Estrómboli – Jon Bilbao

La primera vez que me fijé en este libro fue hace unos meses por recomendación de los libreros de Tipos Infames en Madrid. Me vieron observando la llamativa portada (como todas las que hace Impedimenta) de “Estrómboli” de Jon Bilbao y me pusieron por la nubes tanto al libro como al autor, desconocido para mí hasta entonces. Aquel día no salí con el libro de la tienda (otros tres libros habían cubierto el cupo) pero durante estos meses tanto el autor, como el libro, se me han cruzado en varias ocasiones. Afortunadamente para mí.

“Estrómboli” es una colección de ocho relatos que tienen en común, como dice la reseña del editor, “lo perturbador que se oculta tras las historias más cotidianas”. Las historias que describe Bilbao podrían ser de lo más ordinarias, incluso alguno nos habremos visto involucrado en situaciones parecidas a la que ahí se desarrollan, pero la grandeza del relato reside en cómo se describe la progresión de hechos y, ante todo, cómo éstos se entremezclan para acabar dejándonos, al desenlazarse, con una sensación de extraña desazón (seré gráfico, un “pero qué cojones acaba de pasar” en toda regla).

Los personajes son gente corriente que por determinadas circunstancias vitales acaban en sitios en los que en un principio podrían no haber querido estar y que, a raíz de esas coyuntura, se ven envueltos en situaciones medianamente normales que se desarrollan de forma tan probable como inquietante. ¿Y si nosotros mismos acabásemos algún día sometidos a la presión o disyuntiva de estos personajes?¿Reaccionaríamos así? ¿Nos llevaríamos el mismo merecido? ¿Sufriríamos como ellos lo hacen o incluso más?

Bilbao nos pone en un brete con su textos de prosa ruda, por momentos sucia, pero extremadamente elegante, impecablemente hilada y tan clara como elocuente. Y, sobre todo, sus textos tienen la peculiaridad de no cerrarse jamás del todo, de parecer ser extractos de relatos mucho más grandes pero que no necesitan más desarrollo para contarnos lo que necesitamos saber y dejarnos con una especie de moraleja exenta de moralina que nos remueve y nos hace cuestionarnos demasiadas cosas de nuestras supuestas virtudes.

Si bien los ocho relatos son extraordinarios, hay dos que querría resaltar por encima del resto. El primero, “Como en un idioma desconocido”, lo destacaría por su impecable cierre. En él, la aparente pseudo-moralidad del personaje principal queda completamente despedazada en tan solo un par de párrafos. El segundo, “Avicularia avicularia”, lo ensalzaría por la desazón continua que logra generar en el lector mientras te está describiendo la acción principal en un paraje idílico (por eso y porque hará las delicias de cualquier lector amante de la serie de televisión “Black mirror” y, en especial, del capítulo que abre la primera temporada “El himno nacional”).

Jon Bilbao ha logrado reconciliarme con el género del relato corto que sólo me había enganchado por medio de los textos de Joyce Carol Oates (con la que incluso se podrían encontrar ciertos paralelismos). Estoy seguro que no será la última vez que se cruce en mi camino (ni Oates).

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Lección de alemán – Sigfried Lenz

Por temporadas, cuando al escoger un libro ojeo la descripción de la contraportada, huyo de ciertas temáticas. Últimamente una de esas que rehuyo es aquella que se podría englobar en “las Guerras Mundiales del siglo XX”, más aún si se trata de la segunda. Esta animadversión temporal es porque parece que cualquier historia se puede lograr encajar, la mayoría de las veces con poca fortuna, en esas épocas. Sin embargo, de tanto en tanto, algunos libros cuentan historias que aunque estén enmarcadas en esos periodos bélicos son tan subyugantes, están tan maravillosamente descritas y relatan circunstancias con tanta originalidad que el entorno del relato termina siendo algo anecdótico.

Esta circunstancia se da en libros como “Der Vorleser” (“El lector”) de Bernhard Schlink, aunque solo en su primera parte, ya que la segunda se sumerge de lleno en los Juicios de Nürnberg (no puedo dejar de comentar, por su peculiaridad, que la adaptación al cine de 2008 merece mucho la pena), “Schachnovelle” (“Novela de ajedrez”) de Stefan Zweig, donde una partida de ajedrez a bordo de un barco camino de Buenos Aires sirve como metáfora del contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial circunscrito a la confrontación de ideales, o “Slaughterhouse Five” (“Matadero cinco”) de Kurt Vonnegut que si bien la trama tiene como motor principal el bombardeo de Dresden, la subrealista historia antibélica se sobrepone a su contexto histórico.

La última de estas historias con la que me he topado ha sido “Deutschstunde” (“Lección de alemán”) de Sigfried Lenz en la que “el deber” toma las riendas del relato de Siggi y nos configura un recuerdo desde su infancia hasta su prisión donde recicla su memoria por medio de la escritura. Como dice Marta Sanz en su reseña de Babelia, “Lección de alemán” más allá de un relato de la vida de un pueblo del norte de alemania durante la Segunda Guerra Mundial, “es un canto de confianza hacia el arte y la literatura como cauces de reflexión ideológica”.

Porque sí, la historia transcurre durante la guerra, pero no es más que un marco donde configurar una disertación sobre la libertad artística, su censura, el deber y la cerrazón. Un joven, hijo de un jefe de la policía local afecto al régimen y con duras convicciones sobre el deber, el honor, y bla, bla, bla (inclúyase la retahíla de virtudes presuntamente elevadas que se desee), encuentra a través de la compañía de su vecino, un pintor famoso y subversivo, la válvula de escape a su agobiante realidad y convierte el arte y la belleza en su pasión. Esta pasión que no termina sabiendo manejar, supera su voluntad y hace que las circunstancias conviertan un hecho anecdótico en un aparente un acto criminal que le lleva a cumplir condena en un reformatorio juvenil. Allí un castigo se convierte en su obsesión y redacta la historia de cómo acabó allí por la profunda obsesión del deber que tenía su padre.

Con “Lección de alemán” uno tiene la sensación de estar leyendo una novela magníficamente escrita, con una sutileza y cuidado en cada palabra y un mimo a la narración que supera a la historia propiamente dicha (y, hay que añadir, perfectamente editada en España por Impedimenta). Esta historia, tan original como oscura, nos sumerge en el mundo de los paisajes lluviosos y rudos del norte de Alemania que acompañan continuamente la lectura y hacen que la historia sea húmeda, oscura y, hasta cierto punto, dickensiana. Los personajes sobreviven a la pobreza que les rodea y a la situación social, y se configuran como seres virtuosos en sus respectivos ámbitos (desde el desertor hijo rebelde hasta los mineros de turba continuamente mojados). Y, sobre todo, nos va dando toquecitos en nuestra conciencia haciéndonos disertar sobre la moralidad mal entendida, la belleza del proceso artístico más allá del arte en sí, la educación (escolar y familiar), las relaciones familiares y los procesos sociales. Como dice en sus páginas “la sociedad siempre ha sido desafiada, amenazada, o subvertida por el aquel que es diferente, y por ese motivo dedica a estos sujetos todo su interés y su desconfianza, y hasta los persigue con odio”. Odio. Eso que nos sobra.

Nada se opone a la noche – Delphine de Vigan

Es un goce comenzar una novela sin saber muy bien a qué se está enfrentando uno. Habiendo leído someramente la descripción del editor, uno puede pensar que tiene entre las manos una novela negra (madre muerta, hija investiga sobre su muerte, se enfrenta a miedos del pasado, bla-bla-bla…). Y con esas, y con mi rechazo a las novelas negras, empecé este que se ha convertido en uno de mis libros preferidos. ¿Nos hayamos ante una investigación de una muerte? Versión corta: en cierto modo. Versión larga: ni de coña. Lo que realmente ocurre en este relato es que Delphine de Vigan abre su alma en canal y nos la expone de forma cruda y, hasta cierto punto, despiadada sobre un tapete junto a la biografía de su inusual, o quizás no tanto, familia. Es una expiación. Un grito de socorro emitido a la puerta de la casa de un amigo que sabes que te va a entender y que te va a escuchar y que después te va a ofrecer una cerveza y vas a salir luego de su casa con las mismas dudas, pero más tranquilo. ¿Por qué su madre ha aparecido muerta?¿Qué (no) la ha llevado a suicidarse? Delphine rápidamente entiende que no hay una respuesta sencilla, que no va a obtenerla de la nota de suicidio y que todo pesar que desemboque en desdicha tal que le lleve a uno a suicidarse está motivado por una biografía en la que los sufrimientos han pesado más que los instantes de dicha (o que la dicha puntual es inmejorable y no hay perspectiva halagüeña a la vista), y se decide a entrevistar a todos los miembros vivos de su abultada familia para descubrirlos. Y ya sabemos que cuando se escarba lo más normal es que aparezca entre la tierra mucha más basura de la que uno querría encontrar. Lo que obtendrá al final de su camino será quizás solo su verdad pero al menos ofrecerá esa respuesta que uno necesita en ciertos momentos de sufrimiento extremo.

Este tipo de autobiografías, que van más allá de ser sólo una crónica vital, ya componen un género propio en la historia de la literatura (hablo brevemente sobre ello en el comienzo del comentario que hice aquí), y quizás haya tenido en los últimos años un referente en la inmensa pentalogía de Karl Ove Knausgård “Mi lucha” de la que me acordado varias veces leyendo el relato de De Vigan. Sin embargo, Delphine se aleja de la ironía, del solipsismo y del tono sarcástico de Knausgård y desarrolla su relato con la sutileza, delicadeza y elegancia que caracteriza a la literatura francesa, incluso a la más bizarra (ejemplos de esto podemos encontrarlos en los textos de Michel Houllebecq o Boris Vian). Podríamos decir que Knausgård bebe a morro de una botella sucia y rota mientras que De Vigan ha limpiado con un pañuelo de tela antes la boquilla y ha vertido el líquido en un vaso casi limpio ¿Se me entiende? Uno lee a De Vigan y en medio de su paranoia encuentra esa frase bella que te golpea el estomago a la vez que te hace esbozar una sonrisa tierna: “anuncié a Lucile (su madre bipolar) que estaba embarazada […] se volvió hacia mí y me preguntó: ¿me dejarás cuidarla?”.

Junto con los retazos biográficos, o más bien, amparados por ellos, Delphine nos irá deshilando una realidad que diariamente se opone a lo diferente, a lo ajeno a pesar de ser muy propio y que hace que aquellas personas que no se adaptan como mandan los cánones sean excluidos de la normalidad social. Los delirios de su madre fruto de su bipolaridad, el Down de su tío cuando todavía era relativamente desconocido o su propia anorexia juvenil son algunos de los ejemplos que usa De Vigan para demostrarlo.

“Nada se opone a la noche” no es una novela fácil. Tenemos asegurado no quedarnos indiferentes ante el relato. Ojalá os ocurra como a mí y este texto os subyugue hasta el paroxismo. Suena demasiado pedante, lo sé, pero es lo más acertado que encuentro para describir la sensación que tuve al acabar de leerlo.

Fuente EBiblio

Madre de leche y miel – Najat El Hachmi

El primer vínculo sentimental que tenemos con la realidad nada más nacer es con nuestras madres y, sea cual sea la circunstancia vital que dé continuidad a ese primer instante, el nexo permanecerá eternamente. Quizás por eso en la historia de la literatura las madres han ocupado siempre un puesto predominante en muchas narraciones y nunca son un personaje completamente ajeno a la historia principal de cualquier relato, ya sea por medio de relaciones tormentosas como las que cuenta Vivian Gornick en su “Apegos feroces”, a través del sufrimiento colectivo de madres menos cercanas en su vínculo afectivo como la que describe Angelika Schrobsdorff en “Tú no eres como otras madres”, mostrando el dolor de madres incrédulas y dolientes como la que aparece en “En tu vientre” de José Luis Peixoto, o como las múltiples madres que aparecen en el libro que nos ocupa, “Madre de leche y miel” de la escritora marroquí Najat El Hachmi.

Fátima ahora es madre. Y hace muchos años, y a muchos kilómetros de distancia, fue solo hija. Y junto a ella había otras hermanas que estaban, como ella, condenadas a ser madres y esposas (y esclavas). Y tanto antes como ahora, eran pocos los momentos en los que la alegría era mayor al sufrimiento. El trabajo, antes y ahora, era el medio de huir de la realidad. Ahora para mejorarla y poder conseguir que su hija tenga una vida mejor, antes para soportar la miseria de su destino como vientre. Puro vientre de simientes.

Fátima ahora está sentada en su casa materna delante de sus hermanas contando como emigró de Marruecos a Cataluña en busca de su marido. Éste la había desposado por capricho, haciéndola mudarse a su casa familiar donde su suegra y sus cuñadas la odiaban, vejaban y maltrataban, para después abandonarla sin dar mayor explicación con una hija gestándose en su vientre. En el pueblo catalán a donde llegó con una bolsa, una hija y un poco de masa madre para poder hacer el pan de siempre (el simbolismo de este hecho es sobrecogedor) le esperaba la miseria del emigrante: la soledad, la pobreza, el rechazo, el miedo a lo nuevo y ajeno, el esfuerzo sobrehumano y, afortunadamente, la solidaridad.

Fátima, mucho antes, estuvo sentada en el patio de su casa de Marruecos con sus hermanas esperando su futuro. Éste pasaba porque alguna familia se encaprichara de ella y la comprara por una dote para pasar a ser propiedad de su marido en vez de serlo de su padre y convertirse entonces en madre. Fátima trabajaba mucho. Bajaba al río a lavar la ropa contra las piedras, traía agua de la fuente, cuidaba la casa, preparaba la comida y, sobre todo, amasaba y cocinaba el pan. Su pan. El pan que la acompañó después en su viaje y que la alimentó haciéndola sentirse menos lejos de su casa.

Najat El Hachmi nos cuenta esta historia de Fátima, que es la de muchas mujeres que viven sometidas por la tradición, la incultura y la pobreza. Najat hace un alegato de la feminidad más allá de la maternidad, de la libertad por medio de la cultura, y de la familia, pero de la de verdad, de la que nos quiere incondicionalmente y no de aquella que se nos impone. Najat también nos presenta de una forma cruda y transparente el sufrimiento que se padece en la emigración. En estos tiempos en los que en “el primer mundo” (como odio esta expresión) la emigración se nos intenta mostrar constantemente como un peligro es necesaria esta visión clara y sencilla de lo que sufre el inmigrante que no busca otra cosa que encontrar una vida decente.

No es fácil toparse con libros tan bien escritos como “Madre de leche y miel”. Las diferentes voces se mezclan en una sintonía narrativa perfecta, donde sufrimos con lo que nos cuentan, con sus susurros, sus lamentos y sus escasos goces. Disfrutad y sufrid de este magnífico relato. Os removerá y necesitamos, en este mundo indigno, que así sea.

Persépolis – Marjane Satrapi

¿Leer por el mero placer de leer? Por supuesto. Pero también es verdad que hace años que casi todo lo que leo tiende a tener algún tipo de trasfondo educativo ( con todo lo que ello puede abarcar). ¿Por qué simplemente entretenerse cuando además se puede aprender algo? El pensamiento socrático de “solo sé que no se nada” debería imperar en nuestra sociedad porque nos llevaría a intentar huir de nuestra ignorancia por medio del aprendizaje y conseguiríamos, con toda seguridad, una sociedad más justa, más ecuánime y más avanzada. El conocimiento es evolución. Siempre.

Quizás ese fuera también uno de los objetivos de Marjane Satrapi cuando modeló su Persépolis, el libro que le dio la merecida fama de la que goza como ilustradora y escritora. Pero Persépolis, más allá de una magnífica novela gráfica, es una lección de historia iraní. Como la propia Marjane Satrapi dice por medio de sus viñetas, en el mundo occidental se tiende a ver Irán como un país tercermundista repleto de terroristas dispuestos a sacrificarse por su fe. Pero mucho más allá de esta absurda visión hay una realidad ocultada por las noticias generalistas, y es toda esa sociedad luchadora y reprimida que pervive en un Irán mediatizado y asfixiado política y religiosamente.

En este relato, Marjane nos presenta la historia de su vida, desde su infancia feliz en un Irán aparentemente más libre hasta su partida hacia su actual destino, Francia. Nos enseña por medio de sus impactantes viñetas en blanco y negro (más bien me atrevería a decir que solo negras y oscuras, con todo lo que ello conlleva) como se fueron desarrollando los aspectos más importantes de su vida. Nos presenta el horror de las dictaduras, la soledad y la exclusión de los emigrantes, nos hace partícipes de sus dudas y nos enseña a ser críticos con la información que recibimos y, sobre todo, con aquello que nos intentan imponer. Nos enseña a ser valientes y a levantarnos ante las injusticias porque, aunque sea por puro egoísmo, en algún momento, los injustamente ajusticiados podemos ser nosotros mismos. Nos enseña el amor a la cultura, en cualquiera de sus formas, y la obligación que tenemos con nosotros mismos de educarnos en el saber más allá del simple aprendizaje.

Además nos muestra el poder de la mujer como motor de cambio y revolución cultural e ideológica, por ello las políticas represoras y las dictaduras tienden a hacer que la figura de la mujer involucione hasta convertirlas en seres inertes y simplemente fecundos.

Persépolis es una historia necesaria, magníficamente expuesta y ante todo muy educativa. Una novela gráfica ideal para que los adolescentes se adentren en los relatos gráficos de adultos y aprendan a disfrutar de un género literario afortunadamente cada vez más en alza.

En tu vientre – José Luis Peixoto

El referente cultural de España, por lo general, es Europa, pero considerando ésta aquel territorio que hay más allá de los Pirineos. Muchos españoles se olvidan que al oeste existe un país mucho más rico en muchos aspectos y, en concreto, en el cultural, de lo que muchos obtusos se piensan. Portugal, afortunadamente, no es solo la tierra de Ronaldo (sería muy pobre un país que se tuviera que aferrar a esto) o la de aquellos que disputaron la conquista del mundo a la otrora imperial España, como arguyen con orgullo absurdo muchos “patriófagos” (aquellos que de tanto amar a su patria la terminarán engullendo). Portugal tampoco es la tierra de las tiendas donde se compran las mejores toallas que no secan ni donde vamos a comer bacalao (qué rancio está sonando todo esto – debería venir ilustrado por los “ranciofacts” del gran Pedro Vera). Queda claro que Portugal, como es obvio, es mucho más que todo eso.En el terrero literario se puede llegar a conseguir que cualquier español (y voy a intentar ser benevolente con esto porque creo que la realidad es más triste si cabe) nombre a dos o tres autores franceses (saldrían Dumas, Sartre o Victor Hugo), británicos (Shakespeare o Dickens), alemanes (Goethe, Nietzsche) o incluso rusos (Dostoievsky, Tolstoi). En serio, jugad a ello, y comprobaréis que lamentablemente la repuestas no varían mucho de lo aquí dicho y los nombres femeninos serán dejados para una mayor introspección, olvidándose se citar grandes autoras como Beauvoir, Shelley, Arendt o Nemirovsky). Pero, a lo que iba, si preguntamos por autores portugueses conseguiremos, como mucho, que se nombre a Saramago (y demos gracias que no recurran al Sara Mago aguirrelesco o a mentar a Coelho como portugués) pero se será incapaz de situar a Camões, Queirós, Garret, De Castro, Castelo Branco, Pessoa o algunos más actuales como Antunes o el autor del que voy a comentar su texto “En tu vientre”, José Luis Peixoto.

Uno de los hechos más conocidos del folclore portugués quizás sea la aparición mariana a tres niños pastores en Cova de Iria y la supuesta revelación de los llamados misterios de Fátima. Peixoto parte de la circunstancia excepcional de que la pequeña niña Lúcia llegue un día a su casa diciendo que se ha visto a la virgen María lo que genera una serie de acontecimiento que destruyen la rutina y equilibrio de la familia de Lúcia y convierten la encina donde la niña tenía esas visiones en un lugar de peregrinaje en masa en cuestión de semanas. ¿Y ya?¿Esto es todo lo que tiene “En tu vientre” de Peixoto?¿Se limita a contarnos algo que es mayoritariamente sabido? No, en absoluto. Este original texto de Peixoto simplemente se vale de este hecho para componer una alegato a favor de la madre (no tanto de la maternidad). Su texto se compone de tres relatos diferenciados con una intención clara en cada uno de ellos. La historia de Lúcia sirve de hilo conductor que se interrumpe por unos salmos en los que se nos desvelan ciertas enseñanzas más espirituales que religiosas y por el propio subconsciente del autor a través del cual la voz de su madre interrumpe su propio relato glosándolo y afeándole los desplantes y desatinos de su vida que parece querer expiar por medio de la escritura.

La historia de las visiones de Lúcia se nos presenta como una desgracia para su familia. Las miserias rutinarias largamente sobrellevadas a fuerza de la costumbre padecidas por su familia son incrementadas por el revuelo que causa en las beatas mentes rurales de la época (principios del s.XX) este advenimiento virginal. Las pobres familias de la zona se aferran a este hecho como un camino de salida a su situación, los enfermos y sus familias creen que pueden ser sanados y los ociosos y pobres de espíritu ven en este hecho un caldo donde remojar su necesidad de ocupación. Todos acuden en masa no ya solo al lugar de la aparición sino en busca de Lúcia y sus primos para intentar satisfacer sus deseos y necesidades. Con ello, interrumpen la vida de la familia de Lucía, invaden su casa, les atormentan, les atosigan, les acosan, destruyen sus campos y su cosecha sin miramientos y convierten los fértiles campos de labranza en barrizales donde esperar nuevas apariciones. Todo esto lo sufrimos, sobre todo, a través de la madre de Lúcia que intenta que esta se retracte de su relato y niegue las visiones ya que no pueden ser sino obra del demonio. La atmósfera creada en el relato de este revuelo rural supura por cada letra del texto beatitudes enfermizas, deseos destructores y pasiones ciegas, y miseria, mucha miseria y mucho dolor (muy parecido por momentos al que sentimos en “Los santos inocentes” de Delibes). Las glosas intercaladas como paréntesis en el texto plasmando la voz de la madre del autor hace aumentar estos sentimientos vitales. Los reproches que le/se hace y las memorias que relata son un ejercicio de introspección a un alma atormentada por actos involuntariamente dañinos. No podemos ser el reflejo que debemos en nuestras madres, no porque no queramos, sino porque la vida nos va alejando de ese camino que se consideraría recto y esperado para nosotros. ¿Puede lograse la expiación? Quizás los salmos ficticios sean la respuesta. Nos aportan un sentimiento ligeramente lisérgico que intenta abstraernos de la dureza del relato e iluminarnos por momentos el camino (como farolas mal colocadas que dejan puntos oscuros en nuestro trayecto nocturno). Crean esperanza pero ya sabemos que la esperanza suele venir acompañada de dolor.

Peixoto, en poco más de cien páginas, nos recrea un mundo donde el dolor es motor vital y las madres las que absorben ese dolor para hacernos más llevadera la penitencia de la vida.

“En estos términos declaro que te creé para que me creases […] Soy tu madre, soy el universo”.

Imagen obtenida de EBiblio

El mundo de Sofía – Jostein Gaarder

Tenía dieciséis años y mi profesora de filosofía, Auxiliadora – nunca un nombre fue tan adecuado para una profesión -, entre debates, en los que hacía que los estudiantes investigásemos sobre temas polémicos y discutiésemos (en el buen sentido de la palabra) a dos bandas intentando defender una posición que podría no coincidir con la personal, y clases teóricas sobre el método filosófico, nos propuso leer un libro de filosofía. Dio a elegir entre “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset o “El mundo de Sofía” de Gaarder. La mayoría optaron por la historia de la niña Sofía, que además de tener un formato, en principio, más atractivo para un adolescente que las masas orteguianas (novela frente a ensayo), venía avalada por cierta fama generalista fuera del mundo académico. Dicho en lenguaje estudiantil, la decisión era entre un tocho de filosofía a pelo o una novelilla juvenil. Estaba clara la elección, ¿no? Pues yo elegí el tocho, ni tanto, de Ortega y agradezco infinitamente esa decisión a mi yo quinceañero porque desde entonces el concepto de “masa” y de repulsión hacia las mismas hizo que mi carácter se desarrollara de una forma seguramente distinta a lo que podría haber sido. Sin embargo, me quedó la espinita clavada de qué tendrá el mundo de Sofía para haber convertido al libro donde se relata en un best seller imperecedero. Esa espinita me la arranqué este invierno cuando mi pareja encontró el volumen que había leído ella en su momento en el instituto. Entonces agradecí de nuevo a mi yo adolescente haber elegido a Ortega. ¿Qué diantres tiene esta novela juvenil tan magnífico para haberla convertido en una novela que incluso profesores, como mi Auxiliadora, hayan optado por incluirla en el currículum literario de sus alumnos?
Este libro, publicado en España por Siruela – editorial que ha creado toda una biblioteca Gaarder a partir del bombazo de esta novela-, se vende como una “novela sobre la historia de la filosofía” (primer error, ya que asume que toda la filosofía es “occidental” pues es de ella de la que habla), pero no es sino un curso de filosofía bastante flojo, inexacto y pesado encastrado en una trama absurda “justificando” ciertos desmanes en que finalmente, ¡oh sorpresa!, todo es una historia que le cuenta un padre a una hija a través de un escrito, y claro, eso ya es excusa suficiente para permitirse tener todas las inexactitudes y licencias habidas y por haber, tanto en desarrollo en sí como en base teórica.
De primeras, lo que más me chocó es el hecho de que la trama principal fuera la de un anciano filósofo que acosa a una menor por medio de cartas anónimas, citándola en el bosque en horario lectivo y haciéndola mentir a su madre por sus encuentros secretos, llamándola a acudir a una iglesia de madrugada y reteniéndola ahí durante ocho horas o dándole a beber brebajes que la hacen alucinar. Este es el mismo señor que inserta en mitad del curso de filosofía que le manda una sentencia en la que, nombrándola, le señala, para explicarle el orden de las cosas, que “Sofía Admunsen ordena su habitación […] La ropa se dobla ordenadamente y mete en el armario, las braguitas en un estante, los jerseys en otro, …”. ¿En serio el primer ejemplo que se le ocurre son las braguitas de una adolescente? Quizás esto resulte chocante leyéndolo sin ser un adolescente o haciéndolo en 2018 en vez de en 1991 cuando se publicó la novela, pero personalmente me produce cierta desazón toda esta historia.
Dejando a un lado este aspecto sórdido del que, lamentablemente, hay más ejemplos, el libro, quizás cayendo en esa desubstanciación que se crea en ciertos libros juveniles por el hecho, precisamente, de ser juveniles, está plagado de inexactitudes históricas y filosóficas y de una simplicidad lingüística un poco sonrojante. Empezaré por esto último. Recuerdo que una profesora del mi colegio, cuando nos hacía ponernos en pie y explicar algo al resto de la clase nos regañaba cuando empezábamos la exposición con un “es (como) cuando”. Nos recriminaba recurrir a la simplificación del lenguaje que es suficientemente rico y variado para crear oraciones complejas sin utilizar siempre a los mismos grupos de palabras. Esto se lo podría haber explicado también al autor del texto que usa y abusa de esta forma de explicar ciertos términos. Además utiliza los diálogos entre Sofía y su profesor/acosador filósofo de una forma burda haciendo que la niña dé la réplica a su interlocutor en función de lo que él necesita para proseguir con la explicación, pasando de dar una respuesta propia de una niña de 8 años a, en la siguiente frase, ser tan erudita como un académico de la lengua. Sofía pasa de no saber qué es la fuerza de inercia a hacer una glosa sobre las indulgencias y Lutero. O en una frase interpela al profesor filósofo con un “Qué postulado más odioso” para, tan solo unas páginas más adelante preguntar qué es un postulado. Ejemplos como estos abundan en el texto, así como frases exclamativas del tipo “¡Explícate!”,”¡Entiendo!”, “¡Ejemplos!” que chilla Sofía al profesor mientras este sigue con la chapa sin hacerle demasiado caso. ¿Le está enseñando a pensar sin enseñarle a dialogar?
En cuanto a lo que indicaba en relación a las inexactitudes históricas y filosóficas es fácil dar algunos ejemplos. Mientras que en el libro se pasa de puntillas por Séneca se dedican páginas y páginas a la religión cristiana en su aspecto más teológico y menos filosófico haciéndola parecer una filosofía pura en sí (de hecho, leo en prensa que el propio Gaarder considera a Jesucristo uno de los tres filósofos más importantes de la historia). Se indica de forma sorpresiva que el nazismo, si no hubiera sido por Hitler, podría haber sido una demagogia. Se menciona, y poco más, el epicureísmo sin tener la decencia de hablar, aunque fuera de soslayo, de Herculano. Dice que todas las lenguas europeas excepto el lapón, finés, estoniano (sic), húngaro y vascuence son de origen indoeuropeo, es decir, obvia el turco (lengua altáica), o las lenguas caucásicas. Indica que el misticismo oriental está compuesto por el hinduismo, budismo y religión china (sic) sin explicar que es eso que él define como “religión china” (¿religión tradicional china, confucianismo, taoísmo?,quién sabe). Explica el término “sincretismo” asimilando a una mezcla de religiones sin desarrollar que no solo es un mix de religiones sino también de ideas y fruto de asimilaciones. Indica que “hoy en día las palabras “cínico” y “cinismo” se utilizan en el sentido de falta de sensibilidad ante el sufrimiento de los demás” creando un nuevo sentido para este ya vituperado término. Exhibe un pseudofeminismo durante el texto haciendo que Sofía se queje de que el profesor, solo le habla de hombres filósofos, pero cuando de repente llega a la gran Simone de Beauvoir, ésta aparece como la pareja “filósofa existencialista” de Sartre que “intentó emplear el existencialismo también en los papeles sexuales” y, puff, vuelve a desaparecer la Beauvoir. O llama a la mística alemana Hildegard de Bingen como de Eibingen. No sé si este último, u otros errores, son problema del traductor, del editor o del propio autor pero no creo que son coadyuvantes de confundir a los adolescentes a los que va dirigido este texto. Como estos, muchos otros ejemplos, aunque realmente da un poco igual porque de repente se nos cruza absurdamente Caperucita Roja por el camino mirando al monstruo del Lago Ness y, claro, perdemos el hilo de la cuestión filosófica.
No creo que los adolescentes deban ser tratados con condescendencia, suavizándoles ciertas materias e ideas para hacerles más fácil su aprendizaje, ni que deban ser infravaloradas sus aptitudes. No creo en obras adaptadas para escolares (como esa que sacó la RAE creada por Pérez-Reverte en la que, como ellos mismos dicen, podan el Quijote para convertirlo en “una eficaz herramienta docente, y también en un texto de fácil acceso para toda clase de lectores”). En lo que sí creo es en obras comentadas que ayuden a una interpretación de ciertos aspectos complicados de los textos de los que no se tenga cierta experiencia previa (como hace por ejemplo la editorial Austral en las ediciones de algunas obras clásicas).
Podría estar de acuerdo en que este tipo de obras de divulgación “light” camufladas de novelas pueden ayudar en cierta medida a servir como una somera introducción a la filosofía pero, ¿no lo serían mejor las propias obras de los filósofos más importantes que en ella se citan? ¿Dónde está el problema de leer, apoyando con los medios didácticos que sean oportunos o necesarios, , “La República o el Estado” de Platón, “Así habló Zarathustra” de Nietzsche o “La náusea” de Sartre?
Por cierto, esta última obra mencionada de Sartre, junto con “La peste” de Camus, otro gran existencialista, fue la obra que me sirvió de comienzo para convertirme en el ávido lector y amante de la filosofía que soy ahora. Fue gracias a dos de esos considerados tochos y no a obras cribadas, edulcoradas o tamizadas. La mente es moldeable. Démosla buenos alimentos y ella sabrá procesarlos.