Nada crece a la luz de la luna – Torborg Nedreaas 

En una dinámica grupal de un curso de idiomas en Berlín allá por 2008, me preguntaron qué era aquello sin lo que no podría vivir. Me sorprendí cuando lo primero que se me vino a la cabeza fue “sin la belleza”. Me costó incluso verbalizarlo en alemán sin trastabillarme demasiado, pero era lo que sentía. Y lo que siento. Todos se quedaron un poco extrañados, mirándome con cara de “ojo el rarito este”, pero cuando lo argumenté (como buenamente pude), tuvieron que concederme, al menos, parte de razón.El razonamiento está, precisamente, en este libro. La belleza emerge del fango más profundo en el que nos podamos hallar hundidos y nos permite creer en la salvación. Torborg Nedreaas lo expresa a través de su personaje principal de la siguiente forma: “¿Te has fijado en la belleza que hay en la vida? No se puede tocar ni sentir. No se puede agarrar ni retener. Pero uno puede absorber un poco y experimentarla mientras pasa a tu lado escabulléndose. Tal vez así conserva un poco.” 

“Nada crece a la luz de la luna” no es un libro apacible, ni acogedor, ni relajado. No es un libro en el que recogerte y disfrutar. Es un libro árido, oscuro, de imágenes que quisiéramos ver opacadas y de sentimientos crudos esputados sin remilgos. Y sin embargo es extremadamente bello y reconfortantemente combativo. 

Parte de una circunstancia aleatoria (hombre se fija en una desconocida en el andén de una estación de tren) para hilar una trama no muy original (alumna se enamora de profesor y todo lo que ello conlleva) presentada de una forma muy poco frecuente (la desconocida cuenta la historia de su vida a un desconocido, como si quisiera psicoanalizarse, mientras beben y fuman como si no hubiera mañana – que parece ser que es lo que pretenden). 

Este es un libro doloroso, que hasta en los momentos más bellos te hace sufrir: “Ocurre cuando te sientes tan fuerte que puedes contemplar las hogueras de San Juan y alegrarte al ver que los demás están bailando.” Ese “los demás” es la representación de la soledad absoluta. De la miseria del alma. De la debacle del espíritu. La condena más absoluta de una persona que no anhela otra cosa que la felicidad; la belleza. Esa belleza que la protagonista es incapaz de encontrar fácilmente a su alrededor en una sociedad asediada por la pobreza, por el trabajo precario de las minas, por la miseria que provoca esa precariedad y que crea círculos viciosos como explica el personaje Morck en un alegato filocomunista: “cuanto más pobres son las masas, más barata resulta la mano de obra y más fuerte se vuelve el capital”. 

Nedreaas se vale de una historia de amor y de desamor cruel y, hasta cierto punto, manida (al menos hoy en día), para ir lanzando venablos directamente a la conciencia del lector y acabar por convertir el relato casi en un ensayo sobre la bazofia que hiede en la sociedad. El aborto, la desigual lucha de clases, el machismo, la violencia de género, la humillación y represión colectiva en las zonas rurales o el oprobio sobrevenido van agrediendo la sensibilidad del lector según van siendo mostrados en la historia de la protagonista.

“Nada crece a la luz de la luna” es una novela necesaria porque despertará las conciencias de muchos individuos, aunque sea a base de dañarles en lo más profundo de su ser, y porque, y este es un motivo más prosaico, demuestra que antes, mucho antes, de que aparecieran los nórdicos Mankell, Larsson, Läckberg o Nesbo y plagaran todo de detectives peculiares y crímenes hipermisteriosos, existía una literatura nórdica, noruega en este caso, que, a pesar de ser desconocida para muchos lectores, generaba algunos de los textos más completos, complejos y exquisitos de la literatura contemporánea europea. 

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