. Pero merece mucho la pena el esfuerzo. La introspección que hacemos durante el texto bien merece su tiempo.

Virgen y otros relatos – April Ayers Lawson

El género del relato corto, del cuento en su amplio espectro, abarca tantas casuísticas y tantos estilos como lo pueda hacer la novela. Desde el cuento más clásico con moraleja final hasta el relato onírico inacabado e inquietante. Las colecciones de relatos enclaustradas en un libro deberían conjurar una especie de unidad coherente con cierto nexo que las llegue a relacionar entre sí. En textos como “Los peligros de fumar en el cama” de Mariana Enríquez la penumbra podría ser ese nexo, en “Estabulario” de Sergi Puertas lo sería la tecnología en su aspecto menos pragmático, en el magnífico “El silencio y los crujidos” de Jon Bilbao lo sería la soledad y en “Obabakoak” de Bernardo Atxaga, un volumen que me expulsó directamente del texto, ese nexo es completamente desconocido para mí y hace que ese libro no sea más que un conjunto de mejores y peores textos amalgamados.

En “Virgen y otros relatos” de April Ayers Lawson el vaso comunicante estaría formado por las pasiones y los deseos pseudo prohibidos. Los personajes tienen que lidiar con sus propios instintos que parecen contradecir a su moral y a su forma de relacionarse en sociedad. Se ven atrapados por ellos, les llevan a desviarse del camino marcado por su entorno y a caer en situaciones que no les son del todo agradables pero de las que tampoco parecen querer huir.

Tanto la prosa, fingidamente engolada pero sin aspavientos lingüísticos, como la temática, relaciones amorosas sacadas de ecos de sociedad, y el desarrollo, inconexo y plano en la sorpresa, hacen que por momentos la historia que nos está contando importe bastante poco. Si además no hay una tensión mantenida o un final inesperado (como los de Jon Bilbao) el texto después de leído se desvanece. Por momentos, como en el relato de la hamacas, parece que estemos asistiendo a la cháchara insustancial, presuntuosa y enervante de “La charla” de Rosenkrantz en los que personajes con ínfulas pretenden tener más interés del que pueden llegar a conseguir y cuyas anécdotas y opiniones realmente no importan lo más mínimo.

Como contraposición estarían los relatos “Así es como tienes que tocar siempre” que mantienen una tensión bastante enervante, y “Los efectos negativos de la educación en casa” que me recuerdan por momentos a los mejores instantes de “Knockemstiff” de Donald Ray Pollock. Y que se parezcan a Pollock siempre es buena señal.

Nadie duerme – Barbijaputa

Las reacciones, tanto propias como ajenas, son imprevisibles. Nadie sabe cómo va a reaccionar ante un hecho. Menos cuando ese hecho afecta a tu propia vida. Menos aún cuando ataca a los cimientos de tu existencia, invalidándola, convirtiéndola en una vida de segunda clase, en una miseria existencial. Sólo en ese momento sabemos a lo que podemos llegar a ser capaces.

Quizás las siguientes preguntas fueron las que se le pasaron por la cabeza a Barbijaputa cuando se planteó la trama de este libro: ¿qué pasaría en una sociedad rancia en el que la mayor represión posible llevara a involucionar a un estado democrático progresista en un estado represor, machista y xenófobo? ¿Cómo respondería la sociedad civil ante esta situación?¿Se mostrarían las mujeres sumisas y acatarían el nuevo orden establecido o reaccionarían y se enfrentarían incluso poniendo sus vidas en riesgo? ¿Estaría justificada la acción violenta?

Estos dilemas morales los sufren las protagonistas de este texto, un grupo de mujeres que han visto coartada su libertad al acceder al gobierno la ultraderecha más dañina. Ven como sistemáticamente sus derechos son rebajados, su libertad reducida y las penas de aquellos hombres que violentamente atentan contra ellas condonadas. Y reaccionan, vaya si reaccionan.

Este relato de ficción no podría aparecer en un momento más adecuado. Durante todo el texto nos vemos obligados a establecer paralelismos con ciertos discursos que tenemos que escuchar a diario en los que se niega la violencia machista, en los que se justifican asesinatos y violaciones e incluso se crean nuevas legislaciones ultraconservadoras que denostan las conquistas sociales de la mujer en los últimos tiempos.

Este texto ligero de lectura fácil y prosa rápida, sin aspavientos y con cierta retranca de crónica nos presenta una distopía que lamentablemente no es tan distópica pues hemos llegado a un momento de repulsión política, social y moral en el que estos discursos de odio están intentando prender la mecha de algo que ninguna persona de bien quiere ver. Está en nuestras manos parar la maldad social y generar un estado de bienenestar en el que ninguna persona sea excluida, en el que todos seamos iguales y en el que nunca se llegue a una situación como la que este relato presenta.

(Reseña realizada en colaboración con Edición Anticipada de Penguin Random House Grupo Editorial)

Mare di zucchero – Mario Desiati

A veces minusvaloramos la literatura infantil y juvenil por pensar que la facilidad temática y literaria que las caracteriza (según el nivel) conlleva un deterioro de la calidad de la escritura y una banalización de la narración. Sin embargo, en bastantes ocasiones, esa simpleza (en el buen sentido de la palabra) permite apreciar rasgos que con frecuencia son opacados con la complejidad sintáctica y semántica de la literatura “adulta” ad-hoc.

Por mi nivel de italiano – quizás sería más ajustado decir mi nivel de itañolo – no creí apropiado ni adecuado – ni justo – acceder a literatura adulta directamente y este verano, sentado en las escaleras de entrada de la librería Feltrinelli de Bari alrededor de una isla de libros en promoción, se me cruzó el libro Mare di Zucchero de Mario Desiati publicado por Oscar Mondadori, catalogado para jóvenes de 11 a 14 años. Las primeras páginas me las leí ahí mismo, en las frías escaleras blancas, molestando a los que entraban pero absorto desde el primer momento en la narración.

Ésta presenta una historia muy actual y a la vez muy antigua. La migración explicada como movimiento de gente, sin etiquetas legales ni raciales. Porque así es como lo ve Luca, el niño que contempla como a su costa de Puglia llegan miles de personas que sufren, entre ellas Ervin, un coetáneo albanés que asimila como igual a pesar de la diferencia de idioma y país de origen. Su único fin es ayudarle y protegerle. Sin prejuicios, sin etiquetas.

El drama migratorio que cuenta el libro, y en el que se enmarca la historia de Ervin y Luca, sucedió realmente a principios de los 90 y aun hoy se considera una de las mayores llegadas de refugiados simultáneos en barco. Más de 20.000 albaneses se calculan que desembarcaron en Bari de los que más de 3.000 se cree que lograron escapar de la deportación a territorio albanés donde todavía las políticas del ya fallecido dictador Hoxha tenían vigencia.

De aquellos barros, los lodos de hoy donde dirigentes italianos incompetentes y despreciables como Salvini siguen aplicando las mismas políticas excluyentes, creyendo que la migración debe pararse a las puertas de su país y que los movimientos migratorios sólo tienen que tener una dirección, la de salida. En su mentalidad todo son fronteras, razas, religiones…las personas quedan opacadas por los adjetivos.

Luca no lo ve igual. Luca ve a Ervin. No ve al albano Ervin, al inmigrante, al extranjero. No le importa nada de ello. Ervin es solo un niño descalzo, escasamente vestido, recién llegado que le necesita. No activa mecanismos sociopolíticos. No aplica legalidades. No enarbola banderas. Los adultos a su alrededor, uniformados y no, con cargos y de a pie sí lo hacen y le intentan imponer sus prejuicios. No juzga, actúa. Sus razones parecen tener un sustrato religioso en cierto modo – esta es la parte que creo menos acertada de la novela – y son las que le mueven. Podrían haber sido otras. Da igual. Las tiene y son su motor. Y le llevan a recorrer junto a Ervin un Bari que les busca y les juzga.

Creo que este tipo de textos juveniles que abarcan temas tan de actualidad y polémicos son necesarios para formar mentes juiciosas y responsables desde jóvenes, porque la literatura no debería ser jamás sólo puro entretenimiento sino una base de conocimiento y meditación (en términos filosóficos). Podremos estar más o menos de acuerdo con el planteamiento final, pero al menos habremos abierto un debate. Y esa es la base de toda solución.

Viaje en autobús – Josep Pla

“En una hermosa mañana del mes de mayo, una elegante amazona recorría, en una soberbia jaca alazana, las avenidas floridas del Bosque de Bolonia”. Sobre esta oración giraban los desvelos del funcionario oranés Joseph Grand inventado por Camus. Este mismo anhelo perseguía Josep Pla desde que comenzó a escribir, pues como él mismo defendió, la literatura es la búsqueda del adjetivo perfecto.

Pla fue un hombre viajero tanto en su cualidad de escritor como en la de periodista, si es que ambas se pueden disociar. Sirvió como corresponsal en muchos países – Italia, Alemania, Reino Unido, Francia,… – y vivió y describió momentos históricos muy singulares y convulsos en todos ellos. Sin embargo, quizás sean sus textos sobre su tierra, sobre todo el Ampurdán, los que le hayan dado su mayor fama. Su prosa pausada, certera, clara, directa y sencilla describe a la perfección a las gentes y a los paisajes de esa comarca. Y en “Viaje en autobús” queda completamente patente.

Apuntaba que la suya es, frente a la literatura de imaginación, una literatura de observación y esto es precisamente lo que ocurre en su viaje. Subiendo y bajando del autobús durante los años 40 del s.XX español de postguerra por las comarcas del Ampurdán y del Maresme, Pla nos va presentando una serie de personajes, de historias y de paisajes que nos conforman una idea global de ese momento histórico. A medio camino entre un libro de viajes (y gastronómico), un relato costumbrista y un diario de flâneur este texto indaga en las necesidades de una tierra que Pla bien conoce, a la que quiere y con la que se ha de mostrar crítico. Nos introduce en las casas de los payases y en sus tranquilas costrumbres rutinarias. Se sienta con ellos a observar el fuego, a merendar y analiza sus problemas y con ello los de la sociedad del momento. Busca los rastros de los intelectuales catalanes de la época en las diversas localidades costeras y nos relata sus hazañas y sus logros. Conversa con maestras, estudiantes, estraperlistas, viajantes, paisanos, amigos y de todos ellos nos hace un magnífico bosquejo. Come y duerme en las fondas, conversa en las tertulias de los cafés, fuma en los casinos, pasea por las ramblas y finalmente retorna a la tranquilidad de su masía. Viaja porque es una manera de “formar su inteligencia y enriquecer su sensibilidad” y porque “no hay nada como alejarse un poco para curarse de la psicosis de la proximidad, de la deformación de la proximidad, de la que todos somos atacados”.

Una amiga barcelonesa, gran lectora y conocedora de este autor, afirma con tristeza que Pla es un monstruo de las letras y a la vez un gran desconocido incluso en su tierra. Criticado sin apenas ser conocido. Indica que Pla son sus preciosas descripciones, muy poéticas, acompañadas de un humor crítico muy sutil que no se frena ante nada. Añade, finalmente, que con Pla uno nunca se siente solo. Quizás sea la forma que tiene de hacerte empatizar con sus razonamientos, la forma en la que te introduce en los paisajes que está viendo o el manejo del lenguaje que profesa cuando se dirige a las gentes con las que se cruza en su vagabundeo pero ciertamente uno cree estar acompañando a, y estar acompañado de, Pla en su pausado viaje motorizado.

Javier Castillo y la literatura “aburrida”

Hay una corriente que en los últimos tiempos está denigrando la gran literatura, la literatura de palabras y conceptos en pos de la literatura de entretenimiento, del best-seller facilón, del simple pasatiempo comparable a un sudoku o a una serie de streaming. La entrevista que le hace eldiario.es a Javier Castillo con ocasión de la publicación del su ya tercer libro es un claro ejemplo de ello.

Fui un chaval que tardé en amar la lectura. Tardé mucho. Mis padres lo intentaron con los libros del Barco de Vapor, los de “elige tu propia aventura” o libros ilustrados. En muy pocas ocasiones estos volúmenes consiguieron captar mi atención. Apenas un puñado de libros de lectura obligatoria en el colegio causaron un efecto positivo en mí, entre ellos, “Historia de una escalera” de Vallejo Nájera o “El camino” de Delibes. Fue ya de adolescente cuando un amigo me señaló el camino con “La Peste” de Albert Camus, que me entusiasmó más de lo que puedo expresar por medio de las palabras, y lo continué con varios volúmenes de las Obras Maestras de la Literatura Contemporánea de Seix Barral como “La Nausea” de Jean Paul Sartre. Hoy todavía gozo al recordar las diatribas literarias de Joseph Grand o cómo Sartre describía minuciosamente el hecho de la existencia de la mano propia del personaje. Seguramente, dentro de la corriente de literatura fácil que existe hoy en día, esos dos libros serían catalogados como literatura aburrida. “El Péndulo de Foucault” de Umberto Eco, “La lengua salvada”de Elias Canetti, “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan, “Las penas del joven Werther” de Goethe, “Un hombre ocioso” de Yusuf Atilgan, “Sin blanca en París y Londres” de George Orwell…los acompañarían en el mismo saco.

Disfruté en su momento trasnochando para “merendarme” de una sentada “Los pilares de la tierra” de Ken Follett pero cuando logré acabar la segunda parte, “Un mundo sin fin” (el bucle sin fin), me prometí no leer nada más de ese autor que no sabe hacer más que ponerle zancadillas absurdas a sus personajes con tal de alargar una trama hasta la extenuación. Precisamente eso es de lo que se apunta, pero positivamente, la periodista en la entrevista a Javier Castillo: “son thrillers muy adictivos. Montañas rusas en las que continuamente pasa de todo, y con giros que hacen que el lector siempre quiera más.” No, no quiero más, quiero mejor, quiero literatura, quiero detalle, quiero ideas. Posteriormente añade Javier Castillo que “Más que saber qué contar hay que saber qué no contar. Y hay muchos libros que se pierden… Yo disfruto mucho más los libros en los que van pasando cosas. Intento que la descripción sea la necesaria. Si te digo que hay una copa de vino sobre la mesa no hace falta que te diga que es de cristal, la mesa de madera…”. Denosta por esencia generalista la literatura descriptiva, de palabras e ideas, como decía al principio, en favor de una literatura de hechos. Somete la palabra, la esencia de la literatura, a la imagen que representa. Y, precisamente, la literatura no es una serie de TV o una película donde la trama es, por lo general, lo principal (aunque afortunadamente hay reductos cinematográficos y seriófilos donde la fotografía, los diálogos o la música son auténticas obras de arte). La literatura requiere transmitir la idea precisa con la palabra perfecta (gracias Silvio). Que el ritmo sea más trepidante o más tranquilo o que se putee a los personajes más o menos es secundario si los personajes están bien construidos.

Hay que leer hozando en las páginas, deteniéndonos en esa idea que nos ha dejado el escritor escondida entre las líneas para que la gocemos al toparnos con ella. No quiero caer en el error que precisamente critico de cargar contra la literatura de best-seller de pasatiempo, pero intento, por lo general, ocupar mi tiempo en una lectura que me proporcione el goce intelectual necesario como contrapartida. Intento siempre leer para aprender, incluso en aquellas ocasiones en que la mente necesita el simple esparcimiento y un libro fácil y rápido (lo que no quiere decir que sea malo o simplón) sea la mejor opción . No entiendo que se trate como aburrida la gran literatura, y menos si lo hace un escritor. Al igual que no entendería que tratase la literatura de pura diversión como basura.

Eso sí, disfruto cuando veo que, ¡oh milagro!, un libro magnífico, perfectamente escrito, con un disfrute de la palabra y de la de idea y que tiene una trama tan outsider como “Los asquerosos” de Santiago Lorenzo (mencionado también en el artículo) se sitúa en la categoría de best-seller porque compruebo que a la gente no se la puede engañar tan fácilmente y todavía, de vez en cuando, las masas eligen bien.

Leed. Leed lo que queráis. Disfrutad leyendo. Leed lo que os guste y os complete. Pero deteneros un momento a pensar en lo que podéis ganar leyendo y elegid en consecuencia.

Juegos de la edad tardía – Luis Landero

Partiendo de un comienzo que bien podría ser considerado como un todo en sí mismo (un microrrelato con toda la enjundia posible) y que advierte al lector de que no está frente a un conjunto de letras cualquiera, Luis Landero presenta en “Juegos de la edad tardía” un thriller clásico que habita en la conjunción de la comedia de enredos, el drama social, la novela negra y el relato de humor absurdo.

La rutina lleva al aburrimiento y éste, en ocasiones, agudiza el ingenio y si además se nos impele a crear mentiras el resultado es un despropósito del que difícilmente seremos capaces de salir. El “juego” que describe Landero parte de esta mentira y aviva esos sueños juveniles desterrados por el esfuerzo laboral diario y las doctrinas sociales para despertar a una nueva realidad a su personaje. La vida gris, maquinal y tediosa de Gregorio Olías, el protagonista de esta desdicha, se ve alterada por sus añoranzas juveniles desperezadas en conversaciones telefónicas con un compañero de trabajo.Estas charlas también se vuelven mecánicas con el tiempo así como las mentiras que se van generando y que, finalmente, se convierten, por fuerza de las mismas, en la realidad para ambos. En esta realidad, repleta de añagazas, tendrá que improvisar Gregorio salidas a los problemas que se irán generando para acabar metido, aún más si cabe, en un embuste supino.

Si bien las situaciones devenidas por esta complicada trama son ya de por si atrayentes, aún lo son más las conversaciones que se generan entre Gregorio y su interlocutor, Gil, en la que los brotes de humor absurdo y de anhelos cultoides son frecuentes. Sirva de ejemplo: “¿No le he dicho que yo quería ser pensador? / ¿Y a qué espera? / Es que no se me ocurre nada.”. Estas conversaciones llegan a recordar a los mejores momentos de las charlas de los tres pedantes personajes de “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco donde se glosan unos a otros en un círculo inacabable e inabarcable de ingenio.

Si todo esto no bastara para enganchar al lector, Luis Landero aporta la que quizás sea su mejor baza: un lenguaje delicado, cuidado, perfectamente hilado y bello sin caer en vicios pedantes y exasperantes. Las palabras fluyen conjugándose con aparente y fingida sencillez en sentencias descriptivamente soberbias: “fue un invierno crudo, de cielos bajos, aire colado en los zaguanes, tirites de charcos y nortes esquineros”. La palabras, en este texto, se convierten en un artificio más con el que hacer jugar a Gregorio – y al resto de sus personajes ficticios o reales – y hacerle “pedirle sin rubor, pedirle coliflor, barcarola, coral, onda, mar y luz, corimbo, limbo y Paralimbo, marimar y marina, caracol, corocol, quiriquil, cocotero, espuma, halcón, oasis, Nilo y Mississippi” manteniéndose así en equilibrio entre la prosa más bella y la poesía más prosaica.

“Juegos de la edad tardía” es un libro para leer pausado, saboreando con deleite cada artificio sintáctico, gramatical, semántico y argumental consiguiendo de esta forma lo que solo logran los grandes textos, subyugarnos a sus deseos más oscuros y abducirnos a su mundo fantástico y emocionante.