¿Por qué he apoyado la iniciativa #LeoAutorasOct ?

Durante el mes de octubre desde Librocinio me he unido a la iniciativa #LeoAutorasOct porque creo firmemente que la literatura escrita por mujeres ha sido histórica y sistemáticamente infravalorada y vilipendiada y ello ha desembocado en que en la actualidad se lean menos libros escritos por mujeres que por hombres.

La simple observación basta para corroborar esta última afirmación. En Librocinio, desde febrero de 2016, llevo listando, en lo que he denominado “Libros en movimiento”, todos los libros que veo leyendo a la gente a diario. Aquí se pueden consultar los listados quincenales desde entonces hasta hoy. Esta observación se realiza sin ningún tipo de sesgo, simplemente libro que veo leer, libro que apunto. Da lo mismo si ese libro se va leyendo en el metro, en un parque, paseando por la calle o en una cafetería o si se trata de libros infantiles, novelas, ensayos, libros de divulgación científica o incluso libros de los denominados de “autoayuda” (si es que eso significa algo). Desde el 1 de febrero de 2016 hasta el 31 de diciembre de 2016 anoté unos 650 libros. De esos tan sólo un 30% habían sido escritos por mujeres. En 2017, desde enero hasta octubre, los aproximadamente 725 libros anotados muestran un resultado similar. No tengo datos de cuántos libros se publican al año escritos por mujeres y cuantos por hombres, ni datos históricos de publicaciones. Tan sólo puedo juzgar lo que he visto. Y lo que he visto es preocupante.

No creo que haya menos escritoras, ni que la calidad de lo que escriben sea menor y quiero resistirme a pensar que se les publique menos (si es que esto es así) por el simple hecho de ser mujeres. Históricamente sí creo que se les ha publicado menos y han sido tomados menos en cuenta sus textos. Me explico.

Yo empecé a leer literatura “adulta” gracias a la colección de Seix Barral de “Obras maestras de la literatura contemporánea” . La Peste y La Náusea fueron de los primeros títulos. Luego vinieron Trópico de Cancer, La familia de Pascual Duarte, La muerte en Venecia, Los santos inocentes, El espía que surgió del frío. Haciendo memoria tan sólo me vienen a la mente títulos de autores masculinos. ¿Por qué será eso? Pues quizás sea porque esa colección no incluía hasta el número 28 a una autora. En este caso se trata de Simone de Beauvoir con La mujer rota. Este libro ha sido precisamente el último que me he leído en este octubre dentro de #LeoAutorasOct . Y precisamente en esa colección. En el resto de la colección la cosa no mejora. No dispongo del listado completo pero entre los 50 primeros libros creo que Beauvoir es la única autora. Algo realmente lamentable.

Esto en cuanto a publicación. Si nos fijamos en el reconocimiento y tomamos los premios Nobel como una referencia (que cada vez creo que se puede menos), vemos que tan sólo un 12% de los galardonados con el Nobel de Literatura han sido mujeres.

Si algo no se visibiliza es como si no existiese. Quizás si no se ha querido visibilizar la literatura de autoras ha sido porque muchos de sus textos ponen patas arriba el sistema androcentrista y capitalista, propugnando ideas feministas, fuertemente cargadas de ideales sociales e igualitarios, y ya sabemos que ese tipo de ideas han molestado y molestan a los “hombres de bien”.

No dejemos que nos impongan un tipo de literatura con un tipo de ideas. La literatura escrita por mujeres es y ha sido una gran fuente de ideales necesarios. Leámosla y recomendémosla no sólo en octubre.

Por mi parte, os comparto aquí los libros que he leído este #LeoAutorasOct :

– The handmaid’s tale (Margaret Atwood)

– We have always lived in the castle (Shirley Jackson)

– Buenos días, tristeza (Fraçoise Sagan)

– La mujer rota (Simone de Beauvoir)

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Las partículas elementales – Michel Houllebecq

Cuando una novela viene acompañada del adjetivo calificativo “controvertida”, puede significar dos cosas: o que se ha querido forzar la polémica como reclamo publicitario, como en el caso de los textos de las sombras de Grey (me estoy odiando mucho por hablar en este blog de esta saga infame), o que a ciertos grupos (los “ñiñiñis”) les molesta algo de esa novela. Y ya sabemos que esas molestias suelen venir derivadas de tratar ciertos ámbitos de la vida que se salen de los estándares de normalidad y moralidad. Lo cómodo no molesta. Estos rasgos que suelen incomodar en un texto tienden a circunscribirse básicamente en dos: lo asocial y el sexo. Y esos dos elementos están perfectamente impersonados en los dos protagonistas de este “polémico” y magnífico relato de Houellebecq. “Las partículas elementales” presenta la vida de dos hermanos que, nacidos en condiciones distintas, desarrollan dos personalidades, a priori, diferentes pero que convergen en la anormalidad social que generan. Michel es un científico (y, cabría añadir, filósofo – ¿no van siempre unidos?-) que vive ajeno a los estándares sociales y a cualquier forma de contacto interpersonal al uso. Su vida gira en torno a las rutinas y a la ausencia de sobresaltos. Bruno, sin embargo, es un ser impulsivo, cuya meta en la vida es su desarrollo sexual, y está obsesionado no ya con lograr un encuentro íntimo, sino con buscarlo. Para Michel la felicidad reside en la ausencia de búsqueda, para Bruno la búsqueda permanente es la felicidad. Esas realidades vitales se muestran no solo en la forma en que se desarrollan sus existencias sino en la manera que tiene Houellebecq de tratar las palabras cuando esta hablando de cada uno de ellos. Cuando Houellebecq trata en la novela sobre Michel, las palabras son suaves, el lenguaje es casi puro. Cuando se refiere a Bruno, las palabras se vuelven más burdas y el lenguaje es más impulsivo.

Normalmente, insisto, los colectivos quisquillosos, y más concretamente, el puritanismo imperante y rancio ha llevado a calificar novelas de este estilo no solo de controvertidas sino incluso de pornográficas, consiguiendo que el grueso de la opinión social las estigmatice (no entenderé jamás porqué) y las englobe en literatura de pervertidos. Estos estigmas han marcado a libros como “Trópico de Cancer” de Henry Miller, “El amante de Lady Chatterley” de D.H.Lawrence o incluso “Lolita” de Vladimir Nabokov. Y el hecho de ser denostados de esa manera hace que la base filosófica que acompaña a la temática sexual se vea olvidada. Lamentablemente la descripción de la actitud de Bruno, con su obsesión sexual desbordante, y de la reclusión autárquica de Michel son molestas y no solo por lo representan sino por lo que comportan. Lo que trasciende es un análisis pseudoexistencialista de las relaciones personales y su interacción en la sociedad, de cómo la propia sociedad excluye al diferente, y de cómo pueden llegar a desarrollarse vidas abocadas a la angustia constante ora basadas en la inmovilidad y la certeza, ora abocadas a la búsqueda constante y la insatisfacción en el encuentro de lo buscado. Así lo resume Houllebecq: “Al considerar los acontecimientos presentes de nuestra vida , oscilamos constantemente entre la fe en el azar y la evidencia del determinismo”.

Además, este texto es una crítica feroz a lo que Ortega definió como masa. Al borreguismo exacerbado que crea realidades ajenas a la cultura y la inteligencia, que estigmatiza al diferente y alaba la rutina y la rectitud. Ambos personajes son molestos también por ese mismo hecho: uno por lo culto y el otro por lo impetuoso. Como indica Houllebecq en otro momento del libro: “El hombre poco instruido siente terror ante la idea del espacio; lo imagina inmenso, nocturno y vacío”.

En definitiva, las partículas elementales es una novela incómoda, dura, recia, burda y sexy por momentos, ácida, crítica, con unos diálogos magníficos, un poso filosófico nada desdeñable y por todo ello enormemente estimulante.

Iván – Javier de Dios 

He de reconocer que uno de mis placeres casi inconfesables es el de rebuscar en bibliotecas ajenas, principalmente si te fías de los gustos de ese ajeno. De esta forma, hace unos días, me topé con un autor al que leía por primera vez (aunque sí hubiera oído hablar de él con anterioridad) y, a la vez, me reconcilié con un género literario que, y siento cierto pudor al decirlo, tenía completamente abandonado. El autor es Javier de Dios y el género el dramático.

Iván, título de la obra y personaje principal, es un chaval al que, desde un primer momento, sabemos que conocemos. Le vemos habitualmente sentado en algún banco de algún parque del barrio, con cierto aire de displicencia e indolencia, y del que más de una vez hemos dicho, sin ponernos a sopesar su realidad, que era un pieza. Incluso, algunos, lo hemos tenido como compañero de colegio o instituto y, de alguna forma u otra, le hemos profesado simultáneamente admiración y temor. Llegábamos a reírle los desplantes y ataques al prójimo, siempre que ese prójimo no fuera uno mismo. Ahí entraba el temor. Los profesores muchas veces le tenían cierto respeto que desembocaba en que ambos se ignoraran mútuamente lo que simplificaba la relación pero empobrecía la educación. Ese es Iván. Todos le conocemos. Y muy pocos hemos intentado, sin embargo, entenderle. 

Este texto ahonda en lo que realmente es Iván, no en lo que nos parece. En la relación con su chica, cargada de incipiente sexualidad vacía y de anhelos de un futuro todavía muy lejano; con su padre viudo, que no le logra comprender y que tampoco acierta a servirle de ejemplo; y con sus profesores, que se convierten en el foco de su malestar vital.

La condición de docente del autor de este texto deja una huella muy profunda en el relato mostrando la pelea diaria de unos profesores que han de bregar con situaciones que muchas veces no aciertan o no pueden comprender y que, en el caso de que lograran entenderlas, no pueden llegar a afrontarlas de forma plena.

Iván, el libro, es un texto maravilloso, de una cotidianidad, dureza y sinceridad poco frecuentes en la literatura actual, que despierta en el lector (o en el espectador, recordemos que es una pieza dramática) esa sensación de “joder, pobre chaval, a lo mejor no es tan cabrón como parece” que más de una vez hubiera ayudado a tantos “Ivanes” que no han tenido la oportunidad de ser entendidos. 

Quizás este texto, y otros como este, sirva para que nos concienciemos de que los centros educativos, y en especial la secundaria, no son simples depósitos de chavales que están obligados a aprender unas lecciones, sino que son una oportunidad para muchos de escapar de su realidad social impuesta y que, con la ayuda de docentes y orientadores, consigan tener las mismas oportunidades que cualquier otro. Esa debería ser la educación que recibiéramos, sobre todo en la denostada enseñanza pública que es la única capaz de igualar realmente las oportunidades de estos adolescentes. 

At the existencialist café – Sarah Bakewell

Mi vida literaria, y por lo tanto mi realidad vital, está estrechamente unida al existencialismo, incluso sin saberlo. Se podría decir que fueron Camus y Sartre quienes convirtieron a un adolescente al que le gustaba más bien poco la lectura (no así la literatura, esto lo explicaré en otra ocasión) en un lector casi compulsivo. Camus me presentó en La Peste, con toda la meticulosidad posible, la angustia ante el absurdo. Las crudas descripciones de las reacciones de los ciudadanos de Orán, asediados por la cruenta enfermedad, me parecía que tenían, sin saber exactamente a lo me enfrentaba, un halo de filosofía y, quizás, misticismo. Especialmente sobrecogedora fue la inoperancia asfixiante con la que Joseph Grand se enfrentaba a su necesidad de perfección en cada palabra mientras intentaba comenzar a escribir su libro (ese en el que la amazona nunca se acababa de internar plenamente en el Bois de Boulogne). De La Náusea de Sartre, que fue el siguiente libro que cayó en mis manos – ambos de la colección de Seix Barral de literatura contemporánea – recuerdo especialmente que me impactó una oración que decía: “En mis manos hay algo nuevo, cierta manera de tomar la pipa o el tenedor. O es el tenedor el que ahora tiene cierta manera de hacerse tomar”. Puede parecer banal, pero esa forma de expresar cierta “confusión” en la interacción con las cosas me abrió los ojos a una forma diferente de pensar. Ambos, digamos, fueron mis dos primeros libros de “adulto”. No pudo ser casualidad que fueran de dos de los máximos exponentes del existencialismo. 

Por eso cuando se cruzó por mi camino At the existencialist café (En el café de los existencialistas) de Sarah Bakewell no tuve más remedio que hacerme con él. Afortunadamente para mí.

Cuando uno piensa en un ensayo sobre el existencialismo mezclado con perfiles biográficos de los propios existencialistas tiende a plantearse la densidad que puede acarrear lo que ahí se cuente. Sin embargo, Sarah Bakewell consigue crear una especie de trama novelesca que hace que este ensayo se convierta en algo vivo ante el lector. 

Sin incurrir en alardes intelectualoides, que serían del todo discordantes en una obra de divulgación como esta, a lo largo del texto vamos descubriendo la filosofía existencialista de autores como Beauvoir, Sartre, Camus, Heidegger, Jaspers o Marcel, y somos guiados para lograr hilar la evolución de esta corriente filosófica que, aunque pueda parecer que huele a rancias ideas de café parisino de primera mitad del s.XX, influye aún hoy en el arte, la cultura y la realidad social (el capítulo 14 podría haberse llamado, increpando al lector de hoy en día, “tú eres un existencialista aunque no lo sepas”). 

Una cosa que considero novedosa y atractiva de este libro es que Bakewell intenta obviar sus predilecciones filosóficas y afectivas por algunos de los autores y, aunque las loas sean expresadas y ciertos aspectos positivos de la biografía de algunos de estos autores sean recalcados, no omite, ni pasa sobre ellos de forma ligera, las sombras de su vida y los momentos en que estos tuvieron que poner en duda e, incluso, dar un giro drástico a su doctrina pues sus vivencias – en muchos casos las relativas a la II Guerra Mundial que la mayoría de estos autores tuvieron que afrontar – les hacían entender lo erradas que estaban sus ideas o lo contradictorias que eran confrontadas con sus actos y sus creencias. 

Un libro de divulgación como este es más que necesario en estos tiempos en que el existencialismo es ninguneado en los sistemas educativos hasta el punto de ser obviado en muchas ocasiones, lo cual es algo incomprensible pues es una filosofía alejada de formalidades de salón dieciochesco y generada en la vivencias sociales de café y trincheras. Como indica Bakewell “a philosophy (made) out of vertigo, voyeurism, shame, sadism, revolution, music and sex”. Las revoluciones sociales de la segunda mitad del s.XX surgieron, en gran parte, de las ideas de estos pensadores que creían en una filosofía activa y socialmente útil.

Este libro, además, se presenta como una apología de la filosofía, doctrina que en la actualidad está siendo denostada y vilipendiada sistemáticamente por ciertos sectores de la población que saben que es un elemento poderoso que ayuda a vivir confrontando las ideas en vez de asimilando las imposiciones del sistema. “Philosophy is neither a pure intellectual pursuit nor a collection of cheap self-help tricks, but a discipline for flourishing and living fully human, responsible life” indica Bakewell en cierto momento de la narración. No nos olvidemos de ello pues el pensamiento es la base de nuestra identidad mucho más de lo que pueda ser nuestra imagen o nuestros actos. Sin la ayuda de los pensadores que nos preceden, sin conocer como bregaron con los mismos problemas que sufrimos hoy en día y como intentaron entenderlos, no seremos capaces de avanzar de forma plena a una sociedad estable, igualitaria, empática y evolucionada. 

Sirva esto también como una defensa personal de la filosofía. ¡Pensad, malditos!

Comentario final sobre la edición española (Ariel, 2016)

No suelo hacer comentarios explícitos sobre ediciones concretas salvo que haya algo que me haya sorprendido. Normalmente esa sorpresa suele ser negativa. Esta vez no es una excepción. Me refiero a la edición española de At the existencialist café. La edición original británica de Chatto & Windus, como las siguientes de Vintage o las traducciones a otros idiomas como el neerlandés, italiano o alemán, llevaban como subtítulo “Freedom, Being, and Apricot Cocktails” (es decir, “Libertad, Ser, y cocktails de albaricoque”). La mayoría mantienen, además, una apariencia semejante: fondo blanco con tres o cuatro representantes del existencialismo sentados en una mesa de un café. Sin embargo, toda esta apariencia, muy acorde con el contenido del libro, se va al garete en la edición española de Ariel donde el blanco se convierte en rojo y amarillo (curiosa elección), la tipografía y apariencia parecen más propias de una novela de Marcial Lafuente Estefanía y, lo que es más sangrante, desaparecen los cocktails de albaricoque, la Libertad y el Ser, y se convierten en “Sexo, café y cigarrillos o cuando filosofar era provocador”. No se sabe si se está ante un libro sobre el existencialismo (muy representado por los tres conceptos del subtítulo original) o ante un texto sobre el rock de los 80.  Se está recurriendo al reclamo fácil de sexo y tabaco (como si fuera una novela de Bukowski), y relegando de la portada a dos de los términos más importantes de la filosofía existencialista: Libertad y Ser. El café, el sexo y el tabaco estaban presentes en la vida de los existencialistas (y de otras muchas personas) pero remarcar eso es como si en un libro que hablara del peripatetismo se pusiera de subtítulo “Caminar en túnica”. 

Supongo que todos estos cambios (elección cromática, tipográfica y semántica) llevan detrás una intención comercial pero convierten a la portada de este magnífico ensayo literario y filosófico en un volumen muy poco atractivo y de intenciones erradas. Jamás, y lo hubiera lamentado profundamente, me hubiera atraído la edición española, muy alejada de la realidad del libro. Leedlo de todas formas (a ser posible en original). No os defraudará (espero que la traducción no lo haga, pero ahí no me meto

Nada crece a la luz de la luna – Torborg Nedreaas 

En una dinámica grupal de un curso de idiomas en Berlín allá por 2008, me preguntaron qué era aquello sin lo que no podría vivir. Me sorprendí cuando lo primero que se me vino a la cabeza fue “sin la belleza”. Me costó incluso verbalizarlo en alemán sin trastabillarme demasiado, pero era lo que sentía. Y lo que siento. Todos se quedaron un poco extrañados, mirándome con cara de “ojo el rarito este”, pero cuando lo argumenté (como buenamente pude), tuvieron que concederme, al menos, parte de razón.El razonamiento está, precisamente, en este libro. La belleza emerge del fango más profundo en el que nos podamos hallar hundidos y nos permite creer en la salvación. Torborg Nedreaas lo expresa a través de su personaje principal de la siguiente forma: “¿Te has fijado en la belleza que hay en la vida? No se puede tocar ni sentir. No se puede agarrar ni retener. Pero uno puede absorber un poco y experimentarla mientras pasa a tu lado escabulléndose. Tal vez así conserva un poco.” 

“Nada crece a la luz de la luna” no es un libro apacible, ni acogedor, ni relajado. No es un libro en el que recogerte y disfrutar. Es un libro árido, oscuro, de imágenes que quisiéramos ver opacadas y de sentimientos crudos esputados sin remilgos. Y sin embargo es extremadamente bello y reconfortantemente combativo. 

Parte de una circunstancia aleatoria (hombre se fija en una desconocida en el andén de una estación de tren) para hilar una trama no muy original (alumna se enamora de profesor y todo lo que ello conlleva) presentada de una forma muy poco frecuente (la desconocida cuenta la historia de su vida a un desconocido, como si quisiera psicoanalizarse, mientras beben y fuman como si no hubiera mañana – que parece ser que es lo que pretenden). 

Este es un libro doloroso, que hasta en los momentos más bellos te hace sufrir: “Ocurre cuando te sientes tan fuerte que puedes contemplar las hogueras de San Juan y alegrarte al ver que los demás están bailando.” Ese “los demás” es la representación de la soledad absoluta. De la miseria del alma. De la debacle del espíritu. La condena más absoluta de una persona que no anhela otra cosa que la felicidad; la belleza. Esa belleza que la protagonista es incapaz de encontrar fácilmente a su alrededor en una sociedad asediada por la pobreza, por el trabajo precario de las minas, por la miseria que provoca esa precariedad y que crea círculos viciosos como explica el personaje Morck en un alegato filocomunista: “cuanto más pobres son las masas, más barata resulta la mano de obra y más fuerte se vuelve el capital”. 

Nedreaas se vale de una historia de amor y de desamor cruel y, hasta cierto punto, manida (al menos hoy en día), para ir lanzando venablos directamente a la conciencia del lector y acabar por convertir el relato casi en un ensayo sobre la bazofia que hiede en la sociedad. El aborto, la desigual lucha de clases, el machismo, la violencia de género, la humillación y represión colectiva en las zonas rurales o el oprobio sobrevenido van agrediendo la sensibilidad del lector según van siendo mostrados en la historia de la protagonista.

“Nada crece a la luz de la luna” es una novela necesaria porque despertará las conciencias de muchos individuos, aunque sea a base de dañarles en lo más profundo de su ser, y porque, y este es un motivo más prosaico, demuestra que antes, mucho antes, de que aparecieran los nórdicos Mankell, Larsson, Läckberg o Nesbo y plagaran todo de detectives peculiares y crímenes hipermisteriosos, existía una literatura nórdica, noruega en este caso, que, a pesar de ser desconocida para muchos lectores, generaba algunos de los textos más completos, complejos y exquisitos de la literatura contemporánea europea. 

El absurdo veto de Javier Marías a Gloria Fuertes

En su artículo de hoy en El País, Juan Cruz se equivoca en los motivos por los que se está criticando el último de una larga serie de desatinos (“Javier Marías contra el mundo” debería llamarse su columna) de Javier Marías. Y se equivoca porque no se le critica, al menos yo no lo hago, por no gustarle Gloria Fuertes. Los gustos son muy personales. E incluso existe el mal gusto. Y aunque de un académico de la Real Academia de la Lengua (si es que eso todavía significa algo) se pueda esperar más que ese artículo, se le critica por mezclar conceptos que no tienen nada que ver entre sí, como patriarcado y valía literaria, y por intentar imponer un listado de autoras que se pueden leer frente a otras que se deberían condenar al ostracismo según su criterio como ínclito académico e “ilustre” literato. Resulta especialmente dañina y peligrosa la sentencia con la que acaba el artículo: “Lean, por caridad, a las (autoras) que he enumerado antes: con ellas, yo creo, no hay temor a la decepción.” ¿Qué autoridad moral cree tener para denostar a las escritoras que no están en su lista? ¿Por qué habría que temer una decepción leyendo a otras autoras diferentes a las que él detalla? Cada uno ha de leer lo que le dé la gana, sea bueno o malo para este señor. En eso consiste la belleza y la magia de la lectura, en que cada uno, en cada momento vital, va a interpretar, sentir, vivir y gozar un texto literario de una forma distinta.

De lo se lea se aprenderá y se descubrirán nuevos mundos. Muchos de ellos, afortunadamente, antagónicos a Marías. No hay que dejarse acorralar en un determinado tipo y calidad de lecturas. Precisamente por querer guiar a las personas a lecturas únicas y “apropiadas” se ha denostado durante años a escritoras maravillosas y originales como Gloria Fuertes. Y eso es inadmisible. 

Porque, además, reducir toda la obra de un autor, y más del calado de Gloria Fuertes, cuya trayectoria discurrió tanto por el complejo mundo de la literatura infantil y juvenil como por la poesía adulta, es un ejercicio de simplismo descarado. Uno puede llegar a odiar profundamente a un autor y de repente encontrarte con un texto suyo maravilloso. 

Si siguiésemos, que no lo haremos obviamente, los consejos de Javier Marías nos perderíamos, precisamente, esos libros maravillosos. Es lo que le ha debido de pasar al otro ilustre académico gruñón, Arturo Pérez Reverte, que se jacta de no haber leído jamás a Gloria Fuertes. Ahora se entienden muchas cosas.

Stefan Zweig como escritor anglosajón. 

Uno de los momentos más placenteros que se me pueden ocurrir es deambular por una librería, tanto si estoy buscando algo en particular como si simplemente quiero estar rodeado de libros y otear sus baldas y expositores sabiendo que ahí puede estar mi próxima lectura. Sin embargo, cuando voy buscando algo en particular, me gusta lograr encontrarlo de una forma bastante simple, y eso lo consigo, y creo que cualquiera lo hace de una forma parecida, entendiendo el orden que sigue la librería en cuestión. 

Esto lo cuento como introducción de una duda que le planteaba el otro día a la librería La Central de Madrid (la de Callao). 

Vaya por delante que la librería La Central, desde que aterrizó en Madrid desde Barcelona, se ha convertido para mí en una parada frecuente en busca de nuevos ejemplares, si bien es cierto que muchas veces salgo con las manos vacías por no haber podido encontrar de una forma autónoma lo que buscaba. Y esto lo achaco no a su fondo bibliográfico, que es realmente amplio y variado, sino al sistema de ordenación que llevan. Paso a explicarlo brevemente. Las dos plantas están divididas en secciones según la temática (Filosofía, Historia, Cómics, Narrativa, Arte, etc. ). Dentro de “Narrativa”, los libros están divididos por “idiomas” (y ahora explicaré el entrecomillado) y subdividido por original o traducido. Algunos de los apartados son: literatura latinoamericana, literatura española, literatura portuguesa, literatura francesa, literatura germánica (sic) o literatura anglosajona (sic). Por lo que se llega a deducir, cuando hablan de literatura germánica se refieren a literatura “en alemán” y cuando dicen “anglosajona” se refieren a “en inglés”. Siendo puristas, la literatura anglosajona sería una subdivisión de la literatura germánica como muestra el siguiente árbol de lenguas de la organización PROEL (Promotora Española de Linguística)


Es decir, volviendo al ejemplo del tweet que arriba mostraba, si nos centramos en el libro Schachnovelle de Stefan Zweig, por la lengua de origen del escritor y de la novela en cuestión, el libro original debería estar colocado en “Germánica original”, uno traducido al español en “Germánica traducida” y, siguiendo esa lógica, esta novela traducida al inglés debería estar colocada también en “Germánica traducida” pues es una obra en alemán traducida (al inglés, eso sí). En el caso de que sólo se quiera colocar traducidas al español bajo el epígrafe “traducida”, se debería haber creado un tercer apartado con un nombre como “Germánica traducida a otros idiomas”. Pero desde luego, jamás buscaría una novela en alemán de Zweig en literatura anglosajona. Otra cosa es que estuviera el A game of chess en un estante de “literatura en inglés”, independientemente del origen del texto. 

La argumentación que me dio La Central, y que agradezco enormemente, pues muchas veces es difícil encontrar reciprocidad en la comunicación con según qué entidades, fue la siguiente:

Es decir, ciertamente no están colocados en las estanterías, sino en sus aledaños. Y fijándome en las islas y baldas aledañas a la zona de “anglosajona original” me encontré con múltiples ejemplares traducidos al inglés de escritores españoles, latinoamericanos y de otras nacionalidades ajenas al mundo anglosajón . Al parecer, pues, por un tema logístico y comercial los libros que no tienen una situación física constante son colocados en la zona más afín al idioma en el que están escritos. Ahora entiendo la lógica, o más bien el razonamiento, pero sigue sin parecerme el más apropiado y, desde luego, jamás se me hubiera ocurrido buscar un libro de Zweig o Dostoievski en “literatura anglosajona”. 

Personalmente, me encantaría que la colocación de los libros en las librerías multilíngües (¿lo habré soñado o en sus principios La Central lo hacía así?) fuera ajena a su idioma. Es decir, que en el estante de “Narrativa germánica” pudiera encontrar de Stefan Zweig tanto el Schachnovelle, como Novela de Ajedrez o A game of chess. 

A pesar de todo ello me seguiré dejando caer frecuentemente por La Central para seguir topándome con nuevas delicias literarias (si bien conozco amantes de la literatura que no pisan jamás esta librería precisamente por disposición de los ejemplares).