Siempre hemos vivido en el castillo – Shirley Jackson

Cuando me piden que recomiende una película de terror, siempre pienso en una de suspense (porque el terror es demasiado subjetivo) y opto por “The Changeling” (o como se la conoce en su traducción “aleatoria” al español “Al final de la escalera”), un clásico de comienzos de los ochenta donde el miedo se infunde por incertidumbres, psicofonías y sonidos intempestivos todo ello ambientado en una mansión aislada. Recuerdo ver esa película a una edad quizás un tanto temprana y sentir cierta admiración por el ambiente creado y una especie de miedo agradable por las circunstancias y la trama. La sensación de miedo no se infundía por chorros de sangre salpicando las paredes como en Pesadilla en Elm Street, por posesiones infernales como en El Exorcista o por asesinos sádicos y sanguinarios como en La matanza de Texas. No había seres malvados y sumamente desagradables como en Las colinas tienen ojos y, desde luego, no se recurre a descerebrados delirios como en The Human Centipede. En “Al final de la Escalera” el terror se infunde por medio del suspense y las emociones. La sutileza aquí, como en el erotismo, está muy por encima de lo explícito.

Esto es lo que ocurre con “Siempre hemos vivido en el castillo” (“We Have Always Lived in the Castle”). Shirley Jackson nos presenta a una familia atípica compuesta por dos hermanas y un tío inválido que viven aislados en su mansión a las afueras de un pueblo. El peso de la familia lo lleva la hermana mayor, Constance, que se mantiene mentalmente estable gracias a la rutina que se impone y a la seguridad que le proporciona ordenar y disponer en la mansión. El tío vive obsesionado con recomponer los hechos acaecidos en la noche en que el resto de los miembros de la familia fueron asesinados durante la cena y él quedó inválido, y la narradora del relato y hermana pequeña, Merricat, basa su vida en intentar protegerse de los vecinos del pueblo por medio de una subjetiva magia basada en objetos y acciones repetitivas. Su vida ideal de encierro se ve alterada por la llegada de un primo que, ajeno a sus costumbres y obsesionado con la fortuna que atesoran en la casa, busca ganarse el favor de Constance para su propio beneficio, lo que hace enojar al tío Julian y poner en su contra a Merricat que intenta por todos sus medios reales y mágicos importunar al primo invasor.

La magia de este relato reside en cómo Jackson describe los sentimientos de Merricat y cómo ésta observa compulsivamente los de su hermana Constance y su tío Julian intentando que ambos vivan en un estado constante de bienestar enfermizo. Es tal la relación autárquica de este reducido núcleo familiar que vive tan ajeno a sus vecinos y tan enfrentados a ellos por su peculiaridad y su historia familiar, que en ningún momento como lector tuve la seguridad de si se trataba de personajes vivos o eran fantasmas atrapados en la casa o, incluso, una mezcla de ambos, tal y como deja entrever el tío Julian en un momento del relato. Esa incertidumbre que provoca la situación de la familia, con su vida desarrollándose en la reclusión de su mansión vacía; esas mañas arteras de Merricat, con sus paseos nocturnos para refugiarse en la soledad del bosque que rodea la casa; la desconfianza e ira de sus vecinos, demostrada hasta la agresión y persecución; la oscuridad que envuelve a todo el relato, donde hasta las palabras huelen a cerrado, a polvo y humedad; y la incómoda situación provocada por la desfachatez de Charles, el primo “invasor”, con su soberbia, altanería y mundanidad que contrasta tanto con la sencillez, amabilidad y originalidad de las hermanas y del tío hacen, todo ellas sumadas, que el relato de Shirley Jackson sea una texto sumamente sugestivo e intrigante, descorazonador por momentos, y, sobre todo, muy emocionante (en el sentido sensible de la palabra).

Esta obra lograría en el lector el mismo efecto que la película “Al final de la escalera” en el espectador, sin necesidad de recurrir, si quiera, a elementos básicos de cualquier obra de terror con tintes góticos. El suspense creado en “Siempre hemos vivido en el castillo” supera, con su oscuridad y la fuerza de sus personajes, a muchas otras obras que juegan con el terror de una forma más explícita. Es una novela de terror clásico, de suspense del bueno. Del que nos hace disfrutar y sufrir dulcemente.

Anuncios

Fantasma – Laura Lee Bahr 

La literatura de terror siempre me ha llamado la atención porque la considero uno de los géneros más complicados de recrear por medio de las palabras. Visualmente puede llegar a ser bastante sencillo provocar miedo recurriendo a ciertos lugares comunes bien puestos en escena, pero lograr que el lector se sitúe en uno de ellos con una prosa absorbente es harto complicado. Me declaro un admirador absoluto de Edgar Allan Poe porque nadie como él ha sido capaz de crear esos ambientes literarios que acongojen al lector. Siempre recordaré la angustia con la que leía Berenice. Desde entonces busco algún libro que me consiga aterrar. “Fantasma” de Laura Lee Bahr no lo ha conseguido. Sin embargo es una novela que tiene mucho que ofrecer si la encasillamos en otros géneros. En la reseña que se hace en la página del editor en español (Orciny Press) se mencionan, además, los géneros “noir” y “bizarro”. Esta novela habría que etiquetarla simplemente con esos dos términos. También mencionan “humor”. Este también omitámoslo. 

“Fantasma” tiene como punto fuerte una prosa directa y dura, expresada con crudeza y sin remilgos (siempre se agradecen los textos que se alejan de lo melifluo y lo pomposo), y una inquietante trama anárquica con saltos temporales y dimensionales en los que en muy pocos momentos sería uno capaz de completar una línea de tiempo adecuadamente. Si bien estas bifurcaciones se presentan al estilo de “elige tu propia aventura” esto no termina de ser tan claro en el fluir de los capítulos consiguiendo que el lector dedique una atención extra no solo a comprender la trama sino, además, a configurarla. 

Laura Lee Bahr nos presenta una thriller original que parte de elementos habituales (muerte, bañera, oficina, secretaria, cantante, Los Ángeles, periodista – ¿cuántas novelas de género negro habremos visto configuradas sobre estos cimientos?) y con ayuda de lo que yo interpreto como un McGuffin de manual (no diré cual para no condicionar al ignoto futuro lector) nos entrelaza una historia de sexo, drogas, alcohol, pasiones desenfrenadas y suciedad, mucha suciedad, aderezada con un fantasma que crea un ambiente especial.

Si bien es cierto que las expectativas tras los primeros capítulos son altas, muy altas incluso, sin llegar a desinflarse del todo (como ocurre con otras novelas con tramas originales como en mi caso sucedió con Sorry de Zoran Drvenkar), la historia va perdiendo fuelle por momentos una vez pasada la sorpresa inicial. 

No obstante, y a pesar de los vaivenes, esta novela es un golpe (en todos los sentidos) de originalidad que se disfruta y se sufre a partes iguales.