Ritos funerarios – Hannah Kent

“No siempre ha hecho tanto frío. Oigo pisadas”. Que estas sean de las primeras palabras de un texto denota que no va a ser un texto cómodo, que quien lo dice no está en una situación confortable y que la situación tiene pinta de empeorar, aunque ya parezca suficientemente mala.

Que esta misma persona, pocas páginas después, diga que “es una cosa buena que no me quede nadie a quien amar. Nadie a quien enterrar”, termina por desgarrar el alma del lector.

Ostentar el título de última mujer en ser ejecutada en una tierra tan ruda e inhóspita como la Islandia del siglo XIX es un hecho lo suficientemente tenebroso como para que escribir sobre ello pueda resultar un ejercicio sumamente interesante. Más aún cuando el objeto principal del argumento es la constante angustia que vive la condenada mientras aguarda el filo de un hacha en su cuello sabiéndose inocente del crimen que se le imputa y completamente indefensa ante las autoridades. Su destino está decidido. Tan cruel es la pena de muerte como la espera a esa pena. Saberse muerta en vida, vivir expectante esperando el fatal desenlace, sin más ocupación que la de trabajar para intentar ocupar la mente en alguna labor que aleje la inminente muerte aunque ni así lo logre. “Eso sería mejor que ovillar lana para pasar el rato en un día de nieve, esperando a que alguien me mate”.

La vida de Agnes no ha sido fácil. Todas las desgracias acumuladas durante una vida de sufrimiento, de dolor, de hambre y de pobreza, parecían abocadas a extinguirse cuando, guiada por un amor errado, acabó envuelta en un doble asesinato, y ahora las autoridades quieren usar su condena como escarmiento.

Esto es lo que nos cuenta Hannah Kent en la novela “Ritos funerarios”. Pero además nos configura un ambiente duro, frío, húmedo y pobre, extremadamente pobre, en una Islandia todavía dependiente de Dinamarca en la que las gentes que la pueblan luchan contra el frío y el hambre sin conseguirlo de una forma certera. Cuando el frío se cuela por las paredes de un dormitorio sin proteger en el invierno islandés y hace que el vaho que exhalan los que ahí dormitan se convierta en escarcha al tocar la manta , todo lo que importa es sobrevivir. Menos para Agnes, a ella no le queda ni siquiera esa esperanza.

Kent nos muestra una novela con un trasfondo muy humano y con un claro perfil reivindicativo de la mujer como portador de las mas altas virtudes incluso en los momentos más duros. Son las mujeres – el ama de la casa, la hija más taimada – las que ofrecen el apoyo que necesita esta sombra viva de la muerta del cadalso. Son ellas las que la intentan reconfortar y dar sustento. Las que la intentan defender y ofrecer un trato digno como cualquier persona se merece, sin sojuzgarla ni menospreciarla. Ni el posible apoyo moral de la fe tiene cabida en esta situación. Agnes va a morir, no hay fe que la salve ni, al menos, la distraiga de “la ciénaga en que estamos todos atrapados”.

Con la lectura le acompañamos a su muerte, desesperamos con ella, sufrimos de la misma manera y nos sobrecogemos con su penar. No es una novela fácil, pero sí necesaria.

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Estrómboli – Jon Bilbao

La primera vez que me fijé en este libro fue hace unos meses por recomendación de los libreros de Tipos Infames en Madrid. Me vieron observando la llamativa portada (como todas las que hace Impedimenta) de “Estrómboli” de Jon Bilbao y me pusieron por la nubes tanto al libro como al autor, desconocido para mí hasta entonces. Aquel día no salí con el libro de la tienda (otros tres libros habían cubierto el cupo) pero durante estos meses tanto el autor, como el libro, se me han cruzado en varias ocasiones. Afortunadamente para mí.

“Estrómboli” es una colección de ocho relatos que tienen en común, como dice la reseña del editor, “lo perturbador que se oculta tras las historias más cotidianas”. Las historias que describe Bilbao podrían ser de lo más ordinarias, incluso alguno nos habremos visto involucrado en situaciones parecidas a la que ahí se desarrollan, pero la grandeza del relato reside en cómo se describe la progresión de hechos y, ante todo, cómo éstos se entremezclan para acabar dejándonos, al desenlazarse, con una sensación de extraña desazón (seré gráfico, un “pero qué cojones acaba de pasar” en toda regla).

Los personajes son gente corriente que por determinadas circunstancias vitales acaban en sitios en los que en un principio podrían no haber querido estar y que, a raíz de esas coyuntura, se ven envueltos en situaciones medianamente normales que se desarrollan de forma tan probable como inquietante. ¿Y si nosotros mismos acabásemos algún día sometidos a la presión o disyuntiva de estos personajes?¿Reaccionaríamos así? ¿Nos llevaríamos el mismo merecido? ¿Sufriríamos como ellos lo hacen o incluso más?

Bilbao nos pone en un brete con su textos de prosa ruda, por momentos sucia, pero extremadamente elegante, impecablemente hilada y tan clara como elocuente. Y, sobre todo, sus textos tienen la peculiaridad de no cerrarse jamás del todo, de parecer ser extractos de relatos mucho más grandes pero que no necesitan más desarrollo para contarnos lo que necesitamos saber y dejarnos con una especie de moraleja exenta de moralina que nos remueve y nos hace cuestionarnos demasiadas cosas de nuestras supuestas virtudes.

Si bien los ocho relatos son extraordinarios, hay dos que querría resaltar por encima del resto. El primero, “Como en un idioma desconocido”, lo destacaría por su impecable cierre. En él, la aparente pseudo-moralidad del personaje principal queda completamente despedazada en tan solo un par de párrafos. El segundo, “Avicularia avicularia”, lo ensalzaría por la desazón continua que logra generar en el lector mientras te está describiendo la acción principal en un paraje idílico (por eso y porque hará las delicias de cualquier lector amante de la serie de televisión “Black mirror” y, en especial, del capítulo que abre la primera temporada “El himno nacional”).

Jon Bilbao ha logrado reconciliarme con el género del relato corto que sólo me había enganchado por medio de los textos de Joyce Carol Oates (con la que incluso se podrían encontrar ciertos paralelismos). Estoy seguro que no será la última vez que se cruce en mi camino (ni Oates).

Lección de alemán – Sigfried Lenz

Por temporadas, cuando al escoger un libro ojeo la descripción de la contraportada, huyo de ciertas temáticas. Últimamente una de esas que rehuyo es aquella que se podría englobar en “las Guerras Mundiales del siglo XX”, más aún si se trata de la segunda. Esta animadversión temporal es porque parece que cualquier historia se puede lograr encajar, la mayoría de las veces con poca fortuna, en esas épocas. Sin embargo, de tanto en tanto, algunos libros cuentan historias que aunque estén enmarcadas en esos periodos bélicos son tan subyugantes, están tan maravillosamente descritas y relatan circunstancias con tanta originalidad que el entorno del relato termina siendo algo anecdótico.

Esta circunstancia se da en libros como “Der Vorleser” (“El lector”) de Bernhard Schlink, aunque solo en su primera parte, ya que la segunda se sumerge de lleno en los Juicios de Nürnberg (no puedo dejar de comentar, por su peculiaridad, que la adaptación al cine de 2008 merece mucho la pena), “Schachnovelle” (“Novela de ajedrez”) de Stefan Zweig, donde una partida de ajedrez a bordo de un barco camino de Buenos Aires sirve como metáfora del contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial circunscrito a la confrontación de ideales, o “Slaughterhouse Five” (“Matadero cinco”) de Kurt Vonnegut que si bien la trama tiene como motor principal el bombardeo de Dresden, la subrealista historia antibélica se sobrepone a su contexto histórico.

La última de estas historias con la que me he topado ha sido “Deutschstunde” (“Lección de alemán”) de Sigfried Lenz en la que “el deber” toma las riendas del relato de Siggi y nos configura un recuerdo desde su infancia hasta su prisión donde recicla su memoria por medio de la escritura. Como dice Marta Sanz en su reseña de Babelia, “Lección de alemán” más allá de un relato de la vida de un pueblo del norte de alemania durante la Segunda Guerra Mundial, “es un canto de confianza hacia el arte y la literatura como cauces de reflexión ideológica”.

Porque sí, la historia transcurre durante la guerra, pero no es más que un marco donde configurar una disertación sobre la libertad artística, su censura, el deber y la cerrazón. Un joven, hijo de un jefe de la policía local afecto al régimen y con duras convicciones sobre el deber, el honor, y bla, bla, bla (inclúyase la retahíla de virtudes presuntamente elevadas que se desee), encuentra a través de la compañía de su vecino, un pintor famoso y subversivo, la válvula de escape a su agobiante realidad y convierte el arte y la belleza en su pasión. Esta pasión que no termina sabiendo manejar, supera su voluntad y hace que las circunstancias conviertan un hecho anecdótico en un aparente un acto criminal que le lleva a cumplir condena en un reformatorio juvenil. Allí un castigo se convierte en su obsesión y redacta la historia de cómo acabó allí por la profunda obsesión del deber que tenía su padre.

Con “Lección de alemán” uno tiene la sensación de estar leyendo una novela magníficamente escrita, con una sutileza y cuidado en cada palabra y un mimo a la narración que supera a la historia propiamente dicha (y, hay que añadir, perfectamente editada en España por Impedimenta). Esta historia, tan original como oscura, nos sumerge en el mundo de los paisajes lluviosos y rudos del norte de Alemania que acompañan continuamente la lectura y hacen que la historia sea húmeda, oscura y, hasta cierto punto, dickensiana. Los personajes sobreviven a la pobreza que les rodea y a la situación social, y se configuran como seres virtuosos en sus respectivos ámbitos (desde el desertor hijo rebelde hasta los mineros de turba continuamente mojados). Y, sobre todo, nos va dando toquecitos en nuestra conciencia haciéndonos disertar sobre la moralidad mal entendida, la belleza del proceso artístico más allá del arte en sí, la educación (escolar y familiar), las relaciones familiares y los procesos sociales. Como dice en sus páginas “la sociedad siempre ha sido desafiada, amenazada, o subvertida por el aquel que es diferente, y por ese motivo dedica a estos sujetos todo su interés y su desconfianza, y hasta los persigue con odio”. Odio. Eso que nos sobra.

Nada se opone a la noche – Delphine de Vigan

Es un goce comenzar una novela sin saber muy bien a qué se está enfrentando uno. Habiendo leído someramente la descripción del editor, uno puede pensar que tiene entre las manos una novela negra (madre muerta, hija investiga sobre su muerte, se enfrenta a miedos del pasado, bla-bla-bla…). Y con esas, y con mi rechazo a las novelas negras, empecé este que se ha convertido en uno de mis libros preferidos. ¿Nos hayamos ante una investigación de una muerte? Versión corta: en cierto modo. Versión larga: ni de coña. Lo que realmente ocurre en este relato es que Delphine de Vigan abre su alma en canal y nos la expone de forma cruda y, hasta cierto punto, despiadada sobre un tapete junto a la biografía de su inusual, o quizás no tanto, familia. Es una expiación. Un grito de socorro emitido a la puerta de la casa de un amigo que sabes que te va a entender y que te va a escuchar y que después te va a ofrecer una cerveza y vas a salir luego de su casa con las mismas dudas, pero más tranquilo. ¿Por qué su madre ha aparecido muerta?¿Qué (no) la ha llevado a suicidarse? Delphine rápidamente entiende que no hay una respuesta sencilla, que no va a obtenerla de la nota de suicidio y que todo pesar que desemboque en desdicha tal que le lleve a uno a suicidarse está motivado por una biografía en la que los sufrimientos han pesado más que los instantes de dicha (o que la dicha puntual es inmejorable y no hay perspectiva halagüeña a la vista), y se decide a entrevistar a todos los miembros vivos de su abultada familia para descubrirlos. Y ya sabemos que cuando se escarba lo más normal es que aparezca entre la tierra mucha más basura de la que uno querría encontrar. Lo que obtendrá al final de su camino será quizás solo su verdad pero al menos ofrecerá esa respuesta que uno necesita en ciertos momentos de sufrimiento extremo.

Este tipo de autobiografías, que van más allá de ser sólo una crónica vital, ya componen un género propio en la historia de la literatura (hablo brevemente sobre ello en el comienzo del comentario que hice aquí), y quizás haya tenido en los últimos años un referente en la inmensa pentalogía de Karl Ove Knausgård “Mi lucha” de la que me acordado varias veces leyendo el relato de De Vigan. Sin embargo, Delphine se aleja de la ironía, del solipsismo y del tono sarcástico de Knausgård y desarrolla su relato con la sutileza, delicadeza y elegancia que caracteriza a la literatura francesa, incluso a la más bizarra (ejemplos de esto podemos encontrarlos en los textos de Michel Houllebecq o Boris Vian). Podríamos decir que Knausgård bebe a morro de una botella sucia y rota mientras que De Vigan ha limpiado con un pañuelo de tela antes la boquilla y ha vertido el líquido en un vaso casi limpio ¿Se me entiende? Uno lee a De Vigan y en medio de su paranoia encuentra esa frase bella que te golpea el estomago a la vez que te hace esbozar una sonrisa tierna: “anuncié a Lucile (su madre bipolar) que estaba embarazada […] se volvió hacia mí y me preguntó: ¿me dejarás cuidarla?”.

Junto con los retazos biográficos, o más bien, amparados por ellos, Delphine nos irá deshilando una realidad que diariamente se opone a lo diferente, a lo ajeno a pesar de ser muy propio y que hace que aquellas personas que no se adaptan como mandan los cánones sean excluidos de la normalidad social. Los delirios de su madre fruto de su bipolaridad, el Down de su tío cuando todavía era relativamente desconocido o su propia anorexia juvenil son algunos de los ejemplos que usa De Vigan para demostrarlo.

“Nada se opone a la noche” no es una novela fácil. Tenemos asegurado no quedarnos indiferentes ante el relato. Ojalá os ocurra como a mí y este texto os subyugue hasta el paroxismo. Suena demasiado pedante, lo sé, pero es lo más acertado que encuentro para describir la sensación que tuve al acabar de leerlo.

Fuente EBiblio

Nosotros – Evgueni (Yevgueni) Zamiátin

Nos asustan las historias que relatan series televisivas como Black Mirror mostrando un futuro más cercano de lo que querríamos en el que la tecnología se impone a la naturaleza humana hasta pervertir su esencia. Somos monitorizados, controlados, guiados, observados, coartados y coercionados por elementos tecnológicos que se escapan de nuestro control y que nos quitan la felicidad que nos deberían ofrecer. Pero esta idea no es nueva. Las distopías, la creación de mundos utópicos en los que ninguno querríamos vivir, han sido una constante en la historia de la narrativa y en concreto en la literatura no han sido pocos los textos que nos han sobrecogido por las aberrantes realidades que muestran. Recientemente se ha hecho famosa, por su adaptación a la televisión, la novela de Margaret Atwood “El cuento de la criada” que presenta una sociedad controladora y dogmática que somete a la mujer y la reduce a mero elemento reproductor. Orwell también recurrió a la representación de una sociedad distópica en su archiconocida “1984” en la que un gran hermano controlaba todas las acciones de los ciudadanos. Huxley nos presentó una sociedad idílica a costa de la eliminación de muchos placeres terrenales. Entre todos ellos ha habido muchos otros como, por ejemplo, Bradbury y su “Fahrenheit 451”o Philip K. Dick y “El hombre en el castillo” (no una distopía como tal, pero sí una sociedad alternativa organizada y temible). Pero antes de todos ellos, a principios del siglo XX, un autor ruso, Evgueni Zamiátin , creó una de las primeras sociedades distópicas literarias en su magnífica novela “Nosotros”.

Zamiátin, en su rusa genialidad (la misma de otros autores como Bulgakov o Dostoievski) recurre a los elementos esenciales de una creación de ese orden: tecnología, orden y control. Una sociedad tecnológicamente avanzada con un cierto orden y control en la sociedad, a priori, no debería suponer ningún perjuicio para sus ciudadanos. Pero cuando la tecnología, el orden y el control se imponen al individuo haciendo que sea imposible salirse del guión dictado por los gobernantes, entonces nos enfrentamos a los problemas. Los totalitarismos y las dictaduras son claros ejemplos de esto. Y eso es lo que presenta Zamiátin.

La sociedad de “Nosotros” está regida por la eficacia e indiscutibilidad de las matemáticas. Las personas son llamadas por códigos de números y letras en función de sus características. Las relaciones personales son pautadas y controladas. La incertidumbre no es posible. Ni las elecciones a Benefactor (líder del Estado Único) han de generar duda alguna de que él mismo, único candidato, va a resultar vencedor (¿os suena?). No hay libertad de pensamiento, y la radicalidad de la eficiencia matemática es tal que al protagonista le cuesta describir lo que indica en sus anotaciones pues su “pluma está tan acostumbrada a las cifras (que) no es capaz de crear música de asonancias y rimas”. Si bien la sociedad es el grupo unitario de ciudadanía, esta es tan férrea que destruye la individualidad de sus partes.

El protagonista, en sus anotaciones (que finalmente componen el texto completo de “Nosotros”) empieza a plantearse la idoneidad de esta sociedad en al que él tiene la misión de crear una nave espacial que imponga el ideario del Estado Único allí donde vaya, o en sus palabras “someter al yugo de la razón a los ingeniosos seres que habitan en otros planetas”. Sus dudas, plasmadas en el papel, nos llevan a un viaje filosófico sobre los poderes establecidos, los sentimientos y las relaciones personales. Y nos golpea al mostrarnos cómo puede acabar todo. Porque todas estas sociedades distópicas, recurren al poder por el poder por medio de la alienación. Un ciudadano sin opciones, ocupado constantemente y reprimido con miedo es un ciudadano dócil. Leamos a Zamiátin. Rebelémonos.

Madre de leche y miel – Najat El Hachmi

El primer vínculo sentimental que tenemos con la realidad nada más nacer es con nuestras madres y, sea cual sea la circunstancia vital que dé continuidad a ese primer instante, el nexo permanecerá eternamente. Quizás por eso en la historia de la literatura las madres han ocupado siempre un puesto predominante en muchas narraciones y nunca son un personaje completamente ajeno a la historia principal de cualquier relato, ya sea por medio de relaciones tormentosas como las que cuenta Vivian Gornick en su “Apegos feroces”, a través del sufrimiento colectivo de madres menos cercanas en su vínculo afectivo como la que describe Angelika Schrobsdorff en “Tú no eres como otras madres”, mostrando el dolor de madres incrédulas y dolientes como la que aparece en “En tu vientre” de José Luis Peixoto, o como las múltiples madres que aparecen en el libro que nos ocupa, “Madre de leche y miel” de la escritora marroquí Najat El Hachmi.

Fátima ahora es madre. Y hace muchos años, y a muchos kilómetros de distancia, fue solo hija. Y junto a ella había otras hermanas que estaban, como ella, condenadas a ser madres y esposas (y esclavas). Y tanto antes como ahora, eran pocos los momentos en los que la alegría era mayor al sufrimiento. El trabajo, antes y ahora, era el medio de huir de la realidad. Ahora para mejorarla y poder conseguir que su hija tenga una vida mejor, antes para soportar la miseria de su destino como vientre. Puro vientre de simientes.

Fátima ahora está sentada en su casa materna delante de sus hermanas contando como emigró de Marruecos a Cataluña en busca de su marido. Éste la había desposado por capricho, haciéndola mudarse a su casa familiar donde su suegra y sus cuñadas la odiaban, vejaban y maltrataban, para después abandonarla sin dar mayor explicación con una hija gestándose en su vientre. En el pueblo catalán a donde llegó con una bolsa, una hija y un poco de masa madre para poder hacer el pan de siempre (el simbolismo de este hecho es sobrecogedor) le esperaba la miseria del emigrante: la soledad, la pobreza, el rechazo, el miedo a lo nuevo y ajeno, el esfuerzo sobrehumano y, afortunadamente, la solidaridad.

Fátima, mucho antes, estuvo sentada en el patio de su casa de Marruecos con sus hermanas esperando su futuro. Éste pasaba porque alguna familia se encaprichara de ella y la comprara por una dote para pasar a ser propiedad de su marido en vez de serlo de su padre y convertirse entonces en madre. Fátima trabajaba mucho. Bajaba al río a lavar la ropa contra las piedras, traía agua de la fuente, cuidaba la casa, preparaba la comida y, sobre todo, amasaba y cocinaba el pan. Su pan. El pan que la acompañó después en su viaje y que la alimentó haciéndola sentirse menos lejos de su casa.

Najat El Hachmi nos cuenta esta historia de Fátima, que es la de muchas mujeres que viven sometidas por la tradición, la incultura y la pobreza. Najat hace un alegato de la feminidad más allá de la maternidad, de la libertad por medio de la cultura, y de la familia, pero de la de verdad, de la que nos quiere incondicionalmente y no de aquella que se nos impone. Najat también nos presenta de una forma cruda y transparente el sufrimiento que se padece en la emigración. En estos tiempos en los que en “el primer mundo” (como odio esta expresión) la emigración se nos intenta mostrar constantemente como un peligro es necesaria esta visión clara y sencilla de lo que sufre el inmigrante que no busca otra cosa que encontrar una vida decente.

No es fácil toparse con libros tan bien escritos como “Madre de leche y miel”. Las diferentes voces se mezclan en una sintonía narrativa perfecta, donde sufrimos con lo que nos cuentan, con sus susurros, sus lamentos y sus escasos goces. Disfrutad y sufrid de este magnífico relato. Os removerá y necesitamos, en este mundo indigno, que así sea.

Persépolis – Marjane Satrapi

¿Leer por el mero placer de leer? Por supuesto. Pero también es verdad que hace años que casi todo lo que leo tiende a tener algún tipo de trasfondo educativo ( con todo lo que ello puede abarcar). ¿Por qué simplemente entretenerse cuando además se puede aprender algo? El pensamiento socrático de “solo sé que no se nada” debería imperar en nuestra sociedad porque nos llevaría a intentar huir de nuestra ignorancia por medio del aprendizaje y conseguiríamos, con toda seguridad, una sociedad más justa, más ecuánime y más avanzada. El conocimiento es evolución. Siempre.

Quizás ese fuera también uno de los objetivos de Marjane Satrapi cuando modeló su Persépolis, el libro que le dio la merecida fama de la que goza como ilustradora y escritora. Pero Persépolis, más allá de una magnífica novela gráfica, es una lección de historia iraní. Como la propia Marjane Satrapi dice por medio de sus viñetas, en el mundo occidental se tiende a ver Irán como un país tercermundista repleto de terroristas dispuestos a sacrificarse por su fe. Pero mucho más allá de esta absurda visión hay una realidad ocultada por las noticias generalistas, y es toda esa sociedad luchadora y reprimida que pervive en un Irán mediatizado y asfixiado política y religiosamente.

En este relato, Marjane nos presenta la historia de su vida, desde su infancia feliz en un Irán aparentemente más libre hasta su partida hacia su actual destino, Francia. Nos enseña por medio de sus impactantes viñetas en blanco y negro (más bien me atrevería a decir que solo negras y oscuras, con todo lo que ello conlleva) como se fueron desarrollando los aspectos más importantes de su vida. Nos presenta el horror de las dictaduras, la soledad y la exclusión de los emigrantes, nos hace partícipes de sus dudas y nos enseña a ser críticos con la información que recibimos y, sobre todo, con aquello que nos intentan imponer. Nos enseña a ser valientes y a levantarnos ante las injusticias porque, aunque sea por puro egoísmo, en algún momento, los injustamente ajusticiados podemos ser nosotros mismos. Nos enseña el amor a la cultura, en cualquiera de sus formas, y la obligación que tenemos con nosotros mismos de educarnos en el saber más allá del simple aprendizaje.

Además nos muestra el poder de la mujer como motor de cambio y revolución cultural e ideológica, por ello las políticas represoras y las dictaduras tienden a hacer que la figura de la mujer involucione hasta convertirlas en seres inertes y simplemente fecundos.

Persépolis es una historia necesaria, magníficamente expuesta y ante todo muy educativa. Una novela gráfica ideal para que los adolescentes se adentren en los relatos gráficos de adultos y aprendan a disfrutar de un género literario afortunadamente cada vez más en alza.