Tierra de Campos – David Trueba

Estás aburrido mirando Facebook y te topas con una publicación del grupo “Yo fui a EGB” en la que aparece uno de esos “juguetes” que regalaban con los yogures cuando eras pequeño allá al comienzo de los años 80 y sientes una mezcla de nostalgia – por el tiempo transcurrido -, alegría – por el tiempo al que te transporta -, y orgullo – porque la memoria todavía te funciona para acordarte de esa aparente nimiedad -. Esta sensación te dura un momento. Como mucho quizás la compartas con algún colega de la infancia o se lo enseñes a tu pareja mientras ambos dormitáis en el sofá: “mira, ¿te acuerdas de esto? Yo tenía el servilletero amarillo con forma de plátano”. Una vez que se ha compartido, el recuerdo se esfuma con la misma rapidez con la que llegó. Esa misma sensación es la que se tiene leyendo las primeras páginas de Tierra de Campos de David Trueba. Nos transporta a un Madrid de barrio (en su caso Tetuán, pero equiparable al de otros muchos barrios madrileños del mismo estrato) con situaciones tópicas y típicas olvidadas desde la infancia. El personaje, Dani, deambula por el Tetuán de comienzos de los ochenta con todo lo que eso implicaba. Para los que somos madrileños ochenteros, esa cercanía de los nombres urbanos, como el del scalextric de Cuatro Caminos, y de referencias a esa época, como Tino Casal o el “Like a virgin”, nos despierta la morriña que tan amiga es de la atención. Una vez se ha pasado esa ilusión y sorpresa es complicado mantener ese mismo nivel de atención y actitud ante el texto. No obstante, por momentos, Tierra de Campos lo consigue.

Partiendo de una situación costumbrista como es el traslado del féretro con los restos mortales del padre del protagonista hasta un pueblo de la Valladolid más rural, David Trueba hace que su personaje principal, Dani Mosca, rememore su vida como cantante de éxito desde que era un chaval que se apuntó a unas clases gratuitas de guitarra en un piso de Tetuán hasta que, ya convertido en olvidado cantante de éxito de otra época, tiene que lidiar con las vicisitudes propias de una vida como padre divorciado.

El libro está escrito con una prosa fácil que incurre en el uso frases redondas, irónicas y lapidarias (“Uno triunfa no por su genialidad, sino por su menosmalidad”) dichas por y para personajes un tanto tópicos (padre autoritario, colega(s) pasado(s) o japoneses retraídos). Quizás ahí resida la segunda clave del éxito de este libro: su componente humorístico y sarcástico: “Dicen que la mejor prueba de tu ansiedad es cuando tiras de la cadena antes de terminar de mear”. El tercer elemento del éxito del texto podría ser la inmersión en el llamativo mundo de la música con sus fiestas desmesuradas, sus oscuros backstages, esa mezcla de lujo y podredumbre, de pomposa vacuidad, de giras, garitos y litronas, de drogas y sexo apresurado en encharcados baños de tugurio provinciano. Esa parafernalia que rodea a la música como espectáculo y arte es la base de la trama de esta novela. Si os pasa como a mí, y consideráis toda esa parafernalia absurda más allá de, como diría el loco cósmico Homer Simpson, su derecho a escandalizar, buena parte del libro os resultará ajeno y poco estimulante. Insisto, la prosa de David Trueba ayudará a salvar esa situación.

En la segunda parte del libro volvemos a sentir la sensación “egebera” descrita al comienzo, cuando Dani Mosca llega al pueblo de su padre y de su infancia. Allí es recibido por un elenco completo de personajes rurales como si fuera una película de Berlanga: el alcalde, otrora bruto del pueblo, con su mujer con alardes de primera dama, el pomposamente absurdo concejal de festejos, las tropocientasmil tías (primeras, segundas y lejanas) con sus correspondientes tropocientosmil primos (esa familia que todos los que hemos vuelto al pueblo de veraneo jamás hemos terminado de conocer), o el cura moderno, sustituto de aquel de la vieja escuela, que escandaliza un poco a los mayores del lugar. Si a esto le añadimos el alboroto de tener entre sus convecinos a un famoso de la farándula, tenemos el componente definitivo para momentos delirantes y, hasta cierto punto, cercanos para el lector.

En resumen, Trueba logra, con su genial prosa ligera y su ambientación costrumbrista (rural y urbana) y nostálgica, despertar en el lector un sentimiento de cercanía que solo se difumina, como es mi caso, en el momento en que el mundo de la música hace su aparición con su futilidad.

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Stefan Zweig como escritor anglosajón. 

Uno de los momentos más placenteros que se me pueden ocurrir es deambular por una librería, tanto si estoy buscando algo en particular como si simplemente quiero estar rodeado de libros y otear sus baldas y expositores sabiendo que ahí puede estar mi próxima lectura. Sin embargo, cuando voy buscando algo en particular, me gusta lograr encontrarlo de una forma bastante simple, y eso lo consigo, y creo que cualquiera lo hace de una forma parecida, entendiendo el orden que sigue la librería en cuestión. 

Esto lo cuento como introducción de una duda que le planteaba el otro día a la librería La Central de Madrid (la de Callao). 

Vaya por delante que la librería La Central, desde que aterrizó en Madrid desde Barcelona, se ha convertido para mí en una parada frecuente en busca de nuevos ejemplares, si bien es cierto que muchas veces salgo con las manos vacías por no haber podido encontrar de una forma autónoma lo que buscaba. Y esto lo achaco no a su fondo bibliográfico, que es realmente amplio y variado, sino al sistema de ordenación que llevan. Paso a explicarlo brevemente. Las dos plantas están divididas en secciones según la temática (Filosofía, Historia, Cómics, Narrativa, Arte, etc. ). Dentro de “Narrativa”, los libros están divididos por “idiomas” (y ahora explicaré el entrecomillado) y subdividido por original o traducido. Algunos de los apartados son: literatura latinoamericana, literatura española, literatura portuguesa, literatura francesa, literatura germánica (sic) o literatura anglosajona (sic). Por lo que se llega a deducir, cuando hablan de literatura germánica se refieren a literatura “en alemán” y cuando dicen “anglosajona” se refieren a “en inglés”. Siendo puristas, la literatura anglosajona sería una subdivisión de la literatura germánica como muestra el siguiente árbol de lenguas de la organización PROEL (Promotora Española de Linguística)


Es decir, volviendo al ejemplo del tweet que arriba mostraba, si nos centramos en el libro Schachnovelle de Stefan Zweig, por la lengua de origen del escritor y de la novela en cuestión, el libro original debería estar colocado en “Germánica original”, uno traducido al español en “Germánica traducida” y, siguiendo esa lógica, esta novela traducida al inglés debería estar colocada también en “Germánica traducida” pues es una obra en alemán traducida (al inglés, eso sí). En el caso de que sólo se quiera colocar traducidas al español bajo el epígrafe “traducida”, se debería haber creado un tercer apartado con un nombre como “Germánica traducida a otros idiomas”. Pero desde luego, jamás buscaría una novela en alemán de Zweig en literatura anglosajona. Otra cosa es que estuviera el A game of chess en un estante de “literatura en inglés”, independientemente del origen del texto. 

La argumentación que me dio La Central, y que agradezco enormemente, pues muchas veces es difícil encontrar reciprocidad en la comunicación con según qué entidades, fue la siguiente:

Es decir, ciertamente no están colocados en las estanterías, sino en sus aledaños. Y fijándome en las islas y baldas aledañas a la zona de “anglosajona original” me encontré con múltiples ejemplares traducidos al inglés de escritores españoles, latinoamericanos y de otras nacionalidades ajenas al mundo anglosajón . Al parecer, pues, por un tema logístico y comercial los libros que no tienen una situación física constante son colocados en la zona más afín al idioma en el que están escritos. Ahora entiendo la lógica, o más bien el razonamiento, pero sigue sin parecerme el más apropiado y, desde luego, jamás se me hubiera ocurrido buscar un libro de Zweig o Dostoievski en “literatura anglosajona”. 

Personalmente, me encantaría que la colocación de los libros en las librerías multilíngües (¿lo habré soñado o en sus principios La Central lo hacía así?) fuera ajena a su idioma. Es decir, que en el estante de “Narrativa germánica” pudiera encontrar de Stefan Zweig tanto el Schachnovelle, como Novela de Ajedrez o A game of chess. 

A pesar de todo ello me seguiré dejando caer frecuentemente por La Central para seguir topándome con nuevas delicias literarias (si bien conozco amantes de la literatura que no pisan jamás esta librería precisamente por disposición de los ejemplares).