Virgen y otros relatos – April Ayers Lawson

El género del relato corto, del cuento en su amplio espectro, abarca tantas casuísticas y tantos estilos como lo pueda hacer la novela. Desde el cuento más clásico con moraleja final hasta el relato onírico inacabado e inquietante. Las colecciones de relatos enclaustradas en un libro deberían conjurar una especie de unidad coherente con cierto nexo que las llegue a relacionar entre sí. En textos como “Los peligros de fumar en el cama” de Mariana Enríquez la penumbra podría ser ese nexo, en “Estabulario” de Sergi Puertas lo sería la tecnología en su aspecto menos pragmático, en el magnífico “El silencio y los crujidos” de Jon Bilbao lo sería la soledad y en “Obabakoak” de Bernardo Atxaga, un volumen que me expulsó directamente del texto, ese nexo es completamente desconocido para mí y hace que ese libro no sea más que un conjunto de mejores y peores textos amalgamados.

En “Virgen y otros relatos” de April Ayers Lawson el vaso comunicante estaría formado por las pasiones y los deseos pseudo prohibidos. Los personajes tienen que lidiar con sus propios instintos que parecen contradecir a su moral y a su forma de relacionarse en sociedad. Se ven atrapados por ellos, les llevan a desviarse del camino marcado por su entorno y a caer en situaciones que no les son del todo agradables pero de las que tampoco parecen querer huir.

Tanto la prosa, fingidamente engolada pero sin aspavientos lingüísticos, como la temática, relaciones amorosas sacadas de ecos de sociedad, y el desarrollo, inconexo y plano en la sorpresa, hacen que por momentos la historia que nos está contando importe bastante poco. Si además no hay una tensión mantenida o un final inesperado (como los de Jon Bilbao) el texto después de leído se desvanece. Por momentos, como en el relato de la hamacas, parece que estemos asistiendo a la cháchara insustancial, presuntuosa y enervante de “La charla” de Rosenkrantz en los que personajes con ínfulas pretenden tener más interés del que pueden llegar a conseguir y cuyas anécdotas y opiniones realmente no importan lo más mínimo.

Como contraposición estarían los relatos “Así es como tienes que tocar siempre” que mantienen una tensión bastante enervante, y “Los efectos negativos de la educación en casa” que me recuerdan por momentos a los mejores instantes de “Knockemstiff” de Donald Ray Pollock. Y que se parezcan a Pollock siempre es buena señal.

Obabakoak – Bernardo Atxaga

Tengo un problema con los libros de relatos: no he conseguido jamás leer uno que, al terminar la última página del último de los textos propuestos, me quede con la sensación plena de felicidad, cuando no se torna en decepción (en valores más o menos absolutos). No me refiero a compendios de relatos de un autor, como es el caso de Cuentos Completos de Edgar Allan Poe o de Antón Chéjov (ambos en ediciones magníficas en español a cargo de la editorial Páginas de Espuma), sino a libros proyectados como tales a base de relatos cortos. El caso más flagrante de mi experiencia lectora fue el de El Aleph de Borges que me aburrió hasta el tedio (de esos libros que te excluyen desde el primer momento). Reconozco, no obstante, que, aunque sea por la fama que le precede, tengo que darle una segunda oportunidad. 

En el caso que nos ocupa fue Obabakoak de Bernardo Atxaga el que consiguió que un libro de relatos volviera a decepcionarme. Como tengo por costumbre empezar a leer un libro nuevo de la forma más “virgen” posible (intento no leer ni la contraportada), todo lo que sabía de este texto es que la trama se desarrollaba en los alrededores de un pueblo vasco (el ficticio Obaba – hubiera preferido que fuera real). Mi mente, entonces, comenzó a bosquejar oscuras zonas de inhóspitas arboledas, historias llenas de leyendas y tradiciones rurales, bellas descripciones de paisajes coloridos, de aromas frescos y húmedos. Y algo así me encontré en las primeras páginas del libro. Esteban Werfell se halla en una lóbrega habitación con paredes atestadas de libros e iluminada por una ventana desde la que ve un parque y un estanque con cisnes. Fuera es invierno. Esto es lo que buscaba. Esto es lo que me había estado esperando. Ahí tenía el subidón de la lectura de un bello relato unida al especial aliciente que tienen para mí los libros en los que los propios libros tienen un papel especial. 

(Advierto que, a partir de aquí, en este comentario destripo un poco el libro, lo pongo fácil: “ojo spoilers”)

Atxaga continúa las páginas con la trama de Werfell, no muy original, bastante predecible, pero muy bella. Vemos a Werfell escribir, recordar, añorar. Nos habla de su infancia, de curas de pueblo, de cartas manuscritas, de conversaciones padre e hijo y de desilusiones tardías. Y, de repente, unas pocas páginas después, ¡zas!, la historia de Werfell se interrumpe de sopetón y el texto bello, descriptivo, pausado y emotivo, se convierte sin venir a cuento en una especie de, de verdad que no sé como describirlo, análisis de una carta parcialmente ilegible de un canónigo relatando (a la antigua) una especie de leyenda. Luego, Atxaga, continúa con otra buena historia sobre maestras de pueblo que se sienten fuera de lugar, cuya vida no es lo deseado y que ponen toda su alma en intentar no desesperar. Acaba de forma igualmente repentina para, tras unos cuantos relatos más de diferente carácter, estilo e índole, que no han dejado huella alguna en mi memoria más allá de su existencia, ocupar la mitad restante del libro en una matrioska deforme, cuyas piezas no encajan correctamente, y que, siguiendo el juego con el símil, cuando abres a la primera muñeca rusa de madera, encuentras no ya otra más pequeña sino, consecutivamente, un león, un pedrusco, una bicicleta rota, un árbol quemado, un indígena con carcaj, … <rellenar con los elementos inconexos que se quiera>…, hasta llegar a la pieza más pequeña que es el emoticono de la pedorreta 😛 (eso o un corte de mangas, lo que se prefiera). Esa es la sensación que me dejó el último “megarrelato” de Obabakoak. Me explico. Partiendo del hallazgo de una fotografía a alumnos de escuela se desarrolla una trama incoherente en la que, amparándose en hacer relatar diferentes cuentos (contadores de cuentos contando cuentos que cuentan cuentos) a diferentes personajes pasamos de estar en Obaba, a transportarnos al palacio de un tal Wei Lie o ser adoctrinados en la flora y fauna (con interminables enumeraciones) de la Amazonia. Sin ningún hilo conectivo aparente, sin ninguna necesidad y, en mi opinión, ninguna atracción. Las conversaciones de los personajes de este último relato destilan tal erudición mal interpretada que hacen recordar a los intelectuales del Péndulo de Foucault pero sin la gracia y el resplandor que los envolvía, convirtiendo a los de Atxaga en simples parlanchines.

Pocas sensaciones hay tan descorazonadoras como la que te deja un libro que no te acaba de atrapar. Quedémonos con lo bueno, quedémonos con Werfell.