Las partículas elementales – Michel Houllebecq

Cuando una novela viene acompañada del adjetivo calificativo “controvertida”, puede significar dos cosas: o que se ha querido forzar la polémica como reclamo publicitario, como en el caso de los textos de las sombras de Grey (me estoy odiando mucho por hablar en este blog de esta saga infame), o que a ciertos grupos (los “ñiñiñis”) les molesta algo de esa novela. Y ya sabemos que esas molestias suelen venir derivadas de tratar ciertos ámbitos de la vida que se salen de los estándares de normalidad y moralidad. Lo cómodo no molesta. Estos rasgos que suelen incomodar en un texto tienden a circunscribirse básicamente en dos: lo asocial y el sexo. Y esos dos elementos están perfectamente impersonados en los dos protagonistas de este “polémico” y magnífico relato de Houellebecq. “Las partículas elementales” presenta la vida de dos hermanos que, nacidos en condiciones distintas, desarrollan dos personalidades, a priori, diferentes pero que convergen en la anormalidad social que generan. Michel es un científico (y, cabría añadir, filósofo – ¿no van siempre unidos?-) que vive ajeno a los estándares sociales y a cualquier forma de contacto interpersonal al uso. Su vida gira en torno a las rutinas y a la ausencia de sobresaltos. Bruno, sin embargo, es un ser impulsivo, cuya meta en la vida es su desarrollo sexual, y está obsesionado no ya con lograr un encuentro íntimo, sino con buscarlo. Para Michel la felicidad reside en la ausencia de búsqueda, para Bruno la búsqueda permanente es la felicidad. Esas realidades vitales se muestran no solo en la forma en que se desarrollan sus existencias sino en la manera que tiene Houellebecq de tratar las palabras cuando esta hablando de cada uno de ellos. Cuando Houellebecq trata en la novela sobre Michel, las palabras son suaves, el lenguaje es casi puro. Cuando se refiere a Bruno, las palabras se vuelven más burdas y el lenguaje es más impulsivo.

Normalmente, insisto, los colectivos quisquillosos, y más concretamente, el puritanismo imperante y rancio ha llevado a calificar novelas de este estilo no solo de controvertidas sino incluso de pornográficas, consiguiendo que el grueso de la opinión social las estigmatice (no entenderé jamás porqué) y las englobe en literatura de pervertidos. Estos estigmas han marcado a libros como “Trópico de Cancer” de Henry Miller, “El amante de Lady Chatterley” de D.H.Lawrence o incluso “Lolita” de Vladimir Nabokov. Y el hecho de ser denostados de esa manera hace que la base filosófica que acompaña a la temática sexual se vea olvidada. Lamentablemente la descripción de la actitud de Bruno, con su obsesión sexual desbordante, y de la reclusión autárquica de Michel son molestas y no solo por lo representan sino por lo que comportan. Lo que trasciende es un análisis pseudoexistencialista de las relaciones personales y su interacción en la sociedad, de cómo la propia sociedad excluye al diferente, y de cómo pueden llegar a desarrollarse vidas abocadas a la angustia constante ora basadas en la inmovilidad y la certeza, ora abocadas a la búsqueda constante y la insatisfacción en el encuentro de lo buscado. Así lo resume Houllebecq: “Al considerar los acontecimientos presentes de nuestra vida , oscilamos constantemente entre la fe en el azar y la evidencia del determinismo”.

Además, este texto es una crítica feroz a lo que Ortega definió como masa. Al borreguismo exacerbado que crea realidades ajenas a la cultura y la inteligencia, que estigmatiza al diferente y alaba la rutina y la rectitud. Ambos personajes son molestos también por ese mismo hecho: uno por lo culto y el otro por lo impetuoso. Como indica Houllebecq en otro momento del libro: “El hombre poco instruido siente terror ante la idea del espacio; lo imagina inmenso, nocturno y vacío”.

En definitiva, las partículas elementales es una novela incómoda, dura, recia, burda y sexy por momentos, ácida, crítica, con unos diálogos magníficos, un poso filosófico nada desdeñable y por todo ello enormemente estimulante.

Anuncios

Iván – Javier de Dios 

He de reconocer que uno de mis placeres casi inconfesables es el de rebuscar en bibliotecas ajenas, principalmente si te fías de los gustos de ese ajeno. De esta forma, hace unos días, me topé con un autor al que leía por primera vez (aunque sí hubiera oído hablar de él con anterioridad) y, a la vez, me reconcilié con un género literario que, y siento cierto pudor al decirlo, tenía completamente abandonado. El autor es Javier de Dios y el género el dramático.

Iván, título de la obra y personaje principal, es un chaval al que, desde un primer momento, sabemos que conocemos. Le vemos habitualmente sentado en algún banco de algún parque del barrio, con cierto aire de displicencia e indolencia, y del que más de una vez hemos dicho, sin ponernos a sopesar su realidad, que era un pieza. Incluso, algunos, lo hemos tenido como compañero de colegio o instituto y, de alguna forma u otra, le hemos profesado simultáneamente admiración y temor. Llegábamos a reírle los desplantes y ataques al prójimo, siempre que ese prójimo no fuera uno mismo. Ahí entraba el temor. Los profesores muchas veces le tenían cierto respeto que desembocaba en que ambos se ignoraran mútuamente lo que simplificaba la relación pero empobrecía la educación. Ese es Iván. Todos le conocemos. Y muy pocos hemos intentado, sin embargo, entenderle. 

Este texto ahonda en lo que realmente es Iván, no en lo que nos parece. En la relación con su chica, cargada de incipiente sexualidad vacía y de anhelos de un futuro todavía muy lejano; con su padre viudo, que no le logra comprender y que tampoco acierta a servirle de ejemplo; y con sus profesores, que se convierten en el foco de su malestar vital.

La condición de docente del autor de este texto deja una huella muy profunda en el relato mostrando la pelea diaria de unos profesores que han de bregar con situaciones que muchas veces no aciertan o no pueden comprender y que, en el caso de que lograran entenderlas, no pueden llegar a afrontarlas de forma plena.

Iván, el libro, es un texto maravilloso, de una cotidianidad, dureza y sinceridad poco frecuentes en la literatura actual, que despierta en el lector (o en el espectador, recordemos que es una pieza dramática) esa sensación de “joder, pobre chaval, a lo mejor no es tan cabrón como parece” que más de una vez hubiera ayudado a tantos “Ivanes” que no han tenido la oportunidad de ser entendidos. 

Quizás este texto, y otros como este, sirva para que nos concienciemos de que los centros educativos, y en especial la secundaria, no son simples depósitos de chavales que están obligados a aprender unas lecciones, sino que son una oportunidad para muchos de escapar de su realidad social impuesta y que, con la ayuda de docentes y orientadores, consigan tener las mismas oportunidades que cualquier otro. Esa debería ser la educación que recibiéramos, sobre todo en la denostada enseñanza pública que es la única capaz de igualar realmente las oportunidades de estos adolescentes. 

Stoner – John Williams

Cuando me enfrento a un libro como Stoner, con la fama que le precede, tiendo a cargarme de prejuicios y lo comienzo con cierto miedo a que me defraude (el pavor al Best-Seller que llamo, aunque aplicar este calificativo a este relato sería, quizás, despectivo). Y así hice, casi inconscientemente, con esta novela de John Williams (aunque las varias recomendaciones venían de personas de gustos poco dudosas y muchos aciertos previos).
Sin embargo, Stoner tiene un comienzo tan poco alentador que no deja de ser altamente intrigante. Según avanza la lectura, la sensación no desaparece: ¿por qué me estará atrayendo tanto este libro? Y de repente la verdad se te revela en toda su intensidad. No necesitas tener delante de ti un thriller que te haga estar en tensión y desear que avancen las páginas para saber qué ocurre con la trama, o una novela crudamente dramática que te sobrecoja con las desgracias ajenas, o un libro de cariz humorístico que te distraiga y entretenga. John Williams no necesita nada de eso; consigue con su prosa sencilla que, según se vaya desarrollando la novela, notes como cada personaje, cada frase que pronuncian, cada descripción de sus sentimientos, cada ambientación, te atrapan de tal forma que te abstraen de todo lo que existe alrededor, y tienes la sensación de haber empatizado hasta tal punto con William Stoner que crees estar viendo desarrollarse algo de tu propia existencia. 

Pero no es solo la forma, que tiene algo especial, de cómo Williams presenta a Stoner, y al resto de personajes – aunque Stoner fagocite, y con razón, casi todo el espacio -, sino que la temática ambiental elegida, para aquellos que sentimos atracción – y casi devoción – por la cultura humanística, es idónea. 

John Williams ha creado la novela idónea para un amante de la lectura y la cultura. Pone delante del lector a un profesor de origen humilde, obsesionado con la literatura, que ama la enseñanza y cree que ella en un fin en sí mismo (“as if those studies were life itself and not specific means to specific ends”), y le dota de unos valores humanos notables (paciencia, justicia, honestidad, …)

William Stoner es el antihéroe que debería abundar en nuestra sociedad y John Williams el maestro que nos lo presenta en todo su esplendor creando la que podría considerarse la novela perfecta. Sin tapujos: de las de llorar porque se acaba.