Obabakoak – Bernardo Atxaga

Tengo un problema con los libros de relatos: no he conseguido jamás leer uno que, al terminar la última página del último de los textos propuestos, me quede con la sensación plena de felicidad, cuando no se torna en decepción (en valores más o menos absolutos). No me refiero a compendios de relatos de un autor, como es el caso de Cuentos Completos de Edgar Allan Poe o de Antón Chéjov (ambos en ediciones magníficas en español a cargo de la editorial Páginas de Espuma), sino a libros proyectados como tales a base de relatos cortos. El caso más flagrante de mi experiencia lectora fue el de El Aleph de Borges que me aburrió hasta el tedio (de esos libros que te excluyen desde el primer momento). Reconozco, no obstante, que, aunque sea por la fama que le precede, tengo que darle una segunda oportunidad. 

En el caso que nos ocupa fue Obabakoak de Bernardo Atxaga el que consiguió que un libro de relatos volviera a decepcionarme. Como tengo por costumbre empezar a leer un libro nuevo de la forma más “virgen” posible (intento no leer ni la contraportada), todo lo que sabía de este texto es que la trama se desarrollaba en los alrededores de un pueblo vasco (el ficticio Obaba – hubiera preferido que fuera real). Mi mente, entonces, comenzó a bosquejar oscuras zonas de inhóspitas arboledas, historias llenas de leyendas y tradiciones rurales, bellas descripciones de paisajes coloridos, de aromas frescos y húmedos. Y algo así me encontré en las primeras páginas del libro. Esteban Werfell se halla en una lóbrega habitación con paredes atestadas de libros e iluminada por una ventana desde la que ve un parque y un estanque con cisnes. Fuera es invierno. Esto es lo que buscaba. Esto es lo que me había estado esperando. Ahí tenía el subidón de la lectura de un bello relato unida al especial aliciente que tienen para mí los libros en los que los propios libros tienen un papel especial. 

(Advierto que, a partir de aquí, en este comentario destripo un poco el libro, lo pongo fácil: “ojo spoilers”)

Atxaga continúa las páginas con la trama de Werfell, no muy original, bastante predecible, pero muy bella. Vemos a Werfell escribir, recordar, añorar. Nos habla de su infancia, de curas de pueblo, de cartas manuscritas, de conversaciones padre e hijo y de desilusiones tardías. Y, de repente, unas pocas páginas después, ¡zas!, la historia de Werfell se interrumpe de sopetón y el texto bello, descriptivo, pausado y emotivo, se convierte sin venir a cuento en una especie de, de verdad que no sé como describirlo, análisis de una carta parcialmente ilegible de un canónigo relatando (a la antigua) una especie de leyenda. Luego, Atxaga, continúa con otra buena historia sobre maestras de pueblo que se sienten fuera de lugar, cuya vida no es lo deseado y que ponen toda su alma en intentar no desesperar. Acaba de forma igualmente repentina para, tras unos cuantos relatos más de diferente carácter, estilo e índole, que no han dejado huella alguna en mi memoria más allá de su existencia, ocupar la mitad restante del libro en una matrioska deforme, cuyas piezas no encajan correctamente, y que, siguiendo el juego con el símil, cuando abres a la primera muñeca rusa de madera, encuentras no ya otra más pequeña sino, consecutivamente, un león, un pedrusco, una bicicleta rota, un árbol quemado, un indígena con carcaj, … <rellenar con los elementos inconexos que se quiera>…, hasta llegar a la pieza más pequeña que es el emoticono de la pedorreta 😛 (eso o un corte de mangas, lo que se prefiera). Esa es la sensación que me dejó el último “megarrelato” de Obabakoak. Me explico. Partiendo del hallazgo de una fotografía a alumnos de escuela se desarrolla una trama incoherente en la que, amparándose en hacer relatar diferentes cuentos (contadores de cuentos contando cuentos que cuentan cuentos) a diferentes personajes pasamos de estar en Obaba, a transportarnos al palacio de un tal Wei Lie o ser adoctrinados en la flora y fauna (con interminables enumeraciones) de la Amazonia. Sin ningún hilo conectivo aparente, sin ninguna necesidad y, en mi opinión, ninguna atracción. Las conversaciones de los personajes de este último relato destilan tal erudición mal interpretada que hacen recordar a los intelectuales del Péndulo de Foucault pero sin la gracia y el resplandor que los envolvía, convirtiendo a los de Atxaga en simples parlanchines.

Pocas sensaciones hay tan descorazonadoras como la que te deja un libro que no te acaba de atrapar. Quedémonos con lo bueno, quedémonos con Werfell. 

Anuncios

The importance of Towel Day

Maybe in England – where Douglas Adams was born – or in Innsbruck – where all this started – Towel Day has a kind of recognition for the masses. And surely it is also a remarkable day for a great bunch of geeks (me included). But common people in Spain, and no doubt that’s the same in the rest of the world, have never ever heard about this day.

It belongs to a list of commemorative days originated from a cult-book or a cult-author. Here you can check a list with some of the most representative ones. All of them should be thoroughly promoted as they represent the love for the literature and help to spread the knowledge of some books and authors (some people will see them erroneously just as a waste of time entertainment for freaks). But in my humble opinion, Towel Day can be differentiated from any other day due to the fact that it was created from a simple and futile object like a towel and what it represents in the book. It is not about following the path of a character of a literary work (like Bloomsday or “La noche de Max Estrella”) or visiting the tomb of an author (Oscar Wilde or Allan Poe) but representing the whole surrealistic idea locked up in the Hitchhiker Guide to the Galaxy series. And this idea has not been enough promoted.

Those who have read these books may agree with me that the Hitchhiker Guide to the Galaxy is not just a sci-fi comedy book series but a philosophical, intellectual, sociological and hilarious story. It’s about how the humans create a set of values, mostly wrong. It’s also about knowledge and the continuous Catch-22 life is. And, let me insist in this again: it is HILARIOUS. If you read it in public (as I did in the underground) you will feel observed by the people around you as you will start laughing uncontrollably. And I emphasize the hilarity of the book because this kind of sense of humor and craziness is really needed in our derailed society.

That’s why I have always thought these books should be in the to-be-read list at school (at least the first one of the series). It will help young adults to get a divergent and less pragmatic view of life. Luckily they will make their life a search for the “Answer to the Ultimate Question of Life, The Universe, and Everything”.

Towel Day should not be seen as a horde of geeks wrapped in towels but a tribute day to one of the best sci-fi work ever written and a tribute to what it represents.