La liebre con ojos de ámbar – Edmund de Waal

Paseando hace ya más de quince años por los alrededores de la Kapitelplatz de Salzburgo, acompañado por el sonido de un conjunto de balalaicas y otros instrumentos de cuerda que sonaban desde debajo de un soportal, me topé con Vargas-Llosa cuando éste se disponía a entrar en un anticuario. Le paré y hablé un momento con él, más para, figúrate, impresionar al grupo de centroeuropeos con los que iba que por respeto a su persona como escritor y político (que en ambos aspectos le tengo bastante atravesado). Salvando todas las distancias existentes, este momento me vino a la mente cuando empecé a leer “La liebre de los ojos de ámbar” y me vi transportado a un mundo de óperas, escritores famosos, pintores impresionistas, judíos procedentes de Rusia que se convierten en marchantes de arte y ciudades imperiales.

Usando como excusa el intentar descubrir el origen de unas figuras, los netsuke, que hereda de un tío suyo que vive en Japón, el ceramista Edmund de Waal nos relata la historia de sus antepasados, los Ephrussi, y aprovecha este periplo para dibujarnos parte de la historia centroeuropea de finales del s.XIX y principios del s.XX.

Gracias a su búsqueda de los origines de los netsuke como parte de la herencia familiar, De Waal viajará al Paris de De Goncourt, de Zola, de Proust, de Laforgue, de Degas, de Manet o de Renoir donde se encontrará con su antepasado, el crítico y coleccionista de arte Charles Ephrussi, primer poseedor de los netsuke. Con Charles viviremos el París de finales del s.XIX rebosante de opulencia, de reuniones de artistas y de fiestas en los hôtel de banqueros y marchantes de arte. Pero también hallaremos una ciudad donde se empieza a gestar un antisemitismo dañino que afectará a la vida de los banqueros Ephrussi como miembros visibles de la comunidad judía parisina. Este París es la versión luminosa de aquel París oscuro que describió Umberto Eco en El cementerio de Praga y con el que comparte tiempo y forma. De hecho, ciertos momentos del texto de De Waal nos pueden hacer pensar que Charles se va a cruzar con el Simonini de Eco.

De la capital francesa, los netsuke viajarán a Viena, donde los Ephrussi tienen su central bancaria y donde gozan de una vida de opulenta austeridad, y Proust o Zola serán sustituidos por Rilke con el que Elisabet, la abuela de De Waal, mantenía cierta correspondencia de carácter literario y personal. En Viena a los Ephrussi y a los netsuke les alcanzarán las dos guerras mundiales y el lector sufrirá junto a ellos el auge del antisemitismo bélico y del nazismo, y tendremos que huir, siguiendo sus pasos, primero a Eslovaquia y después a Inglaterra. Finalmente, cambiaremos la vieja Europa por el Japón de la postguerra, a donde el tío de De Waal viaja con sus netsuke, cerrándose así el ciclo de estas figurillas.

Pudiera aparentar que una novela, aunque más bien se trata de un ensayo sobre un hecho quizás irrelevante para el lector como el de contemporizar una herencia – y en general para cualquiera que no sea miembro de la familia Ephrussi-De Waal -, fuera algo absurdo y cargante, pero la forma que tiene el autor de presentar la historia, de describir los ambientes, las calles, de actuar como un flâneur, con la diferencia de que éste pasea sin un fin determinado y De Waal lo hace con el propósito de comprender un hecho concreto, hace que la historia sea excitante y completamente adictiva.

Cualquier lector con un mínimo de debilidad por el arte, de querencia por la historia y de gusto por la buena literatura tendrá en este libro el mayor de sus goces pues la sensibilidad que se le supone a un ceramista se traduce en una prosa ligera pero compacta y contundente de donde brotan maravillas como esta: “Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. Porque a mí me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial. Porque tú lo vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida. Porque le dará envidia a otro. En los legados no hay historias fáciles”. Y así el legado de De Waal se convierte también en el nuestro al recorrer la historia de un siglo tristemente apasionante.

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At the existencialist café – Sarah Bakewell

Mi vida literaria, y por lo tanto mi realidad vital, está estrechamente unida al existencialismo, incluso sin saberlo. Se podría decir que fueron Camus y Sartre quienes convirtieron a un adolescente al que le gustaba más bien poco la lectura (no así la literatura, esto lo explicaré en otra ocasión) en un lector casi compulsivo. Camus me presentó en La Peste, con toda la meticulosidad posible, la angustia ante el absurdo. Las crudas descripciones de las reacciones de los ciudadanos de Orán, asediados por la cruenta enfermedad, me parecía que tenían, sin saber exactamente a lo me enfrentaba, un halo de filosofía y, quizás, misticismo. Especialmente sobrecogedora fue la inoperancia asfixiante con la que Joseph Grand se enfrentaba a su necesidad de perfección en cada palabra mientras intentaba comenzar a escribir su libro (ese en el que la amazona nunca se acababa de internar plenamente en el Bois de Boulogne). De La Náusea de Sartre, que fue el siguiente libro que cayó en mis manos – ambos de la colección de Seix Barral de literatura contemporánea – recuerdo especialmente que me impactó una oración que decía: “En mis manos hay algo nuevo, cierta manera de tomar la pipa o el tenedor. O es el tenedor el que ahora tiene cierta manera de hacerse tomar”. Puede parecer banal, pero esa forma de expresar cierta “confusión” en la interacción con las cosas me abrió los ojos a una forma diferente de pensar. Ambos, digamos, fueron mis dos primeros libros de “adulto”. No pudo ser casualidad que fueran de dos de los máximos exponentes del existencialismo. 

Por eso cuando se cruzó por mi camino At the existencialist café (En el café de los existencialistas) de Sarah Bakewell no tuve más remedio que hacerme con él. Afortunadamente para mí.

Cuando uno piensa en un ensayo sobre el existencialismo mezclado con perfiles biográficos de los propios existencialistas tiende a plantearse la densidad que puede acarrear lo que ahí se cuente. Sin embargo, Sarah Bakewell consigue crear una especie de trama novelesca que hace que este ensayo se convierta en algo vivo ante el lector. 

Sin incurrir en alardes intelectualoides, que serían del todo discordantes en una obra de divulgación como esta, a lo largo del texto vamos descubriendo la filosofía existencialista de autores como Beauvoir, Sartre, Camus, Heidegger, Jaspers o Marcel, y somos guiados para lograr hilar la evolución de esta corriente filosófica que, aunque pueda parecer que huele a rancias ideas de café parisino de primera mitad del s.XX, influye aún hoy en el arte, la cultura y la realidad social (el capítulo 14 podría haberse llamado, increpando al lector de hoy en día, “tú eres un existencialista aunque no lo sepas”). 

Una cosa que considero novedosa y atractiva de este libro es que Bakewell intenta obviar sus predilecciones filosóficas y afectivas por algunos de los autores y, aunque las loas sean expresadas y ciertos aspectos positivos de la biografía de algunos de estos autores sean recalcados, no omite, ni pasa sobre ellos de forma ligera, las sombras de su vida y los momentos en que estos tuvieron que poner en duda e, incluso, dar un giro drástico a su doctrina pues sus vivencias – en muchos casos las relativas a la II Guerra Mundial que la mayoría de estos autores tuvieron que afrontar – les hacían entender lo erradas que estaban sus ideas o lo contradictorias que eran confrontadas con sus actos y sus creencias. 

Un libro de divulgación como este es más que necesario en estos tiempos en que el existencialismo es ninguneado en los sistemas educativos hasta el punto de ser obviado en muchas ocasiones, lo cual es algo incomprensible pues es una filosofía alejada de formalidades de salón dieciochesco y generada en la vivencias sociales de café y trincheras. Como indica Bakewell “a philosophy (made) out of vertigo, voyeurism, shame, sadism, revolution, music and sex”. Las revoluciones sociales de la segunda mitad del s.XX surgieron, en gran parte, de las ideas de estos pensadores que creían en una filosofía activa y socialmente útil.

Este libro, además, se presenta como una apología de la filosofía, doctrina que en la actualidad está siendo denostada y vilipendiada sistemáticamente por ciertos sectores de la población que saben que es un elemento poderoso que ayuda a vivir confrontando las ideas en vez de asimilando las imposiciones del sistema. “Philosophy is neither a pure intellectual pursuit nor a collection of cheap self-help tricks, but a discipline for flourishing and living fully human, responsible life” indica Bakewell en cierto momento de la narración. No nos olvidemos de ello pues el pensamiento es la base de nuestra identidad mucho más de lo que pueda ser nuestra imagen o nuestros actos. Sin la ayuda de los pensadores que nos preceden, sin conocer como bregaron con los mismos problemas que sufrimos hoy en día y como intentaron entenderlos, no seremos capaces de avanzar de forma plena a una sociedad estable, igualitaria, empática y evolucionada. 

Sirva esto también como una defensa personal de la filosofía. ¡Pensad, malditos!

Comentario final sobre la edición española (Ariel, 2016)

No suelo hacer comentarios explícitos sobre ediciones concretas salvo que haya algo que me haya sorprendido. Normalmente esa sorpresa suele ser negativa. Esta vez no es una excepción. Me refiero a la edición española de At the existencialist café. La edición original británica de Chatto & Windus, como las siguientes de Vintage o las traducciones a otros idiomas como el neerlandés, italiano o alemán, llevaban como subtítulo “Freedom, Being, and Apricot Cocktails” (es decir, “Libertad, Ser, y cocktails de albaricoque”). La mayoría mantienen, además, una apariencia semejante: fondo blanco con tres o cuatro representantes del existencialismo sentados en una mesa de un café. Sin embargo, toda esta apariencia, muy acorde con el contenido del libro, se va al garete en la edición española de Ariel donde el blanco se convierte en rojo y amarillo (curiosa elección), la tipografía y apariencia parecen más propias de una novela de Marcial Lafuente Estefanía y, lo que es más sangrante, desaparecen los cocktails de albaricoque, la Libertad y el Ser, y se convierten en “Sexo, café y cigarrillos o cuando filosofar era provocador”. No se sabe si se está ante un libro sobre el existencialismo (muy representado por los tres conceptos del subtítulo original) o ante un texto sobre el rock de los 80.  Se está recurriendo al reclamo fácil de sexo y tabaco (como si fuera una novela de Bukowski), y relegando de la portada a dos de los términos más importantes de la filosofía existencialista: Libertad y Ser. El café, el sexo y el tabaco estaban presentes en la vida de los existencialistas (y de otras muchas personas) pero remarcar eso es como si en un libro que hablara del peripatetismo se pusiera de subtítulo “Caminar en túnica”. 

Supongo que todos estos cambios (elección cromática, tipográfica y semántica) llevan detrás una intención comercial pero convierten a la portada de este magnífico ensayo literario y filosófico en un volumen muy poco atractivo y de intenciones erradas. Jamás, y lo hubiera lamentado profundamente, me hubiera atraído la edición española, muy alejada de la realidad del libro. Leedlo de todas formas (a ser posible en original). No os defraudará (espero que la traducción no lo haga, pero ahí no me meto