El péndulo de Foucault – Umberto Eco

“Uf, El Péndulo de Foucault, qué tostón” habrá pensado más de uno al leer el título de esta reseña y es cierto que este es uno de esos libros que se aman incondicionalmente o se odian profundamente. Y lo más probable es caer en lo segundo si uno no logra conectar con el mundo etéreo que crea el autor.

Habrá quien argumente que no es más que un eterno diálogo entre eruditos, y no le faltará razón del todo. También habrá quien diga que es una maravilla literaria con una trama novedosa y culta, y estará a su vez en lo correcto. Pero yo creo que hay que ir un poco más allá. Umberto Eco ha montado un libro en torno a la más absoluta nada de la que deviene el más infinito todo: una trama “conspiranoica” ingeniada por las mentes calenturientas de genios ociosos que, alentados por su propia sed de conocimiento y su propia intelectualidad egocéntrica, juegan al historicismo juntando teorías oculistas legendarias que incrustan en todos y cada uno de los momentos de la Historia.

Con ello Eco, al igual que hizo posteriormente en otros libros como “El cementerio de Praga” donde nos cuenta parte de la historia de Europa – principalmente Italia, Francia y Prusia – durante los s.XIX y s.XX, nos entremezcla leyendas y tramas fabuladas con hechos históricos, y en estos tres aspectos cabe casi todo: la cábala, los templarios, el Opus Dei, el hinduismo, los egipcios, los yoruba, la revolución soviética, los cátaros, los nazis,… En definitiva, El péndulo de Foucault es la máxima expresión de la novela histórica, rodeada de un halo de ensayo filosófico con toques confabulatorios, que otros tras él han intentado, digámoslo suavemente, imitar, como Peter Berling y su saga de Los hijos del Grial, con más fortuna que éxito, o Dan Brown y sus libros de la serie de Robert Langdon, con más éxito que fortuna. 

La sensación que tuve cuando acabé de leerlo fue que Eco, tras el éxito de “El nombre de la rosa”,- una de las joyas literarias del s.XX -, quiso escribir un libro no orientado al lector sino al propio escritor, lo cual tiene un riesgo enorme. Un libro con el que divertirse escribiendo como un hecho de superación propia: “voy a personificarme en varios eruditos y a través de ellos voy a jugar a montar una trama con todo lo que sé”. Y le deja al lector la responsabilidad de esforzarse en entenderle – y en disfrutarle -. No es un libro fácil de leer. Al contrario, requiere de cierta predisposición para empatizar con esos tres intelectuales. Cuando uno lo logre, seguramente termine aprendiendo todo lo que quiera que nos estén queriendo enseñar. 

En este sentido discernía Josep Lapidario en un artículo escrito en la publicación Jot Down sobre El péndulo de Foucault que se titulaba, creo que muy apropiadamente, “Todo lo que realmente necesito saber lo aprendí leyendo El péndulo de Foucault”. Y coincido plenamente con su visión. En cada recoveco, en cada digresión, en cada historia paralela, en cada rememoración, en cada reseña histórica del libro nos encontraremos con una enseñanza subyacente, palmaria o velada. 

Por otra parte, y volviendo a los personajes del libro, y no sólo a los tres protagonistas, Eco los dota de una personalidad férrea y vulnerable que logra constantemente que el lector se vaya identificado con ellos, principalmente con sus debilidades y sus dudas. “No necesitaba un psicoanalista, sino una camisa de fuerza. O una cura de sueño. O Lia. Para que me cogiese la cabeza, me la apretase entre el pecho y la axila, y con voz muy suave me dijera que me portara bien”, admite en un momento uno de los protagonistas. 

Creo, en definitiva, que Eco sabía perfectamente lo que estaba ofreciendo al lector y le estaba dejando en sus manos el esfuerzo de pensar, de leer como acto intelectual y no sólo de divertimento. Escribía Eco en un momento del libro que “aquel file concluía […] con la cita obligada de todos los derrotados por la vida: Bin ich ein Gott?” Quizás Eco en algún momento llegó a sentirse así al enfrentarse a este libro.