Siempre hemos vivido en el castillo – Shirley Jackson

Cuando me piden que recomiende una película de terror, siempre pienso en una de suspense (porque el terror es demasiado subjetivo) y opto por “The Changeling” (o como se la conoce en su traducción “aleatoria” al español “Al final de la escalera”), un clásico de comienzos de los ochenta donde el miedo se infunde por incertidumbres, psicofonías y sonidos intempestivos todo ello ambientado en una mansión aislada. Recuerdo ver esa película a una edad quizás un tanto temprana y sentir cierta admiración por el ambiente creado y una especie de miedo agradable por las circunstancias y la trama. La sensación de miedo no se infundía por chorros de sangre salpicando las paredes como en Pesadilla en Elm Street, por posesiones infernales como en El Exorcista o por asesinos sádicos y sanguinarios como en La matanza de Texas. No había seres malvados y sumamente desagradables como en Las colinas tienen ojos y, desde luego, no se recurre a descerebrados delirios como en The Human Centipede. En “Al final de la Escalera” el terror se infunde por medio del suspense y las emociones. La sutileza aquí, como en el erotismo, está muy por encima de lo explícito.

Esto es lo que ocurre con “Siempre hemos vivido en el castillo” (“We Have Always Lived in the Castle”). Shirley Jackson nos presenta a una familia atípica compuesta por dos hermanas y un tío inválido que viven aislados en su mansión a las afueras de un pueblo. El peso de la familia lo lleva la hermana mayor, Constance, que se mantiene mentalmente estable gracias a la rutina que se impone y a la seguridad que le proporciona ordenar y disponer en la mansión. El tío vive obsesionado con recomponer los hechos acaecidos en la noche en que el resto de los miembros de la familia fueron asesinados durante la cena y él quedó inválido, y la narradora del relato y hermana pequeña, Merricat, basa su vida en intentar protegerse de los vecinos del pueblo por medio de una subjetiva magia basada en objetos y acciones repetitivas. Su vida ideal de encierro se ve alterada por la llegada de un primo que, ajeno a sus costumbres y obsesionado con la fortuna que atesoran en la casa, busca ganarse el favor de Constance para su propio beneficio, lo que hace enojar al tío Julian y poner en su contra a Merricat que intenta por todos sus medios reales y mágicos importunar al primo invasor.

La magia de este relato reside en cómo Jackson describe los sentimientos de Merricat y cómo ésta observa compulsivamente los de su hermana Constance y su tío Julian intentando que ambos vivan en un estado constante de bienestar enfermizo. Es tal la relación autárquica de este reducido núcleo familiar que vive tan ajeno a sus vecinos y tan enfrentados a ellos por su peculiaridad y su historia familiar, que en ningún momento como lector tuve la seguridad de si se trataba de personajes vivos o eran fantasmas atrapados en la casa o, incluso, una mezcla de ambos, tal y como deja entrever el tío Julian en un momento del relato. Esa incertidumbre que provoca la situación de la familia, con su vida desarrollándose en la reclusión de su mansión vacía; esas mañas arteras de Merricat, con sus paseos nocturnos para refugiarse en la soledad del bosque que rodea la casa; la desconfianza e ira de sus vecinos, demostrada hasta la agresión y persecución; la oscuridad que envuelve a todo el relato, donde hasta las palabras huelen a cerrado, a polvo y humedad; y la incómoda situación provocada por la desfachatez de Charles, el primo “invasor”, con su soberbia, altanería y mundanidad que contrasta tanto con la sencillez, amabilidad y originalidad de las hermanas y del tío hacen, todo ellas sumadas, que el relato de Shirley Jackson sea una texto sumamente sugestivo e intrigante, descorazonador por momentos, y, sobre todo, muy emocionante (en el sentido sensible de la palabra).

Esta obra lograría en el lector el mismo efecto que la película “Al final de la escalera” en el espectador, sin necesidad de recurrir, si quiera, a elementos básicos de cualquier obra de terror con tintes góticos. El suspense creado en “Siempre hemos vivido en el castillo” supera, con su oscuridad y la fuerza de sus personajes, a muchas otras obras que juegan con el terror de una forma más explícita. Es una novela de terror clásico, de suspense del bueno. Del que nos hace disfrutar y sufrir dulcemente.

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Las partículas elementales – Michel Houllebecq

Cuando una novela viene acompañada del adjetivo calificativo “controvertida”, puede significar dos cosas: o que se ha querido forzar la polémica como reclamo publicitario, como en el caso de los textos de las sombras de Grey (me estoy odiando mucho por hablar en este blog de esta saga infame), o que a ciertos grupos (los “ñiñiñis”) les molesta algo de esa novela. Y ya sabemos que esas molestias suelen venir derivadas de tratar ciertos ámbitos de la vida que se salen de los estándares de normalidad y moralidad. Lo cómodo no molesta. Estos rasgos que suelen incomodar en un texto tienden a circunscribirse básicamente en dos: lo asocial y el sexo. Y esos dos elementos están perfectamente impersonados en los dos protagonistas de este “polémico” y magnífico relato de Houellebecq. “Las partículas elementales” presenta la vida de dos hermanos que, nacidos en condiciones distintas, desarrollan dos personalidades, a priori, diferentes pero que convergen en la anormalidad social que generan. Michel es un científico (y, cabría añadir, filósofo – ¿no van siempre unidos?-) que vive ajeno a los estándares sociales y a cualquier forma de contacto interpersonal al uso. Su vida gira en torno a las rutinas y a la ausencia de sobresaltos. Bruno, sin embargo, es un ser impulsivo, cuya meta en la vida es su desarrollo sexual, y está obsesionado no ya con lograr un encuentro íntimo, sino con buscarlo. Para Michel la felicidad reside en la ausencia de búsqueda, para Bruno la búsqueda permanente es la felicidad. Esas realidades vitales se muestran no solo en la forma en que se desarrollan sus existencias sino en la manera que tiene Houellebecq de tratar las palabras cuando esta hablando de cada uno de ellos. Cuando Houellebecq trata en la novela sobre Michel, las palabras son suaves, el lenguaje es casi puro. Cuando se refiere a Bruno, las palabras se vuelven más burdas y el lenguaje es más impulsivo.

Normalmente, insisto, los colectivos quisquillosos, y más concretamente, el puritanismo imperante y rancio ha llevado a calificar novelas de este estilo no solo de controvertidas sino incluso de pornográficas, consiguiendo que el grueso de la opinión social las estigmatice (no entenderé jamás porqué) y las englobe en literatura de pervertidos. Estos estigmas han marcado a libros como “Trópico de Cancer” de Henry Miller, “El amante de Lady Chatterley” de D.H.Lawrence o incluso “Lolita” de Vladimir Nabokov. Y el hecho de ser denostados de esa manera hace que la base filosófica que acompaña a la temática sexual se vea olvidada. Lamentablemente la descripción de la actitud de Bruno, con su obsesión sexual desbordante, y de la reclusión autárquica de Michel son molestas y no solo por lo representan sino por lo que comportan. Lo que trasciende es un análisis pseudoexistencialista de las relaciones personales y su interacción en la sociedad, de cómo la propia sociedad excluye al diferente, y de cómo pueden llegar a desarrollarse vidas abocadas a la angustia constante ora basadas en la inmovilidad y la certeza, ora abocadas a la búsqueda constante y la insatisfacción en el encuentro de lo buscado. Así lo resume Houllebecq: “Al considerar los acontecimientos presentes de nuestra vida , oscilamos constantemente entre la fe en el azar y la evidencia del determinismo”.

Además, este texto es una crítica feroz a lo que Ortega definió como masa. Al borreguismo exacerbado que crea realidades ajenas a la cultura y la inteligencia, que estigmatiza al diferente y alaba la rutina y la rectitud. Ambos personajes son molestos también por ese mismo hecho: uno por lo culto y el otro por lo impetuoso. Como indica Houllebecq en otro momento del libro: “El hombre poco instruido siente terror ante la idea del espacio; lo imagina inmenso, nocturno y vacío”.

En definitiva, las partículas elementales es una novela incómoda, dura, recia, burda y sexy por momentos, ácida, crítica, con unos diálogos magníficos, un poso filosófico nada desdeñable y por todo ello enormemente estimulante.

Tierra de Campos – David Trueba

Estás aburrido mirando Facebook y te topas con una publicación del grupo “Yo fui a EGB” en la que aparece uno de esos “juguetes” que regalaban con los yogures cuando eras pequeño allá al comienzo de los años 80 y sientes una mezcla de nostalgia – por el tiempo transcurrido -, alegría – por el tiempo al que te transporta -, y orgullo – porque la memoria todavía te funciona para acordarte de esa aparente nimiedad -. Esta sensación te dura un momento. Como mucho quizás la compartas con algún colega de la infancia o se lo enseñes a tu pareja mientras ambos dormitáis en el sofá: “mira, ¿te acuerdas de esto? Yo tenía el servilletero amarillo con forma de plátano”. Una vez que se ha compartido, el recuerdo se esfuma con la misma rapidez con la que llegó. Esa misma sensación es la que se tiene leyendo las primeras páginas de Tierra de Campos de David Trueba. Nos transporta a un Madrid de barrio (en su caso Tetuán, pero equiparable al de otros muchos barrios madrileños del mismo estrato) con situaciones tópicas y típicas olvidadas desde la infancia. El personaje, Dani, deambula por el Tetuán de comienzos de los ochenta con todo lo que eso implicaba. Para los que somos madrileños ochenteros, esa cercanía de los nombres urbanos, como el del scalextric de Cuatro Caminos, y de referencias a esa época, como Tino Casal o el “Like a virgin”, nos despierta la morriña que tan amiga es de la atención. Una vez se ha pasado esa ilusión y sorpresa es complicado mantener ese mismo nivel de atención y actitud ante el texto. No obstante, por momentos, Tierra de Campos lo consigue.

Partiendo de una situación costumbrista como es el traslado del féretro con los restos mortales del padre del protagonista hasta un pueblo de la Valladolid más rural, David Trueba hace que su personaje principal, Dani Mosca, rememore su vida como cantante de éxito desde que era un chaval que se apuntó a unas clases gratuitas de guitarra en un piso de Tetuán hasta que, ya convertido en olvidado cantante de éxito de otra época, tiene que lidiar con las vicisitudes propias de una vida como padre divorciado.

El libro está escrito con una prosa fácil que incurre en el uso frases redondas, irónicas y lapidarias (“Uno triunfa no por su genialidad, sino por su menosmalidad”) dichas por y para personajes un tanto tópicos (padre autoritario, colega(s) pasado(s) o japoneses retraídos). Quizás ahí resida la segunda clave del éxito de este libro: su componente humorístico y sarcástico: “Dicen que la mejor prueba de tu ansiedad es cuando tiras de la cadena antes de terminar de mear”. El tercer elemento del éxito del texto podría ser la inmersión en el llamativo mundo de la música con sus fiestas desmesuradas, sus oscuros backstages, esa mezcla de lujo y podredumbre, de pomposa vacuidad, de giras, garitos y litronas, de drogas y sexo apresurado en encharcados baños de tugurio provinciano. Esa parafernalia que rodea a la música como espectáculo y arte es la base de la trama de esta novela. Si os pasa como a mí, y consideráis toda esa parafernalia absurda más allá de, como diría el loco cósmico Homer Simpson, su derecho a escandalizar, buena parte del libro os resultará ajeno y poco estimulante. Insisto, la prosa de David Trueba ayudará a salvar esa situación.

En la segunda parte del libro volvemos a sentir la sensación “egebera” descrita al comienzo, cuando Dani Mosca llega al pueblo de su padre y de su infancia. Allí es recibido por un elenco completo de personajes rurales como si fuera una película de Berlanga: el alcalde, otrora bruto del pueblo, con su mujer con alardes de primera dama, el pomposamente absurdo concejal de festejos, las tropocientasmil tías (primeras, segundas y lejanas) con sus correspondientes tropocientosmil primos (esa familia que todos los que hemos vuelto al pueblo de veraneo jamás hemos terminado de conocer), o el cura moderno, sustituto de aquel de la vieja escuela, que escandaliza un poco a los mayores del lugar. Si a esto le añadimos el alboroto de tener entre sus convecinos a un famoso de la farándula, tenemos el componente definitivo para momentos delirantes y, hasta cierto punto, cercanos para el lector.

En resumen, Trueba logra, con su genial prosa ligera y su ambientación costrumbrista (rural y urbana) y nostálgica, despertar en el lector un sentimiento de cercanía que solo se difumina, como es mi caso, en el momento en que el mundo de la música hace su aparición con su futilidad.

Obabakoak – Bernardo Atxaga

Tengo un problema con los libros de relatos: no he conseguido jamás leer uno que, al terminar la última página del último de los textos propuestos, me quede con la sensación plena de felicidad, cuando no se torna en decepción (en valores más o menos absolutos). No me refiero a compendios de relatos de un autor, como es el caso de Cuentos Completos de Edgar Allan Poe o de Antón Chéjov (ambos en ediciones magníficas en español a cargo de la editorial Páginas de Espuma), sino a libros proyectados como tales a base de relatos cortos. El caso más flagrante de mi experiencia lectora fue el de El Aleph de Borges que me aburrió hasta el tedio (de esos libros que te excluyen desde el primer momento). Reconozco, no obstante, que, aunque sea por la fama que le precede, tengo que darle una segunda oportunidad. 

En el caso que nos ocupa fue Obabakoak de Bernardo Atxaga el que consiguió que un libro de relatos volviera a decepcionarme. Como tengo por costumbre empezar a leer un libro nuevo de la forma más “virgen” posible (intento no leer ni la contraportada), todo lo que sabía de este texto es que la trama se desarrollaba en los alrededores de un pueblo vasco (el ficticio Obaba – hubiera preferido que fuera real). Mi mente, entonces, comenzó a bosquejar oscuras zonas de inhóspitas arboledas, historias llenas de leyendas y tradiciones rurales, bellas descripciones de paisajes coloridos, de aromas frescos y húmedos. Y algo así me encontré en las primeras páginas del libro. Esteban Werfell se halla en una lóbrega habitación con paredes atestadas de libros e iluminada por una ventana desde la que ve un parque y un estanque con cisnes. Fuera es invierno. Esto es lo que buscaba. Esto es lo que me había estado esperando. Ahí tenía el subidón de la lectura de un bello relato unida al especial aliciente que tienen para mí los libros en los que los propios libros tienen un papel especial. 

(Advierto que, a partir de aquí, en este comentario destripo un poco el libro, lo pongo fácil: “ojo spoilers”)

Atxaga continúa las páginas con la trama de Werfell, no muy original, bastante predecible, pero muy bella. Vemos a Werfell escribir, recordar, añorar. Nos habla de su infancia, de curas de pueblo, de cartas manuscritas, de conversaciones padre e hijo y de desilusiones tardías. Y, de repente, unas pocas páginas después, ¡zas!, la historia de Werfell se interrumpe de sopetón y el texto bello, descriptivo, pausado y emotivo, se convierte sin venir a cuento en una especie de, de verdad que no sé como describirlo, análisis de una carta parcialmente ilegible de un canónigo relatando (a la antigua) una especie de leyenda. Luego, Atxaga, continúa con otra buena historia sobre maestras de pueblo que se sienten fuera de lugar, cuya vida no es lo deseado y que ponen toda su alma en intentar no desesperar. Acaba de forma igualmente repentina para, tras unos cuantos relatos más de diferente carácter, estilo e índole, que no han dejado huella alguna en mi memoria más allá de su existencia, ocupar la mitad restante del libro en una matrioska deforme, cuyas piezas no encajan correctamente, y que, siguiendo el juego con el símil, cuando abres a la primera muñeca rusa de madera, encuentras no ya otra más pequeña sino, consecutivamente, un león, un pedrusco, una bicicleta rota, un árbol quemado, un indígena con carcaj, … <rellenar con los elementos inconexos que se quiera>…, hasta llegar a la pieza más pequeña que es el emoticono de la pedorreta 😛 (eso o un corte de mangas, lo que se prefiera). Esa es la sensación que me dejó el último “megarrelato” de Obabakoak. Me explico. Partiendo del hallazgo de una fotografía a alumnos de escuela se desarrolla una trama incoherente en la que, amparándose en hacer relatar diferentes cuentos (contadores de cuentos contando cuentos que cuentan cuentos) a diferentes personajes pasamos de estar en Obaba, a transportarnos al palacio de un tal Wei Lie o ser adoctrinados en la flora y fauna (con interminables enumeraciones) de la Amazonia. Sin ningún hilo conectivo aparente, sin ninguna necesidad y, en mi opinión, ninguna atracción. Las conversaciones de los personajes de este último relato destilan tal erudición mal interpretada que hacen recordar a los intelectuales del Péndulo de Foucault pero sin la gracia y el resplandor que los envolvía, convirtiendo a los de Atxaga en simples parlanchines.

Pocas sensaciones hay tan descorazonadoras como la que te deja un libro que no te acaba de atrapar. Quedémonos con lo bueno, quedémonos con Werfell. 

Iván – Javier de Dios 

He de reconocer que uno de mis placeres casi inconfesables es el de rebuscar en bibliotecas ajenas, principalmente si te fías de los gustos de ese ajeno. De esta forma, hace unos días, me topé con un autor al que leía por primera vez (aunque sí hubiera oído hablar de él con anterioridad) y, a la vez, me reconcilié con un género literario que, y siento cierto pudor al decirlo, tenía completamente abandonado. El autor es Javier de Dios y el género el dramático.

Iván, título de la obra y personaje principal, es un chaval al que, desde un primer momento, sabemos que conocemos. Le vemos habitualmente sentado en algún banco de algún parque del barrio, con cierto aire de displicencia e indolencia, y del que más de una vez hemos dicho, sin ponernos a sopesar su realidad, que era un pieza. Incluso, algunos, lo hemos tenido como compañero de colegio o instituto y, de alguna forma u otra, le hemos profesado simultáneamente admiración y temor. Llegábamos a reírle los desplantes y ataques al prójimo, siempre que ese prójimo no fuera uno mismo. Ahí entraba el temor. Los profesores muchas veces le tenían cierto respeto que desembocaba en que ambos se ignoraran mútuamente lo que simplificaba la relación pero empobrecía la educación. Ese es Iván. Todos le conocemos. Y muy pocos hemos intentado, sin embargo, entenderle. 

Este texto ahonda en lo que realmente es Iván, no en lo que nos parece. En la relación con su chica, cargada de incipiente sexualidad vacía y de anhelos de un futuro todavía muy lejano; con su padre viudo, que no le logra comprender y que tampoco acierta a servirle de ejemplo; y con sus profesores, que se convierten en el foco de su malestar vital.

La condición de docente del autor de este texto deja una huella muy profunda en el relato mostrando la pelea diaria de unos profesores que han de bregar con situaciones que muchas veces no aciertan o no pueden comprender y que, en el caso de que lograran entenderlas, no pueden llegar a afrontarlas de forma plena.

Iván, el libro, es un texto maravilloso, de una cotidianidad, dureza y sinceridad poco frecuentes en la literatura actual, que despierta en el lector (o en el espectador, recordemos que es una pieza dramática) esa sensación de “joder, pobre chaval, a lo mejor no es tan cabrón como parece” que más de una vez hubiera ayudado a tantos “Ivanes” que no han tenido la oportunidad de ser entendidos. 

Quizás este texto, y otros como este, sirva para que nos concienciemos de que los centros educativos, y en especial la secundaria, no son simples depósitos de chavales que están obligados a aprender unas lecciones, sino que son una oportunidad para muchos de escapar de su realidad social impuesta y que, con la ayuda de docentes y orientadores, consigan tener las mismas oportunidades que cualquier otro. Esa debería ser la educación que recibiéramos, sobre todo en la denostada enseñanza pública que es la única capaz de igualar realmente las oportunidades de estos adolescentes. 

Fantasma – Laura Lee Bahr 

La literatura de terror siempre me ha llamado la atención porque la considero uno de los géneros más complicados de recrear por medio de las palabras. Visualmente puede llegar a ser bastante sencillo provocar miedo recurriendo a ciertos lugares comunes bien puestos en escena, pero lograr que el lector se sitúe en uno de ellos con una prosa absorbente es harto complicado. Me declaro un admirador absoluto de Edgar Allan Poe porque nadie como él ha sido capaz de crear esos ambientes literarios que acongojen al lector. Siempre recordaré la angustia con la que leía Berenice. Desde entonces busco algún libro que me consiga aterrar. “Fantasma” de Laura Lee Bahr no lo ha conseguido. Sin embargo es una novela que tiene mucho que ofrecer si la encasillamos en otros géneros. En la reseña que se hace en la página del editor en español (Orciny Press) se mencionan, además, los géneros “noir” y “bizarro”. Esta novela habría que etiquetarla simplemente con esos dos términos. También mencionan “humor”. Este también omitámoslo. 

“Fantasma” tiene como punto fuerte una prosa directa y dura, expresada con crudeza y sin remilgos (siempre se agradecen los textos que se alejan de lo melifluo y lo pomposo), y una inquietante trama anárquica con saltos temporales y dimensionales en los que en muy pocos momentos sería uno capaz de completar una línea de tiempo adecuadamente. Si bien estas bifurcaciones se presentan al estilo de “elige tu propia aventura” esto no termina de ser tan claro en el fluir de los capítulos consiguiendo que el lector dedique una atención extra no solo a comprender la trama sino, además, a configurarla. 

Laura Lee Bahr nos presenta una thriller original que parte de elementos habituales (muerte, bañera, oficina, secretaria, cantante, Los Ángeles, periodista – ¿cuántas novelas de género negro habremos visto configuradas sobre estos cimientos?) y con ayuda de lo que yo interpreto como un McGuffin de manual (no diré cual para no condicionar al ignoto futuro lector) nos entrelaza una historia de sexo, drogas, alcohol, pasiones desenfrenadas y suciedad, mucha suciedad, aderezada con un fantasma que crea un ambiente especial.

Si bien es cierto que las expectativas tras los primeros capítulos son altas, muy altas incluso, sin llegar a desinflarse del todo (como ocurre con otras novelas con tramas originales como en mi caso sucedió con Sorry de Zoran Drvenkar), la historia va perdiendo fuelle por momentos una vez pasada la sorpresa inicial. 

No obstante, y a pesar de los vaivenes, esta novela es un golpe (en todos los sentidos) de originalidad que se disfruta y se sufre a partes iguales. 

American Psycho Trump (Versión en español)

(For English version click here)

Hace poco leía que desde que Donald Trump es Presidente de los Estados Unidos la venta de la novela 1984 de George Orwell se había disparado convirtiéndose en un superventas en Estados Unidos y era uno de los libros más vendidos en Amazon España. Sin que ello deje de ser una buena noticia – que la gente lea a Orwell me refiero – la distopía que presenta esta novela está más cerca de los totalitarismos del siglo pasado que de la situación social y política actual. Sí es cierto que hay muchos aspectos que podrían considerarse como similares, pero para hacernos una idea de dónde vamos debemos tener muy presente de dónde venimos y remontarnos, al menos, a los años 90 para enfrentarnos a la crudeza económica, social, moral e, incluso, antropológica, que representó la época dorada de Wall Street. Y para ello no hay mejor texto que American Psycho. Seguramente este texto sea más conocido por el papel de Christian Bale en la película homónima del año 2000 que por el texto original de Bret Easton Ellis de 1991, pero es necesario recurrir a él para evadir toda la ampulosidad visual y centrarnos en el trasfondo de la novela. 

En esta ocasión sí que me voy a tener que a recurrir a destripar – y nunca mejor dicho – la trama (Spoiler alert!) porque me es absolutamente necesario para poder establecer ciertos paralelismos. 

Quiero dejar a un lado la parte más gore de la novela, aquella que se centra en descripciones extremas de dementes y sangrientas actitudes parafílicas, y, sin llegar a entrar en el análisis psicológico del personaje como asesino en serie, centrarme en la caterva (sí, los voy a definir así muy a su pesar) de yuppies noventeros obsesionados, hasta la demencia, con el dinero, la moda (más que la moda, la sensación de ir a la moda), las mujeres (como otro objeto de adquisición más) y la opulencia gastronómica y sexual. Su arrogancia, su despiadada avaricia y prepotencia, el desprecio de cualquiera que no esté dentro de su círculo, el racismo, la misoginia, la estupidez supina de estos personajes queda patente en cada diálogo entre sus personajes. 

La novela, narrada en primera persona por el protagonista – Patrick Bateman – , es un sinfín de diálogos vacíos centrados en comidas, vestimentas ajenas y propias y descripciones de objetos de supuesto poder económico y social. La recua de ejecutivos “agresivos” de Wall Street que presenta el libro viven en un mundo ajeno a cualquier realidad social que no sea la suya: disfrutan vejando a los mendigos a los que consideran escoria (“I pass an ugly, homeless bum – a member of the genetic underclass -“), consideran a las mujeres como simples objetos de deleite visual (“there are no girls with good personalities“) y sexual (“The only reason chicks exist is to get us turned on“) y tienen como fin social ser vistos comiendo en restaurantes caros y clubs exclusivos a los que llegan en limusinas para aparentar mayor poder adquisitivo. Su vida transcurre entre el trabajo, los gimnasios, los restaurantes, los clubs y las fiestas, todo ello aderezado con cocaína y tranquilizantes. 

El protagonista es, y aquí es dónde quería llegar, admirador a ultranza de Donald Trump (“If […] is okay with Donny, it’s okay with me“) que por aquel entonces era un empresario que vivía entre el éxito absoluto y la bancarrota, promotor de presuntuosas construcciones inmobiliarias, de casinos, hoteles y de Miss Universo (con toda la polémica que ha generado por sus actitudes y comentarios). Trump es el espejo en el que Bateman se quiere mirar cada mañana, un ampuloso empresario estadounidense que hace ostentación de poder adquisitivo y social, de corte ególatra (solo hay que ver como se llaman sus edificios – Trump Tower, Trump Place, Trump Shuttle – y sus empresas – Trump Organization – ) que se rodea de gente “guapa” y que tiene por mujeres a atractivas modelos y actrices. 

Las políticas que pretende desarrollar Trump como Presidente de Estados Unidos de corte racista, supremacista, imperialista, orientadas a una economía agresiva son la resulta de aquella sociedad putrefacta que degeneró en un poder desmesurado de la economía bursátil donde Wall Street era el dios absoluto y que, posteriormente, desencadenó una crisis mundial sin precedentes cercanos. 

Leed American Psycho. Sufrid con este relato crudo, asquerosamente realista, visualmente desagradable y espiritualmente desolador. Y ved de donde venimos. 

De aquellos barros, estos lodos.