Nada se opone a la noche – Delphine de Vigan

Es un goce comenzar una novela sin saber muy bien a qué se está enfrentando uno. Habiendo leído someramente la descripción del editor, uno puede pensar que tiene entre las manos una novela negra (madre muerta, hija investiga sobre su muerte, se enfrenta a miedos del pasado, bla-bla-bla…). Y con esas, y con mi rechazo a las novelas negras, empecé este que se ha convertido en uno de mis libros preferidos. ¿Nos hayamos ante una investigación de una muerte? Versión corta: en cierto modo. Versión larga: ni de coña. Lo que realmente ocurre en este relato es que Delphine de Vigan abre su alma en canal y nos la expone de forma cruda y, hasta cierto punto, despiadada sobre un tapete junto a la biografía de su inusual, o quizás no tanto, familia. Es una expiación. Un grito de socorro emitido a la puerta de la casa de un amigo que sabes que te va a entender y que te va a escuchar y que después te va a ofrecer una cerveza y vas a salir luego de su casa con las mismas dudas, pero más tranquilo. ¿Por qué su madre ha aparecido muerta?¿Qué (no) la ha llevado a suicidarse? Delphine rápidamente entiende que no hay una respuesta sencilla, que no va a obtenerla de la nota de suicidio y que todo pesar que desemboque en desdicha tal que le lleve a uno a suicidarse está motivado por una biografía en la que los sufrimientos han pesado más que los instantes de dicha (o que la dicha puntual es inmejorable y no hay perspectiva halagüeña a la vista), y se decide a entrevistar a todos los miembros vivos de su abultada familia para descubrirlos. Y ya sabemos que cuando se escarba lo más normal es que aparezca entre la tierra mucha más basura de la que uno querría encontrar. Lo que obtendrá al final de su camino será quizás solo su verdad pero al menos ofrecerá esa respuesta que uno necesita en ciertos momentos de sufrimiento extremo.

Este tipo de autobiografías, que van más allá de ser sólo una crónica vital, ya componen un género propio en la historia de la literatura (hablo brevemente sobre ello en el comienzo del comentario que hice aquí), y quizás haya tenido en los últimos años un referente en la inmensa pentalogía de Karl Ove Knausgård “Mi lucha” de la que me acordado varias veces leyendo el relato de De Vigan. Sin embargo, Delphine se aleja de la ironía, del solipsismo y del tono sarcástico de Knausgård y desarrolla su relato con la sutileza, delicadeza y elegancia que caracteriza a la literatura francesa, incluso a la más bizarra (ejemplos de esto podemos encontrarlos en los textos de Michel Houllebecq o Boris Vian). Podríamos decir que Knausgård bebe a morro de una botella sucia y rota mientras que De Vigan ha limpiado con un pañuelo de tela antes la boquilla y ha vertido el líquido en un vaso casi limpio ¿Se me entiende? Uno lee a De Vigan y en medio de su paranoia encuentra esa frase bella que te golpea el estomago a la vez que te hace esbozar una sonrisa tierna: “anuncié a Lucile (su madre bipolar) que estaba embarazada […] se volvió hacia mí y me preguntó: ¿me dejarás cuidarla?”.

Junto con los retazos biográficos, o más bien, amparados por ellos, Delphine nos irá deshilando una realidad que diariamente se opone a lo diferente, a lo ajeno a pesar de ser muy propio y que hace que aquellas personas que no se adaptan como mandan los cánones sean excluidos de la normalidad social. Los delirios de su madre fruto de su bipolaridad, el Down de su tío cuando todavía era relativamente desconocido o su propia anorexia juvenil son algunos de los ejemplos que usa De Vigan para demostrarlo.

“Nada se opone a la noche” no es una novela fácil. Tenemos asegurado no quedarnos indiferentes ante el relato. Ojalá os ocurra como a mí y este texto os subyugue hasta el paroxismo. Suena demasiado pedante, lo sé, pero es lo más acertado que encuentro para describir la sensación que tuve al acabar de leerlo.

Fuente EBiblio

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Madre de leche y miel – Najat El Hachmi

El primer vínculo sentimental que tenemos con la realidad nada más nacer es con nuestras madres y, sea cual sea la circunstancia vital que dé continuidad a ese primer instante, el nexo permanecerá eternamente. Quizás por eso en la historia de la literatura las madres han ocupado siempre un puesto predominante en muchas narraciones y nunca son un personaje completamente ajeno a la historia principal de cualquier relato, ya sea por medio de relaciones tormentosas como las que cuenta Vivian Gornick en su “Apegos feroces”, a través del sufrimiento colectivo de madres menos cercanas en su vínculo afectivo como la que describe Angelika Schrobsdorff en “Tú no eres como otras madres”, mostrando el dolor de madres incrédulas y dolientes como la que aparece en “En tu vientre” de José Luis Peixoto, o como las múltiples madres que aparecen en el libro que nos ocupa, “Madre de leche y miel” de la escritora marroquí Najat El Hachmi.

Fátima ahora es madre. Y hace muchos años, y a muchos kilómetros de distancia, fue solo hija. Y junto a ella había otras hermanas que estaban, como ella, condenadas a ser madres y esposas (y esclavas). Y tanto antes como ahora, eran pocos los momentos en los que la alegría era mayor al sufrimiento. El trabajo, antes y ahora, era el medio de huir de la realidad. Ahora para mejorarla y poder conseguir que su hija tenga una vida mejor, antes para soportar la miseria de su destino como vientre. Puro vientre de simientes.

Fátima ahora está sentada en su casa materna delante de sus hermanas contando como emigró de Marruecos a Cataluña en busca de su marido. Éste la había desposado por capricho, haciéndola mudarse a su casa familiar donde su suegra y sus cuñadas la odiaban, vejaban y maltrataban, para después abandonarla sin dar mayor explicación con una hija gestándose en su vientre. En el pueblo catalán a donde llegó con una bolsa, una hija y un poco de masa madre para poder hacer el pan de siempre (el simbolismo de este hecho es sobrecogedor) le esperaba la miseria del emigrante: la soledad, la pobreza, el rechazo, el miedo a lo nuevo y ajeno, el esfuerzo sobrehumano y, afortunadamente, la solidaridad.

Fátima, mucho antes, estuvo sentada en el patio de su casa de Marruecos con sus hermanas esperando su futuro. Éste pasaba porque alguna familia se encaprichara de ella y la comprara por una dote para pasar a ser propiedad de su marido en vez de serlo de su padre y convertirse entonces en madre. Fátima trabajaba mucho. Bajaba al río a lavar la ropa contra las piedras, traía agua de la fuente, cuidaba la casa, preparaba la comida y, sobre todo, amasaba y cocinaba el pan. Su pan. El pan que la acompañó después en su viaje y que la alimentó haciéndola sentirse menos lejos de su casa.

Najat El Hachmi nos cuenta esta historia de Fátima, que es la de muchas mujeres que viven sometidas por la tradición, la incultura y la pobreza. Najat hace un alegato de la feminidad más allá de la maternidad, de la libertad por medio de la cultura, y de la familia, pero de la de verdad, de la que nos quiere incondicionalmente y no de aquella que se nos impone. Najat también nos presenta de una forma cruda y transparente el sufrimiento que se padece en la emigración. En estos tiempos en los que en “el primer mundo” (como odio esta expresión) la emigración se nos intenta mostrar constantemente como un peligro es necesaria esta visión clara y sencilla de lo que sufre el inmigrante que no busca otra cosa que encontrar una vida decente.

No es fácil toparse con libros tan bien escritos como “Madre de leche y miel”. Las diferentes voces se mezclan en una sintonía narrativa perfecta, donde sufrimos con lo que nos cuentan, con sus susurros, sus lamentos y sus escasos goces. Disfrutad y sufrid de este magnífico relato. Os removerá y necesitamos, en este mundo indigno, que así sea.

Persépolis – Marjane Satrapi

¿Leer por el mero placer de leer? Por supuesto. Pero también es verdad que hace años que casi todo lo que leo tiende a tener algún tipo de trasfondo educativo ( con todo lo que ello puede abarcar). ¿Por qué simplemente entretenerse cuando además se puede aprender algo? El pensamiento socrático de “solo sé que no se nada” debería imperar en nuestra sociedad porque nos llevaría a intentar huir de nuestra ignorancia por medio del aprendizaje y conseguiríamos, con toda seguridad, una sociedad más justa, más ecuánime y más avanzada. El conocimiento es evolución. Siempre.

Quizás ese fuera también uno de los objetivos de Marjane Satrapi cuando modeló su Persépolis, el libro que le dio la merecida fama de la que goza como ilustradora y escritora. Pero Persépolis, más allá de una magnífica novela gráfica, es una lección de historia iraní. Como la propia Marjane Satrapi dice por medio de sus viñetas, en el mundo occidental se tiende a ver Irán como un país tercermundista repleto de terroristas dispuestos a sacrificarse por su fe. Pero mucho más allá de esta absurda visión hay una realidad ocultada por las noticias generalistas, y es toda esa sociedad luchadora y reprimida que pervive en un Irán mediatizado y asfixiado política y religiosamente.

En este relato, Marjane nos presenta la historia de su vida, desde su infancia feliz en un Irán aparentemente más libre hasta su partida hacia su actual destino, Francia. Nos enseña por medio de sus impactantes viñetas en blanco y negro (más bien me atrevería a decir que solo negras y oscuras, con todo lo que ello conlleva) como se fueron desarrollando los aspectos más importantes de su vida. Nos presenta el horror de las dictaduras, la soledad y la exclusión de los emigrantes, nos hace partícipes de sus dudas y nos enseña a ser críticos con la información que recibimos y, sobre todo, con aquello que nos intentan imponer. Nos enseña a ser valientes y a levantarnos ante las injusticias porque, aunque sea por puro egoísmo, en algún momento, los injustamente ajusticiados podemos ser nosotros mismos. Nos enseña el amor a la cultura, en cualquiera de sus formas, y la obligación que tenemos con nosotros mismos de educarnos en el saber más allá del simple aprendizaje.

Además nos muestra el poder de la mujer como motor de cambio y revolución cultural e ideológica, por ello las políticas represoras y las dictaduras tienden a hacer que la figura de la mujer involucione hasta convertirlas en seres inertes y simplemente fecundos.

Persépolis es una historia necesaria, magníficamente expuesta y ante todo muy educativa. Una novela gráfica ideal para que los adolescentes se adentren en los relatos gráficos de adultos y aprendan a disfrutar de un género literario afortunadamente cada vez más en alza.

En tu vientre – José Luis Peixoto

El referente cultural de España, por lo general, es Europa, pero considerando ésta aquel territorio que hay más allá de los Pirineos. Muchos españoles se olvidan que al oeste existe un país mucho más rico en muchos aspectos y, en concreto, en el cultural, de lo que muchos obtusos se piensan. Portugal, afortunadamente, no es solo la tierra de Ronaldo (sería muy pobre un país que se tuviera que aferrar a esto) o la de aquellos que disputaron la conquista del mundo a la otrora imperial España, como arguyen con orgullo absurdo muchos “patriófagos” (aquellos que de tanto amar a su patria la terminarán engullendo). Portugal tampoco es la tierra de las tiendas donde se compran las mejores toallas que no secan ni donde vamos a comer bacalao (qué rancio está sonando todo esto – debería venir ilustrado por los “ranciofacts” del gran Pedro Vera). Queda claro que Portugal, como es obvio, es mucho más que todo eso.En el terrero literario se puede llegar a conseguir que cualquier español (y voy a intentar ser benevolente con esto porque creo que la realidad es más triste si cabe) nombre a dos o tres autores franceses (saldrían Dumas, Sartre o Victor Hugo), británicos (Shakespeare o Dickens), alemanes (Goethe, Nietzsche) o incluso rusos (Dostoievsky, Tolstoi). En serio, jugad a ello, y comprobaréis que lamentablemente la repuestas no varían mucho de lo aquí dicho y los nombres femeninos serán dejados para una mayor introspección, olvidándose se citar grandes autoras como Beauvoir, Shelley, Arendt o Nemirovsky). Pero, a lo que iba, si preguntamos por autores portugueses conseguiremos, como mucho, que se nombre a Saramago (y demos gracias que no recurran al Sara Mago aguirrelesco o a mentar a Coelho como portugués) pero se será incapaz de situar a Camões, Queirós, Garret, De Castro, Castelo Branco, Pessoa o algunos más actuales como Antunes o el autor del que voy a comentar su texto “En tu vientre”, José Luis Peixoto.

Uno de los hechos más conocidos del folclore portugués quizás sea la aparición mariana a tres niños pastores en Cova de Iria y la supuesta revelación de los llamados misterios de Fátima. Peixoto parte de la circunstancia excepcional de que la pequeña niña Lúcia llegue un día a su casa diciendo que se ha visto a la virgen María lo que genera una serie de acontecimiento que destruyen la rutina y equilibrio de la familia de Lúcia y convierten la encina donde la niña tenía esas visiones en un lugar de peregrinaje en masa en cuestión de semanas. ¿Y ya?¿Esto es todo lo que tiene “En tu vientre” de Peixoto?¿Se limita a contarnos algo que es mayoritariamente sabido? No, en absoluto. Este original texto de Peixoto simplemente se vale de este hecho para componer una alegato a favor de la madre (no tanto de la maternidad). Su texto se compone de tres relatos diferenciados con una intención clara en cada uno de ellos. La historia de Lúcia sirve de hilo conductor que se interrumpe por unos salmos en los que se nos desvelan ciertas enseñanzas más espirituales que religiosas y por el propio subconsciente del autor a través del cual la voz de su madre interrumpe su propio relato glosándolo y afeándole los desplantes y desatinos de su vida que parece querer expiar por medio de la escritura.

La historia de las visiones de Lúcia se nos presenta como una desgracia para su familia. Las miserias rutinarias largamente sobrellevadas a fuerza de la costumbre padecidas por su familia son incrementadas por el revuelo que causa en las beatas mentes rurales de la época (principios del s.XX) este advenimiento virginal. Las pobres familias de la zona se aferran a este hecho como un camino de salida a su situación, los enfermos y sus familias creen que pueden ser sanados y los ociosos y pobres de espíritu ven en este hecho un caldo donde remojar su necesidad de ocupación. Todos acuden en masa no ya solo al lugar de la aparición sino en busca de Lúcia y sus primos para intentar satisfacer sus deseos y necesidades. Con ello, interrumpen la vida de la familia de Lucía, invaden su casa, les atormentan, les atosigan, les acosan, destruyen sus campos y su cosecha sin miramientos y convierten los fértiles campos de labranza en barrizales donde esperar nuevas apariciones. Todo esto lo sufrimos, sobre todo, a través de la madre de Lúcia que intenta que esta se retracte de su relato y niegue las visiones ya que no pueden ser sino obra del demonio. La atmósfera creada en el relato de este revuelo rural supura por cada letra del texto beatitudes enfermizas, deseos destructores y pasiones ciegas, y miseria, mucha miseria y mucho dolor (muy parecido por momentos al que sentimos en “Los santos inocentes” de Delibes). Las glosas intercaladas como paréntesis en el texto plasmando la voz de la madre del autor hace aumentar estos sentimientos vitales. Los reproches que le/se hace y las memorias que relata son un ejercicio de introspección a un alma atormentada por actos involuntariamente dañinos. No podemos ser el reflejo que debemos en nuestras madres, no porque no queramos, sino porque la vida nos va alejando de ese camino que se consideraría recto y esperado para nosotros. ¿Puede lograse la expiación? Quizás los salmos ficticios sean la respuesta. Nos aportan un sentimiento ligeramente lisérgico que intenta abstraernos de la dureza del relato e iluminarnos por momentos el camino (como farolas mal colocadas que dejan puntos oscuros en nuestro trayecto nocturno). Crean esperanza pero ya sabemos que la esperanza suele venir acompañada de dolor.

Peixoto, en poco más de cien páginas, nos recrea un mundo donde el dolor es motor vital y las madres las que absorben ese dolor para hacernos más llevadera la penitencia de la vida.

“En estos términos declaro que te creé para que me creases […] Soy tu madre, soy el universo”.

Imagen obtenida de EBiblio

El mundo de Sofía – Jostein Gaarder

Tenía dieciséis años y mi profesora de filosofía, Auxiliadora – nunca un nombre fue tan adecuado para una profesión -, entre debates, en los que hacía que los estudiantes investigásemos sobre temas polémicos y discutiésemos (en el buen sentido de la palabra) a dos bandas intentando defender una posición que podría no coincidir con la personal, y clases teóricas sobre el método filosófico, nos propuso leer un libro de filosofía. Dio a elegir entre “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset o “El mundo de Sofía” de Gaarder. La mayoría optaron por la historia de la niña Sofía, que además de tener un formato, en principio, más atractivo para un adolescente que las masas orteguianas (novela frente a ensayo), venía avalada por cierta fama generalista fuera del mundo académico. Dicho en lenguaje estudiantil, la decisión era entre un tocho de filosofía a pelo o una novelilla juvenil. Estaba clara la elección, ¿no? Pues yo elegí el tocho, ni tanto, de Ortega y agradezco infinitamente esa decisión a mi yo quinceañero porque desde entonces el concepto de “masa” y de repulsión hacia las mismas hizo que mi carácter se desarrollara de una forma seguramente distinta a lo que podría haber sido. Sin embargo, me quedó la espinita clavada de qué tendrá el mundo de Sofía para haber convertido al libro donde se relata en un best seller imperecedero. Esa espinita me la arranqué este invierno cuando mi pareja encontró el volumen que había leído ella en su momento en el instituto. Entonces agradecí de nuevo a mi yo adolescente haber elegido a Ortega. ¿Qué diantres tiene esta novela juvenil tan magnífico para haberla convertido en una novela que incluso profesores, como mi Auxiliadora, hayan optado por incluirla en el currículum literario de sus alumnos?
Este libro, publicado en España por Siruela – editorial que ha creado toda una biblioteca Gaarder a partir del bombazo de esta novela-, se vende como una “novela sobre la historia de la filosofía” (primer error, ya que asume que toda la filosofía es “occidental” pues es de ella de la que habla), pero no es sino un curso de filosofía bastante flojo, inexacto y pesado encastrado en una trama absurda “justificando” ciertos desmanes en que finalmente, ¡oh sorpresa!, todo es una historia que le cuenta un padre a una hija a través de un escrito, y claro, eso ya es excusa suficiente para permitirse tener todas las inexactitudes y licencias habidas y por haber, tanto en desarrollo en sí como en base teórica.
De primeras, lo que más me chocó es el hecho de que la trama principal fuera la de un anciano filósofo que acosa a una menor por medio de cartas anónimas, citándola en el bosque en horario lectivo y haciéndola mentir a su madre por sus encuentros secretos, llamándola a acudir a una iglesia de madrugada y reteniéndola ahí durante ocho horas o dándole a beber brebajes que la hacen alucinar. Este es el mismo señor que inserta en mitad del curso de filosofía que le manda una sentencia en la que, nombrándola, le señala, para explicarle el orden de las cosas, que “Sofía Admunsen ordena su habitación […] La ropa se dobla ordenadamente y mete en el armario, las braguitas en un estante, los jerseys en otro, …”. ¿En serio el primer ejemplo que se le ocurre son las braguitas de una adolescente? Quizás esto resulte chocante leyéndolo sin ser un adolescente o haciéndolo en 2018 en vez de en 1991 cuando se publicó la novela, pero personalmente me produce cierta desazón toda esta historia.
Dejando a un lado este aspecto sórdido del que, lamentablemente, hay más ejemplos, el libro, quizás cayendo en esa desubstanciación que se crea en ciertos libros juveniles por el hecho, precisamente, de ser juveniles, está plagado de inexactitudes históricas y filosóficas y de una simplicidad lingüística un poco sonrojante. Empezaré por esto último. Recuerdo que una profesora del mi colegio, cuando nos hacía ponernos en pie y explicar algo al resto de la clase nos regañaba cuando empezábamos la exposición con un “es (como) cuando”. Nos recriminaba recurrir a la simplificación del lenguaje que es suficientemente rico y variado para crear oraciones complejas sin utilizar siempre a los mismos grupos de palabras. Esto se lo podría haber explicado también al autor del texto que usa y abusa de esta forma de explicar ciertos términos. Además utiliza los diálogos entre Sofía y su profesor/acosador filósofo de una forma burda haciendo que la niña dé la réplica a su interlocutor en función de lo que él necesita para proseguir con la explicación, pasando de dar una respuesta propia de una niña de 8 años a, en la siguiente frase, ser tan erudita como un académico de la lengua. Sofía pasa de no saber qué es la fuerza de inercia a hacer una glosa sobre las indulgencias y Lutero. O en una frase interpela al profesor filósofo con un “Qué postulado más odioso” para, tan solo unas páginas más adelante preguntar qué es un postulado. Ejemplos como estos abundan en el texto, así como frases exclamativas del tipo “¡Explícate!”,”¡Entiendo!”, “¡Ejemplos!” que chilla Sofía al profesor mientras este sigue con la chapa sin hacerle demasiado caso. ¿Le está enseñando a pensar sin enseñarle a dialogar?
En cuanto a lo que indicaba en relación a las inexactitudes históricas y filosóficas es fácil dar algunos ejemplos. Mientras que en el libro se pasa de puntillas por Séneca se dedican páginas y páginas a la religión cristiana en su aspecto más teológico y menos filosófico haciéndola parecer una filosofía pura en sí (de hecho, leo en prensa que el propio Gaarder considera a Jesucristo uno de los tres filósofos más importantes de la historia). Se indica de forma sorpresiva que el nazismo, si no hubiera sido por Hitler, podría haber sido una demagogia. Se menciona, y poco más, el epicureísmo sin tener la decencia de hablar, aunque fuera de soslayo, de Herculano. Dice que todas las lenguas europeas excepto el lapón, finés, estoniano (sic), húngaro y vascuence son de origen indoeuropeo, es decir, obvia el turco (lengua altáica), o las lenguas caucásicas. Indica que el misticismo oriental está compuesto por el hinduismo, budismo y religión china (sic) sin explicar que es eso que él define como “religión china” (¿religión tradicional china, confucianismo, taoísmo?,quién sabe). Explica el término “sincretismo” asimilando a una mezcla de religiones sin desarrollar que no solo es un mix de religiones sino también de ideas y fruto de asimilaciones. Indica que “hoy en día las palabras “cínico” y “cinismo” se utilizan en el sentido de falta de sensibilidad ante el sufrimiento de los demás” creando un nuevo sentido para este ya vituperado término. Exhibe un pseudofeminismo durante el texto haciendo que Sofía se queje de que el profesor, solo le habla de hombres filósofos, pero cuando de repente llega a la gran Simone de Beauvoir, ésta aparece como la pareja “filósofa existencialista” de Sartre que “intentó emplear el existencialismo también en los papeles sexuales” y, puff, vuelve a desaparecer la Beauvoir. O llama a la mística alemana Hildegard de Bingen como de Eibingen. No sé si este último, u otros errores, son problema del traductor, del editor o del propio autor pero no creo que son coadyuvantes de confundir a los adolescentes a los que va dirigido este texto. Como estos, muchos otros ejemplos, aunque realmente da un poco igual porque de repente se nos cruza absurdamente Caperucita Roja por el camino mirando al monstruo del Lago Ness y, claro, perdemos el hilo de la cuestión filosófica.
No creo que los adolescentes deban ser tratados con condescendencia, suavizándoles ciertas materias e ideas para hacerles más fácil su aprendizaje, ni que deban ser infravaloradas sus aptitudes. No creo en obras adaptadas para escolares (como esa que sacó la RAE creada por Pérez-Reverte en la que, como ellos mismos dicen, podan el Quijote para convertirlo en “una eficaz herramienta docente, y también en un texto de fácil acceso para toda clase de lectores”). En lo que sí creo es en obras comentadas que ayuden a una interpretación de ciertos aspectos complicados de los textos de los que no se tenga cierta experiencia previa (como hace por ejemplo la editorial Austral en las ediciones de algunas obras clásicas).
Podría estar de acuerdo en que este tipo de obras de divulgación “light” camufladas de novelas pueden ayudar en cierta medida a servir como una somera introducción a la filosofía pero, ¿no lo serían mejor las propias obras de los filósofos más importantes que en ella se citan? ¿Dónde está el problema de leer, apoyando con los medios didácticos que sean oportunos o necesarios, , “La República o el Estado” de Platón, “Así habló Zarathustra” de Nietzsche o “La náusea” de Sartre?
Por cierto, esta última obra mencionada de Sartre, junto con “La peste” de Camus, otro gran existencialista, fue la obra que me sirvió de comienzo para convertirme en el ávido lector y amante de la filosofía que soy ahora. Fue gracias a dos de esos considerados tochos y no a obras cribadas, edulcoradas o tamizadas. La mente es moldeable. Démosla buenos alimentos y ella sabrá procesarlos.

Solenoide – Mircea Cărtărescu

¿Cărtărescu? Cărtărescu. ¡Cărtărescu! ¡CĂRTĂREscu! ¿Eh, Cărtărescu…? Esta ha sido mi experiencia con este autor desde antes de conocerle gracias a las ediciones de la editorial Impedimenta hasta después de haber leído su, supuestamente magnífico, “Solenoide”. De hecho, mi aventura (más bien desventura) con “Solenoide” comienza justo a la mitad de la E mayúscula del ¡CĂRTĂREscu! A partir de ahí, cuando me enfrenté a su mundo extraño, a su prosa salvaje, recia y ampulosa, a sus ideas desordenadas y a su apabullante y tediosamente repetitivo mundo onírico y, siendo justos, a ciertos momentos magistrales (aunque muchos menos de los que me esperaba) todo se empezó a desmoronar.

“Solenoide” se presenta avalado por la inmensa fama de su autor, un “Nobelable”, y de esta obra se dice que es “la piedra de toque en torno a la que gravitan el resto de ficciones de Cărtărescu ”. A éste se le compara con Rilke, Borges y Kafka. Y si bien puedo entender de dónde provienen estas referencias, no puedo compartirlas. No después de haber leído “Solenoide”.

Leyéndolo creí identificar, por un breve momento, casi forzado por mi necesidad de encontrar algo de coherencia en el texto, cierta similitud en la trama a la maravillosa novela “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco (sí, soy de esos a los que “el péndulo” les pareció una gran novela) y me sentí esperanzado cuando creía encontrar una aparente intención de que fuera por ese camino la trama de “Solenoide” y se llegara a algo con cierto grado de congruencia. Pero cuando uno empieza a escarbar entre la prosa engolada y artificiosa de Cărtărescu y lo que encuentra son eternas y repetitivas situaciones absurdas que quieren intentar significar algo pero no son más que delirios oníricos hartamente desagradables, uno desiste de seguir escarbando.

La trama superficial del libro es, a priori, muy prometedora: un profesor desmotivado de un colegio situado en los arrabales de un Bucarest devastado encuentra una motivación para seguir con su insustancial y rutinaria vida en la particularidad de una casa extraña que compra en mitad de un barrio pobre. Todo lo que tiene que ver con esta trama primaria es suficientemente digno y podría llegar a sustentar por si solo la fama de la prosa de este autor. Sus descripciones de la vida diaria de los colegiales y de los profesores son magistrales. Su léxico es visual, metafórico y luminoso. Cuando uno se topa con frases como “el único ser de colores en un cementerio de ceniza” cree entender y justificar el resto del texto. Pero todo se desvanece cuando esa escena costumbrista que te ha atraído por primera vez, como podría ser la fila que hacen los niños para recibir una vacuna en un terrón de azúcar, te es presentada por enésima vez de la misma forma y en el mismo contexto. Cuando la primera vez que entra el protagonista en su colegio o en su casa y recorre infinitos pasillos y estancias hasta llegar a su clase o su dormitorio, uno entiende la angustia rutinaria o el desconcierto que está sintiendo el personaje. Cuando este desconcierto se te relata cada vez que va a su habitación o a su aula, el lector desespera ante la sobredimensión de la metáfora. La descripción de su paseo por el circo o el molino por primera vez casi al estilo de flâneur es visualmente deliciosa. Cuando te insisten indefinidamente en esta delicia termina uno hartándose. Y ese hartazgo por repetición se convierte en una evasión del texto en toda regla cuando los sueños entran en juego en la trama. En mi caso esto elimina la posibilidad de autenticidad en un texto. Los sueños, en mi opinión, en cualquier tipo de ficción, no dejan de ser un recurso burdo para presentar ciertos aspectos que el autor no sabe presentar de otra forma y que quiere colar en el texto por algún motivo (crear pausas, explicar ciertas características del personaje, generar absurdas tensiones o, incluso, rellenar páginas con morralla visual). Un personaje que se despierta de una pesadilla brevemente explicada o un momento onírico surrealista pueden aportar cierta gracia a un relato e, incluso, ser favorables al desarrollo y comprensión de la trama. Sin embargo, el uso que hace Cărtărescu del sueño en este libro es inagotablemente repugnante. Enunciados desde el punto de vista de una redacción en un diario personal en el que el protagonista toma notas de otros diarios anteriores, los sueños inconexos, eternos, repetitivos y muy desagradables se desarrollan impunemente a lo largo de cientos (sí, cientos) de páginas en los que el autor del diario se atreve a sugerir que no está contando todo lo que debería (afortunadamente para el lector, añadiría yo) y que ya, si eso, lo deja para más adelante, cuando llegue el momento. Todo esto mientras glosa lo ya contado, lo vuelve a adjetivar, imbuido en un delirio onanista (figuradamente hablando).

Y si con los sueños creíamos haber tenido bastante surrealismo mal entendido, a medio camino entre la trama superficial rutinaria del profesor de colegio y sus delirios oníricos aparece una subtrama en la que, avalada por la anormalidad de las situaciones de una secta, se nos cuenta como unos campos magnéticos conectan la ciudad y reactivan gigantes para acabar elevando Bucarest a los cielos. En serio, todo muy loco y muy absurdo. Ni siquiera la realidad subyacente en toda esta insalubridad mental como parece adivinarse que es la exposición de la represión bajo el régimen comunista en la Rumanía de la segunda mitad del s.XX justifica estas digresiones paranoides.

Tendré que hacer valer la lectura de este texto con la lección biográfica de ciertos personajes de la historia de Rumanía y del resto del mundo que se exponen a lo largo del texto, como pueden ser las vidas de Voynich, Boole, Hinton, Minovici o Vashide que se intentan encajar en la trama. Estos, al menos, son personajes reales presentados dentro de su veracidad, ya que la mayoría de personajes que aparecen en “Solenoide” son del todo increíbles y de una sustanciación completamente irracional. ¿En qué cabeza cabe, por mucho razonamiento pseudofilosófico que se le quiera imprimir al contexto, que una niña de octavo curso se exprese diciendo “ …fui tranquilizándome poco a poco, como si las amapolas hubieran absorbido, con sus bocas, las toxinas de pánico de mi cuerpo.”

Quedémosnos, como digo, con la lección biográfica y con esta magnífica sentencia que quizás justifique un poco toda esta sinrazón: “No siento respeto por el arte que procura comodidad y alivio, por las novelas y la música y la pintura que te hacen más soportable la estancia en la celda. […] Mi escritura es un reflejo de mi dignidad, es mi necesidad de búsqueda del mundo prometido por la propia mente, como el perfume es la promesa de la rosa cerrada”. Al menos así el regusto será menos amargo.

As crónicas do sochantre – Álvaro Cunqueiro

En una pequeña aldea de Galicia, donde de pequeño pasé mucho tiempo, hay un sendero por el que se dice que pasa la Santa Compaña, esa temible y adorada procesión de almas penitentes que, vela invisible en mano, recorre los senderos gallegos anunciando la próxima defunción de algún parroquiano. Por ese sendero se llega, tras lidiar con los “toxos” que dificultan el paso y las resbaladizas piedras napadas de musgo, hasta unas cruces de piedra que señalan el lugar donde murieron a puñal, fruto de los celos, unos jóvenes en una fiesta veraniega campestre. El ambiente del bosque donde están encastradas estas cruces, unido al peculiar misticismo que rodea a la cultura gallega, hace que uno experimente una sensación un tanto extraña: la serenidad y placer que aporta la vibrante quietud del bosque, el olor del verdín, las zarzas en flor y el agua de los regatos que riegan las huertas cercanas desde donde llega el crepitar de los maizales, se ve inquietada por la sensación incómoda de estar rodeado de “bruxas”, trasgos, “diaños” y todo tipo de seres etéreos que parecen observarte desde detrás de los árboles.

Esa sensación es la misma que debe sentir el sochantre de Pontivy cuando se encuentra viajando con una troupe de parlanchines muertos vivientes, no precisamente zombies yankies de piel desgarrada, andares dubitativos y obsesiones caníbales, sino de muertos vivientes a la antigua usanza, esqueletos carnales que vagan por la tierra penando.

Cunqueiro desarrolla esta historia de crímenes, cuentos de terror y aventuras en la Bretaña de la Revolución Francesa: un paisaje de posadas, caminos, aldeas y guerrillas que bien podrían haber sido los bosques gallegos, esos donde se encuentran las cruces que antes mencionaba.

La particularidad con la que describe a cada uno de los personajes es magistral. Sus gestos, sus ropajes, sus osamentas son detalladas con tal precisión y tan poco alarde que uno llega a sentirse en presencia de estos seres. Subirse a la carreta con el Sochantre gracias a la ambientación creada por Álvaro Cunqueiro es viajar acompañando al propio protagonista y gozar de la misma experiencia que cuando afirma que “tomáralle sabor a aquel libre vagar, e o gastar os días sin apuros” (“cogí gusto a aquel libre vagar y a pasar los días sin prisas”, en mi libre traducción).

“As crónicas do Sochantre” es, en definitiva, un libro refrescante, divertido e inteligente. Una historia de aventuras de las de antes.

Como nota final quiero destacar la edición de la Editorial Galaxia de este texto, con el magnífico y entretenidísimo apéndice donde Cunqueiro nos detalla telegráficamente de una forma genialmente divertida la biografía de cada uno de los personajes que aparecen en el libro. Cuando leo textos como este u otros de los que rescatan y descubren editoriales en gallego como Galaxia me acuerdo de lo que decía Camba sobre el idioma gallego y cuán errado estaba. El gallego no es sólo un idioma para hablar de los huertos, los curas de pueblo y las leyendas. Es un idioma vivo y contemporáneo. Cunqueiro y su destreza al escribir lo demuestran.