Juegos de la edad tardía – Luis Landero

Partiendo de un comienzo que bien podría ser considerado como un todo en sí mismo (un microrrelato con toda la enjundia posible) y que advierte al lector de que no está frente a un conjunto de letras cualquiera, Luis Landero presenta en “Juegos de la edad tardía” un thriller clásico que habita en la conjunción de la comedia de enredos, el drama social, la novela negra y el relato de humor absurdo.

La rutina lleva al aburrimiento y éste, en ocasiones, agudiza el ingenio y si además se nos impele a crear mentiras el resultado es un despropósito del que difícilmente seremos capaces de salir. El “juego” que describe Landero parte de esta mentira y aviva esos sueños juveniles desterrados por el esfuerzo laboral diario y las doctrinas sociales para despertar a una nueva realidad a su personaje. La vida gris, maquinal y tediosa de Gregorio Olías, el protagonista de esta desdicha, se ve alterada por sus añoranzas juveniles desperezadas en conversaciones telefónicas con un compañero de trabajo.Estas charlas también se vuelven mecánicas con el tiempo así como las mentiras que se van generando y que, finalmente, se convierten, por fuerza de las mismas, en la realidad para ambos. En esta realidad, repleta de añagazas, tendrá que improvisar Gregorio salidas a los problemas que se irán generando para acabar metido, aún más si cabe, en un embuste supino.

Si bien las situaciones devenidas por esta complicada trama son ya de por si atrayentes, aún lo son más las conversaciones que se generan entre Gregorio y su interlocutor, Gil, en la que los brotes de humor absurdo y de anhelos cultoides son frecuentes. Sirva de ejemplo: “¿No le he dicho que yo quería ser pensador? / ¿Y a qué espera? / Es que no se me ocurre nada.”. Estas conversaciones llegan a recordar a los mejores momentos de las charlas de los tres pedantes personajes de “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco donde se glosan unos a otros en un círculo inacabable e inabarcable de ingenio.

Si todo esto no bastara para enganchar al lector, Luis Landero aporta la que quizás sea su mejor baza: un lenguaje delicado, cuidado, perfectamente hilado y bello sin caer en vicios pedantes y exasperantes. Las palabras fluyen conjugándose con aparente y fingida sencillez en sentencias descriptivamente soberbias: “fue un invierno crudo, de cielos bajos, aire colado en los zaguanes, tirites de charcos y nortes esquineros”. La palabras, en este texto, se convierten en un artificio más con el que hacer jugar a Gregorio – y al resto de sus personajes ficticios o reales – y hacerle “pedirle sin rubor, pedirle coliflor, barcarola, coral, onda, mar y luz, corimbo, limbo y Paralimbo, marimar y marina, caracol, corocol, quiriquil, cocotero, espuma, halcón, oasis, Nilo y Mississippi” manteniéndose así en equilibrio entre la prosa más bella y la poesía más prosaica.

“Juegos de la edad tardía” es un libro para leer pausado, saboreando con deleite cada artificio sintáctico, gramatical, semántico y argumental consiguiendo de esta forma lo que solo logran los grandes textos, subyugarnos a sus deseos más oscuros y abducirnos a su mundo fantástico y emocionante.

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Elizabeth y su jardín alemán – Elizabeth von Arnim

El magnífico podcast de Los Búfalos Nocturnos producido por Podium y Babelia dedicó en su primera temporada un episodio a “mujeres que pintan cuadros” y en uno de los espacios hablaron sobre cómo se conjugaba el binomio plantas y literatura. No lo hicieron, hubiera sido un espacio adecuado para hablar de una autora relativamente ajena para el gran público (quizás con la serie de la BBC, Downton Abbey, se dio un poco más a conocer) pero que alejada de su tiempo y su condición social supuso cierto revuelo por sus ideas adelantadas y feministas (y ecologistas, me atrevería a decir). Así fue Elizabeth von Arnim, una británica que se nos presenta, por medio de su diario, “encerrada” en su jardín alemán donde consigue alejarse de una sociedad, la alemana, que le es extraña, y de unas rectitudes sociales y aristocráticas que repugna. En ese jardín puede ser libre, puede sentirse ella misma. 

Una de la técnicas de relajación más conocidas pasa por imaginarse uno mismo caminando por un camino desolado en cuyo margen hay carteles con una cuenta atrás. Según uno va caminando esa cuenta atrás avanza y al llegar a cero uno se encuentra con una puerta. Tras esa puerta hallará cada cual su remanso de paz. Ese sitio reconfortante y seguro. Para Elizabeth hubiera sido, sin duda, la fragante soledad de su jardín. 

Elizabeth, dentro de su acomodada vida social, sin preocupaciones ni problemas mundanos, disfruta del aire libre y de la paz de su jardín, donde escapa de las rectitudes de mundo hogareño y de las obligaciones inherentes a alguien como ella en esa sociedad. En su jardín disfruta leyendo, por lo que es considerada “extremadamente excéntrica”, y dedica su tiempo a lo que ella juzga que es lo óptimo: “una vida sencilla y un pensamiento elevado”. Desde allí nos presenta toda clase de plantas, árboles y flores y nos desgrana meticulosamente el quehacer diario de sus cuidados y su desarrollo evolutivo. 

Sin embargo, constantemente se ve importunada por visitas, que se quedan más tiempo del necesario y que le rompen su rutina solitaria, y por su propio marido, el “hombre airado”, como ella lo denomina en el texto, que aparece con demasiada frecuencia para rebatirle sus pensamientos y soltar diatribas machistas y clasistas por doquier. Este hombre engloba todos los mantras patriarcales habidos y por haber y demuestra que, lamentablemente, no hemos evolucionado tanto. Como ejemplo de esas barbaridades machistas considera que “la naturaleza, al imponer un deber tan agradable a la mujer (parir), la hace más débil y la incapacita para competir seriamente con el hombre” y en una bravata hoy en día perseguirle penalmente indica que las “mujeres aceptan las palizas con una naturalidad digna de elogio y, lejos de considerarse insultadas, admiran la fuerza y la energía del hombre”. Por exponer este tipo de necedades, y otras muchas, se considera a Elizabeth una avanzada de la lucha feminista. Y no sólo la reseñaba desde los pensamientos de su marido, sino también de otras mujeres que, por ejemplo, creen que “una chica que lee un libro […]no es muy respetable. Y, además a esa clase de gente no se la puede parar los pies” como es el caso de una de esas visitas que se quedan demasiado con ella importunándola. 

Como ella intentó, no dejemos que nos paren los pies, leamos a Elizabeth von Armin felizmente enclaustrada en su jardín alemán (y si la leemos en la edición de Lumen, disfrutemos también de las maravillosas ilustraciones de Sara Morante)  

Lección de alemán – Sigfried Lenz

Por temporadas, cuando al escoger un libro ojeo la descripción de la contraportada, huyo de ciertas temáticas. Últimamente una de esas que rehuyo es aquella que se podría englobar en “las Guerras Mundiales del siglo XX”, más aún si se trata de la segunda. Esta animadversión temporal es porque parece que cualquier historia se puede lograr encajar, la mayoría de las veces con poca fortuna, en esas épocas. Sin embargo, de tanto en tanto, algunos libros cuentan historias que aunque estén enmarcadas en esos periodos bélicos son tan subyugantes, están tan maravillosamente descritas y relatan circunstancias con tanta originalidad que el entorno del relato termina siendo algo anecdótico.

Esta circunstancia se da en libros como “Der Vorleser” (“El lector”) de Bernhard Schlink, aunque solo en su primera parte, ya que la segunda se sumerge de lleno en los Juicios de Nürnberg (no puedo dejar de comentar, por su peculiaridad, que la adaptación al cine de 2008 merece mucho la pena), “Schachnovelle” (“Novela de ajedrez”) de Stefan Zweig, donde una partida de ajedrez a bordo de un barco camino de Buenos Aires sirve como metáfora del contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial circunscrito a la confrontación de ideales, o “Slaughterhouse Five” (“Matadero cinco”) de Kurt Vonnegut que si bien la trama tiene como motor principal el bombardeo de Dresden, la subrealista historia antibélica se sobrepone a su contexto histórico.

La última de estas historias con la que me he topado ha sido “Deutschstunde” (“Lección de alemán”) de Sigfried Lenz en la que “el deber” toma las riendas del relato de Siggi y nos configura un recuerdo desde su infancia hasta su prisión donde recicla su memoria por medio de la escritura. Como dice Marta Sanz en su reseña de Babelia, “Lección de alemán” más allá de un relato de la vida de un pueblo del norte de alemania durante la Segunda Guerra Mundial, “es un canto de confianza hacia el arte y la literatura como cauces de reflexión ideológica”.

Porque sí, la historia transcurre durante la guerra, pero no es más que un marco donde configurar una disertación sobre la libertad artística, su censura, el deber y la cerrazón. Un joven, hijo de un jefe de la policía local afecto al régimen y con duras convicciones sobre el deber, el honor, y bla, bla, bla (inclúyase la retahíla de virtudes presuntamente elevadas que se desee), encuentra a través de la compañía de su vecino, un pintor famoso y subversivo, la válvula de escape a su agobiante realidad y convierte el arte y la belleza en su pasión. Esta pasión que no termina sabiendo manejar, supera su voluntad y hace que las circunstancias conviertan un hecho anecdótico en un aparente un acto criminal que le lleva a cumplir condena en un reformatorio juvenil. Allí un castigo se convierte en su obsesión y redacta la historia de cómo acabó allí por la profunda obsesión del deber que tenía su padre.

Con “Lección de alemán” uno tiene la sensación de estar leyendo una novela magníficamente escrita, con una sutileza y cuidado en cada palabra y un mimo a la narración que supera a la historia propiamente dicha (y, hay que añadir, perfectamente editada en España por Impedimenta). Esta historia, tan original como oscura, nos sumerge en el mundo de los paisajes lluviosos y rudos del norte de Alemania que acompañan continuamente la lectura y hacen que la historia sea húmeda, oscura y, hasta cierto punto, dickensiana. Los personajes sobreviven a la pobreza que les rodea y a la situación social, y se configuran como seres virtuosos en sus respectivos ámbitos (desde el desertor hijo rebelde hasta los mineros de turba continuamente mojados). Y, sobre todo, nos va dando toquecitos en nuestra conciencia haciéndonos disertar sobre la moralidad mal entendida, la belleza del proceso artístico más allá del arte en sí, la educación (escolar y familiar), las relaciones familiares y los procesos sociales. Como dice en sus páginas “la sociedad siempre ha sido desafiada, amenazada, o subvertida por el aquel que es diferente, y por ese motivo dedica a estos sujetos todo su interés y su desconfianza, y hasta los persigue con odio”. Odio. Eso que nos sobra.

Nosotros – Evgueni (Yevgueni) Zamiátin

Nos asustan las historias que relatan series televisivas como Black Mirror mostrando un futuro más cercano de lo que querríamos en el que la tecnología se impone a la naturaleza humana hasta pervertir su esencia. Somos monitorizados, controlados, guiados, observados, coartados y coercionados por elementos tecnológicos que se escapan de nuestro control y que nos quitan la felicidad que nos deberían ofrecer. Pero esta idea no es nueva. Las distopías, la creación de mundos utópicos en los que ninguno querríamos vivir, han sido una constante en la historia de la narrativa y en concreto en la literatura no han sido pocos los textos que nos han sobrecogido por las aberrantes realidades que muestran. Recientemente se ha hecho famosa, por su adaptación a la televisión, la novela de Margaret Atwood “El cuento de la criada” que presenta una sociedad controladora y dogmática que somete a la mujer y la reduce a mero elemento reproductor. Orwell también recurrió a la representación de una sociedad distópica en su archiconocida “1984” en la que un gran hermano controlaba todas las acciones de los ciudadanos. Huxley nos presentó una sociedad idílica a costa de la eliminación de muchos placeres terrenales. Entre todos ellos ha habido muchos otros como, por ejemplo, Bradbury y su “Fahrenheit 451”o Philip K. Dick y “El hombre en el castillo” (no una distopía como tal, pero sí una sociedad alternativa organizada y temible). Pero antes de todos ellos, a principios del siglo XX, un autor ruso, Evgueni Zamiátin , creó una de las primeras sociedades distópicas literarias en su magnífica novela “Nosotros”.

Zamiátin, en su rusa genialidad (la misma de otros autores como Bulgakov o Dostoievski) recurre a los elementos esenciales de una creación de ese orden: tecnología, orden y control. Una sociedad tecnológicamente avanzada con un cierto orden y control en la sociedad, a priori, no debería suponer ningún perjuicio para sus ciudadanos. Pero cuando la tecnología, el orden y el control se imponen al individuo haciendo que sea imposible salirse del guión dictado por los gobernantes, entonces nos enfrentamos a los problemas. Los totalitarismos y las dictaduras son claros ejemplos de esto. Y eso es lo que presenta Zamiátin.

La sociedad de “Nosotros” está regida por la eficacia e indiscutibilidad de las matemáticas. Las personas son llamadas por códigos de números y letras en función de sus características. Las relaciones personales son pautadas y controladas. La incertidumbre no es posible. Ni las elecciones a Benefactor (líder del Estado Único) han de generar duda alguna de que él mismo, único candidato, va a resultar vencedor (¿os suena?). No hay libertad de pensamiento, y la radicalidad de la eficiencia matemática es tal que al protagonista le cuesta describir lo que indica en sus anotaciones pues su “pluma está tan acostumbrada a las cifras (que) no es capaz de crear música de asonancias y rimas”. Si bien la sociedad es el grupo unitario de ciudadanía, esta es tan férrea que destruye la individualidad de sus partes.

El protagonista, en sus anotaciones (que finalmente componen el texto completo de “Nosotros”) empieza a plantearse la idoneidad de esta sociedad en al que él tiene la misión de crear una nave espacial que imponga el ideario del Estado Único allí donde vaya, o en sus palabras “someter al yugo de la razón a los ingeniosos seres que habitan en otros planetas”. Sus dudas, plasmadas en el papel, nos llevan a un viaje filosófico sobre los poderes establecidos, los sentimientos y las relaciones personales. Y nos golpea al mostrarnos cómo puede acabar todo. Porque todas estas sociedades distópicas, recurren al poder por el poder por medio de la alienación. Un ciudadano sin opciones, ocupado constantemente y reprimido con miedo es un ciudadano dócil. Leamos a Zamiátin. Rebelémonos.

Persépolis – Marjane Satrapi

¿Leer por el mero placer de leer? Por supuesto. Pero también es verdad que hace años que casi todo lo que leo tiende a tener algún tipo de trasfondo educativo ( con todo lo que ello puede abarcar). ¿Por qué simplemente entretenerse cuando además se puede aprender algo? El pensamiento socrático de “solo sé que no se nada” debería imperar en nuestra sociedad porque nos llevaría a intentar huir de nuestra ignorancia por medio del aprendizaje y conseguiríamos, con toda seguridad, una sociedad más justa, más ecuánime y más avanzada. El conocimiento es evolución. Siempre.

Quizás ese fuera también uno de los objetivos de Marjane Satrapi cuando modeló su Persépolis, el libro que le dio la merecida fama de la que goza como ilustradora y escritora. Pero Persépolis, más allá de una magnífica novela gráfica, es una lección de historia iraní. Como la propia Marjane Satrapi dice por medio de sus viñetas, en el mundo occidental se tiende a ver Irán como un país tercermundista repleto de terroristas dispuestos a sacrificarse por su fe. Pero mucho más allá de esta absurda visión hay una realidad ocultada por las noticias generalistas, y es toda esa sociedad luchadora y reprimida que pervive en un Irán mediatizado y asfixiado política y religiosamente.

En este relato, Marjane nos presenta la historia de su vida, desde su infancia feliz en un Irán aparentemente más libre hasta su partida hacia su actual destino, Francia. Nos enseña por medio de sus impactantes viñetas en blanco y negro (más bien me atrevería a decir que solo negras y oscuras, con todo lo que ello conlleva) como se fueron desarrollando los aspectos más importantes de su vida. Nos presenta el horror de las dictaduras, la soledad y la exclusión de los emigrantes, nos hace partícipes de sus dudas y nos enseña a ser críticos con la información que recibimos y, sobre todo, con aquello que nos intentan imponer. Nos enseña a ser valientes y a levantarnos ante las injusticias porque, aunque sea por puro egoísmo, en algún momento, los injustamente ajusticiados podemos ser nosotros mismos. Nos enseña el amor a la cultura, en cualquiera de sus formas, y la obligación que tenemos con nosotros mismos de educarnos en el saber más allá del simple aprendizaje.

Además nos muestra el poder de la mujer como motor de cambio y revolución cultural e ideológica, por ello las políticas represoras y las dictaduras tienden a hacer que la figura de la mujer involucione hasta convertirlas en seres inertes y simplemente fecundos.

Persépolis es una historia necesaria, magníficamente expuesta y ante todo muy educativa. Una novela gráfica ideal para que los adolescentes se adentren en los relatos gráficos de adultos y aprendan a disfrutar de un género literario afortunadamente cada vez más en alza.

En tu vientre – José Luis Peixoto

El referente cultural de España, por lo general, es Europa, pero considerando ésta aquel territorio que hay más allá de los Pirineos. Muchos españoles se olvidan que al oeste existe un país mucho más rico en muchos aspectos y, en concreto, en el cultural, de lo que muchos obtusos se piensan. Portugal, afortunadamente, no es solo la tierra de Ronaldo (sería muy pobre un país que se tuviera que aferrar a esto) o la de aquellos que disputaron la conquista del mundo a la otrora imperial España, como arguyen con orgullo absurdo muchos “patriófagos” (aquellos que de tanto amar a su patria la terminarán engullendo). Portugal tampoco es la tierra de las tiendas donde se compran las mejores toallas que no secan ni donde vamos a comer bacalao (qué rancio está sonando todo esto – debería venir ilustrado por los “ranciofacts” del gran Pedro Vera). Queda claro que Portugal, como es obvio, es mucho más que todo eso.En el terrero literario se puede llegar a conseguir que cualquier español (y voy a intentar ser benevolente con esto porque creo que la realidad es más triste si cabe) nombre a dos o tres autores franceses (saldrían Dumas, Sartre o Victor Hugo), británicos (Shakespeare o Dickens), alemanes (Goethe, Nietzsche) o incluso rusos (Dostoievsky, Tolstoi). En serio, jugad a ello, y comprobaréis que lamentablemente la repuestas no varían mucho de lo aquí dicho y los nombres femeninos serán dejados para una mayor introspección, olvidándose se citar grandes autoras como Beauvoir, Shelley, Arendt o Nemirovsky). Pero, a lo que iba, si preguntamos por autores portugueses conseguiremos, como mucho, que se nombre a Saramago (y demos gracias que no recurran al Sara Mago aguirrelesco o a mentar a Coelho como portugués) pero se será incapaz de situar a Camões, Queirós, Garret, De Castro, Castelo Branco, Pessoa o algunos más actuales como Antunes o el autor del que voy a comentar su texto “En tu vientre”, José Luis Peixoto.

Uno de los hechos más conocidos del folclore portugués quizás sea la aparición mariana a tres niños pastores en Cova de Iria y la supuesta revelación de los llamados misterios de Fátima. Peixoto parte de la circunstancia excepcional de que la pequeña niña Lúcia llegue un día a su casa diciendo que se ha visto a la virgen María lo que genera una serie de acontecimiento que destruyen la rutina y equilibrio de la familia de Lúcia y convierten la encina donde la niña tenía esas visiones en un lugar de peregrinaje en masa en cuestión de semanas. ¿Y ya?¿Esto es todo lo que tiene “En tu vientre” de Peixoto?¿Se limita a contarnos algo que es mayoritariamente sabido? No, en absoluto. Este original texto de Peixoto simplemente se vale de este hecho para componer una alegato a favor de la madre (no tanto de la maternidad). Su texto se compone de tres relatos diferenciados con una intención clara en cada uno de ellos. La historia de Lúcia sirve de hilo conductor que se interrumpe por unos salmos en los que se nos desvelan ciertas enseñanzas más espirituales que religiosas y por el propio subconsciente del autor a través del cual la voz de su madre interrumpe su propio relato glosándolo y afeándole los desplantes y desatinos de su vida que parece querer expiar por medio de la escritura.

La historia de las visiones de Lúcia se nos presenta como una desgracia para su familia. Las miserias rutinarias largamente sobrellevadas a fuerza de la costumbre padecidas por su familia son incrementadas por el revuelo que causa en las beatas mentes rurales de la época (principios del s.XX) este advenimiento virginal. Las pobres familias de la zona se aferran a este hecho como un camino de salida a su situación, los enfermos y sus familias creen que pueden ser sanados y los ociosos y pobres de espíritu ven en este hecho un caldo donde remojar su necesidad de ocupación. Todos acuden en masa no ya solo al lugar de la aparición sino en busca de Lúcia y sus primos para intentar satisfacer sus deseos y necesidades. Con ello, interrumpen la vida de la familia de Lucía, invaden su casa, les atormentan, les atosigan, les acosan, destruyen sus campos y su cosecha sin miramientos y convierten los fértiles campos de labranza en barrizales donde esperar nuevas apariciones. Todo esto lo sufrimos, sobre todo, a través de la madre de Lúcia que intenta que esta se retracte de su relato y niegue las visiones ya que no pueden ser sino obra del demonio. La atmósfera creada en el relato de este revuelo rural supura por cada letra del texto beatitudes enfermizas, deseos destructores y pasiones ciegas, y miseria, mucha miseria y mucho dolor (muy parecido por momentos al que sentimos en “Los santos inocentes” de Delibes). Las glosas intercaladas como paréntesis en el texto plasmando la voz de la madre del autor hace aumentar estos sentimientos vitales. Los reproches que le/se hace y las memorias que relata son un ejercicio de introspección a un alma atormentada por actos involuntariamente dañinos. No podemos ser el reflejo que debemos en nuestras madres, no porque no queramos, sino porque la vida nos va alejando de ese camino que se consideraría recto y esperado para nosotros. ¿Puede lograse la expiación? Quizás los salmos ficticios sean la respuesta. Nos aportan un sentimiento ligeramente lisérgico que intenta abstraernos de la dureza del relato e iluminarnos por momentos el camino (como farolas mal colocadas que dejan puntos oscuros en nuestro trayecto nocturno). Crean esperanza pero ya sabemos que la esperanza suele venir acompañada de dolor.

Peixoto, en poco más de cien páginas, nos recrea un mundo donde el dolor es motor vital y las madres las que absorben ese dolor para hacernos más llevadera la penitencia de la vida.

“En estos términos declaro que te creé para que me creases […] Soy tu madre, soy el universo”.

Imagen obtenida de EBiblio

La liebre con ojos de ámbar – Edmund de Waal

Paseando hace ya más de quince años por los alrededores de la Kapitelplatz de Salzburgo, acompañado por el sonido de un conjunto de balalaicas y otros instrumentos de cuerda que sonaban desde debajo de un soportal, me topé con Vargas-Llosa cuando éste se disponía a entrar en un anticuario. Le paré y hablé un momento con él, más para, figúrate, impresionar al grupo de centroeuropeos con los que iba que por respeto a su persona como escritor y político (que en ambos aspectos le tengo bastante atravesado). Salvando todas las distancias existentes, este momento me vino a la mente cuando empecé a leer “La liebre de los ojos de ámbar” y me vi transportado a un mundo de óperas, escritores famosos, pintores impresionistas, judíos procedentes de Rusia que se convierten en marchantes de arte y ciudades imperiales.

Usando como excusa el intentar descubrir el origen de unas figuras, los netsuke, que hereda de un tío suyo que vive en Japón, el ceramista Edmund de Waal nos relata la historia de sus antepasados, los Ephrussi, y aprovecha este periplo para dibujarnos parte de la historia centroeuropea de finales del s.XIX y principios del s.XX.

Gracias a su búsqueda de los origines de los netsuke como parte de la herencia familiar, De Waal viajará al Paris de De Goncourt, de Zola, de Proust, de Laforgue, de Degas, de Manet o de Renoir donde se encontrará con su antepasado, el crítico y coleccionista de arte Charles Ephrussi, primer poseedor de los netsuke. Con Charles viviremos el París de finales del s.XIX rebosante de opulencia, de reuniones de artistas y de fiestas en los hôtel de banqueros y marchantes de arte. Pero también hallaremos una ciudad donde se empieza a gestar un antisemitismo dañino que afectará a la vida de los banqueros Ephrussi como miembros visibles de la comunidad judía parisina. Este París es la versión luminosa de aquel París oscuro que describió Umberto Eco en El cementerio de Praga y con el que comparte tiempo y forma. De hecho, ciertos momentos del texto de De Waal nos pueden hacer pensar que Charles se va a cruzar con el Simonini de Eco.

De la capital francesa, los netsuke viajarán a Viena, donde los Ephrussi tienen su central bancaria y donde gozan de una vida de opulenta austeridad, y Proust o Zola serán sustituidos por Rilke con el que Elisabet, la abuela de De Waal, mantenía cierta correspondencia de carácter literario y personal. En Viena a los Ephrussi y a los netsuke les alcanzarán las dos guerras mundiales y el lector sufrirá junto a ellos el auge del antisemitismo bélico y del nazismo, y tendremos que huir, siguiendo sus pasos, primero a Eslovaquia y después a Inglaterra. Finalmente, cambiaremos la vieja Europa por el Japón de la postguerra, a donde el tío de De Waal viaja con sus netsuke, cerrándose así el ciclo de estas figurillas.

Pudiera aparentar que una novela, aunque más bien se trata de un ensayo sobre un hecho quizás irrelevante para el lector como el de contemporizar una herencia – y en general para cualquiera que no sea miembro de la familia Ephrussi-De Waal -, fuera algo absurdo y cargante, pero la forma que tiene el autor de presentar la historia, de describir los ambientes, las calles, de actuar como un flâneur, con la diferencia de que éste pasea sin un fin determinado y De Waal lo hace con el propósito de comprender un hecho concreto, hace que la historia sea excitante y completamente adictiva.

Cualquier lector con un mínimo de debilidad por el arte, de querencia por la historia y de gusto por la buena literatura tendrá en este libro el mayor de sus goces pues la sensibilidad que se le supone a un ceramista se traduce en una prosa ligera pero compacta y contundente de donde brotan maravillas como esta: “Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. Porque a mí me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial. Porque tú lo vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida. Porque le dará envidia a otro. En los legados no hay historias fáciles”. Y así el legado de De Waal se convierte también en el nuestro al recorrer la historia de un siglo tristemente apasionante.